La Fragua de los Tiempos, domingo 17 de mayo de 2009. No. 816.
Namiquipa, tierra de revolucionarios.
Jesús Vargas Valdés.
En “La Fragua” de la semana pasada anunciamos que dedicaríamos varios números a la revolución en Namiquipa, pero que antes de abordar el tema nos interesaba presentar algunos datos sobre su historia, teniendo en cuenta que la información en ese sentido es muy escasa o dispersa.
Recordamos en el número anterior que la misión de San Pedro de Alcántar se fundó en 1663 y que su evolución fue muy lenta y accidentada; luego presentamos nuestra propuesta en el sentido de que fue hasta el año 1778 cuando Namiquipa se consolidó como centro de población luego de que Teodoro de Croix resolvió la dotación de ejidos a los pueblos de: Janos; Casas Grandes; Galeana; Cruces y Namiquipa.
Si tuviéramos que definir cuáles son los dos momentos históricos más importantes en el desarrollo de Namiquipa, responderíamos que el primero fue en 1778 cuando Teodoro de Croix fundó el ejido colonial y el segundo en 1924 cuando los habitantes de Janos, Casas Grandes, Galeana, Cruces y Namiquipa reclamaron al gobierno de la revolución la restitución de las tierras que les habían arrebatado los grandes hacendados y los especuladores porfiristas. Para hacer valer ese reclamo, se ampararon en unos viejos papeles muy maltratados y en algunos párrafos incompletos: el documento firmado por Teodoro de Croix en 1778.
Si se aceptan estas consideraciones se puede entender claramente por qué es tan importante remitirnos a la creación de la comandancia general de las provincias internas y por qué es tan importante la figura de Teodoro de Croix en la historia de estos cinco ejidos coloniales y de todos los pueblos que se fueron derivando y conformando en estas tierras durante el siglo veinte, después de la revolución. Estas son las razones que tenemos para escribir estas líneas dedicadas a este personaje. O sea lo mismo, diremos: no se puede entender la historia de Namiquipa sin la presencia de Teodoro de Croix.
El comandante general en Chihuahua.
El comandante general Teodoro de Croix permaneció en la ciudad de México poco más de medio año, del 21 de enero, al 4 de agosto de 1777, tiempo suficiente para darse cuenta de que una cosa era el plan elaborado por su tío en 1768, cuando era virrey de la Nueva España y otra muy diferente, la realidad a la que se enfrentaba al momento de hacerse cargo de las provincias internas.
En el papel estaba perfecto, pero en los hechos todo era un solo obstáculo. El principal problema que enfrentó fue la oposición soterrada por parte de las autoridades virreinales que inventaban pretextos o simplemente se declaraban incompetentes para otorgarle los apoyos que él consideraba necesarios, así sucedió cuando solicitó un incremento en el número de soldados presidiales y también cuando solicitó mayores recursos para la administración.
Pero Croix no era de los que se doblegaban fácilmente, estaba decidido a cumplir cabalmente con sus tareas de comandante general y comprendió que para empezar tenía que hacer presencia en cada una de las provincias. Con ese objetivo salió de la ciudad de México el 4 de agosto de 1777, calculando que en los meses que faltaban
para concluir ese año, podría terminar el recorrido completo, estableciéndose en Arizpe, Sonora, durante los primeros meses de 1778.
La realidad fue muy diferente, después de pasar por Querétaro y Zacatecas, entró a Durango a principios de octubre y en el mes de enero de 1778 apenas estaba llegando a Texas, donde, por cierto, firmó un bando (ordenamiento) en el que se reflejan algunas de las preocupaciones respecto a la escasa influencia que tenía el gobierno español en esta provincia. Entre otras medidas ordenó que se tenía que fortalecer la autoridad del rey castigando los delitos comunes y de moral pública, también se tenía que aplicar la ley que establecía como propiedad del rey los ganados mesteños u orejanos, vacas o caballos sin dueño y ponía mucho énfasis en la prohibición de vender armas de fuego y pólvora a los indios.
El 14 de marzo de 1778 Teodoro de Croix llegó a Chihuahua donde pensaba estar solo unas semanas, pero las dificultades de nuevo retardaron sus planes originales fijando su residencia en este lugar hasta el 30 de septiembre de 1779.
Cuando llegó a Chihuahua el comandante había cumplido un año en el cargo y desde entonces, hasta el momento había sostenido una comunicación más o menos constante con sus jefes superiores de España a quienes informaba sobre los problemas que encontraba, solicitando en cada caso los apoyos para solucionarlos.
En algunas ocasiones el comandante fue reconvenido por sus juicios precipitados, uno de los problemas de mayor recurrencia y que más preocuparon al comandante era la inestabilidad de la frontera a causa de las sublevaciones de los indios, seris en Sonora, apaches en Chihuahua y Coahuila. Según algunos historiadores, como Luis Navarro García, Croix sobrevaloraba los riesgos de estas acciones pensando que de ello dependía la permanencia o continuidad del dominio español en las provincias septentrionales. Las autoridades virreinales no compartían esa visión y tal vez por eso fue ignorado desde que solicitó por primera vez, a mediados de 1778 el incremento de sus fuerzas presidiales en dos mil soldados.
Encontrándose en Chihuahua, se le presentó al comandante la posibilidad de firmar convenios de paz con los apaches de distintas regiones, ellos eran empujados por los comanches con quienes estaban en guerra, necesitaban abrir una retaguardia hacia el sur y buscaron obtenerla a través de convenios de paz con el gobierno español, pero tal pareciera que había una gran desconfianza por parte de Croix y los gobernadores de las provincias. A la larga se lograron acuerdos, pero en todo caso se percibe que las medidas de aquellos años iban dirigidas a preparar la frontera para la guerra.
Una de las acciones más exitosas de todas las que emprendió en Chihuahua, fue la formación de las milicias provinciales, proyecto que desde 1777 traía en mente. Esas milicias representan de alguna manera el antecedente más remoto de la leva porfiriana.
El sistema era el siguiente: los oficiales destinados a esta tarea formaban el padrón de cada localidad, estudiaban la situación económica de los vecinos y con esa información seleccionaban a los más indicados (léase fregados) para enlistarlos como soldados.
Con los vecinos de mejor posición establecían las cuotas económicas para el sostenimiento de la tropa. De esta manera, a finales del año 1778 el comandante había logrado juntar un ejército de 1553 milicianos cuyo sostenimiento no afectaba en nada al erario.
Otra de las medidas de ese periodo fue el establecimiento del correo presidial. En una carta del 31 de enero de 1779, Teodoro de Croix le informó al virrey Bucareli que a partir del primero de mayo de ese año, empezaría a circular por las provincias internas un servicio mensual de correos con el fin de cubrir la ruta de Texas a Sonora: desde la Bahía de Espíritu Santo (Texas) hasta Arizpe (Sonora).
En la justificación que presentó ante el virrey no olvidó el beneficio que esta medida representaba para todos los habitantes, pero dejó claro que el correo representaba “[…]
un eficaz instrumento en manos de la comandancia general para la centralización de todos los asuntos de su jurisdicción y la más estrecha vinculación recíproca de las provincias bajo mi mando”.
Junto con los demás méritos que la historia regional le debe reconocer al comandante Teodoro de Croix, se le debe otorgar el título de fundador del correo del norte de la Nueva España, pues antes de esta fecha, los correos del virreinato no pasaban más allá de Durango y San Luis Potosí. Hay registro de que antes se había establecido un servicio semanal de Durango a Chihuahua, pero no se cuenta con más datos al respecto.
Como ya se ha indicado, el correo presidial se iniciaba en la Bahía del Espíritu Santo de donde se enviaba toda la correspondencia a San Antonio de Béjar, ahí se concentraba el día 20 de cada mes enviándose a Río Grande, de este lugar debía salir el día 1° a la villa de San Fernando de Austria; el día 2 llegaba al valle de Santa Rosa; el día 3, a la villa de Monclova; el día 5, a Saltillo; el 6, a Parras; el 8, al real de Mapimí;
el 9, llegaba al presidio de El Gallo y ese mismo día en la noche tenía que estar en la Zarca; el día 10 cruzaba el presidio de Cerro Gordo y de ahí pasaba por la estancia de Río Florido, amaneciendo el día 11 en el valle de San Bartolomé y el día 13 en Chihuahua.
El día 13 en la noche la correspondencia se enviaba a Cusihuiriáchic; el día 14 llegaba a la misión de Pagueráchic y sin detenerse pasaba de ahí hacia Tomóchic, llegando el 16, a Tutuaca. En esa misma noche atravesaba Yepáchic y el día 17 en la mañana entraba a Sonora por Maycova, continuando por Yécora para llegar en la noche al real de la Trinidad; el 18 llegaba a San Antonio de la Huerta, de donde seguía su camino atravesando varios poblados hasta que el 21 amanecía en el presidio San Miguel de Horcasitas, terminando el recorrido el día 22 en Arizpe. Con este itinerario funcionó el correo durante muchos años.
Datos biográficos de Teodoro de Croix.
En 1768 y aprobado por el rey, el año siguiente entraba repentinamente en vías de realización al ser expedido en Aranjuez el real decreto de 16 de mayo de 1776, por el que se designaba a don Teodoro de Croix, caballero de la Orden Teutónica.
Dicha instrucción fue dada en San Ildefonso el 22 de agosto siguiente.
Teodoro de Croix fue el más conocido de todos los jefes que ocuparon el puesto desde 1776 hasta el fin de la época colonial. Esto porque fue el primero de los comandantes, pero también por su parentesco familiar con el virrey marqués de Croix, y sobre todo por que después de dejar la comandancia de las provincias internas fue normado virrey del Perú.
En los datos biográficos que ofrece Luis Navarro García, indica que antes de ser nombrado comandante, su hoja de servicios contenía un historial si no brillante, sí
distinguido, donde quedaba acreditado como oficial competente y de confianza de las autoridades españolas.
Nació Teodoro de Croix en el castillo de Prevoté, cerca de Lille, el 30 de junio de 1730. Fue el tercer hijo de los marqueses de Heuchín y desde muy joven pasó a la corte de Madrid, como tantos otros señores de su propia familia y de su país. Esta era la ruta que se tenía que recorrer para ingresar en las compañías de nobles de la guardia real, desde donde se podía hacer carrera, ya fuera como altos funcionarios de los gobiernos provinciales y ministerios, o bien como jefes militares.
Se dice que Teodoro “tenía cinco pies y seis pulgadas”, más o menos 1.65 m, de altura.
Uno de sus hermanos lo describió como un hombre de hermosa figura que sin ser brillante en la conversación, tenía una inteligencia muy clara, que le permitía prontamente apreciar el lado fuerte y el débil de toda cuestión. “Era poseedor de un gran poder de decisión y una modestia tan grande que sólo él dudaba de su mérito”. A los 17 años desempeñaba ya el puesto de alférez de granaderos de la compañía flamenca de guardias de corps.
Algún tiempo más tarde pasó a servir a las órdenes del marqués de Mina en el ejército que operaba en Italia, y en 1756 ingresó en la Orden Militar Teutónica, hecho por el que recibió su título de caballero y también su celibato.
Su carrera se movió en los ámbitos peninsulares y europeos hasta 1765, fecha en que, contando treinta y cinco años de edad, y con calidad de exento en su compañía flamenca, don Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, quien recién había sido nombrado virrey de Nueva España, solicitó del rey el necesario permiso para poder llevarlo consigo a México.
El jefe del cuerpo flamenco, marqués de Bournonville, informó favorablemente esta instancia en atención a los servicios de don Teodoro, y a los de su tío en este cuerpo, y propuso que se le nombrase exento supernumerario, con su sueldo, antigüedad y ascensos correspondientes, para que la compañía gozase “el lustre de tener siempre en sus individuos personas de las más distinguidas de su nación”.1 Así lo ordenó el rey en febrero de 1766 y a principios de mayo de ese mismo año se embarcaron el virrey y su sobrino en el navío “Dragón”, navegando dos meses y medio hasta llegar a Veracruz.
Encontrándose en México el marqués nombró al sobrino capitán de su guardia de alabarderos y castellano de Acapulco. Como tal castellano le correspondió actuar – siguiendo instrucciones precisas del visitador Gálvez y del virrey– en la represión de los fraudes que de mucho tiempo atrás venían cometiéndose en el comercio con Filipinas a través del galeón de Manila.
Teodoro de Croix se distinguió desenmascarando las mercancías que venían sin registro, exigiendo los impuestos justos de todas y aplicando exactamente lo reglamentado acerca de la salida de metales preciosos por Acapulco. Su intervención en estos puntos mereció las aprobaciones del rey que le comunicaron Arriaga y Grimaldi.
En 1767 fue una de las pocas personas a quienes el virrey comunicó con toda reserva la real cédula que disponía la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de Carlos III. Encargado el virrey de ponerla en ejecución en Nueva España, deliberó con su sobrino y con el visitador las medidas y precauciones que convenía adoptar, y Teodoro
1 Bournonville a Arriaga. 21 de noviembre de 1765. A.G.I., México, 1508.
fue uno de los tres que escribieron con sus propias manos las órdenes dirigidas a todos los puntos de México.
En 1770 fue ascendido a segundo teniente de su compañía de guardias de corps, recibiendo además el grado de brigadier de los ejércitos reales, encomendándole el virrey interinamente la inspección general de las tropas de infantería y caballería del virreinato. Con igual fecha fue nombrado titular de la encomienda de Ramensdorff, de la Orden Teutónica, lo que le proporcionó considerables ingresos.
Finalmente, en noviembre de 1771 embarcó con su tío de regreso a España, a la que ambos llegaron en mayo siguiente. El caballero se reincorporó a la compañía flamenca por cuatro años, al cabo de los cuales el antiguo visitador de México lo promovió al empleo de gobernador y comandante general de las provincias internas.