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Violencia simbólica y perspectiva de género

CAPITULO I. LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES COMO PROBLEMA SOCIAL Y COMUNICACIONAL

CAPÍTULO 2. LA VIOLENCIA SIMBÓLICA COMO PROBLEMA DE INVESTIGACIÓN EN COMUNICACIÓN

2.4 Violencia simbólica y perspectiva de género

los mecanismos de poder patriarcales más profundos como los discursos teóricos que pretender legitimar el dominio patriarcal”. (Cobo, 1995: 2 y 6)

Rosa Cobo Bedia menciona que el principal objetivo de realizar el estudio del género como categoría de análisis es para “desmontar el prejuicio de que la biología determina lo <<femenino>>, mientras que lo cultural y humano es una creación masculina… es poner de manifiesto que las tareas asignadas históricamente a las mujeres no tienen su origen en la naturaleza, sino en la sociedad. La idea de la jerarquización de los sexos y de la división sexual del trabajo es fuertemente cuestionada por el feminismo”. (Cobo, 1995:1).

Ahora bien, qué se entiende por género:

“La noción de género surge de la idea de que lo <<femenino>> y lo <<masculino >> no son hechos naturales o biológicos, sino construcciones culturales que revelan la profunda desigualdad social entre hombres y mujeres…Una construcción cultural que se ha plasmado históricamente en forma de dominación masculina y sujeción femenina”. (Cobo, 1995: 1 y 6; 2005: 251)

Esto significa que a lo largo de la historia todo tipo de sociedades han sido construidas a partir de las diferencias sexuales entre los hombres y las mujeres, por tal motivo se encuentran divididos simbólica y empíricamente en dos géneros a causa de una construcción cultural que indica lo que le corresponde a cada hombre y a cada mujer en razón de su sexo.

En este sentido, la cultura opera como un sistema de dominación mediante la cual se ejerce violencia simbólica en la construcción del género porque “la cultura marca a los

seres humanos con el género y el género marca la precepción de todo los demás: lo social, lo político, lo religioso, lo cotidiano. La lógica del género es una lógica de poder de dominación”. (Lamas, 1996:334)

Un claro ejemplo de cómo la cultura ha marcado a los seres humanos en la construcción del género es a través de la diferencia sexual como líneas arriba se ha comentado. El sexo biológico no existe como tal, pero visto desde la cultura, éste ha sido estructurado “como una de las importantes bases para la clasificación de las personas” (Lamas, 1996:109), así mismo se ha interpretado y justificado que sobre la diferencia y la división sexual “se asienta una determinada distribución de papeles sociales, esta asignación no se desprende naturalmente de la biología sino que es un hecho social”. (Lamas, 1996: 114)

En relación con lo anterior, Gayle Rubin plantea “el sistema sexo- género” como “el conjunto de arreglos a partir de los cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana” (Rubin, en Lamas, 1996: 116). Esta definición refiere que tanto el sexo como el género son construcciones culturales que alcanza a interpretarse al primero como un “hecho natural” sobre el que cada sociedad arma su sistema sexo-género, es decir, “el conjunto de normas que parte del sexo humano y de la procreación moldeada por la intervención social, sin importar qué tan extraña resulte a otros ojos”. (Lamas, 1996: 117)

La diferencia sexual y de género, entonces, no está determinada por una diferencia biológica, más bien tanto sexo como género son dos conceptos que se van redefiniendo de acuerdo al proceso cultural que en ese momento se esté viviendo. Al respecto

Lamas señala que el género y “la asimetría entre hombres y mujeres significa cosas distintas en lugares diferentes” (Lamas, 1996:108), por esta razón, el lugar social de las mujeres es diferente en Occidente que en Medio Oriente o en el Distrito Federal que en sus aéreas conurbanas pues “la posición de las mujeres, sus actividades, sus limitaciones y sus posibilidades varían de cultura en cultura, lo que se mantiene constante es la diferencia entre lo considerado masculino y lo considerado femenino”.

(Lamas, 1996: 108)

A partir de lo anterior resulta entendible que el género es un hecho social y no biológico pues a través de la cultura se ha estructurado que la diferencia sexual es la manera coherente de jerarquizar y distribuir los papeles sociales, actitudes, comportamientos, identidades, estructuras psíquicas, económicas, simbólicas y políticas, así como también el imaginario social de lo que significa ser hombre y ser mujer en cualquier ámbito en el que se desenvuelve. “Por lo tanto el género es una categoría que designa la realidad cultural y política que se ha asentado sobre el sexo”. (Cobo, 2005:253)

Ahora bien, Marta Lamas manifiesta que la cultura ha sido una mediación en la construcción del género para darle sentido a las relaciones sociales entre los hombres y las mujeres: “es el conjunto de mecanismos de defensa del yo ante la entrada violenta al mundo por nacimiento y a la paulatina estructuración psíquica”. (Lamas, 1996: 337).

Pero también ha sido un elemento indispensable mediante el cual se ha ejercido dominación y violencia simbólica porque a través del género se ha impuesto sutilmente el mandato cultural en el cuerpo (lenguaje no verbal), en la psique (códigos, símbolos, percepciones, imaginarios) y en los discursos (entre otro tipo de lenguaje verbal) de lo

que significa ser hombre y ser mujer según los valores estructurados por la élite dominante y homogénea. De modo que el género “llega a convertirse en un hecho social de tanta fuerza que inclusive se piensa como natural; lo mismo pasa con ciertas capacidades o habilidades supuestamente biológicas, que son construidas y promovidas social y culturalmente”. (Lamas; 2013: 115)

Lo anterior es para Marta Lamas la lógica del género que “parte de una oposición binaria que indica lo que es propio de los hombres y lo que es propio de las mujeres.

Esta distinción recreada en el orden representacional, contribuye ideológicamente a la esencialización de la feminidad y la masculinidad”. (Lamas, 1996: 344)

Por su parte, Joan Scott define al género como “un elemento constitutivo de las relaciones basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder”. (Scott, en Lamas, 1996: 289)

La autora define al género en dos partes distintas pero analíticamente vinculadas ya que Scott además de comprender al género como el constructo cultural que designa las relaciones sociales entre los hombres y las mujeres, también plantea la categoría del género como el campo primario mediante el cual se articula el poder.

Esta definición permite comprender que el género estructura la percepción y la organización empírica y simbólica de los seres humanos ya que está constituido por un orden simbólico referente a la diferencia sexual, dicha simbolización es la forma primaria significativa de poder porque se construyen las estructuras de las relaciones de poder entre los hombres y las mujeres de manera desigual, así como sus prácticas

ideas y discursos y dependiendo de cada cultura se le otorga un significado diferente a las relaciones sociales y sexuales.

A través de la asignación del papel (rol) de género, el cual Lamas lo define como “el conjunto de normas y prescripciones que dictan la sociedad y la cultura sobre el comportamiento femenino o masculino” (Lamas, 1996:114) se puede apreciar la asimetría entre los hombres y las mujeres.

Marta W. Torres Falcón señala algunos ejemplos de cómo tanto hombres como mujeres han aprendido códigos, actitudes y comportamientos de lo que se considera lo propio de los hombres y lo propio de las mujeres: “a los hombres se les enseña a tener determinados comportamientos como la fuerza, decisión, seguridad, autonomía, acción, valorar el trabajo, el dinero y la autosuficiencia, reprimir sus emociones como llorar o mostrar cualquier rasgo que se considere femenino: debilidad, indecisión, ternura, fragilidad, entre otros”. (Torres, s/a: 11)

Mientras que las mujeres han sido construidas como “seres para los otros, seres sin voluntad, seres que sobre ellas puede desahogarse la violencia masculina en un ámbito de impunidad, al cuidado de los hijos, del hogar, amas de casa, débiles, indecisas, inseguras, dependientes, pasivas, sujetas a la protestad del padre o del marido”

(Torres, s/a: 11) a lo que también le podemos sumar culpables por ejercer alguna profesión u oficio.

En esta práctica cotidiana del papel de género se lleva a cabo la violencia simbólica porque de manera invisible los seres humanos consciente e inconscientemente han asumido los mandatos culturales sobre el deber- ser del hombre y el deber- ser de la

mujer, esto es debido a que la misma construcción de género esta tan incorporada en la psique, en el comportamiento y en el discurso, que tanto hombres como mujeres asimilan de manera natural la desigualdad y la jerarquización entre los géneros ya sea en sus comportamientos, identidades, estereotipos, sexualidad, imaginarios, símbolos, representaciones, discursos, normas y valores que desempeñan diariamente con base a la dominación masculina.

Las mujeres también ejercen violencia simbólica con otras mujeres al promover y reproducir la construcción de género porque a través de las primeras instituciones de socialización primaria, como la familia, las mujeres “interiorizan modelos ideales de hombres y mujeres, comprenden la aprehensión de pautas características o facilitadoras del ejercicio del poder por parte de los hombres y la aceptación y adecuación por parte de las mujeres” (Torres, s/a: 24), por lo tanto reproducen los mismos mandatos culturales de género y “la lógica paradójica de la dominación masculina y de la sujeción femenina” (Bourdieu, 2000:54), así como también las relaciones jerárquicas, de poder y de dominación entre hombres a mujeres o entre el mismo género.

Así pues, las mujeres también quedan enganchadas por estos esquemas violentos de lo que es propio para ellas, porque según Pierre Bourdieu menciona que ellas “aplican a cualquier realidad y en cualquier relación de poder en las que están atrapadas, unos esquemas mentales que son el producto de la asimilación de estas relaciones de poder y que se explican en las oposiciones fundadoras del orden simbólico”. (Bourdieu, 2000:

49)

De modo que “contribuyen, unas veces sin saberlo y otras a pesar suyo, a su propia dominación al aceptar tácitamente los límites impuestos, adoptan a menudo la forma de emociones corporales- vergüenza, humillación, timidez, ansiedad, culpabilidad- o de pasiones y de sentimientos- amor, admiración, respeto-; emociones como el rubor, la confusión verbal, la torpeza, el temblor, la ira o la rabia impotente, maneras todas ellas de someterse…”. (Bourdieu, 2000: 55)

Actualmente en México todavía prevalece este tipo de construcción de género en la sociedad pero poco a poco las mujeres han tenido cambios profundos en el papel de género que culturalmente se les tiene asignado en su vida cotidiana, pues la modernidad, la economía, entre otros factores las ha impulsado a percibirse como sujetos visibles y activos en las relaciones de poder entre hombres y mujeres y entre el mismo género.

En lo que concierne al patriarcado, ésta categoría también ha sido elaborada por la teoría feminista y vinculada con los estudios de género para desmantelar las razones de la dominación y opresión femenina, así como también, “quebrantar las “verdades”

patriarcales para exponer que las disparidades de género son un proceso estructural que afecta a hombres y a mujeres”. (Torres, s/a: 27)

Linda Mc Dowell define al patriarcado como “la ley del padre, el control social que ejercen los hombres en cuanto padres sobre sus esposas y sus hijas. En el sentido más específico de los estudios feministas, el patriarcado es aquel sistema que estructura la parte masculina de la sociedad como un grupo superior al que forma la parte femenina, y data al primero de autoridad sobre el segundo”. (Mc Dowell, 2000: 33)

Entonces, el patriarcado es la organización social, política, económica, religiosa, cultural y simbólica que sostiene la normatividad femenina y masculina, ya que a través de esta estructura se refuerza la idea básica del género, esto es, “la jerarquización que asigna espacios y distribuye recursos a varones y mujeres” (Cobo, 2005: 250) en función de la diferencia sexual entre ambos y de manera desigual, en donde las mujeres ocupan una posición de subordinación por la supuesta inferioridad biológica de éstas.

Ahora bien, para que el patriarcado se haya constituido como una estructura de dominación es importante señalar que no hubiera sido posible sin la violencia, de hecho, Marta Torres Falcón menciona que: “La violencia se da siempre en una relación, donde existen posiciones diferenciadas y asimétricas de poder, y que a su vez quedan reestructuradas o fortalecidas después de cada incidente violento”. (Torres, s/a: 5).

Del mismo modo Rosa Cobo Bedia menciona que la violencia forma parte del núcleo estructural del patriarcado: “No estamos acostumbrados a asociar el patriarcado con la fuerza. Su sistema socializador es tan perfecto, la aceptación general de sus valores tan firme y su historia en la sociedad humana tan larga y universal que apenas necesita el respaldo de la violencia. Por lo común, sus brutalidades pasadas no parecen practicas exóticas o “primitivas”, y las actuales, extravíos individuales, patológicos o excepcionales, que carecen de significado colectivo. Y, sin embargo, al igual que otras ideologías dominantes, tales como el racismo y el colonialismo, la sociedad patriarcal ejercería un control insuficiente, e incluso ineficaz de no contar con el apoyo de la fuerza, que no sólo constituye una medida de emergencia, sino también un instrumento de intimidación constante”. (Cobo, 1995: 15)

En este sentido, la violencia simbólica ha sido utilizada como una herramienta básica de poder intencional que ha dado sentido a la estructura jerárquica de la sociedad patriarcal, a través de las creencias, de los valores, de los estereotipos, de los prejuicios, de los patrones sexistas de conducta, de los discursos, entre otros elementos simbólicos de la cultura patriarcal que se producen y reproducen desde las distintas instituciones y a nivel interpersonal se ejerce el control, sometimiento y dominación hacia las mujeres ya que se naturaliza e interioriza la legitimidad simbólica y empírica de las diferencias entre los géneros, mismos que se ven expresados y asumidos en la percepción, en el imaginario, en el comportamiento, en el rol, en los discursos, dando pie a la desigualdad, la discriminación y diferentes formas de manifestación de la violencia entre hombres y mujeres.

Dicha legitimidad y jerarquía han sido la principal justificación para que el patriarcado se establezca como un sistema de dominación y subordinación simbólica sobre el género femenino : “la legitimación de la inferioridad de las mujeres: la asociación conceptual de que la mujer es percibida, por el conocimiento patriarcal, como una “especie”

constituida por la naturaleza” (Amorós, 1985:48; en Cobo, 1995: 7) “…esencialmente subjetiva, apropiada a los procesos de sujeción y subjetividad, pero sin la voz individual de un sujeto humano activo”. (Torres, s/a: 26)

Y los varones al ser “conceptualizados como individuos por ser creadores de la cultura y capaces de elevarse a la abstracción” (Amorós, 1985:48; en Cobo, 1995: 7) ejercen dominación y poder sobre las mujeres al excluirlas de su individualidad y ,por lo tanto,

“la desigualdad entre los sexos se mantiene sobre todo porque los hombres cuentan con los medios políticos, económicos, ideológicos y físicos para que subsista,

independientemente de que lo que las mujeres puedan desear” (Cobo, 1995:15), dicha desigualdad ha resultado desfavorable a nivel político, cultural, social, simbólico y económico para las mujeres ya que las ha mantenido apartadas del poder.

De manera que el patriarcado como bien menciona Cobo Bedia ha sido constituido como un sistema de pactos interclasistas entre los varones ya que: “el poder, al ser un sistema de relaciones, se implanta en el espacio de los iguales, entendiendo por espacio de los iguales una red de fuerzas políticas constituidas por quienes ejercen el poder y se reconocen a sí mismos como sus titulares legítimos, teniendo en cuenta que, junto a ellos, existe un conjunto de posibles titulares que aguardan su turno ante la posibilidad de un relevo. Los iguales existen en tanto tienen algo que repartirse: su dominio y hegemonía sobre las mujeres”. (Cobo, 1995: 7)

Tanto la violencia simbólica como el patriarcado han perdurado en todo tipo de sociedades (desde el origen de los tiempos hasta el presente) debido a su universalidad y longevidad. (Cobo, 1995:14) Por ejemplo, en la sociedad mexicana todavía se encuentra arraigada la universalidad de la estructura patriarcal de que los varones son los que dominan por ser más fuertes, ejercen liderazgo, autoridad y ofrecen protección a la esposa, madre, hijas o cualquier otra persona que sea considerado carente de poder, del mismo modo, tienen asignado con mayor libertad el espacio público para desarrollar actividades, políticas, económicas y militares. En cambio las mujeres, de acuerdo al orden patriarcal son apreciadas como el “sexo débil” que se encarga principalmente y por encima de sus prioridades al espacio privado, es decir, al cuidado del hogar y de los hijos, que necesitan de la protección, de la aprobación y de la subordinación del género masculino para realizar sus actividades o tomar decisiones,

que carecen de derechos, poder y prestigio en sus actividades y por eso “tienen que batallar para ubicarse en el mundo como individuos”. (Torres, s/a: 26)

Sin embargo, es importante destacar que esta estructura no es estática, es decir, se mantiene enraizada la generalidad de la opresión y dominación masculina hacia las mujeres pero lo que hace que este sistema de dominación continúe vigente es que se ha ido adaptando de diversas maneras a los diferentes procesos históricos, políticos, simbólicos, etc., de las sociedades contemporáneas, pues como bien indica Cobo Bedía “no existe ninguna sociedad en la que las mujeres posean más poder que los varones”. (Cobo, 1995:11)

Asimismo, el patriarcado es un sistema que justifica la jerarquización y la desigualdad entre los hombres y las mujeres, pues como “todo sistema de dominación delimita espacios jerárquicos dotados de significación y asignados a grupos determinados. Así, algunos espacios físicos (la casa, algunos empleos) y también simbólicos (figuras míticas, la naturaleza, etc…) se crean y definen para las mujeres, por oposición a los espacios de reconocimiento y poder que son exclusivos de los hombres”. (Torres, s/a:

29)

En muchas de las actividades que hombres y mujeres realizan diariamente se puede apreciar la violencia simbólica y su relación con el patriarcado y con los otros tipos de violencia en contra de las mujeres, por ejemplo: “los malos tratos, el acoso sexual o las violaciones ponen de manifiesto aspectos represivos del sistema patriarcal. La expulsión de las mujeres del mercado laboral, en épocas de crisis o de expansión económica, o la expulsión de las mujeres de cualquier instancia de poder” (Cobo, 1995:

15), en “el lenguaje, la familia patriarcal, la educación androcéntrica, la maternidad forzada, la historia robada, la heterosexualidad obligatoria, las religiones misóginas, el trabajo sexuado, el derecho masculinista, la ciencia mono sexual, la violencia de género, etc.” (Facio, 2009: 24), así como también, en la dependencia económica, la división del trabajo con salario mínimo para las mujeres a comparación de los varones, los estereotipos de cómo ser hombre y mujer.

Finalmente, el patriarcado también se presenta entre el mismo género femenino. Esto quiere decir que las mujeres reproducen la carga simbólica de la estructura patriarcal hacia otras mujeres ya sea a través de “la experiencia individual, las estructuras sociales y de la cultura” (Torres, s/a: 7), por ejemplo : la disponibilidad, el sacrificio para los otros, la fidelidad, la solidaridad, la generosidad, el ser intuitivas, sensibles, abnegadas, dulces y bondadosas, así como también los estereotipos, los prejuicios, la dominación, la discriminación y el lenguaje característico de subordinación del patriarcado en contra de las mujeres, son ejemplos de cómo consciente e inconscientemente la violencia simbólica se encuentra arraigada y naturalizada en la actitud, rol y comportamiento de las mujeres en cualquier ámbito en el que se desarrolla.

Por lo que se refiere a la categoría de machismo, Marina Castañeda lo define como:

“Un conjunto de creencias, actitudes o conductas que descansan sobre dos ideas básicas: por un lado, la polarización de los sexos, es decir, una contraposición de lo masculino y lo femenino según la cual no solo son diferentes sino mutuamente excluyentes; por otro lado, la superioridad de lo masculino en las áreas consideradas importantes por los hombres. De aquí que el machismo involucre una serie de