El elegiaco Sexto Propercio, de la ciudad umbría de Asisio, a la que solemos llamar Asís, nació hacia el 50 ó 47 a. J. C. y debió de morir hacia el 1 5 , en plena juventud, por tanto, c o m o Tibulo. Siendo niño perdió a su padre y, antes o después de ello, sufrió en los dominios de su familia, que seguramente pertenecía al orden ecuestre c o m o la de Tibulo, aquella expropiación famo- sa que por cuarta vez mencionamos; de uno y otro hecho dan fe cuatro conocidos versos (IV 1, 127-130) en que el dios Horo le dice:
En edad aun precoz recogiste los huesos paternos y te viste en lugar humilde encerrado, pues tu bien cultivado peculio, que muchos novillos
araban, la funesta vara vino a quitarte.
Lo cual no quiere decir que quedara el poeta en la indigen- cia, porque le vemos vivir, tras el inevitable período de estudios que le dieron gran cultura, en las capas más altas de la sociedad romana.
De este tipo de vida y de sus implicaciones eróticas están llenos los cuatro libros de elegías por los que discurre la figura interesante, pero incómoda a veces de Cintia, llamada en reali- dad, según parece. Hostia o Roscia. Mujer hermosa, apasionada, inestable, de mal carácter, codiciosa; siempre, a través de sus tempestuosas relaciones con Propercio, enormemente atractiva;
y además, según se dijo en las introducciones a las églogas VI y X de Virgilio, persona comparable con la amemte de Galo en cuanto a gusto literario. Terminaremos apuntando que Cintia imitó a Licoris en cuanto a un proyecto, esta vez no realizado, de marchar a Iliria con un legado militar, según lamenta el poeta en I 8, 1-26, y que, por otra parte, Propercio pudo haber llevado una paralela vida marital si es cierta la noticia de que andaban más tarde por Roma descendientes suyos.
Se ve, pues, que nuestro autor admiraba a Galo y a Virgilio, con el último de los cuedes formaba parte del círculo de Mecenas como uno más de los panegiristas de Augusto y exaltadores de una grandeza romana anclada en la tradición itálica. En cambio, cosa chocante, él y Horacio se ignoran mutuamente.
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P R O P E R C I O
N o era m u c h o el material bucólico o geórgico que Proper- cio p o d í a aportar. Hemos elegido un pasaje de HI 13 que, dedi- cado a llorar la decadencia de R o m a traída por el lujo, el afán de riquezas, el impudor y la infelicidad conyugal, inserta laudes de la edad de oro similares a otras varias que h e m o s venido l e y e n d o .
Y, a continuación, versos de IV 2 en que habla el dios Vertumno, de origen etrusco, sobre su propio nombre. Las gen- tes creyeron que se relacionaba con el verbo uerto "volver" y le adscribieron el patronazgo, e n menester análogo al de Priapo, sobre los frutos que se recogen al dar la vuelta el año agrícola con cada fase productiva. Pero lo cierto es que, según la propia divinidad, el ser llamado así se debe a que preside, c o m o vere- m o s en Ovidio, toda clase de mutaciones o cambios, sean éstos comerciales o n o . Esta es la razón de que a su primitiva efigie, toscamente tallada, sustituyera en la época de N u m a la estatua broncínea, cincelada por el escultor o s e o Mamurrio, que se erguía en su santuario del foro.
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2 5 ¡ Felices antaño los m o z o s pacíficos que otras riquezas n o t e n í a n salvo árboles y mieses!
Era para ellos regalo el membrillo cogido
de la rama y un plato de purpúreas frambuesas o el cortar con sus m a n o s violas que mezcle el canasto 3 0 de mimbre con limpios lirios, uvas vestidas
de follaje o quizás algún ave de varios colores que al cristal imite. Tales los dones eran
que en las cuevas de m o d o furtivo las mozas con besos pagaban a los h o m b r e s del b o s q u e . A los a m a n t e s 3 5 cubría del t o d o la piel de un cervato; yacían
sobre las altas yerbas c o m o natural lecho y un pino a su lado les daba la más dulce sombra;
n o era pecado ver a las diosas desnudas;
el c o r n u d o carnero al vacío redil las ahitas 4 0 ovejas del pastor árcade llevaba
él solo; los dioses y diosas que el c a m p o tutelan benignamente hablaban así a vuestros hogares:
"Huésped, quienquiera que seas, en nuestros senderos la liebre o los pájaros tal vez cazar puedas 4 5 si desde la roca a m í . Pan, me pidieres que acuda
para que obtengas presas con la caña o los c a n e s " .
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o , porque recojo los frutos del año en su inicio, por eso el vulgo cree que a V e r t u m n o se ofrendan.
Para m í en su racimo amarillo las uvas t e m p r a n a s m a d u r a n y de lácteos granos se hinche la espiga;
15 a q u í ves las dulces cerezas, ciruelas de o t o ñ o y moras que el calor veraniego enrojece;
aquel que injertando al peral obligó a dar m a n z a n a s , con una corona de ellas cumple su v o t o .
¿Qué a ñ a d k é de mi fama m a y o r , de los dones primiciales del h u e r t o puestos en mis manos?
Me honra el cerúleo c o h o m b r o cori la calabaza panzuda y la col que ata un fino j u n c o ; 4 5 ni se abre una flor en el prado que n o se marchite
colocada con gracia delante de mi frente.
Fui tronco de arce que azuela veloz desbastara, 6 0 antes de N u m a u n dios pobre en ciudad afecta.
La tierra osea n o dañe tus hábiles m a n o s , Mamurrio, pues que cincelaste mi cuerpo b r o n c í n e o fundiendo una imagen versátil para usos cambiantes.
Ünica es esta tu obra, pero su prez inmensa.
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