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Konrad Lorenz : Sobre la agresión: el pretendido mal

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miento ai individuo para que ia colectividad —compuesta de indivi- duos— pueda manejar una magnífica e inútil abstracción.—EDUARDO

TIJERAS (Maqueda, 19. MADRID-24).

KONRAD LOREA'Z; Sobre la agresión: el pretendido mal. Editorial Si- glo XXI. Madrid,. 1972,

El conocimiento erudito y brillante sobre cualquier parcela de la realidad opera como canto de sirena sobre los que siempre contem- plaron ei asunto de lejos, y, sin embargo,, interesados. La experiencia demuestra que esta seducción es forjadora de estreJlatos y éxitos m u l - titudinarios. YA fenómeno no es malo en sí mismo -—como no lo es riada, por otra parte—, pero resulta deformante para el ejercicio ra- zonador del científico: acaba creyendo demasiado seriamente en sus propias brillantes inferencias fabulantes al ser éstas coreadas por su deslumhrado e Ingenuo auditorio.

L a cuestión previa a todo discurrir sobre el libro que nos ocupa se plantea ya en su índice de capítulos y estaba implícita en el título:

.¿Se pueden tratar en un mismo nivel conceptual remas como «costum- bres, ceremonial y magia», «moral», «multitud anónima», «sociedad»,

«amor», «vínculo», «humildad», etc., aplicados indistintamente a la exis- tencia d e un teleósteo como a la vida Interior d e un lama? Resulta desconcertante que el autor nó se h a y a propuesto enérgica y seriamente

dejar una respuesta a ese inevitable interrogante ya en las primeras páginas del libro. ~Pu.e-de disculparle, no obstante, que h a y a optado por el «suspense» y dejado para el final la solución d e esta trascendental cuestión con el fin de tenernos sobre ascuas'.

Inleialraente se ocupa de enmarcar el problema de la agresión y la define como «instinto», la equipara en el h o m b r e al significado que tiene o puede tener para el a n i m a l y la restringe unívocamente a aque- llos casos en que se d a «frente a miembros de la misma especie». Esta audacia dará enormes frutos a lo largo del libro, pero la cosecha esT

espúrea, porque partir de ahí es t a n arriesgado y acientífico como In- ferir «diarrea celeste» de la observación de un corrimiento de estrellas repetido.

Su concepto de instinto navega por los mismos cauces de impreci- sión. J u n t o a la afirmación de que las pautas d e comportamiento Ins- tintivo o adquirido del h o m b r e constituyen «el sistema más compli

cado del mundo», y de que resulta difícil explicarlo porque «si no se

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pueden entender los elementos de un sistema en su conjunto, n o se puede entender ninguno d e ellos», nos habla d e la «historia n a t u r a l del instinto de agresión» como si tal instinto fuese u n a sustancia o un ser. al tiempo que afirma que no es conveniente tener apriorismos en ciencias naturales,

H a y en íod.o el libro un empleo rutinario de preceptos científicos, de rechazo de vicios teóricos, al mismo tiempo que se define el «ins- tinto de agresión» como una ley general de la naturaleza y se pre- tende esclarecer su patología en el h o m b r e desde ia otología, y dentro d e ésta, desde la conducta de las ratas, el esparaván y los peces tro-

picales en especial. N a t u r a l m e n t e , para que semejante intento sea me- d i a n a m e n t e congruente en su desarrollo teórico, es necesario alejarse

del h o m b r e lo suficiente para poderlo explicar como u n a m a n c h a del paisaje, como un mecanismo animal tal como lo entiende el fisiólogo.

A la masa («multitud anónima») como un rebaño. A la cultura y sus jerarquías y estratificación, como resultado d e la ley del más fuerte, sin más. Al pensamiento como adorno del hombre, actividad d e lujo y n o consecuencia directa v obligada de su estar-en el m u n d o .

El capítulo d o n d e este intento resulta conmovedor es ei dedicado a las «pautas de comportamiento y ' moral». A q u í ia distancia entre la conducta h u m a n a y animal se salva con una novedad técnica que complementa las antedichas: como no es posible negar la existencia

de complejos lazos sentimentales en el h o m b r e , es necesario que tam- bién los tengan en alguna medida los animales. Sus actitudes deben tener u n significado simbólico antropomorfo.., N o h a y que preocupar- se: ya le tocará el turno al h o m b r e ; cuando h a y a que reducir sus motivaciones a u n repertorio instintual y mecanizante, la empresa será .mucho más sencilla.

L a aplica d o n del método analógico al análisis de la conducta h u - m a n a en contraposición a la conducta animal conduce a un error fi- losófico hace m u c h o tiempo denunciado y bautizado con el nombre d e darvinismo social. Consiste en la conversión de los resultados o logros parciales d e la ciencia natural d e orientación evolucionista en

conceptos y generalizaciones abstractas que, sirvan d e base a las cien- cias del h o m b r e . Según esto, las. condiciones de existencia del h o m b r e no están sujetas a n i n g u n a clase de leves propias de carácter socio- histórico, ni a n i n g ú n desarrollo cultural progresivo; el h o m b r e es>

un animal con un habitat determinado a priori y s!ujeto a unas leyes de selección que oneran sobre él de un modo t a n inmediato y directo

como lo harían sobre un mono o sobre un buitre. La opresión, des- igualdad, explotación de minorías fuertes sobre mayorías débiles, la agresión económica, social v científicamente organizada v todo el di-

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namismo en que la actual sociedad se mueve son «procesos naturales»

sujetos a leyes t a m b i é n naturales. La StruggJe fot Ufe y toda la ela- boración fantástica d e Malthuse sobre la población, unido a las ideas

de Lombroso sobre el «criminal nato» y el tópico extendidísimo de que «.el h o m b r e n a c e : no se hace», etc., conducen, más o menos subrep- ticiamente a una ideología iiimovilista de que «las cosas1 son como son»

y los hombres nada pueden hacer para modificar sus condiciones «na- turales» de existencia.

Madison, el titulado con razón por los americanos «padre de la Constitución», es un verdadero precursor. A comienzos del xix dirá

que el de E E . UU. es un sistema político basado en la aceptación na- tural de las desigualdades entre los hombres.

A fines del xix este asalto de la sociología por. el bíologismo se completa a través de ía obra d e E-mst Lange, A m m o n , Benjamín Kidd, Gumplowicz, y sus sucesivos continuadores Ratzenhofer y W o l t m a n n . E n i926 Gumplowicz, en su Grundiss der Soziologie, dirá que «la co- ronación de toda moral h u m a n a supone la aceptación resignada de las leyes naturales (de selección natural y lucha por la existencia}». La so- ciología es para él la «historia n a t u r a l de la h u m a n i d a d » . Ratzenhofer llega a decir: «Las leyes fundamentales de la química deben consi derarse también, analógicamente, como leyes sociológicas... La mayor o menor afinidad m u t u a de los elementos a su repugnancia a ciertas combinaciones son fenómenos causalmente idénticos y no simplemente parecidos a las pasiones de la vida social, al a m o r y al odio,»

El h o m b r e no h a cambiado, no es un producto histórico: «su na- turaleza, sus impulsos y sus necesidades, sus dotes y sus cualidades espirituales 110 son diferentes del h o m b r e primitivo». Resultan conmo- vedoras sus tesis antihistoricistas aplicadas a la teoría de la población y a la justificación de la guerra en. función de la ley de la conserva- ción de la energía,

Spengler, con su teoría d e los ciclos culturales (no hay u n progreso unitario; sólo ciclos con su comienzo, m a d u r e z y declinar), y C h a m - berlain sacarán el adecuado partido a todo esto y servirán d e . puente ideológico a lo q u e fue la A l e m a n i a d e los! años treinta y siguientes.

A l ignorar las leyes sociológicas y económicas como determinantes, elaboran una teoría del Estado que sanciona la desigualdad como «un

hecho natural» y, por tanto, i n m u t a b l e ; las Meas ingenuas de Gobi- neau y de ios racistas primitivos que basaban sus tesis en ó.atos

antropológicos siempre desmentidos, cedieron el pas<o a una especie de «panracismo» basado, más que en el color de la piel, ángulo facial, etcétera, en el éxito de los hombres en la lucha por la vida en u n a ley de la jungla, en que se quedarán atrás necesariamente los de

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«calidad inferior»; el millonario, el atleta d e los juegos olímpicos o la estrella de cine son s u p e r h o m b r e s ; los males y principales contradic- ciones de la sociedad están en que con el progreso de la ciencia y la

tecnología cada vez perviven y se logran más y más hombres d e infe- rior calidad. El h o m b r e está en u n a situación y el Estado sólo d e b e garantizarla. L<a dominación de los que pueden más es u n hecho cien- tífico-natural inamovible, y la violencia que esto conlleva constituye una ley necesaria de equilibrio; «la agresión es un pretendido mal», dirá LíGrenz-

T a l es el resultado de la aplicación sistemática del método analó- gico (del griego análogos = correspondiente) a dos parcelas d e la rea- lidad tan distantes como el h o m b r e y los animales. El método, por lo demás, es necesario en todo tipo de investigación y constituye u n a etapa previa y necesaria de aproximación a los hechos observados;

n o es extraño que todas las concepciones de la filosofía de la natura- leza se basen en los resultados de este método. La analogía es brújula orientadora, pero n u n c a explicación última, H u y g e n s se orientaría en las semejanzas entre luz y sonido para formular su teoría ondulatoria d e la luz, y Maxwell lo extendió a sus formulaciones sobre el campó

electromagnético. Pero n u n c a sobrepasa en fuerza probatoria el te- rreno de la m e r a probabilidad, y esto en el mejor d e los casos, es decir, en el supuesto de que exista la necesaria coherencia entre los campos observados. Esta coherencia es la clave de su correcto empleo,

y para evaluarla es necesario establecer con claridad d ó n d e está la co- rrespondencia y ante todo dónde están las diferencias entre los diversos campos observados. Lo analógico- sólo orienta, a m a n e r a d e u n proyectil

«trazador»; en este sentido es insustituible, y a esto se d e b e la eficacia y el auge de este procedimiento en el actual m o m e n t o a través del des- arrollo de la cibernética, y d e n t r o de éstaj de la teoría de la modela- ción. Pero la diversidad de lo real comporta necesariamente u n a pro- funda diversidad en el análisis cuando se pretende elucidar u n a ley;

si este análisis n o es multilateral y específico, el resultado será pobre o, en algunos casos, como el hoy tratado, catastrófico. Para no traicio-

n a r el rigor científico y evitar trágicas confusiones, el libro d e K o n r a d Lorenz debería haberse limitado a ser u n a obrita de incitaciones, sin otra pretensión en n i n g ú n caso, porque además la incitación tiene su dignidad y su rango intelectual de primera m a g n i t u d , con tal de que no pretenda otra cosa; es la vieja historia d e los papeles cam-

biados.—FRANCISCO ALBERTOS (Orellana, 6. MADRID),

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