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Boletin Centro de historia 1950 N° 1

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Bernardo Zinguer

Academic year: 2025

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Boletín del Centro de Historia del Táchira – N° 1 - Abril/Mayo/Junio 1950

San Cristobal Abril – Mayo – Junio de 1950

Táchira – Venezuela Número 1 (2da. Etapa)

Luis Eduardo Pacheco

Sumario

Páginas

Líneas editoriales……….... 3 Discurso de reinstalación por Aurelio Ferrero Tamayo……….. 7 Un fusilamiento en San Cristóbal……….. 16 Perfiles Humanos

Dr. Francisco García de Hevia……….. 18 Los antiguos jurados de Imprenta………. 21 Discurso sobre el Bicentenario de Francisco de Miranda…………... 26

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Boletín del Centro de Historia del Táchira – N° 1 - Abril/Mayo/Junio 1950

Nómina de los miembros Fundadores de la Institución

Funcionarios para el Período 1950-1951

COMISIÓN DE REDACCIÓN E IMPRESIÓN DEL BOLETÍN I. Luis Eduardo Pacheco

II. Pbro. J. Edmundo Vivas III. Rafael M. Rosales IV. Dr. Luis Andrés Rugeles V. Dr. Félix María Rivera VI. Dr. Aurelio Ferrero Tamayo VII. Marco Figueroa

VIII. Pbro. Víctor M. Valecillo IX. Dr. José Quintero García X. Dr. J.M. Rodríguez Uribe XI. Dr. Roberto Villasmil C.

XII. Manuel Osorio Velasco

Director: Luis Eduardo Pacheco Vicedirector: Pbro. J. Edmundo Vivas Secretario: Marco Figueroa

Bibliotecario: Dr. Luis Andrés Rugeles Tesorero: Dr. J.M. Rodríguez Uribe

Luis Eduardo Pacheco Dr. Aurelio Ferrero Tamayo

Rafael M. Rosales

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Boletín del Centro de Historia del Táchira – N° 1 - Abril/Mayo/Junio 1950

Boletín del Centro de Historia del Táchira

Abril – Mayo – Junio de 1950

San Cristóbal, Táchira, (Venezuela). – N° 1 (2da Etapa)

Líneas Editoriales

E

l Centro de Historia del Táchira inicia la publicación de este Boletín con el propósito de divulgar en él todo cuanto es venero y riqueza del pasado y del presente de la región occidental y también, todo aquello que ofrezca interés para el conocimiento de la vida, tradición y hechos notables y de trascendencia en la formación de los pueblos venezolanos y de los de América, pues considera que la historia por su dimensión universal debe estudiarse y divulgarse en cada sitio donde haya preocupación y sana intención de escudriñar los sucesos para calificarlos y destacarlos en su específico valor.

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El Táchira posee grandes reservas y tiene nobles cualidades. Su aporte a la independencia nacional y al desarrollo de la cultura venezolana es importante. Solo que muchos aspectos de este aporte no se conocen. El Centro de Historia tratará de difundirlo con plena responsabilidad y con criterio realmente venezolanista. Ese camino seguirá este Boletín.

Desde ahora pedimos a todos los compañeros de Número, Honorarios y Correspondientes, su colaboración, a fin de ofrecer siempre material novedoso y original a quienes tengan interés en leer este Boletín, que saluda del modo más cordial a sus colegas nacionales y extranjeros, con el deseo de mantener con ellos permanente canje.

R. M. R.

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Doctor Antonio Pérez Vivas,

Encargado de la Gobernación del Estado Táchira, CONSIDERANDO:

Que el “Centro de Historia del Táchira” fundado hace algunos años no pudo lograr su estabilidad, y que es oportuno proceder a su reorganización hoy cuando Venezuela celebra una de las fechas más gloriosas de su Historia, como es el Bicentenario del Natalicio del Generalísimo Francisco de Miranda, Precursor de la Emancipación Americana.

CONSIDERANDO:

Que el Táchira necesita una Corporación dedicada a estudiar, investigar y propagar todas y cada una de las fases de nuestro pasado para hacer conocer nuestras reservas espirituales y la ignorada riqueza de nuestras tradiciones históricas,

DECRETA:

Art. 1° Créase en esta Capital el “Centro de Historia del Táchira”, cuya finalidad será investigar la historia venezolana y particularmente la del Estado Táchira en sus varios ramos:

bibliografías, monografías, arqueología, biografías, memorias y tradiciones; velar por la conservación y mejora de los archivos, monumentos públicos y reliquias históricas, contribuir a la mejor conmemoración de las fiestas nacionales; divulgar por medio del libro, la prensa y la radio los valores culturales, patrióticos y cívicos de esta Entidad Federal, y desarrollar una labor tendiente al impulso de las letras, las artes y las ciencias.

Art. 2° El “Centro de Historia del Táchira” estará integrado por doce individuos de Número, los cuales se designan en el orden siguiente: Número Uno, ciudadano Luis Eduardo Pacheco;

Número Dos, ciudadano Presbítero J. Edmundo Vivas; Número Tres, ciudadano Rafael M. Rosales; Número Cuatro, ciudadano Doctor Luis Andrés Rugeles; Número Cinco, ciudadano Dr.

Félix M. Rivera; Número Seis, ciudadano Dr. Aurelio Ferrero

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Tamayo; Número Siete, ciudadano Marco Figueroa; Número Ocho, ciudadano Presbítero Víctor M. Valecillo; Número Nueve, ciudadano Doctor José Quintero García; Número Diez, ciudadano Doctor J.M. Rodríguez Uribe; Número Once, ciudadano Doctor Roberto Villasmil C.; Número Doce, ciudadano Manuel Osorio Velasco.

Art. 3° El Centro tendrá un Boletín Informativo el cual será editado en la Imprenta del Estado.

Art. 4° El Centro elaborará su propio Reglamento y hará la elección de su Directiva y de los miembros correspondientes; y cuando haya méritos para ello nombrará miembros honorarios.

Art. 5° Para atender a los gastos de Secretaría, Biblioteca, Conserje y Escritorio, eróguese mensualmente la cantidad de quinientos bolívares pagadera por la Tesorería General del Estado con cargo a la Partida 50 de Ingresos y Gastos Públicos del Estado.

Art. 6° Para la instalación solemne del “Centro de Historia del Táchira” se fija el día 19 de abril de 1950, como homenaje especial a la fecha aniversario del primer grito de independencia.

Dado, firmado, sellado y refrendado en el Salón del Despacho Ejecutivo, en el Palacio de Gobierno, en San Cristóbal, a los veintiocho días el mes de marzo de mil novecientos cincuenta. Año 140° y 92°.

(Fdo.) ANTONIO PÉREZ VIVAS Refrendado:

El Secretario General de Gobierno Encargado, (Fdo.) RAFAEL M. ROSALES

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Discursopronunciado por el Dr. Aurelio Ferrero Tamayo, en el Salón de Lectura, en el acto celebrado con ocasión

de la reinstalación, en esta ciudad, del Centro de Historia del Táchira Ciudadano Gobernador del Estado.

Señor Presidente del Salón de Lectura.

Dignas autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

Honorables miembros del Centro de Historia del Táchira.

Honorable Representante del Centro de Historia de Miranda.

Damas y caballeros.

Debo agradecer en primer lugar al ciudadano Encargado de la Gobernación del Estado, el honor que me ha conferido al designarme como Miembro de Número del Centro de Historia del Táchira. Es un nombramiento que me llena de satisfacción, por cuanto me da una buena oportunidad en la parca medida de mis esfuerzos de colaborar con distinguidos coterráneos que ya cuentan en su haber con obras de positivo mérito dentro de las disciplinas históricas y cuyo afán de investigadores es incansable y extremada- mente útil para el Táchira. A mis compañeros en la nueva labor debo agradecerles la confianza que depositaron en mí al encomendarme decir esta noche las palabras de clausura. Con este encargo los historiadores del Táchira me han dado una especie de espaldarazo solemne, y desde ahora trataré de imitarlos y de aproximarme a su fructífera curiosidad por el pasado de nuestra sociedad. Esta búsqueda de las cosas de ayer no ha convertido nunca a mis honorables compañeros de Centro en hombres despreocupados por nuestro presente, ya que todos ellos cuentan en su haber realizaciones en el campo de las letras, de la educación, de la medicina, de la religión, del periodismo, del Derecho, y del arte en general. Ellos han estudiado, y continúan estudiando la historia en función del presente, y precisamente yo creo que la disciplina que

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los ha hecho acreedores al nombramiento, fue una afición que les llegó como consecuencia de sus preocupaciones por las cosas de su patria. Hay una solidaridad social en el espacio y una importantísima solidaridad social en el tiempo, que hace concluir que es imposible penetrar de un modo cabal los modos de ser de las colectividades si no se tiene en cuenta sus vicisitudes en el largo camino del progreso.

Este Centro de Historia que se instala hoy solemnemente, ha “renacido” bajo muy buenos auspicios, pues puede considerarse como una continuación del que, con el mismo nombre, existió hace algún tiempo en esta ciudad, algunos de cuyos miembros presentes están naturalmente incluidos en el nuevo. El Decreto firmado por el Dr. Antonio Pérez Vivas y por su Secretario para entonces, señor Rafael María Rosales, fue promulgado en la fecha del II Centenario del nacimiento de don Francisco de Miranda, cuyo nombre es una de las bases del edificio de nuestra nacionalidad, y cuya vida es uno de los más preciosos ejemplos del hombre americano que cortó en dos el mundo de las ideas y de la geografía. Criollo inteligente venido al mundo en la época colonial y que supo en carne propia del menguado mundillo de los privilegios tropicales, de la extraña importancia de un bastón, y del abrumador peso de los pergaminos, que es al mismo tiempo el criollo estudioso que se va a ver cosas nuevas en un mundo viejo, y que se convierte para sus altos fines en una mezcla bizarra de agente viajero, turista, bibliófilo, hombre de armas, Don Juan, dilettanti, coleccionista, políglota, filósofo y por encima de todo, aventurero.

La celebración de este II Centenario ha sido como una sanción definitiva para su obra colosal, y en verdad son tales las dimensiones de su esfuerzo, que solo podrían contemplarse en todos sus detalles desde el punto de mira de la lejanía del tiempo transcurrido, ese punto donde la serenidad final ha podido hacer el balance justiciero de un hombre que llegó a la meta cuando el fruto no estaba naturalmente maduro para recogerlo, pero era necesario aprovecharlo, acelerando su desarrollo por el verbo y conservándolo después por las batallas y la sangre.

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Este Centro de Historia ha nacido pues primeramente bajo los auspicios de Miranda, y eso solo es una invitación a trabajar, y una advertencia útil para nuestras labores, pues en la vida del Precursor y en los análisis que de ella se han hecho, podemos ver que la Historia, como transmisión de la verdad de los sucesos a las nuevas generaciones, cumple una utilísima función social, y debe por tanto ser extremadamente cuidadosa y desapasionada. La conser- vación de la verdad y su transmisión a los nuevos, es uno de los más poderosos aglutinantes de las sociedades. La solidaridad en el tiempo hace que nos sintamos parte indisoluble de lo que fue, parte integrante de lo que somos como grupo y tripulación unida de algo que está en marcha y que se llama porvenir.

Contemplada la vida de Miranda, con las preocupaciones y sentires de un venezolano de 1812, podía haberse dicho, y se dijo, que era más extranjero que criollo, que fue un gran equivocado y que fue el fracaso la meta de su vida, y la causa de la soledad y de la desdicha de su muerte. Contemplado el suceso inmediato, se hace pequeño el gigante, y nadie mira ni hay entonces medios de conocer todos los trabajos admirables que le dieron derecho a tomar posición de sol en nuestro primer sistema estelar republicano, tan brillantemente pintado por Tovar y Tovar.

Estudiados los azares de esta vida, que es de Venezuela y de América, con la calma del tiempo y con sus propios papeles, eliminadas todas las consejas, hundidos los rumores en el polvo, resalta con perfil patricio el Precursor de la Independencia, el atizador del fuego que quemó las tierras de América en los primeros años del siglo XIX.

La solidaridad en el tiempo, la continuidad de las colectividades, vuelve aquí a ayudarnos a desvanecer la idea del fracaso de esta vida inmortal ¿Quién puede decir que quedó trunca la obra del incansable caraqueño? El dio con firmeza los pasos iniciales, cumplió su destino, terminó su jornada, y como sus amarguras y desencantos de entonces no fueron los primeros de su vida, pudo dar pruebas grandeza, de comprensión humana, y hasta

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de una suprema elegancia de caballero integral que se retira de la ruta para dar paso ¿A quién? A los nuevos, a los más fogosos. La continuidad social quedó asegurada en gran parte porque él transmitió su energía menguante, sus ambiciones y sus ideales, a los que lógicamente deberían dar cima al trabajo de emancipación.

Considerados dentro del grupo social Venezuela, Miranda y Bolívar son miembros de una misma familia, eslabones de una sola cadena, pilares de la Casa Nacional. Sus glorias no pueden contraponerse. El miembro de la colectividad que tenía más de 60 años en 1812 y cuyas manos, acostumbradas al paso de los libros y de las espadas, empezaban a ponerse inseguras, entregó la bandera al que tenía poco más de 20 años en la misma época, y cuyas manos se acostumbraban al peso de las armas y trazarían constituciones y proclamas, se adaptarían también al suave peso de los laureles de la victoria.

Para nuestra colectividad venezolana, son idénticas, a través de los días, las voces del que dio órdenes de mando bajo las banderas de Francia y de Estados Unidos, del que saludó reyes y emperadores y dijo la palabra bochinche, y la voz que se oyó en Cartagena, en Angostura y en Jamaica, con solemnidad de tribuno en los congresos, y con estridencias de clarín en Carabobo. Fue la voz que dijo una vez: vencer.

El joven recibió del veterano la bandera y siguió con ella su camino hacia la gloria. ¿Cuál bandera? La que se llama Mirandina, la que él mismo inventó, y sirve de prueba de que en su obra llegó hasta el detalle final del símbolo, que es como la síntesis del trabajo social, la misma que él trajo a La Vela, la que acompañó a sus continuadores en sus viajes titánicos, la que estuvo más alta que los más altos riscos de los Andes, la que se quebró en las manos de Girardot y se chamuscó gloriosamente a cañonazos en el Lago de Maracaibo.

En resumen, los que prepararon la Independencia y los que la hicieron son pues escalones de la cadena social venezolana.

El 19 DE ABRIL. Otro de los buenos auspicios de este Centro es la fecha de su solemne instalación. Hemos puesto en

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exhibición copia de las actas levantadas en La Grita, San Antonio y San Cristóbal, en octubre de 1810, y que son la constancia, o las huellas que dejaron en el Táchira los pronunciamientos de Caracas el 19 de abril. Todas estas actas que en orden cronológico deben citarse La Grita, San Antonio y San Cristóbal, fueron derivadas de la misión que trajo de la Junta Superior de Mérida el ilustre prócer don Luis María de Rivas Dávila. En todas ellas se nota bajo ligeras variantes la intención de demostrar a los pueblos y a las autoridades españolas que lo que se trataba era de conservar los derechos del

“bienamado” Fernando VII. La independencia absoluta vendría del Acta levantada en Caracas cinco meses después. Es decir, la intención de las actas tachirenses de octubre era precisamente disfrazar la verdadera intención. No estamos preparados para la independencia, pero el momento escogido fue oportuno, según apunta en su admirable Disertación Sociológica don Luis López de Meza. La confusión absoluta de juntas, de regencias, de comisionados cuyas vinculaciones posibles con los franceses los hacían sospechosos, las protestas de amistad y las ayudas subrepticias de países interesados en golpear a España hacían que finalmente nadie, salvados los prudentes agitadores iniciados en el secreto, supiera a qué atenerse. De ahí que una Junta Conservadora de los derechos de Don Fernando fue algo aparentemente lógico, y una muestra de adhesión a la monarquía en peligro, dada por los criollos, víctimas centenarias de su sistema. Naturalmente no todos los que tenían iniciativas y poder fueron convencidos de la sinceridad de este pronunciamiento, y como ejemplos más claros podemos poner la fallida reacción del Capitán General en Caracas y la actitud recelosa de Coro, Maracaibo y Guayana, francamente hostiles a la corriente del 19 de abril. Aquí en el Táchira, algunos pueblos tampoco quisieron aceptar las proposiciones de adhesión a la Junta de Mérida.

Y es que, para los aferrados al Gobierno de España, había datos muy elocuentes que indicaban un propósito radicalmente distinto en el movimiento tales como las feliz y sorpresiva invención

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de diputados del Pueblo Soberano hecha por Juan Germán Roscio y Félix Sosa, y utilizada con enorme habilidad por el canónico Madariaga. Se mencionó la voluntad de los pueblos, se hablaba a nombre del pueblo de Caracas, y los que tal hacían se dijeron diputados populares. ¿Podrían hablar en estos términos hombres sinceramente monárquicos? En una especie de plebiscito de urgencia, el Capitán General, representante del Rey, pidió ratificación de sus poderes, como si fuera un mandatario de los ciudadanos; y estos cancelaron a gritos su autoridad. Podemos ver como aquellos querían dar muestras de su adhesión a un rey, estaban procediendo como los más experimentados republicanos. El viaje posterior de Miranda, “enemigo de España y decano de los patriotas americanos”, al decir de Baralt, fue ya un paso menos desembozado hacia la solución de 1811.

Volviendo a nuestras actas, podemos ver como en la de La Grita se habla de “nuestros hermanos de Europa” y a continuación los cabildantes dicen que están “instruidos plenamente en los derechos de los pueblos”. Es curioso hacer notar que el Cabildo de La Grita dejó una patente puerta de escape en el Acta, al advertir que se unía a Mérida separándose de Maracaibo, porque no podía exponer la sangre inocente de los griteños al fijo derramamiento, ya que había tropas de la Junta Superior de Pamplona, en El Rosario;

tropas del Marqués del Toro en Trujillo y tropas de la Junta de Mérida, ya dentro del territorio de La Grita. Expresados estos motivos concluye textualmente: “en lance de esta naturaleza, resolvió unirse a la Junta Superior de Mérida, desprendiéndose de Maracaibo”. Por si acaso, se acordó enviar testimonio autorizado del Acta al mismo Gobernador de Maracaibo de cuya autoridad se desprendían, a la Junta de Mérida y a otras autoridades y corporaciones. “En lance de esta naturaleza”, los muy ilustres cabildantes de La Grita dieron una prueba de habilidad política con esta acta de dos filos.

El Acta de San Antonio tiene la particularidad de que no se limita a reseñar lo tratado en la sesión o Asamblea, a la cual según

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su texto concurrió “todo el pueblo” que compone la parroquia, sino que comienza con el texto del discurso pronunciado por don Antonio María Pérez del Real, cuyas palabras dan idea de cierta ilustración y de galas tribunicias y recursos oratorios. Su peroración es una especie de exposición de motivos para animar a los parroquianos a unirse al “suave y dulce yugo”, son sus palabras, de la Junta Superior de Mérida. Fustiga a los mandones que han abusado del nombre sagrado de “nuestro suspirado monarca el señor don Fernando Séptimo”. En una parte de su discurso dice:

“Fieles vasallos de Fernando Séptimo, defended sus sagrados derechos, levantad el cuello y sacudid el yugo de ese gobierno opresor”. Se refería al de Maracaibo, decidido enemigo de la Independencia, que combatiría posteriormente a favor de España, contra “fieles vasallos” como los de San Antonio, que lograrían más tarde para su ciudad el título glorioso de Villa Heroica, combatiendo a favor de la República.

También se menciona en el Acta y esto seguramente debe abonarse a la iniciativa de Pérez del Real, que la autoridad con que obran se origina “del mismo derecho natural que impone al hombre en sociedad y aún solo, la imprescindible necesidad de mirar por su conservación”. Esto es puro Rousseau y pura Enciclopedia, invocados por los republicanos que todavía no podían poner todas sus cartas sobre la mesa, pero las insinuaban.

El 28 de octubre de 1810 se reunieron en la Sala del Ayuntamiento de la Villa de San Cristóbal, para oír las noticias y propuestas de don Luis de Ribas Dávila, comisionado de Mérida.

Entre los asistentes se mencionan: el teniente don José Andrés Sánchez Osorio, el alcalde de Primera Elección, don José Ignacio Sánchez; el de segunda, don Rafael Sánchez, y el vicario territorial, don Tomás Sánchez. En la cabeza del acta hay algo que tal vez podría interpretarse como una táctica dilatoria del Ayuntamiento, pues sus miembros dijeron que no podrían decidir nada sin convocar previamente todos y cada uno de los habitantes de los pueblos de Lobatera, Táriba, Guásimos y Capacho. Mientras se hacía esta casi

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imposible convocatoria general, podrían suceder muchas cosas, y don Luis de Ribas no podría perder esta oportunidad, de modo que el mismo día se separaron de la autoridad de Maracaibo y se unieron a la Junta de Mérida, diciendo que después de las palabras de Ribas se hallan plenamente convencidos de su legitimidad.

Es muy curioso anotar finalmente que en el documento de San Cristóbal y en el de La Grita se hace constar que el Acta se escribió en papel común, por no haber en ese momento “sellado”.

Probablemente no lo volvió a hacer nunca con el mismo sello, que era el de las Armas de España, y fue lo mejor que se comenzara a escribir cosas nuevas en papeles nuevos. Quienes proyectaban independizarse de España, quizá no lamentaron mucho la falta de papel oficial español.

Como miembro de este Centro considero un deber consagrar esta noche un recuerdo emocionado y un homenaje de gratitud para la vida y la obra de ese gran historiador tachirense que se llama Vicente Dávila, de cuya lamentable desaparición se cumple hoy precisamente el primer año. De su copiosa obra histórica literaria, de casi 20 volúmenes, podemos citar: Próceres Merideños, Destrucción de Pregonero, Jaculatorias, Rincones Mexicanos, Próceres Trujillanos. La organización del Archivo de la Nación y la preparación y publicación del enorme archivo de Francisco de Miranda son títulos suficientes para consagrarlo entre los primeros historiadores continentales. Fue sin duda uno de los más insignes varones de esta tierra y su recuerdo y su ejemplo nos ayudarán grandemente en nuestras labores.

Bajo los auspicios de Miranda y de los hombres del 19 de Abril, y con la compañía espiritual de Vicente Dávila, renace hoy el Centro de Historia del Táchira. Su finalidad, de acuerdo con el decreto que lo constituye, será “investigar la historia venezolana y particularmente la del estado en sus varios ramos: bibliografías, monografías, arqueología, biografías, memorias y tradiciones; velar por la conservación y mejora de los archivos, monumentos públicos y reliquias históricas, contribuir a la mejor conmemoración de las

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fiestas nacionales; divulgar por medio del libro, la prensa y la radio los valores culturales, patrióticos y cívicos de esta Entidad Federal, y desarrollar una labor tendiente al impulso de las letras, las artes y las ciencias”. En síntesis, conservar el patrimonio de la historia para la labor de continuidad social de entregarlo a las nuevas generaciones.

Que Dios nos asista en nuestras labores y nos ilumine en el camino.

Don Francisco de Miranda

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UN FUSILAMIENTO EN SAN CRISTÓBAL

Luis Eduardo Pacheco

Para el mes de julio de 1819 el pendón hispano señoreaba en el territorio de la antigua provincia de Mérida, en donde el mariscal de campo don Miguel de La Torre, con una fuerte división a sus órdenes y ante la amenaza de las huestes libertadoras que incontenibles irrumpían en las provincias centrales de la Nueva Granada, se preparaba para entrar en operaciones. Atento a la frontera de Cúcuta, el jefe realista había concentrado en el Táchira diversos cuerpos de tropas, situando en San Cristóbal la 5ª Compañía del famoso Batallón Tambo.

De modo que nuestro suelo era teatro de movimientos militares y de preparativos bélicos. Y puesto que se vivía bajo el desalentado régimen de los Pacificadores, podemos decir que para los habitantes de nuestra vieja ciudad los días discurrían entre sobresaltos, peligros y penalidades.

Tales eran las cosas al comenzar la última década del memorado mes de julio, cuando un suceso, muy de la época por cierto, vino a ensombrecer aún más el ambiente de zozobra de la urbe. Suceso del cual nos da noticia la siguiente constancia que aparece en uno de los libros de nuestra parroquia de Catedral:

“En Sn. Cristl. A quince de Julio de mil ochocientos diez y nueve, yo el propio cura di sepultura eclesiástica a Rafael Parada que fue fusilado en esta, marido de Bárbara Alvarado, de la ciudad de Barquisimeto. Recibió el Sacramento de la penitencia, y fue resado el oficio de limosna, de que doy fe. –Nota. No fue el quince sino el veinte y uno de id.- PEDRO JOSE CASANOVA”. (Lib. 3 de defunciones, fol. 191).

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En vano se rastrea, aquí y allá, en busca de otras noticias acerca del protagonista del triste episodio ¿Era un delincuente común? ¿Hemos de tenerlo por un oscuro soldado desertor de las filas realistas? ¿O fue acaso un partidario de la revolución que expiaba en el cadalso su amor a la Patria?

Sea lo que fuere, el nombre de este infortunado criollo figurará en las crónicas de San Cristóbal como el de la última víctima que la inapelable justicia española sacrificara en estas comarcas.

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Perfiles Humanos

DR. FRANCISCO JAVIER GARCÍA DE HEVIA

Rafael María Rosales Muy poco –por no decir nada- se conoce de los héroes y mártires tachirenses que en la jornada emancipadora fueron abanderados y forjadores del ideal de la libertad. Acaso porque el Táchira, por sus vías de comunicación y por su vecindad con Colombia, haya enviado o vinculado a tal país sus hombres; o bien porque nuestros historiadores por desconocimiento o indiferencia no han dicho a la Venezuela integral del esfuerzo y sacrificio de quienes a partir de la romántica insurrección de los Comuneros del Socorro y de la Campaña Admirable de 1813 estuvieron siempre presentes en los momentos cruciales de nuestra independencia.

Tupida estaba la montaña como enmarañadas andaban las ideas bajo el dominio español. Difícil era en aquel ambiente de frío y niebla alcanzar un libro con intenciones revolucionarias.

Promediaba el siglo XVIII y La Grita, como cabeza de provincia, apenas lograba mantener libre los aires saludables y frescos de su hermosa meseta y mostrar los paredones de su monasterio, refugio permanente de la oración.

Don Salvador García y doña Juana María de Hevia habían formado su hogar al amparo del Santo Cristo milagroso y el 16 de febrero de 1763 las campanas menores echaban al vuelo la noticia del bautizo de Francisco Javier, hijo de tan hidalgo hogar tachirense.

El futuro mártir apenas podía alcanzar en La Grita el conocimiento de la instrucción primaria. Por eso un día se aventuró por El Zumbador para un viaje sin retorno a Bogotá. El Colegio de San Bartolomé le hospedó y como convictor entró el 22 de junio de 1784. Cursó estudios de Derecho canónico en la Universidad de Santo Tomás hasta licenciarse primero y doctorarse después el 28 de marzo de 1789. A partir de esta fecha fue un asiduo y admirable colaborador docente en el célebre Colegio de San Bartolomé, como secretario, regente de actos, catedrático de Filosofía y Vicerrector.

Su obra y su labor allí son el pensamiento vivo de un venezolano de la revolución. Las ideas que sustenta, los principios que defiende, revelan el comienzo de un nuevo destino en América.

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Ejerce los cargos de Administrador de la Renta de Tabacos en los llanos de Casanare y Juez de diezmos en 1792.

La Real Audiencia de Santa Fe le da el título de abogado el 2 de marzo de 1793 y el 11 de octubre del mismo año lo obtiene en la audiencia de Caracas.

Cuando llega el movimiento independentista, el Dr.

Francisco Javier García de Hevia es uno de los primeros en apoyarlo con todos los recursos a mano. Como recompensa a sus actividades, a sus preocupaciones y a su talento, es nombrado representante de las ciudades de San Juan y San Martín de los Llanos; con tal carácter concurrió a las sesiones del “Serenísimo Colegio Revisor y Electoral”.

Desempeñaba el importante cargo de Vicerrector de San Bartolomé cuando fue promulgada la independencia de Cundinamarca, el 16 de julio de 1813. El Dr. García de Hevia “juró con todo el claustro la independencia absoluta de Cundinamarca”.

Dos años después, representando a Tocaima, firmó la reforma constitucional hecha por el Colegio Revisor y Electoral.

Luego el gobierno cundinamarqués le confirió la delicada misión de arreglar las desavenencias surgidas entre tal gobierno y el de Tunja.

Su influencia y su prestigio eran notables. Se le consideraba útil y necesario en las tareas del Gobierno. Así el 6 de julio de 1815 se encargó de la Gobernación de Cundinamarca, desempeñándose hábil, serena y dignamente en las difíciles circunstancias de entonces.

El 12 de marzo del año siguiente renunció irrevocablemente tal cargo. A poco el Pacificador Morillo ocupó a Santa Fe y de inmediato ordenó prisión para el Dr. García de Hevia y el secuestro de sus bienes.

Morillo tenía ansias por hacerse sentir ante la fuerza de un pueblo defendiendo su derecho a la libertad. García de Hevia era un hombre a quien los pueblos seguían con fe revolucionaria y su presencia en Cundinamarca entorpecía los planes del Pacificador. Es así como este ordena el fusilamiento del Dr. García de Hevia, quien ya en capilla otorgó testamento el 5 de julio ante Francisco Jiménez, capitán del primer Batallón de Numancia; don José Melgarejo, capellán del Regimiento de Húsares; don Luis Villabrille, capellán mayor, y José María Defrancisco, secretario de la curia, que actuaron como testigos. En su testamento declara “insubsistente la donación de $ 6.300 hecho a la Real Hacienda para purgar sus faltas”.

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Y no solamente ordenó Murillo el fusilamiento de este patriota venezolano, sino que también su esposa, doña Petronila Nava y Soerrano, fuese desterrada, sus bienes secuestrados y sus dos hijos, Juan Crisóstomo y Dionisio Antonio, enrolados como soldados en el realista Batallón Numancia. “Al primero, audaz guerrillero, se le conmutó la pena capital”.

En la Huerta de Jaime, el día 6 de julio de 1816, fue ejecutado el Dr. Francisco Javier García de Hevia. Así termina la vida de este gran prócer y civilizador venezolano, para quien todavía no ha llegado la hora de la justicia. Su nombre está olvidado para quienes ven con indiferencia el esfuerzo del pueblo tachirense. Ni una calle, ni una plaza, ni un municipio, ni una obra social ostentan el nombre de este gallardo héroe de La Grita. Para él pedimos el recuerdo agradecido de los venezolanos.

Francisco García de Hevia.

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Por los Archivos del Táchira.

LOS ANTIGUOS JURADOS DE IMPRENTA Intervención de la municipalidad de San Cristóbal

Por Marco Figueroa __________

San Cristóbal, 30 de junio de 1950 – El día 26 de agosto de 1845, de acuerdo con las leyes de la época, la Ilustre Municipalidad de San Cristóbal efectuó la designación del Jurado de Imprenta, cuerpo oficial que tenía a su cargo funciones específicas en todas las materias referentes a publicidad.

Los hechos que hoy historiamos, a más de cien años de distancia, constan en la documentación que reposa en el archivo antiguo del Concejo Municipal de San Cristóbal, fuente preciosa que afortunadamente ha sido reorganizada y colocada en situación de eficaz conservación. De allí hemos tomado, como en la generalidad de nuestros humildes trabajos históricos, el material inédito que pasamos a discriminar.

El señor Don Domingo Guzmán, elemento representativo y factor de progreso para nuestras viejas comunidades de Los Andes, tuvo la singular fortuna de ser el introductor de la imprenta a la Provincia de Mérida. Guzmán dirigió al Cabildo sancristobalense con fecha 15 de agosto de 1845 una nota para comunicarle, como cuestión de mucha trascendencia, la llegada del equipo impresor.

Remitió adjunto a su comunicación, hecho en tela de raso, un impreso, e hizo al cuerpo edilicio el ofrecimiento de los servicios de su taller tipográfico que denominó “Imprenta Táchira”.

El Concejo Municipal, en sesión del 18 del propio mes de agosto, consideró la importante materia que el señor Guzmán sometía a su consideración. Y en acta sesional estableció lo que sigue: “Reunido el Concejo con el número correspondiente, sin asistencia del concejal 5°, procedió a ocuparse de lo siguiente: Dióse

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cuenta de una comunicación del señor Domingo Guzmán datada en 15 último, con la cual acompaña un impreso en raso, participando el establecimiento de una imprenta de su propiedad en esta villa, y ofreciendo al mismo tiempo sus servicios. El Cuerpo manifestó suma satisfacción por tan importantes noticias, y dispuso que la presidencia conteste al señor Guzmán expresándole a su nombre los mejores sentimientos de reconocimiento por su gratuita bondad al ofrecerle los servicios de la primera imprenta que se conoce en la Provincia, la “Imprenta Táchira”. El Sr. Presidente llamó la atención del Cuerpo sobre examen de la escuela de niñas, y a mosión suficientemente apoyada del señor Martínez, fue resuelto: que se disponga el examen de dicha escuela para el último de sete. próximo;

si antes no viniere el Sr. Gobernador, pues en este caso sea verificado con su presencia. Así fue aprobado. En seguida informó el Sr. Presidente que no habiéndose recibido contestación en su despacho del Sr. Gobernador sobre la consulta relativa a jurados, ponía en conocimiento del Cuerpo esta ocurrencia, por si creyere conveniente el nombramiento de dichos funcionarios. Propuso el Sr. Martínez con apoyo suficiente “que se hiciera la elección de jurados atenta la urgencia que demanda su objeto, pues que existiendo hoy imprenta, debe también existir el tral. de su conocimiento; que por tanto proponía se hiciese el nombramiento el lunes próximo en sesión extraordinaria recogidos los datos necesarios sobre el conocimiento de los individuos”. Adicionó el Sr.

Presidente “que se nombre una comisión para que en dicha sesión presente una lista de los cnos. que poseen elección”. Así fue aprobado. Y siendo avanzada la hora el señor Presidente levantó la sesión, habiendo invitado los miembros para el lunes próximo. –El Presidente, Jesús Contreras. Cristóbal Gutiérrez, Seco. into”.

Como estaba resuelto en la sesión cuya acta dejamos inserta, el 26 de agosto siguiente se reunió el Cabildo de San Cristóbal, con el fin de realizar la designación de los miembros del Jurado de Imprenta. El hecho histórico que representa sin duda un suceso de grande importancia en el antiguo Táchira, consta del acta respectiva

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que es de este tenor: “Sesión extraordinaria del 26 de agosto.

Reunióse el Concejo con suficiente número sin asistencia de los concejales tercero y quinto, procedió a verificar el nombramiento de las personas que deben ejercer el cargo de jurados, según la Ley de 27 de abril de 1839, y habiéndose ocupado el Cuerpo primero de resolver si permitirá la población los treintiseis, después de una larga discusión, resultó por decisión absoluta, no ser posible más que veinticuatro, considerada la circunstancia de no haber sujetos con las cualidades requeridas. Hecha la elección de uno en uno por mayoría, se obtuvo el siguiente nombramto.: Antonio Brizeño, Antonio Ma. Gatell, Antonio Ma. Maldonado, José Antonio Niño, Agustín Arias, Andrés Vivas, Cristóval Gutiérrez, Carmen Colmenares, Domingo Guzmán, José María Gutiérrez, Juan de Dios Quintero, José Gregorio Villafañe, Melitón Colmenares, Narciso Lara, Nicolás Galavís, Antonio María Cárdenas, Jacinto Colmenares, Carlos Merchán, Carlos Rangel, Juan José Navarro, Asisclo Muñoz.

Dispuso el Concejo que por su Presidente sean comunicados estos nombramientos igualmente que se participe a la autoridad competente. Propuso el señor Martínez que se consulte al señor Gobernador si están esentos del cargo de jurados los funcionarios siguientes: el Jefe Polco., el Registrador y los Admores, de correos y rentas municipales. Así fue resuelto. Y siendo avanzada la hora se levantó la sesión. El Presidente, Jesús Contreras. Cristóbal Gutiérrez, Seco. into”.

El 21 de agosto el Presidente del Cabildo local oficiaba al señor Domingo Guzmán diciéndole: “Al comunicar a V. el Acuerdo que antecede, no debe precindir el infrascrito de expresarle la satisfacción que por su parte le ha merecido la bondad con que se valió de su órgano para poner en conocimiento del Cuerpo el impreso y comunicación arriba citados; igualmente para desearle el mejor éxito en la empresa de que tantos bienes puede reflejar nuestra provincia, a quien como a V. tengo a honra de felicitar”.

El Cabildo hizo a propósito del nombramiento de jurados de

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Imprenta las participaciones de rigor, en una de las cuales hallamos consignadas estas frases: “En sesión extraorda. de hoy tuvo a bien el I. Concejo Municipal que tengo la honra de presidir, nombrarle a V. miembro para ejercer el cargo de Jurado, de acuerdo con la Ley de 29 de Abl. de 1839”.

La imprenta abrió para el viejo Táchira luminosas pers- pectivas. Se publicaron voceros de prensa, entre ellos “El Eco del Torbes”, fundado a poco por el señor Guzmán, órgano que inició entre nosotros las actividades publicitarias. La región poseyó uno de los adelantos más notables. Y desde entonces, a través de los tiempos, por entre las grandes dificultades vividas por la República, ha contemplado esta región venezolana periodistas honestos como don Domingo Guzmán, y corruptores de la publicidad como tantos que se han dado ínfulas de periodistas, sin tener las condiciones de ilustración y moralidad profesional que requiere el ejercicio de tan noble apostolado.

Grato nos es desenterrar de los antiguos documentos que se guardan en el Concejo Municipal de este Distrito, estas informa- ciones que se refieren a un hecho trascendente en la vida social del Táchira: la iniciación de las labores de la primera imprenta local.

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Don Domingo Guzmán

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Discurso pronunciado por el compañero Rafael M. Rosales en el Salón de Lectura la noche del 28 de marzo, en el acto

solemne programado por el Gobierno del Estado con motivo del Bicentenario del nacimiento del Generalísimo don Francisco de Miranda

Asistimos hoy a un acontecimiento histórico de grandes proyecciones en la vida libre de los pueblos hispanos, por cuanto es base y estímulo en el origen y desarrollo de su independencia. Solo que esa vida libre, ese sentido de la libertad, no ha podido ubicarse en la fuerza unitaria de los pueblos, a pesar de los esfuerzos y de la buena intención de quienes forjaron tal independencia. Esto, porque todavía andamos atados a las intrigas y a los rencores, y esta- bleciendo zonas de patriotería.

El nacimiento de Miranda contempla el comienzo de un camino: el camino de la libertad. La vida colonial, con el peso de los siglos del dominio español, no tenía –no podía tener otra cosa- sino las garras de la conquista.

El ambiente ahogaba toda idea, todo propósito de superación. Los privilegios eran para un grupo. O lo que es lo mismo, los deberes eran para todos y los derechos para unos pocos.

Así andaban las cosas en todas las comunidades americanas cuando advino en Caracas, el 28 de marzo de 1750, FRANCISCO DE MIRANDA. Por eso esta fecha será siempre un acontecimiento histórico para los pueblos meridionales de la América que él supo comprender en todas y cada una de las horas de su itinerario de revolucionario glorioso.

El conocimiento de su aventura con la libertad empezó cuando su juventud caballeresca y galante alcanzó las presillas de Teniente coronel en Pensacola, Florida, al guerrear a favor de la independencia norteamericana. Desde entonces, su devoción por la libertad no conoce término. Se convirtió en un peregrino sediento, en un lector ambicioso, en un filósofo creador. Viajando a cada amanecer luminoso lo encontramos madurando la fuerza inacabable

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de su visión emancipadora, buscando contactos valiosos para su ideal de liberar a las colonias españolas en América.

En Estados Unidos expone ideas. En Inglaterra conoce los sistemas de gobierno que lo atraen. En Holanda se inspira con los molinos y las cofias. En Alemania aprende la marcial apostura del soldado. Viena y Bohemia le son propicias en la emoción musical.

Hungría e Italia aumentan su colección de amistades, aventuras y conocimientos. En Atenas se detiene a recuperar el gusto sosegado por los buenos vinos, las danzas y las “mujeres de enagua por la rodilla que son bastante cariñosas”. En Rusia se abre como una rosa, por encima de las estepas y los musicales ríos, la intimidad imperial que le quiere retener con el uniforme de coronel del Ejército de Catalina II. En Polonia, Suecia y Dinamarca se ennoblece al sugerir medidas humanitarias. En Suiza estiliza su visión revolucionaria.

Pasa nuevamente a Italia y de allí a Londres, donde está un año interesando a personajes notables en favor de su empeño liberador.

Su actividad no conoce descanso. Escribe, habla, gestiona. Al fin se descorazona ante la confusión de Pitt.

Un día enrumba sus pasos a Francia. El 23 de mayo de 1792 llega a París. La Revolución se agita en cada pecho girondino. El venezolano se siente bien allí. Es su ambiente. Contribuye a fomentar el fuego de la Revolución y esta le acoge con señalado interés. Con el grado de Mariscal de Campo del Ejército va al norte francés a las órdenes del general Dumouriez. Pocos son los días transcurridos para que el venezolano gane una acción importante en Briquenay. Estando en el frente, en la hora del vivac, se impone el civilista y el precursor. Desde allí recomienda la participación de la mujer en el Parlamento.

Su acción guerrera asciende en provecho para Francia y gloria para el mariscal venezolano, pues en Valmy salva al ejército y engrandece a la República.

Su amigo Brissot lo insinúa para gobernar a Santo Domingo, pero Miranda disuade a su amigo de la tentadora oportunidad ofrecida. Se le confía después el mando del ejército en Bélgica y allí

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alcanza el glorioso sitio de Amberes.

Pero las ideas iban a encontrarse. La monarquía y la República no podían avenirse. Miranda, como es lógico, estaba con la segunda. La quiebra con Dumouriez era inevitable. Neerwinden decidió la situación. Miranda previó el desacierto y probó su capacidad. Llegaron días difíciles para él. El Tribunal Revolucionario le llama para que responda sobre graves acusaciones tejidas por la intriga y la calumnia. Cinco días dura el juicio. Miranda se defiende con vigor de responsabilidad y lealtad. El proceso termina y el venezolano es absuelto. Le ha ganado una a la guillotina. Sin embargo, perdida la Gironda, Miranda es arrestado nuevamente. Se le considera peligroso por ser en esos momentos la figura más importante de la Revolución Francesa. Viaja entonces de incógnito a Londres. Comienza allí otra vez la lucha por la libertad indo- española. Sueña con una confederación de pueblos con el nombre de Colombia. Pero otra vez le exaspera la frialdad inglesa y piensa nuevamente en Estados Unidos de América.

Llega al país norteño con su ideal de siempre. Y por fin el 2 de febrero de 1806 la bandera tricolor que él mismo crea, bate su alegría en el mástil del “Leandro”. El Precursor alecciona afanoso y diligente a los hombres que lleva en su flotilla desafortunada.

El timonel recibe orden de enrumbar hacia costas venezolanas y cuando la invasión mirandina va a calar en Ocumare de la Costa, es atacada por guardacostas coloniales. Es que el representante español en Estados Unidos había dado noticias al Capitán General de su salida. Miranda escapa en el “Leandro” y se refugia en Barbados. Luego va a Trinidad. Allí recupera fuerzas y esperanzas y zarpa nuevamente con dirección a La Vela, donde desembarca triunfante. Pasa a Coro y nombra el primer gobierno de la República. No obstante, la indiferencia criolla da al traste con el empeño mirandino. Se ve solo el Precursor. Convoca allí a un Consejo de Guerra y este decide salir a Aruba y luego a Trinidad, donde se liquida en pública subasta lo que queda del gran esfuerzo de Miranda.

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Nuevamente en Londres, Miranda apretuja su corazón en el silencio de su fracaso. Pero su contextura de revolucionario no puede inanimarse. El fuego sagrado de que habló Napoleón le impulsa con la violencia del incendio. Su Colombia soñada no puede perecer en la derrota. Es verdad que lleva 57 años encima, pero su ideal le tonifica y su pensamiento nuevo le agiliza acción e intelecto.

Revive la Logia fundada por él mismo años atrás. En ella inicia a los

“Caballeros Racionales” que llegan del sur: Bolívar, O´Higgins, San Martín, Nariño, Ricaurte, Del Valle, Montúfar, Teresa de Mier, todos de la Legión Libertadora Suramericana, después de haber templado su espíritu en la fragua mirandina.

“El Colombiano”, periódico de combate y de doctrina, es otra fase de la multiplicidad de Miranda. En él expone su pensamiento con relación a los problemas sudamericanos del

“Incanato” que aspira a confederar.

Y la obra del Precursor no se pierde. Está fructificando. En Caracas se ha sucedido el 19 de abril de 1810 y la Junta surgida de ese movimiento envía una delegación a Londres en busca de apoyo.

Miranda le sirve de Cicerone, de introductor y de consejero. En esta comisión están Simón Bolívar, Andrés Bello y López Méndez. El primero invita a Miranda para que venga a Caracas y este, preocupado por el destino y el dolor de su pueblo, acepta regresar en diciembre de 1810.

La Junta Suprema le da el título de Teniente General, que no es precisamente lo que merece Miranda. Pero es que la intriga, la envidia de los “mantuanos” persiste. Se sucede luego la elección representativa y Miranda es nombrado diputado por El Pao. Se inaugura el Congreso y en la directiva no hay lugar para este

“hombre extraordinario”.

Se designa luego el triunvirato ejecutivo para administrar las provincias y allí tampoco está el Precursor. Pero el patricio no se entera de la miseria humana. Su grandeza está por encima de las mezquindades de parroquia. Su ideal es más alto y más noble que el de los “grandes cacaos” caraqueños.

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Pero la revolución está en marcha y pronto surge la Junta Patriótica que elige presidente al viejo y veterano revolucionario, que una vez más agiliza su pensamiento y su estado físico para la dinámica estimuladora y creadora de la libertad.

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Reunido el Congreso, Miranda enciende el espíritu de los patriotas con su famoso discurso del 3 de julio y dos días después firma con sus compañeros el acta de la Independencia. Es el 5 de julio de 1811.

Con todo, la República no se ha estabilizado. Se subleva Valencia y en agosto Miranda la somete. Los días son un tanto desconcertantes y se requiere una figura para ponerse al frente de los graves acontecimientos. Miranda es nombrado Generalísimo con amplias facultades. Pero el drama está llegando con amarga realidad.

El ambiente desconoce al viejo revolucionario, cuyos métodos contrastan con los de la realidad venezolana.

Monteverde avanza y los realistas confunden al pueblo aprovechando el terremoto de 1812. Miranda establece su cuartel general en Maracay. En La Victoria rechaza victoriosamente al enemigo, pero comete el error de no perseguirlo. Es que el Generalísimo no quiere derramar la sangre coriana y larense. Su criterio de hombre venezolano y su sentido de guerrero de escuela está en contrasentido otra vez con la realidad.

La noche del 5 de julio de 1812, cuando se conmemoraba el primer aniversario independentista, recibe noticias de Bolívar comunicándole la pérdida de Puerto Cabello, el mejor baluarte de la República. Es la “noche triste” del Generalísimo.

El 25 de julio se firma la “Capitulación de San Mateo”. Un consejo convocado por Miranda lo ha decidido así. Otra vez la calumnia se ensañará en la gloria del Generalísimo. Los sucesos conmueven a la República y exasperan a los patriotas y el Jefe supre- mo en ese momento carga con la responsabilidad, sin que haya derecho para ello. El infortunio le persigue hasta hacerlo sucumbir en la vergüenza de las bóvedas de La Guaira, donde es prisionero de la República y de España. Las circunstancias imponen esta injusticia al ilustre patricio. Y Bolívar es el primero en lamentarlo, pues cuando Iturbe le deja entrever que la prisión de Miranda es un servicio a España, le contesta: “Le prendí para castigarlo; no para servir al Rey”.

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De La Guaira es pasado a Puerto Cabello a convivir con las miasmas y los grillos que sangraron sus tobillos.

Casa León opina que Miranda es “la cabeza de los malos” y debe ir a las cárceles de España. Y en efecto, Monteverde lo envía al Castillo del Morro en Puerto Rico, al conocer el memorial que Miranda escribe en su prisión para la Real Audiencia, pidiendo el cumplimiento de la capitulación. Menos mal que allí obtiene trato más humano. Pero en 1814 va a encerrar el grito de la libertad en la prisión de las cuatro torres en La Carraca.

Su salud se ha ido quebrantando en ese afanoso avatar de su senectud gloriosa. El escorbuto y la avitaminosis han minado su organismo antes ciclópeo y sano. Un ataque de apoplejía le hiere de muerte. Después una fiebre tifoidea le hace delirar en el orto infortunado de su vida y cuando el sol está tocando el cenit del día 14 de julio de 1816, acaba la vida del Generalísimo Francisco de Miranda. Solamente su fiel Pedro José Morán está a su lado, cuando en la noche tenebrosa e inquisitorial su cadáver va a perderse en un pobre e ignorado cementerio. Allí no hay ni una flor para su tumba.

Apenas las lágrimas del leal Morán. Más bello no puede ser el homenaje.

Hemos andado brevemente tras la huella del héroe. Con él hemos recorrido algunas de las fases de su vida. Queda ahora para el pueblo venezolano el conocimiento real y concreto de su obra que alcanza dimensión universal.

Que este aniversario de su natalicio sirva a la América, por cuya libertad luchó sin tregua, para unificar su destino en el vigor y la esperanza del ejercicio democrático, en el acercamiento sincero y leal de sus hombres y sus pueblos, en la más pura expresión de su independencia política y económica.

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BARINAS SEÑORIAL

Luis Andrés Rugeles __________

Enclavada sobre la gran alfombra de los pastizales llaneros, Barinas sigue esperando en su futuro, ya que, del ayer, cuando ocupaba el segundo puesto entre las ciudades venezolanas, pocas cosas le quedan, aparte del valioso acerbo histórico que también ha sufrido las contingencias del tiempo, con la despreocupación de sus hijos, traducida en detrimento de ese legado precioso que para ellos acumuló la ingénita bondad de sus abuelos.

De ese pasado opulento y señorial le quedan todavía la vieja iglesia de Nuestra Señora del Pilar, el malogrado Palacio del Marqués, la casa de los Pulidos y la cárcel aquella, donde la curiosidad del transeúnte se detiene para mirar las huellas de lanza en su portón, y el destartalado y húmedo “calabozo de las ánimas”

que en la ingratitud de su hospedaje tiene el recuerdo grato de haber aposentado en su seno al invicto vencedor de Las Queseras.

En breve visita que ha pocos días hiciéramos a la ciudad de Barinas, nos cupo la suerte de conocer el templo ese que la piedad de muchos supo consagrar a la gloria de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. Allá, en la altura de su camarín, pudimos apreciar la bella reina con su corona de plata sobre el diminuto pilar que le da su nombre.

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Las viejas baldosas de greda sobre las cuales pasaron los Milanés y los Pumar, los encomenderos del Rey y los llaneros de Páez sustituidas fueron por el débil baldosín de colores; y fue entonces cuando tuvieron que ceder su puesto valiosas reliquias de esos tiempos. Por eso, no encontramos los reclinatorios de don José Ignacio y doña Micaela, los Marqueses de la Barinas señorial.

Adentro, en un rincón de la sacristía, se nos mostraron sus viejos restos, unas varillas de madera casi destruidas por el tiempo, de entre las cuales distinguimos dos con sendos letreros bajorrelieve, que dicen: “MARQUÉS DE BOCONÓ” y “MICAELA DEL CALLEJO”.

Igualmente pudimos observar allí, mostrados por el padre Parra, el Santo Sepulcro de lata moldurada que da la impresión de maderas hábilmente elaboradas, y también el Cristo desenclavado y las imágenes de Semana santa, que allí mismo en Barinas construyeron por el año de 1849 artífices expertos.

También el frontis de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar ha sido modificado. A su costado derecho se abrió honda brecha para colocarle moderna torre, que siempre estará mostrando a todos la disímil conjunción de dos épocas que se excluyen entre sí por numerosas razones, y en especial por sus costumbres y por su espíritu piadoso, tan cambiados hoy día.

Del Palacio del Marqués, muchas quejas tienen que formular la investigación histórica. Abandonado por tiempo inmemorial, parecía ya que sus ruinas estaban condenadas a pregonar ante propios y extraños la indiferencia de un pueblo digno de grandes obras. Rota esta barrera de inercia que la mano oficial había colocado entre la reliquia histórica y el programa de sus realizaciones, el Palacio empezó a recobrar nuevas formas, llenando el espacio de sus amplias habitaciones con el calor y la vida que hacía tanto tiempo habían sido sustituidos allí por el silencio y la desolación. El edificio se concluyó un día, y en lugar del jefe del servicio, los dos mayordomos y los 40 esclavos que allí trabajaban para sus señores, los marqueses, vino numeroso tren de empleados para hacer de

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aquella mansión el Palacio de Gobierno de la Barinas de ahora. Pero es aquí donde la observación no puede callarse, frente a la contradicción de quien ordenara la reconstrucción del palacio, al manifestar su deseo de conservar la arquitectura general del edificio, permitiendo a la vez la sustitución total de ese conjunto de detalles, que no podían desaparecer sin borrar de una vez por todas las huellas de la Colonia y la Primera República que para Barinas y Venezuela toda constituyen la piedra fundamental de lo que hoy son.

Por eso vimos sorprendidos y con la nostalgia infinita de lo que no pudimos conocer, esa casa señorial, contrastando en dimensiones a la antigua, con el herraje de sus ventanales disonantes y modernos.

Al mencionar aquí el Palacio de Barinas no podemos evitar la satisfacción de hacer referencia de don José Ignacio del Pumar, su primer dueño y morador.

Este insigne barinés que llevaba sangre de nobles castellanos fue conocido primero con el título de Vizconde del Pumar y luego con el de Marqués de las Riberas de Boconó y Masparro, que le fuera concedido por Real Cédula de 17 de diciembre de 1787. Y da gusto leer los méritos que distinguían a este varón ilustre, en quien la Corona de España para designarlo marqués tuvo en cuenta sus importantes servicios de Regidor Alférez Real de Barinas, alcalde ordinario, teniente de Gobernador y Justicia Mayor, cabo a Guerra principal, juez de comisos, administrador de Real Hacienda, jefe militar en la época de Miranda, y jefe del Estanco de Tabaco.

Asimismo, se destaca la obra del Marqués en honor del rey y en beneficio de los indígenas, poniendo al servicio de estos su propia fortuna hasta fundar las vice-parroquias de San Jacinto de la Horqueta de Apure y la de Guasdualito.

La parroquia de Barinas le debió también valiosos donativos en dinero y útiles del culto, así como préstamos que nunca le fueron pagados.

El nombre de ese barinés ejemplar no solo fue patrimonio de su patria abuela, sino también orgullo de la causa emancipadora, a la cual dio sus hijos, Ignacio María y Miguel María Pumar y Callejo,

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con quienes sacrificó a la vez su inmensa fortuna, de cuyo testamento se resume:

“58 leguas de tierra en hatos 1 hacienda de cacao

3 haciendas de caña 2 haciendas de añil 5 hatos de ganado 400 esclavos

4.000 novillos de cosecha anual 2 palacios

2 casas en Barinas

$ 65.500 en efectivo

“ 17.000 en prendas

“ 11.750 en deudas 500 mulas de arrias.

Etc. Etc.”

Don José Ignacio del Pumar había nacido en 1738 en la ciudad de Barinas, del matrimonio de don Plácido del Pumar y Fernández de la Riva con doña María de la Ascensión Traspuesto y Bragado, y a su vez se había casado con doña Micaela del Callejo y Pumar, de cuya unión nacieron don Miguel María (Alcalde Ordinario de primer voto en Barinas), don Manuel María, don Ignacio María (edecán del Libertador), doña María Ignacia y doña Josefina Lucía Pumar y Callejo. A sus títulos nobiliarios unía el honor de ser Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III.

Murió el celebrado marqués después de una vida meritísima prolongada en años y en obras que aún perduran y se empinan hacia el futuro en la multiplicidad de su descendencia. La cárcel de Guanare le sirvió de albergue en 1814 a quien como el Marqués de Boconó y Masparro había tenido riquezas y honores unidos a su nombre de gran español y mejor republicano.

San Cristóbal, 18 de junio de 1950.

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Obras consultadas:

1.- “Familias Coloniales de Venezuela”. José Antonio Sangroniz y Castro. Tomo I, pág. 338-42. Editorial Bolívar. Caracas.

MCMXLIII

2.- “Palacio de Gobierno de Barinas” (Folleto publicado con motivo de la inauguración de la reconstrucción del edificio). Coop.

de Artes Gráficas Caracas. MCMXL.

Marqués de las Riberas del Bocono y Masparro.

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BOLÍVAR, MARISCAL Nunca usó el título

Tulio Febres Cordero.

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En los encabezamientos de sus proclamas y decretos, en 1813 y 1814, el Libertador usó sucesivamente los títulos militares de coronel, comandante en Jefe del Ejército combinado de Cartagena y de la Unión, Brigadier de la Unión y últimamente General en Jefe del Ejército Libertador de Venezuela.

Con fecha 25 de setiembre de 1813, el presidente del Supremo Congreso de la Unión Granadina envió a Bolívar el despacho de Mariscal de Campo de la Unión. Sin duda por la crudeza de la guerra a muerte y consiguientes dificultades de comunicaciones, tal despacho no llegó a sus manos sino el 1° de febrero de 1814, fecha en que lo contestó desde Puerto Cabello. “Lo acepto –dice-, por el deber que me impone de sacrificar mi vida, el primero, por la defensa de la América, y por recibir de ese ilustre Congreso tan sagrada obligación”.

En aquellos días Bolívar ya se titulaba Libertador de Venezuela y General en Jefe de sus ejércitos. Aceptó el título de Mariscal pero no llegó a usarlo, que sepamos, en ningún acto. Y la razón es obvia. Desde el 17 de octubre de 1813, el Libertador había dictado un Reglamento Militar, con el fin de que el ejército de la República se distinguiese de las tropas españolas en uniformes, divisas y órdenes de grados. En dicho reglamento se suprimían terminantemente los títulos de Capitán General y Mariscal de Campo, quedando sustituidos por los de General en Jefe y General de División. No podía pues el Libertador infringir su propio decreto.

Y llama la atención que aun fuera de Venezuela, a donde no alcanzaba el vigor de tal decreto, cuando a fines de 1814 militaba en Nueva Granada, al servicio del Supremo Congreso que le había conferido el Mariscalato, en la proclama dirigida desde Techo, el 10 de diciembre, a los habitantes de Bogotá, no usó tampoco el título

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de Mariscal sino el de Brigadier, que era inferior en grado, porque equivalía a General de Brigada. Parece por esto que no era muy del agrado de Bolívar el título de Mariscal.

Es del caso observar que Bolívar recibió dos veces el título de Capitán General: primero, de la Municipalidad de Caracas, el 10 de octubre de 1813; y un año después, el 15 de octubre de 1814, lo recibió también del Gobierno Supremo de Nueva Granada, título que para entonces era el más alto que se confería en la carrera militar y que no obstante haber sido suprimido por él en 1813, sí lo usó hasta 1819.

En fin, en esto de títulos militares y políticos, como el mismo Bolívar lo declaró más de una vez, ninguno por eminente que fuese, sin excluir el de Presidente, Rey o Emperador, era comparable al que espontáneamente le dieron los pueblos redimidos por su genio y por su espada, tanto en el vasto territorio de la Gran Colombia como en los dominios del Perú, título glorioso que usó hasta su muerte:

BOLÍVAR LIBERTADOR.

Mérida, octubre de 1934.

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INFORME SOLICITADO POR EL GOBIERNO DEL ESTADO AL DIRECTOR DEL CENTRO DE HISTORIA

DEL TÁCHIRA

Estados Unidos de Venezuela Estado táchira

Gobierno del Estado Secretaría General

N° 599 San Cristóbal, 16 de mayo de 1950

141° y 92°

Ciudadano Director del Centro de Historia del Táchira Ciudad.

Mucho le sabré agradecer informar a este Gobierno, a la mayor brevedad posible, las fechas clásicas de esta Entidad Federal, y si en este año o en el próximo se cumple en este Estado alguna fecha cuya conmemoración por motivos de la magnitud y trascendencia del hecho histórico a rememorarse, corresponde al Gobierno tomar parte.

Le anticipo cumplidas gracias por la atención que dispense a los particulares antes anotados.

Dios y Federación.

Dr. HOMERO MORENO OROZCO Secretario General de Gobierno

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CENTRO DE HISTORIA DEL TÁCHIRA DIRECCIÓN

San Cristóbal, 25 de mayo de 1950 Ciudadano

Secretario General de Gobierno del Estado Táchira Su Oficina

Tengo a honrar avisarle recibo de su atento oficio del 16 de este mes, N° 959, y en cuenta de los particulares que lo motivan, relacionados con las fechas clásicas de esta Entidad Federal, cúmpleme darle a continuación la lista de ellas así:

15 de agosto de 1547. Descubrimiento del territorio del Táchira por la expedición que desde El Tocuyo comandó el capitán Alonso Pérez de Tolosa.

25 de julio de 1558. Descubrimiento del Valle de Santiago, donde hoy se ubica la ciudad de San Cristóbal, por la expedición que comandó el capitán Juan Rodríguez Suárez.

31 de marzo de 1561. Fundación de San Cristóbal por el capitán Juan Maldonado.

25 de abril de 1578. Señalamiento de los apuntamientos de la ciudad del Espíritu Santo de La Grita por el capitán fundador Francisco de Cáceres.

15 de junio de 1627. Señalamiento de los resguardos de indígenas de Capacho, por el licenciado don Fernando de Saavedra.

16 de febrero de 1763. Bautizo en La Grita del prócer Francisco Javier García de Hevia. En la partida correspondiente no consta el día del nacimiento.

6 de julio de 1781. Entrada de los comuneros del Socorro a San Cristóbal.

9 de diciembre de 1794. Iniciación de la ciudad de Rubio con la firma de la escritura de venta de la Hacienda “La Yegüera” por don Diego de Omaña Rivadeneria a favor de don Gervasio Rubio.

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