La Fragua de los Tiempos, domingo 19 de julio de 2009. No. 823.
Namiquipa, tierra de revolucionarios.
Jesús Vargas Valdés.
Alberto Calzadíaz Barrera, piloto aviador e historiador de Namiquipa con más de diez obras publicadas, incluyó al final del libro Hechos reales de la revolución, el texto titulado
“Noragua”, del señor Cenovio Rivera Domínguez, también originario de este lugar.
Aunque sí se puede establecer una relación con el contenido del libro, la impresión que produce este texto es de que Calzadíaz quiso rendir un homenaje a su amigo y coterráneo, Cenovio Rivera.
“Noragua” es un testimonio de unas doce cuartillas donde el autor escribe de la gente de su tierra, empezando por algunas familias de la época de 1877 en que se iniciaba la dictadura de Porfirio Díaz, hasta llegar al momento de la revolución, citando los nombres de los leales soldados de Namiquipa que acompañaron a Villa desde el principio hasta el final.
Este texto nos ha interesado mucho porque se refiere exclusivamente a la gente de Namiquipa y nos ha recordado otro de los libros de Calzadíaz, quizá el primero que escribió y que tituló El abuelo Cisneros, novela histórica de Namiquipa, donde el autor utiliza al “abuelo” como el eje de todo el relato.
Podemos afirmar que entre “Noragua” y El abuelo Cisneros, hay una relación absoluta, como si este relato fuera una pequeñísima muestra adelantada de lo que sería después el libro. Para quienes no conocen estas obras, les informamos que la primera edición de Hechos reales de la revolución, donde se incluye “Noragua”, fue publicado en 1957;
mientras que la única edición de El abuelo Cisneros se publicó hasta el año 1969.
Desde que leímos por primera ocasión El abuelo Cisneros, nos quedó la idea de que Calzadíaz había inventado el personaje de “el abuelo” y le había dado su sabiduría mezclando los recuerdos de su niñez con los testimonios de viejos namiquipenses que habían nacido de 1850 en adelante. En base a todo esto, nuestra sugerencia es de que uno de los informantes de Calzadíaz fue precisamente el señor Cenovio Rivera, quien, al inicio de “Noragua”, se refiriere a su abuelo Juan Rivera, recordando que era un viejito de cien años que tenía un pequeño rancho que se llamaba El Chupadero, donde el anciano se mantenía solo, trabajando como zapatero y haciendo las faenas de cualquier ranchero. Ahí mismo se refiere a don Faustino Heras (padre), de quien recuerda que ayudaba a su abuelo Juan y procuraba divertirse con su plática amena.
A continuación se transcribe el texto recortado en algunos párrafos y reeditado, para hacer más comprensible su lectura. Su autor lo escribió en primera persona y de corrido, pero nosotros lo hemos dividido en dos partes: Raíces y Revolución.
I. Raíces.
Don Pedro Tena, padre de todos los Tena de Namiquipa, tendría unos 110 años cuando dejé de verlo en 1896. Era todo un gran cerebro de cultura natural, humano, paciente, cristiano a su modo, pero sin afectación. De su pequeño capitalito y trabajo, construyó en el barrio Casas Coloradas la capilla del Santo Niño, reformando una pared que allí estaba desde la época colonial.
Los barrios de La Hacienda y Casas Coloradas, estaban habitados por hijos y descendientes de los Rivera y de los Tena, los Rascón, los Luján y algunos Heras.
Por El Molino vivía don José Muñoz con su esposa doña Cenobia Ponce. Don José era un hombre noble y prominente quien tenía el rancho de ganado La Mosca. Ellos fueron mis padrinos y aprendí a tenerles alto respeto y estimación (también fueron los padrinos del autor de esta obra, Alberto Calzadíaz Barrera).
El señor Muñoz también era comerciante y se distinguía como uno de los hombres orientadores en asuntos de interés patriótico. Su cultura lo acercaba a todos los hombres del mando civil. Desde antes de la revolución conoció en el pueblo de Cruces a Francisco Villa, Manuel Baca y Andrés Luján.
El señor Emilio Barrera, abuelo de Alberto Calzadíaz, y su hermano Prisciliano, pasaron mucho tiempo en los Estados Unidos donde ahorraron algo de capital trabajando con un tren de carros de bueyes, por los minerales de Clifton y Silver City y otras partes. Cuando regresaron a su pueblo natal se hicieron de tierras que dedicaron a la ganadería y la agricultura. Tenían un primo muy cercano a nuestra familia, el señor Jesús Barrera y sus dos hijas Beatriz y Crucita.
Don Macedonio Arana, viejecito tarahumara de más de 115 años, alegre, listo, madrugador, muy afecto al tesgüino que le obsequiaban los viejos de su camada para que los entretuviese con su inspiración natural narrando cuentos, unos de la vida real y otros inventados por él mismo. El viejito no sabía leer, pero utilizaba “dos guajitos”, con piedritas blancas y naturales que seleccionaba, para contar lo que le interesaba, inclusive fechas, ya que lo demás lo sabía por los atris, que han sido por los siglos el relox de los aborígenes y fueron míos también.
Don Macedonio nos instruía sobre las cabrillas, los tres reyes y marías, el lucero de la mañana; los movimientos de la luna, que a veces, igual que el sol, avisaba a los filósofos inditos cuándo haría calor, cuándo llovería, o cuándo era un agüero de enfermedades. Yo me pasaba horas enteras recibiendo sus enseñanzas que apliqué siempre, aficionándome a la astronomía. El tenía tres hijos: José Gabriel, Eloísa y Margarita. Era dueño de terrenos agrícolas y de un tronco de bueyes. Una buena casa de adobe y una huerta de chile y cebollas: A pesar de su edad trabajaba al menos seis horas. Los chiquillos le teníamos mucho respeto. Si veía a un niño haciendo un mal, nos castigaba y nos guiaba cuando le pedíamos consejo. Entonces los hombres de edad podían castigar y ayudaban de esa manera a los padres para que los hijos se fueran por el buen camino.
Don Manuel Antillón, hombre serio, enemigo de cualquier tipo de líos, tenía dos hijas y una de ellas, Chabelita, era mi amiga, por eso yo me pasaba muchas horas en su casa, donde vivían también José Ángel y León Antillón.
Don Reyes Ortiz, grande hombre, carpintero, útil y muy inteligente, me enseñaba carpintería, y me daba orientación en mis días terribles de juventud. Nunca me fallaron sus consejos; me cuidaba, como si fuera su hijo. Sabían que yo no haría nada malo; eso sí, no pudieron detenerme para castigar a quienes tanto daño habían causado a mis padres y a mi familia.
Este buen hombre, Reyes Ortiz, salía a cazar osos y hubo un tiempo en que me llevaba, pero en una ocasión salió de cacería con Juan Salazar, el hermano de su esposa Elenita, quien se perdió por perseguir una presa y fue tan mala su suerte que se topó con un gran oso que lo mató. Su cuerpo fue festín para los miles de animales
que en esa época habitaban las serranías de la región. Desde entonces, nunca más quiso Reyes Ortiz que yo lo acompañara, temía que algo me pudiera suceder.
Acostumbraba a darme cuero de venado para que Francisco Ruiz lo curtiera y me hiciera unas teguas.
Cuando mi padre se encontraba preso en ciudad Guerrero junto con Jesús Cano y Cornelio Espinoza, por políticas y cosas que entonces no entendía, no faltó quien me ayudara y me enseñara. Así aprendí a montar, amansar brutos; cuidar borregos, manejar atajos y dominar el monte.
En los últimos años que pasé en mi tierra natal, allá por el año de 1897, buscaba a mi padrino cada vez que tenía un apuro. Lo apreciaba mucho porque era un hombre bueno, apartado, solitario; no tenía amigos y observaba todo; tenía tiempo para asimilar lo bueno y practicarlo. Muchos consejos me dio, mucho bien me prestó, y para que no anduviera batallando por caballos, me dio dos potros para que los amansara, con la única condición –me dijo- de que los cuidara y no fuera nunca a tomar caballos ajenos. La verdad es que todos en el pueblo temían que yo fuera a hacer algo malo.
En esa fecha me ayudaba Francisco Vázquez Torres, primo de Pascual Orozco (hijo) y cuñado de Alberto Calzadíaz Barrera. Francisco era buen amigo y de los mejores jinetes. Estaba casi siempre en su rancho por el rumbo de Cruces, donde vivía con su mamá y su hermanita Lola. Yo los visitaba mucho y pasaba muy buenos ratos con esas santas gentes.
Mi tío Pilar era cohetero y hacía buenos castillos con la figura de San Pedro Alcántar en la torrecilla. Era un hombre muy chaparrito pero su esposa Josefa, que era muy alta, le ayudaba y se hacía cargo de lo que él no alcanzaba. Era muy popular el tío Pilar, pues era el único cohetero en el pueblo y él se encargaba de abastecer de todo lo necesario cuando llegaban las fiestas. Por tradición de siglos nuestras gentes fueron muy afectas a las luces en el cielo y gastábamos lo poco que teníamos en los humos.
El tío Pilar murió ahogado en Arroyo Hondo, de Arivéchic. Ahí se encontraba desde toda la vida un puente para pasar de uno a otro lado. Tal vez el tío llevaba mucho tesgüino en el estómago, el caso es que resbaló y murió del golpe. La gente lo lloró mucho y también a todos los demás que ya murieron y nunca los pudimos olvidar.
Recordemos a don Prisciliano Tena, Vidal Tena, Gabino Cano, don Encarnación Delgado, Santiago Simonet, Maximiano Moreno, Cosme Galván, don Procopio Calzadíaz Hernández (padre de Luis, José María y Alberto Calzadíaz, autor de esta obra); don Rafael Ruiz, Crescencio y Cayetano Guerrero, Martín Rascón y un centenar, que, como en los anteriores, había mucho bueno en cada uno.
Después de los viejitos, los bisabuelos y abuelos que son las raíces, los que cuidaron de los tesoros, de la riqueza mayor de México salen los troncos que son los hijos, los que asimilan lo bueno del pasado; lo honesto, lo abnegado y ellos no se negaron al destino. Cuando llegó el momento también salieron en defensa de la patria.
Revolucionarios de Namiquipa que aprendieron a no ser soberbios, que dieron pasos más adelante, pero entendiendo que todo se lo debían a sus padres, a los abuelos de quienes recibieron las enseñanzas y el amor por la tierra y la patria.
La historia de las luchas por la libertad se enriquecen con verdades, con hechos naturales, que sin ambición, sin ostentación, han ejecutado los noragua de México, los obreros, los indígenas, los verdaderos pedestales de la vida nacional.
II. Revolución.
Todo lo que podemos estudiar, nos robustece y engrandece. No es la gente de Namiquipa del año de 1877, dueña de aquella hermosa región alejada del centro, donde se incubó la Independencia y la Reforma, la misma que al correr de los años reverenció la revolución de 1910, poniendo al servicio nacional toda su fuerza, su cariño y su valor para cortar el mal, corregir al malvado y buscar la justicia.
Hijos de origen humilde, agricultores, arrieros, ganaderos, borregueros, gente toda de trabajo que se levantaba a trabajar desde las cuatro de la mañana, hasta la puesta del sol. Todos amigos buenos, leales, activos, veraces, que por ello se les denominó noraguas, como decían los tarahumaras de la sierra.
El noragua, que tiene la puerta abierta de la cabaña del indio y que toma asiento en el suelo a saborear los alimentos, sea pozole, venado, zorrillo, pinole, sin faltar el tesgüino. Noragua, es una distinción que usan los gobernadores o jefes tarahumaras, para designar, en algunas regiones de la sierra, al forastero de origen humilde, que camina en sus recuas, sus burritos, y trae y lleva lo que la tierra produce.
Entonces, justificado es, recordar las raíces de donde se prendieron las hojas de la libertad; precisamente de las raíces, de los viejos. Ellos habían vivido la lucha de la Reforma, nos contaban los hechos de la Independencia, frescos en la memoria de los viejos de Namiquipa. Así nos llegó el significado de la libertad, de la justicia.
De sus métodos de vida de los viejos, nos llegó el principio, para normar la conducta ciudadana, que para eso el hombre tiene que ser honesto, justo, luchador, rebelde ante el mal, ante el déspota, el tirano.
Muy extenso sería dejar comenzado al menos la historia de los hombres de Chihuahua, que en Namiquipa como en otras partes del estado, muy especialmente de la Sierra Madre, se distinguieron por su amor a la libertad y la justicia. Ellos se fueron de la vida pero dejaron a sus hijos las ideas liberales que alimentaron a la generación de 1910.
De Namiquipa, ofrendaron sus vidas los retoños de aquellos árboles genealógicos de mi tierra natal: Félix Chávez, José de la Luz Nevárez, José Rascón y Tena, con Pedro y otros de sus parientes; los Cervantes, Pedro Luján, Carmen Ortiz. Los Frías, de don Albino, todos de la mata de los abuelos Frías que llegaron a Namiquipa a mediados del año de 1854. Lino Chávez y otros del mismo apellido, Juan Marrufo y Rafael López, valientes hombres todos.
A las órdenes de José Rascón y Tena, tomaron participación en 1910, desde el principio de la revolución, José María Calzadíaz, Juan B. Muñoz, Carmen Ortiz, Pedro Luján, Toribio Camarena, Faustino Heras, Francisco Heras –hermano de Ezequiel– Gabino Cano, los Cervantes y un centenar quizá, salía al principio de la lucha y tomaban parte en todas las batallas libradas en los albores de la contienda.
En Pedernales, Cerro Prieto, Guerrero, Malpaso, El Valle, La Cantera, Agua Prieta, Sonora, región de la sierra de San Andrés, hasta ciudad Juárez.
En la batalla de ciudad Juárez en mayo de 1911, los de Namiquipa estuvieron con Villa. Cuando éste se retiró quedaron bajo las órdenes de Pascual Orozco. Después de la muerte de José Rascón y Tena, se ponen otra vez bajo las órdenes de Villa y con él formaron el pie veterano de la fuerza especial conocida como Los Dorados.
Con el general Villa estuvieron Juan B. Muñoz, Candelario Cervantes, Carmen Ortiz, Albino Frías, Martín Rivera, Andrés Vargas, Gabino Cano, José Licano, José María Calzadíaz, Refugio Licano, Faustino Heras, Pedro Luján, Carmen Delgado, José Bencomo, José de la Luz Nevárez, etcétera, a quienes debemos reverenciar por su esfuerzo y lealtad a su jefe y a la doctrina justa, moral, fuerte y duradera de don Francisco I. Madero.
En esta corta explicación que obedece a mi devota memoria por los viejos de mi tierra, por los troncos de lo que hubo de bueno, sólo he querido recordar que en nuestra época ellos cumplieron como los mejores y bajaron a la tumba como leales, dejando entre sus descendientes un gran ejemplo de valentía, de desinterés, de abnegación, de fuerza física y elevado carácter que en mi concepto todo se resume en los más elevados valores humanos de la lucha por la libertad.
En estos cortos y mal hilvanados pensamientos, invito al lector a repasar su propia existencia, que no se narra otra cosa sino la vida campesina de mi pueblo, de mi estado de Chihuahua, de México. Noragua, no es una persona única sino que son todos los hombres que algo quisieron hacer, y que no siempre fue del todo bien porque se atravesó la mentira, la traición y la ambición.
Noragua es también el lector, ya que estos apuntes no son para los de arriba, de donde vienen los males, sino para los de abajo, que dignifican la vida; con el trabajo, con el esfuerzo, con el sufrimiento. Noragua de la república. Estad de pie, y preparad a vuestros hijos para que mañana puedan obrar mejor que los de ahora...
porque así nos enseñaron nuestros antepasados.