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SOY EL TORRENTE SANGUÍNEO DE JUAN *

SOY EL TORRENTE

potable. El corazón funciona como una bomba aspirante e impelente que hace llegar la sangre hacia las arterias, cuyo calibre va disminuyendo gradualmente hasta los vasos capilares. En esta enmarañada red, que conecta las arterias con las venas, es donde realmente cumplo mis funciones.

Los capilares son tan angostos que, al llegar a ellos, los glóbulos rojos tienen que ponerse

“en fila india” para poder pasar, y en ocasiones hasta se deforman. Pero en el segundo que aproximadamente tardan en hacerlo, se produce un verdadero torbellino de actividad. Ocurre algo semejante a la descarga de un camión de mercancías que se vuelve a carga inmediatamente con objetos ya inútiles. Lo más importante de lo que se descarga es, desde luego, el oxígeno; el bióxido de carbono que resulta de las combustiones celulares constituye el principal producto de desecho que hay que transportar rumbo a su eliminación final.

Pero es asombrosa la variedad de las demás sustancias que hay que llevar hasta los tejidos. Sólo que las necesidades de las células de los diferentes tejidos no son, de ninguna manera, las mismas. Unas necesitan una pizca de cobalto; otras, ciertas sales minerales, vitaminas, hormonas, glucosa, grasas, aminoácidos o simplemente agua.

Cuando Juan hace ejercicio corporal, aumentan enormemente las cantidades de todos estos productos que necesitan sus tejidos. La piel se le enrojece, signo de que los capilares funcionan al máximo. Durante el sueño, las exigencias celulares de elementos nutritivos se reducen al mínimo y más del noventa por ciento de los capilares dejan de funcionar.

La salud de Juan depende, en último término, del perfecto estado de sus capilares. Él está convencido de que respira con los pulmones, come con la boca y absorbe los alimentos con el intestino. En realidad, todas esas funciones las desempeñan sus capilares. Por ello, su médico observa atentamente con el oftalmoscopio el fondo del ojo cada vez que le hace un reconocimiento, pues la retina es el único lugar del organismo donde los capilares son claramente visibles. Si los ve obstruidos y dilatados, esa alteración sería signo de que la salud de Juan ha decaído.

Para ahorrar a Juan cualquier trastorno, vivo con la constante preocupación de no desviarme de la normalidad. Si me entero de alguna pérdida de sangre, ya sea por una cortadura leve o por lesión de arma de fuego, inmediatamente envío hasta la herida mis

plaquetas. En unos segundos estos elementos tapan temporalmente la brecha. Al mismo tiempo, movilizo otras defensas más vigorosas. La fibrina es una sustancia esencial para cerrar las heridas. De ordinario no está presente en la sangre, pues podría obstruir con coágulos las arterias y causar la muerte casi instantáneamente. Pero siempre tengo a mano las materias primas necesarias para la producción de fibrina y llevo también las enzimas indispensables para hacer la operación química que las transforma en dicha sustancia. Puedo hacer que se inicie este proceso en unos cuantos segundos. Después de que la situación de urgencia ha quedado superada, dispongo del tiempo necesario para aportar las materias primas que se precisan a fin de tapar definitivamente la brecha.

Toda solución de continuidad en mi sistema de conductos representa para mí un grave estado de urgencia, pero una amenaza mayor aún son los intrusos de todo tipo, como el virus de la gripe, los granos de polen, las astillas y otros muchos que forman una lista interminable. Sin embargo, cuento con armas, llamadas anticuerpo, contra más de un millón de esta clase de invasores; cada anticuerpo puede atacar a uno, y solamente a uno, de estos enemigos. Es como disponer de una fuerza policial de un millón de hombres, cada uno de los cuales está especializado en cierto delito.

La propiedad más notable de mis anticuerpos acaso sea su memoria. Aunque Juan no se acuerda ya de las paperas que tuvo a los seis años de edad, mis anticuerpos contra ese virus específico si las recuerdan, no obstante los 41 años transcurridos. Si algunas partículas del virus de esta enfermedad llegaran a penetrar en el organismo de Juan, esos anticuerpos las destruirán persiguiéndolas como el lebrel a la liebre.

Claro que él no se percata de que en su interior se está librando una lucha a muerte.

Una vez que han perecido, otros elementos celulares blancos, los fagocitos, se apresuran a devorar los restos de ambos. Soy muy escrupuloso en cuanto a limpieza y, por ende, en mis dominios nunca tolero cadáveres insepultos.

En el tiempo necesario para leer esta frase, se habrán incorporado a mí miles de millones de anticuerpos de refresco. Y es que, si no contara con esa protección, hasta la más leve infección representaría un peligro mortal para Juan.

Teniendo en cuenta lo riguroso de mis necesidades, no es extraño que sea yo víctima

de un sinnúmero de padecimientos. Al acumularse el calcio en las arterias, pueden endurecerse hasta adquirir la consistencia de una tubería de barro. Además, la grase de deposita en sus paredes y llega a ocluir la luz de los vasos. De esta alteración pueden derivar muchas calamidades: desde la gangrena en los dedos del pie hasta un ataque de apoplejía o un síncope cardíaco mortal. Si mi contenido de azúcar (glucosa) aumentara excesivamente, Juan sería diabético, y si se redujera a concentraciones muy bajas, le sobrevendría hipoglucemia, con palpitaciones, palidez, sudoración, vértigo y debilidad general.

La escasez o la mala conformación de los glóbulos rojos redunda en anemia.

Mis glóbulos blancos pueden disminuir mucho en número en el estado patológico llamado agranulocitosis, capaz de causar la muerte en unos cuantos días si no se detiene la infección causal mediante el empleo de antibióticos.

Pero también existe el otro extremo; los leucocitos llegan a aumentar de una cifra normal de 6 000 u 8 000 por milímetro cúbico de sangre hasta 100 000 o más en los casos de leucemia.

¿Puede Juan hacer algo para aliviar mi pesada carga? Sí, mucho. En primer lugar, vigilarse la tensión arterial, pues cuando es demasiado alta me somete a un sobreesfuerzo continuo.

Afortunadamente, hay medicamentos eficaces para mantener la tensión a niveles que no entrañan peligro. El ejercicio corporal es absolutamente imprescindible para que yo circule bien. Otro renglón importante es la alimentación: se ha demostrado que el exceso de grasas en la comida acorta la vida.

En suma, necesito mucho más cuidado que otros tejidos y órganos. Pero vale la pena esta solicitud especial que hay que dispensarme, pues la buena salud de los demás órganos de Juan depende en gran medida de mí.