Cien años de soledad

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Muertes simbólicas, en cien años de soledad

Muertes simbólicas, en cien años de soledad

Por último, se considera que la extensa y compleja trama de personajes, y sus vidas, que se teje en Cien años de soledad exige la selección y delimitación de los tópicos que interesan para el análisis. En esta oportunidad se extrajeron conceptos relacionados con la muerte desde el punto de vista del trabajo en el semillero, sin que ello signifique descartar otras maneras de abordar y desentramar el texto literario garcimarquiano; por tanto, quedan abiertas algunas posibilidades para otras reflexiones y análisis.

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Cincuenta años en compañía de  Cien años de soledad

Cincuenta años en compañía de Cien años de soledad

Han transcurrido ya cincuenta años en compañía de Cien años de soledad. Ahora que he releído la novela de García Márquez por enésima vez para participar en esta mesa, ha persistido la emoción que me causó su primera lectura, mas no el azoro frente a los suce­ sos maravillosos que en ella se relatan. Los prodigios que hace cinco décadas suscitaron el asombro tanto de los críticos académicos como de los lectores comu­ nes hoy se asumen, literariamente, como fenómenos ordinarios. No sorprende ya que una lluvia diluviana se prolongue durante cuatro años, once meses y dos días, ni que el agua hierva en los cazos sin el concur­ so del fuego, ni que un hilo de sangre recorra el pueblo entero para anun ciarle a una mujer la intempestiva muerte de su hijo. No es que la novela haya perdido su pulsión primigenia con el paso de los años, qué va, sino que la obra de García Márquez ha incidido con tal fuer­ za en nuestra receptividad literaria que ya vemos con la naturalidad propia de los habitantes de Macondo semejantes prodigios. Lo que nos sorprende ahora, como a los macon dinos, es el hielo, el ferrocarril o la redondez de la Tierra. Es decir, que García Márquez nos hizo ciudadanos de Macondo, nos “macondizó”, nos modificó como lec tores y, de la misma manera que am­ plió, con su portentosa imaginación, nuestra percep­ ción de la realidad, nos devolvió la capacidad poética e infantil del asombro ante la vida cotidiana. Después de Cien años de soledad leí los libros ante­ riores de García Márquez, que cobraron la fuerza re­ troactiva de la promesa porque cada uno de ellos pre­ figura la imaginación hiperbólica, la extraordinaria riqueza del lenguaje y el inevitable aliento de melan­ colía que habrían de definir Cien años de soledad. Y cuando todos pensábamos que después de esta gran novela ya no podía escribirse nada equivalente, García Márquez nos sorprendió con El otoño del patriarca, en el que se juega la gran aventura del lenguaje y ge­ nera una catarata verbal irrefrenable, a la manera de Lezama Lima o Guimarães Rosa, que nos envuelve y nos atrapa tanto como el discurso del dictador que seduce a la población so metida a sus designios.
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Cien años de soledad  ayer y hoy

Cien años de soledad ayer y hoy

eso, quizá, muere dos veces, y por eso es posible que vuelva a nacer para indicarnos cómo saldrá Macondo, es decir, América Latina, de la muerte aparente a que lo condena García Márquez al final de la novela, conclu- sión que curiosamente coincide con el principio: Cien años de soledad empieza al presentar a Macondo como tierra baldía que invita a los hombres de la comarca a poblarlo y termina tal como empezó, con una nueva lla - mada a los nuevos inmigrantes, que bajarán por dife- rentes motivos de las montañas, como la vez anterior, para poblarlo y darle leyes más justas y menos perece- deras. Por otra parte, Melquiades puede morir y rena- cer porque, habitante al fin y al cabo de América Latina, aunque por sus venas corra sangre extranjera, no dis- tingue los límites entre la vida y la muerte: en esta parte de América nada muere de todo (piénsese en el feuda- lismo y las doctrinas liberales) ni nada nace del todo completamente. (Los ejemplos sobran).
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La temporalidad Diegética en la novela Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez

La temporalidad Diegética en la novela Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez

El éxito de Cien años de soledad situó a García Márquez en la primera línea del Boom de la literatura hispanoamericana y supuso el espaldarazo definitivo para aquel fenómeno editorial que, desde principios de los 60, estaba dando a conocer al mundo la obra de los nuevos y no tan nuevos narradores del continente: los argentinos Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Julio Cortázar, el peruano Mario Vargas Llosa, los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, el chileno José Donoso, el paraguayo Augusto Roa Bastos, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, los cubanos Alejo Carpentier y José Lezama Lima y los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, entre otras figuras. Tras el aplauso unánime del público y de la crítica, García Márquez se estableció en Barcelona y pasó temporadas en Bogotá, México, Cartagena y La Habana.
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Rafael Uribe Uribe y Aureliano Buendía en Cien años de soledad

Rafael Uribe Uribe y Aureliano Buendía en Cien años de soledad

Además de las coincidencias en cuanto a la campaña militar, otros aspectos de la vida política de los dos personajes, ficticio y real, muestran también grandes semejanzas. Aureliano, tiene contradicciones con algunos liberales miembros de su partido y con los conservadores en el gobierno (p. 233, 238, 240, 248-251,276-277, 280, 356 y 361). Como Uribe, entre otros textos autor de The Monroe Doctrine and absolet Shibboleth, Colombia, Estados Unidos y Panamá, Carta a Carlos Martínez Silva (23 de marzo de 1901) o, EL derecho de expropiación sobre las razas incompetentes según el capitán Mahan, Aureliano es también antiimperialista. En Cien años de soledad leemos: “Miren la vaina que nos hemos buscao [...] no más por invitar un gringo a comer guineo” o, “Cuando llegó la compañía bananera, [...] Encerrado en el taller, el coronel Aureliano Buendía pensaba en estos cambios, y por primera vez en sus callados años de soledad lo atormentó la definida certidumbre de que había sido un error no proseguir la guerra hasta sus últimas consecuencias [...] Un día de estos – gritó - voy a armar a mis muchachos para que acaben con estos gringos de mierda” (p.356- 357). En la novela, cuando el coronel manifiesta que se sublevará contra los gringos, matan a sus hijos, es decir a su memoria, hecho referido al asesinato del general y al ocultamiento de su legado. Sin embargo, es necesario recordar que a
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Una ficción que cumple cuarenta años (A propósito de Cien años de soledad)

Una ficción que cumple cuarenta años (A propósito de Cien años de soledad)

ver un arte literario comparable con el de otros autores contemporáneos. Lo admirable para admitir fue una presencia soberbia de las figuras que empezaban a ser acreditadas en las letras universales. En el mundo, la literatura en español, su escritura poética, no era exclusiva de la península. Se había extendido allende los mares y comenzaba a ser divulgada con pasión. Nombres como Cortázar, Rulfo, Fuentes, Vargas Llosa, Car- pentier, Borges, Neruda y otros más que fueron invitados permanentes en las mesas de trabajo de las universidades americanas y europeas afirmaron la importancia de una lengua de cultura, y la identidad de un mundo que reclamaba mayores aprecios. Con la aceptación por una cantidad de lectores, esta narrativa fue adquiriendo una categoría de novedosa y se llegó a rotular con un nombre: el boom, no sólo a los nuevos escritores que fueron apareciendo sino a los que ya habían entrado por la puerta grande al mundo literario. Más tarde, el escritor chileno José Donoso reconocería que dicho nombre había sido exagerado para agruparlos a todos y que únicamente se debería referir a García Márquez. Cien años de soledad sería señalada como la novela total en la que los elementos reales sirven como efectos de experiencias “paralelas o contrapuntísticas”. Bien para convertir una historia pretendidamente lineal en un verdadero quiebre de situaciones opuestas, o para resaltar en un juego de tiempos las inconsistencias de nuestra apreciación temporal. La novela presenta distancias interiores, campos diferentes, presencias irreales que se mezclan con la inmediatez de las identidades que confunden al lector “desocupado” como lo llamaría Cervantes. La repetición es frecuente porque, así como el mundo da vueltas alrededor de lo mismo, la vida en Macondo circula con igual factura para adormecer a quienes viven sin notar lo que pasa. Hay una especie de vértigo que atrapa y va desarticulando a quienes caen en su remolino.
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Análisis de sentimientos de Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez

Análisis de sentimientos de Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez

A partir de aquí, nos empezamos a sumergir en un mundo en el que casi todo es nuevo y, por lo tanto, hay más cosas por descubrir, hay más obstáculos por sobreponer y más logros por contar. Todo lo que presentemos se instituye como un avance significativo para los ordenadores, el lenguaje y la literatura, para el PLN y, especialmente, para el AS. ¿Cómo podemos llamar a este nuevo cosmos? Queremos ser valientes y llamarle (por lo menos para efectos de este estudio) como Análisis de Sentimientos Literarios (ASL). Esa es, justamente, la tarea que desarrollaremos o, dicho de forma sensata, con la que experimentaremos: analizar los sentimientos o las emociones de forma automática de dos importantes novelas contemporáneas: Cien años de soledad (1967) y El amor en los tiempos del cólera (1985) escritas por Gabriel García Márquez, uno de los grandes, uno de los mejores escritores de los últimos tiempos y de toda la historia de la literatura universal, uno de los máximos representantes del Realismo mágico, movimiento literario revolucionario del siglo pasado, nacido en las entrañas hispanoamericanas.
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: La intertextualidad en las obras Cien años de soledad y El coronel no tiene quien le escriba.

: La intertextualidad en las obras Cien años de soledad y El coronel no tiene quien le escriba.

Con ello pretendo explicar que la obra cumbre de García Márquez nace en la primera novela citada, El coronel no tiene quien le escriba sería el hipotexto de Cien años de soledad, es decir se muestra como la obra que le da vida, que la contiene, que la construye, obviamente Cien años de soledad sería el hipertexto de la otra. Más allí es cuando Gabriel García Márquez rompe con los conceptos y enunciados ya que concluye en una de las paradojas más perceptibles de las obras resultando entonces que la obra más antigua no es la que sucedió primero sino por el contrario, es decir irrumpe contra la lógica de la cronología. En tal descripción manifiesto que El coronel no tiene quien le escriba, habla de la vida de un hombre que se está apagando entre sus historias, un jubilado de guerra que ansía tener un resto de vida digna junto a su esposa, en la obra célebre impresa seis años después lo lógico sería que el autor hable del desenlace de la vida de aquel jubilado protagonista o de su descendencia. Pero por el contrario nos encontramos frente a sus historias militares, a su vida, antes de la jubilación y a la remembranza misma de la fundación de su pueblo en maravillosa mezcla de vivencias empieza a ser Cien años de soledad el verdadero hipertexto de la otra.
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Otro mundo es necesario y posible: la utopía andina y el derecho. Una mirada desde Cien años de soledad y La caverna

Otro mundo es necesario y posible: la utopía andina y el derecho. Una mirada desde Cien años de soledad y La caverna

ocultan, invisibilizan o destruyen otras, el resultado puede ser fatal. En la moderni- dad hegemónica, que en lo epistémico se refleja en el racionalismo científico, en lo cultural lo encontramos en la colonialidad y en lo económico en el capitalismo, ha provocado que se separe de forma radical al ser humano y la naturaleza y a los seres humanos entre sí, l o que ha llevado al mundo a un lugar en donde corre peligro la existencia humana como especie. Cien años de soledad refleja esta utopía negativa. El resultado es la maldición de la abundancia, que genera más pobreza material y humana. La búsqueda de poder y acumulación llevaron a todos los personajes de la novela a la soledad y al olvido. Algo parecido sucede en cada uno de los Macondos de nuestro mundo. Úrsula ubica las causas de la decadencia de Macondo en la guerra, las peleas de gallos, las mujeres de mala vida y las empresas delirantes. La guerra y toda la industria de las armas no tiene más objetivo que matar. Las peleas de ga- llos y las mujeres de mala vida reflejan la comercialización de la naturaleza animal y humana por sobre la dignidad y la integridad. En el momento más próspero económi- camente de la novela, cuando la bananera predomina, se alteraron los ciclos naturales para cosechar todo el año, las lluvias para el regadío permanente y hasta el curso de los ríos para poder poner fábricas y tugurios. Las empresas delirantes son las actuales multinacionales que acumulan a costa de especular con la salud, la vivienda, las partes del cuerpo humano y la misma existencia comunitaria de los pueblos.
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“Viví como iluminado mientras escribía”  Medio siglo de  Cien años de soledad

“Viví como iluminado mientras escribía” Medio siglo de Cien años de soledad

Todo esto, Elena, es la prehistoria de la obra, pero desde el primer momento, mucho antes de que se pu­ blicara, la novela ejerció un poder mágico sobre to­ dos aquellos que de un modo u otro estuvieron en contacto con ella: amigos, secretarias, etcétera; hasta personas como el carnicero o el propietario de la casa en que viví, que esperaron a que yo terminara para cobrarme. Para hacer Cien años de soledad consulté médicos, abogados, y junté en mi casa una enorme cantidad de libros de medicina, alquimia, filosofía, enciclopedias, botánica y zoología, para que cada dato estuviera muy bien verificado y comprobado; no que­ ría un solo error, a no ser las faltas de ortografía, que quedaban en manos de Pera. No podía detenerme en lo que estaba escribiendo para ponerme a estudiar al­ quimia; entonces escribía inventándolo todo y en la noche buscaba libros sobre la materia, que los ami­ gos me habían conseguido, e incorporaba los datos que allí encontraba, pero lo que me resulta curioso es que yo no estaba equivocado o lejos de la verdad en mis invenciones. La obra me llevaba a tal veloci­ dad que yo no podía parar, y a partir de ese momen­ to se creó una especie de equipo solidario alrededor del libro, y todos mis amigos me ayudaron. Yo le ha­ blaba a José Emilio Pacheco: “Mira, hazme el favor de estudiarme exactamente cómo era la cosa de la piedra filosofal”, y a Juan Vicente Melo también lo ponía a investigar propiedades de plantas y le daba una semana de plazo. A un colombiano le pedí: “Haz el favor de enumerarme las circunstancias y todos los problemas de las guerras civiles en Colombia”, a otro le pedí la mayor cantidad de datos sobre las guerras federales en América Latina y siempre tuve amigos haciendo tareas de ese tipo; todo el trabajo poético, por ejemplo, que me hizo Álvaro Mutis, es invaluable. Cuando yo llegué en 1961, el grupo que estaba en Difusión Cultural: Pacheco, Monsiváis, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, y por otro lado, Jomí García Ascot y Álvaro Mutis, trabajaron para mí [se ríe]. Ahora me doy cuenta de verdad que todos ellos estaban construyendo Cien años de soledad, y no sólo no lo sabían entonces, sino que tengo la impresión de que todavía no lo saben.
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Cien años de soledad y la masacre de Aracataca

Cien años de soledad y la masacre de Aracataca

La represent ación ficcional de la cat ást rofe parece, por ot ra part e, j ust ificada por el escam ot eo de la hist oria. Podríam os llenar las lagunas de la hist oriografía por el recurso a la ficción. De hecho, ant e la cont roversia a propósit o del núm ero de m uert os, “ Cien años de soledad” ha cont ribuido a fij ar una cifra acept ada hoy com o verdadera por el sent ido com ún. ¿Cóm o llegó a ella García Márquez? Aparent em ent e, según confesó a su biógrafo, por un procedim ient o caprichoso en que calculó los cachos de banana que cabrían en cada vagón, m ult iplicó por el núm ero de vagones y sust it uyó los cachos de banana por cadáveres ( SALDÍ VAR, 2000: pág. 57) . Al cinism o oficial, que reconoció nueve cadáveres, uno por cada una de las reivindicaciones de los huelguist as, el escrit or responde con ot ra ficción, donde el núm ero 3 t am bién se repit e: José Arcadio Segundo cam ina 3 horas baj o la lluvia t orrencial, pasa por 3 casas y dice que los m uert os fueron 3 m il. La lluvia se prolonga por 4 años, 11 m eses y 2 días.
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Cien años de soledad

Cien años de soledad

El presente trabajo de suficiencia profesional tiene como referencia la obra “Cien años de soledad” específicamente uno de los fragmentos que contiene, cuya finalidad será analizar el contenido correspondiente (tema, acontecimientos y personajes con sus características) esta sesión está orientada a que los estudiantes desarrollen y analicen el fragmento de la obra. Así mismo se incentiva la lectura en el educando, que a la vez reconoce algunos de los contenidos de la obra para que comprenda e infiera de manera correcta. Estos elementos serán abordados durante la sesión de clase reforzando la comprensión y apreciación de la literatura hispanoamericana.
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Crónica de una muerte anunciada  Espejo roto de la memoria

Crónica de una muerte anunciada Espejo roto de la memoria

Si Cien años de soledad tuvo como modelo narrativo las novelas de caballerías —el Amadís de Gaula y su paro- dia extemporánea, dolorida e irónica en Don Quijote de la Mancha—, Crónica de una muerte anun ciada se ajusta con libertad a un modelo literario mucho más re - ciente, el de la novela policiaca y, sobre todo, al proceso indagatorio que conduce a la formación de un expe- diente judicial. Pero contrariamente a la generalidad de los relatos detectivescos, en los cuales el protagonista des - pliega toda su paciencia y astucia para descubrir final- mente al asesino agazapado, en Crónica de una muerte anunciada prácticamente todos los habitantes de ese “pueblo olvidado” del Caribe conocen el nombre de los asesinos de Santiago Nasar: los hermanos Vicario. Nadie tampoco parece ignorar la causa que los movió a cometer el crimen: la restauración del honor familiar, pues se atri buye a Santiago ser el autor de la deshonra de Ángela Vicario, cuyo marido descubrió la misma no - che de bodas que ella no había llegado virgen al matri - monio y la devolvió a sus padres. ¿En dónde reside, pues, la intriga del relato si ya están resueltos desde el princi- pio los enigmas con que un narrador habitual hubiera
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Novelas de corto y largo alcance

Novelas de corto y largo alcance

La fundación de Macondo, que equivale a la idea de América que forjaron los europeos en el lapso com- prendido entre el descubrimiento y la conquista, trae con sigo al mismo tiempo que el goce de vivir, las semi- llas de destrucción que más adelante no dejarían en el pueblo piedra sobre piedra. En otras palabras, Cien años de soledad es como la Biblia, con su antiguo y su nuevo testamento, que relatan, acorde con las normas tradi- cionales del arte de narrar, la historia del pueblo elegi- do, Macondo, desde el génesis hasta el apocalipsis, des - de el instante en que los primeros Buendías pisan el suelo de lo que será esta aldea mitológica y desgraciada hasta el momento en que las hormigas se adueñan de la tierra y devoran, recién nacido, al último de los hom- bres de esa estirpe.
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Cien años de soledad

Cien años de soledad

Para esa época. Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendía. Pero mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad el resultado de múltiples y raras enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquél era el principio de una gran amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos. Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia. Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción un frasco de bicloruro de mercurio.
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Cien años de soledad

Cien años de soledad

de animal dormido. Aureliano terminó por olvidarse de él, absorto en la redacción de sus versos, pero en cierta ocasión creyó entender algo de lo que decía en sus bordoneantes monólogos, y le prestó atención. En realidad, lo único que pudo aislar en las parrafadas pedregosas, fue el in- sistente martilleo de la palabra equinoccio equinoccio equinoccio, y el nombre de Alexander Von Humboldt. Arcadio se aproximó un poco más a él cuando empezó a ayudar a Aureliano en la platería. Melquíades correspondió a aquel esfuerzo de comunicación soltando a veces frases en castellano que tenían muy poco que ver con la realidad. Una tarde, sin embargo, pareció iluminado por una emoción repentina. Años después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio había de acordarse del temblor con que Melquíades le hizo escuchar varias páginas de su escritura impenetrable, que por supuesto no entendió, pero que al ser leídas en voz alta parecían encíclicas cantadas. Luego sonrió por primera vez en mucho tiempo y dijo en castellano: «Cuando me muera, quemen mercurio durante tres días en mi cuarto.» Arcadio se lo cantó a José Arcadio Buendía, y éste trató de obtener una información más explícita, pero sólo consiguió una respuesta: «He alcanzado la inmortalidad.» Cuando la respiración de Melquíades empezó a oler, Arcadio lo llevó a bañarse al río los jueves en la mañana. Pareció mejorar. Se desnudaba y se metía en el agua junto con las muchachos, y su misterioso sentido de orientación le permitía elu- dir los sitios profundos y peligrosos. «Somos del agua», dijo en cierta ocasión. Así pasó mucho tiempo sin que nadie lo viera en la casa, salvo la noche en que hizo un conmovedor esfuerzo por componer la pianola, y cuando iba al río con Arcadio llevando bajo el brazo la totuma y la bola de jabón de corozo envueltas en una toalla. Un jueves, antes de que lo llamaran para ir al río, Aureliano le oyó decir: «He muerto de fiebre en los médanos de Singapur.» Ese día se metió
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No fue el sistema mundo el que parió a los pueblos mundos, sino fue el re/ nacimiento de los pueblos mundos en el dolor del exilio universal el que engendró al sistema mundo. Y la gesta que ha realizado en sus cinco veces Cien Años de Soledad esa multitud de pueblos mundos de la América Ladina ha sido aprender a aprender y aún más: aprender a desaprender con resiliencia en el parto de la construcción de la obra negra de la Casa Universal de Salomón, según el oriente de la Nueva Atlántida de Bacon, y habitar esa ínsula Barataria de la Utopía en su paciencia para destilar del pathos del desplazamiento continuo, del descentramiento y de la con-fusión entre lo virtual y lo real que ahora son atributos no ya propios sino del mundo entero, las cifras de un nuevo pensamiento para el retorno a casa, a la casa global, de una especie manipulada como rebaño desde hace 6.500 millones de años, cuando luego de dos milenios de fundación del neolítico de comunidades asentadas en la ley de la madre en mundos matriarcales regidos por deidades femeninas de la fertilidad, irrumpieran los reyes, los ejércitos, los domesticadores no domesticados y con ellos la esclavitud y las guerras.
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Gabriel García Márquez: Crónica de una muerte anunciada

Gabriel García Márquez: Crónica de una muerte anunciada

Podríamos establecer tres categorías diversas entre la amplia galería de seres —más bien «voces»— que se pasean por la novela: 1. Los que son transcripción más o menos fidedigna de personajes reales: Luisa Santiaga —madre de Gabriel García Márquez—, Mercedes Barcha —esposa del autor—; 2. Aquellos que mantienen una relación sobre todo de apellidos con personajes de Cien años de soledad: Dionisio Iguarán —Ursula Iguarán, Prudencia Cotes-Petra Cotes; y 3. Los ficticios, dentro de los cuales destacan por su valor simbólico fundamentalmente los de la familia Vicario. El símbolo en este caso es aplicado con paradójica ironía por el narrador. Al divisar por primera vez Bayardo San Román a su futura esposa, Angela Vicario, que provocará el drama al atreverse a ir al matrimonio sin ser virgen:
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Williams, Raymond Leslie A Companion to Gabriel García Márquez  Woodbridge/Rochester: Tamesis, 2010  183 pp  (ISBN: 978 1 85566 191 2)

Williams, Raymond Leslie A Companion to Gabriel García Márquez Woodbridge/Rochester: Tamesis, 2010 183 pp (ISBN: 978 1 85566 191 2)

tuido por: La Hojarasca (1955), El co- ronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962), Los funerales de la mamá grande (1962) y Cien años de so- ledad (1967). Después de un breve re- corrido por las tramas que cada obra plantea, hace un particular énfasis sin- tético en Cien años de soledad, desta- cando la opinión de Julio Ortega con respecto a la forma en que García Márquez recrea un lenguaje de me- moria histórica frente a la historia ofi- cial. Para Williams, García Márquez (a través de estas novelas) expone las estructuras de poder y control sobre la sociedad latinoamericana a la vez que muestra las dinámicas pasadas que es- tablecen los valores de poder en la ac- tualidad: ya sea a través de conquista- dores, caciques, dictadores y/o em- presas capitalistas y neo-liberales. Esta es, en esencia, la estética que marcará la obra de García Márquez y de la que parte toda estructuración narrativa fu- tura, en mayor o menor grado, in- fluida por Cien años de soledad.
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Introducción a la literatura a través del cuento / Laura García García; director José Manuel Ruíz Vila

Introducción a la literatura a través del cuento / Laura García García; director José Manuel Ruíz Vila

quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba. Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
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