Eric Hobsbawm

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Eric Hobsbawm en América Latina  Una revisión

Eric Hobsbawm en América Latina Una revisión

cuadro general del rebelde primitivo y el bandolero social, si lo primero con carácter general, lo segundo al caracteri- zar la partida dignificada, la montonera. Las gavillas de “sal- teadores” quedan en un terreno difuso: aun al con verger en las campaña bonaerense con los anteriores, conser van una lógica propia –y específica de la conflictividad social del campo, pues son, o han sido gente de campo-; esas gavi- llas se expresan con un lenguaje violento, no siempre pero de forma creciente, contra los poderosos locales y care- ce –¿cómo decirlo?– de lenguaje político, sin que puedan excluirse desgajamientos que vayan hacia la montonera, que de forma no menos sutil está elaborando ese lenguaje mientras acciona. Sin duda, mucho más elaborado y depu- rado, el macrocuadro que resulta de esta microhistoria que Fradkin traza con maestría, nos trae a la memoria la histo- ria, siglo y medio después, de algunas regiones de Colom- bia conforme fue observada por Eric Hobsbawm cuando se ocupó de La Violencia.
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El legado político-intelectual de Eric Hobsbawm : historias globales desde arriba y desde abajo

El legado político-intelectual de Eric Hobsbawm : historias globales desde arriba y desde abajo

prepolítica de resistir a los ricos, a los opresores extranjeros, a las fuezas que de una u otra forma destruyen al orden considerado ‘tradicional’… [argumentando que] el bandolero representa rechazo individual a nuevas fuerzas sociales”. Aquí vemos un sesgo modernista que demuestra su ambigüedad hacia los campesinados que tiene resonancias con El 18 brumario Louis Bonaparte, donde Marx compara a los campe- sinos con un “saco de papas” que no tiene conciencia colectiva. En contraste, los aná- lisis de Eric Wolf en Guerras Campesinas del Siglo XX argumentan con fuerza sobre el rol de los campesinos en las revoluciones del mundo moderno, mientras para Ranajit Guha y Partha Charterjee el campesinado representó una esfera crucial de lo político en la India colonial. Aquí uno de los temas cruciales es quiénes son los actores de transformación histórica, y diríamos que esta es un área de ambigüedad en Hobs- bawm, porque a la vez que estudia y entiende la pluralidad de la agencia de cambio, tiende a privilegiar las clases urbanas occidentales. Su análisis no llega a postular en rigor la cuestión del carácter plural de los sujetos de transformación histórica, como lo hace Fanon en Los Condenados de la Tierra. En vista de esto, no es sorpresa que en sus análisis del siglo XX no supiera valorar la importancia vital de los movimientos indígenas en América Latina, como argumenta Immanuel Wallerstein en “Reflec- tions on Hobsbawm”, un artículo reciente donde le rinde homenaje.
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Dos miradas sobre la historia del arte. Las vanguardias artísticas entre Eric Hobsbawm y Walter Benjamin

Dos miradas sobre la historia del arte. Las vanguardias artísticas entre Eric Hobsbawm y Walter Benjamin

Al modo de síntesis provisoria, se puede decir que, además de pretender -humildemente- confrontar con los planteos de Hobsbawm respecto de las vanguardias en particular y de la concepción de la temporalidad histórica en general, estas líneas proponen una mirada complementaria a la tesis de Bürger, cuya eficacia se muestra más que en sus recuperaciones, en las diferencias que ha generado. Se entiende aquí que las objeciones a su búsqueda de un principio común a la vanguardia en general, permiten hacerse cargo en mayor medida de la complejidad que ellas presentaron, que incluye la convivencia tensionada y en lucha entre programas artísticos muchas veces entendidos como opuestos entre sí en un mismo memento, así como ejercer una mirada que focaliza tanto al arte en términos de lenguaje como de sistema social (hay cierta redundancia en estas dos expresiones, dado que los lenguajes no pueden ser otras cosa que construcciones sociales).
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Eric Hobsbawm: los peligros de la mirada

Eric Hobsbawm: los peligros de la mirada

Aunque estos textos ya le habían aupado a la fama, su producción se coronó con la tetralogía del mundo contemporáneo conformada por La era de las revoluciones (1962), La era del capital (1975) y La era del Im- perio (1987), y rematada por Histo- ria del Siglo XX (1914-1991) (editada en 1994 con un título original mu- cho más significativo: La era de los extremos). Estos títulos son su gran obra de madurez, una sobre- saliente síntesis desproporcionada y desequilibrada. Su finura sinté- tica y su seductor estilo llegaron a su culmen con estas cuatro obras. Quizá es aquí donde mejor obser- vamos la relación entre Hobsbawm y la tendencia annaliste (especial- mente la de Ferdinand Braudel) a la longué durée. Estas cuatro obras han sido discutidas hasta la sacie- dad, pero siguen siendo un pun- to de referencia inexcusable para comprender las líneas generales de la civilización occidental en la contemporaneidad. Las generali- zaciones y la búsqueda de claves interpretativas ofrecen una fuerza narrativa difícil de escapar, aun- que también esto crea ciertas limi- taciones especialmente al ser obras excesivamente europeas, algo que él mismo supo reconocer. Para-
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Editorial

Editorial

En 1964 Eric Hobsbawm editaba el segmento de los Grundrisse dedicado a las formas de apropiación de las condiciones objetivas del trabajo anteriores a la producción capitalista (Formen die der Kapitalistichen Produktion vorhergehen) bajo el título Pre-capitalist economic formations (Formaciones Económicas Precapitalistas en la edición castellana), introducido por un estudio en el que señalaba la novedad que implicaba la obra respecto al panorama y conceptualización de sociedades precapitalistas presentado por Marx en escritos previos a la redacción de El Capital y la importancia de estudiar en profundidad uno de los núcleos centrales del texto, la dinámica interna de las diferentes formas de propiedad y las condiciones que presentan para la transformación social. Desde esta preocupación Hobsbawm incorporaba a la edición referencias a la problemática de la comuna rusa y planteaba la centralidad del problema de los orígenes y especificidad de la servidumbre y del debate sobre el surgimiento de relaciones capitalistas, estimulado en la década del 50 por la obra de otros miembros del Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico, Maurice Dobb y Rodney Hilton. Estas preocupaciones se inscriben en los ejes propuestos desde esta revista –que debe su nombre a la edición de Hobsbawm de las Formen– como centrales para la discusión sobre sociedades precapitalistas: la evolución de sociedades preclasistas y el surgimiento de relaciones de explotación; la importancia del estudio de aspectos superestructurales para la comprensión de su funcionamiento; la génesis de la relación del capital; las determinaciones del cambio social.
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El aura de la vanguardia. Sobre los dorados años sesenta

El aura de la vanguardia. Sobre los dorados años sesenta

Para Jürgen Habermas, la vanguardia fracasa en el marco de un proyecto más amplio que es el de modernidad formulada por el Iluminismo en el siglo XVIII. Los esfuerzos por construir un mundo moderno basado en la racionalidad práctica, separado de la religión y de la metafísica, dieron curso al proyecto de la modernidad cultural fundamentado en la autonomización de las esferas de la cultura (moral, ciencia y arte). La especialización de cada uno de esos dominios dio como resultado una separación, cada vez mayor, entre la "cultura de los expertos" y la del público general, y allí, radicaría la distancia entre el arte y la vida práctica. No obstante, Habermas considera también que los intentos de la vanguardia por redimir esta situación fueron en vano, y es más, terminaron legitimando aquellas estructuras que habían tratado de disolver (Habermas [1981]1985: 19-36). Eric Hobsbawm considera que si bien el presupuesto del que parte la vanguardia es válido (las artes visuales no daban cuenta de las transformaciones que habían afectado al mundo moderno y se debía proponer un cambio en ese sentido), su proyecto no sólo no alcanzó sus objetivos sino que
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Presencia de secuencias ERIC en Chlamydia trachomatis

Presencia de secuencias ERIC en Chlamydia trachomatis

Se realizó el alineamiento de las secuencias de los iniciadores ERIC con los genomas de Chlamydia, Chlamydophila, Aeromonas y E s c h e r i c h i a , e m p l e a n d o l a h e r r a m i e n t a bioinformática FASTA versión 3.4t21. Para validar el método in silico se estudiaron los genomas de E. coli y A. hydrophila, con los iniciadores. El genoma de C. muridarun se estudió también para ver si existían diferencias en el número de alineamientos en bacterias del mismo género (Chlamydia); no obstante, el resultado mostró que el número de alineamientos para las dos bacterias C. trachomatis y C. muridarun fue el mismo (14 alineaciones); lo anterior no necesariamente indica que se genere la misma cantidad de bandas y del mismo tamaño. El genoma de C. pneumoniae se analizó para comparar con las que se presentan entre bacterias de diferentes géneros, pero que son de la misma familia.
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Reflexiones sobre la función social de la Historia: Hobsbawm, Thompson y Kocka

Reflexiones sobre la función social de la Historia: Hobsbawm, Thompson y Kocka

Se trata de un tema historiográfico recurrente, aunque dotado de una personalidad propia según el medio social y académico y según la experiencia de cada historiador. Nosotros hemos dirigido la mirada más allá de nuestras fronteras para proponer una lectura de los planteamientos de tres autores que hicieron explícita su preocupación sobre la función social de la historia: Edward P. Thompson, Eric J. Hobsbawm y Jürgen Kocka. Historiadores que son, a la vez, representantes de dos de las escuelas historiográficas europeas más relevantes de las últimas décadas: el marxismo británico y la historia social crítica alemana. Sus trayectorias profesionales, por tanto, son en cierta medida coincidentes, ya que no sólo mostraron interés por la historia social, sino que también impulsaron el estudio de la historia para el cambio social. Al tiempo, sus recorridos son divergentes, ya que sus respuestas –no sólo intelectuales, sino también vitales– a la pregunta sobre la función social de la historia y el historiador fueron distintas. Comenzaremos, pues, por una exposición de sus ideas, para luego realizar una consideración final propia.
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Eric Rohmer: polígrafo

Eric Rohmer: polígrafo

En ese cambio de década, Alain Resnais era el cineasta joven más respetado por los nuevos críticos y por los otros directores de la nouvelle vague. Luego de sus cortometrajes documentales —sobre todo, Les statues meurent aussi (1953), Nuit et bruillard (1956) y Toute la mémoire du monde (1957)— era evidente que se trataba de un artista profundo y destinado a grandes obras. El estreno de Hiroshima, mon amour, su primer largometraje, es un evento de notable importancia para el nuevo cine. Es el nacimiento de un cine moderno. En todo caso, de un cine más plenamente moderno que la modernidad que se había visto con Orson Welles o en el neorrealismo italiano. Cahiers du cinéma mostró en la tapa de su número 97 una fotografía de Emmanuelle Riva y ocupó sus primeras páginas con esa mesa redonda en la que participaron varios de sus redactores y donde se anunció con entusias- mo la revolución copernicana que suponía la película. Pero es indudable que, a comienzos de los años sesenta, el perfil más homogéneo que había mostrado la revista durante la década anterior (incluso en sus disidencias o en sus contradicciones) se volvió inestable. La mayoría de los críticos elogiaban de manera casi unánime la obra de Resnais; Eric Rohmer, sin embargo, no estaba tan seguro. Él era el más baziniano de los jóvenes turcos y podía llevar el bazinismo hasta un punto en el que incluso al propio Bazin le costaría reconocerse. Con Jean-Luc Godard o con Jacques Rivette sucedía lo contrario: se habían desplazado hacia un concepto de cine en el que cada vez menos se reconocían en Bazin.
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La historia y los pasados . Presentación de esta historia

La historia y los pasados . Presentación de esta historia

Después de haber intentado expl¡citar las perspectivas que enmarcan cada uno de estos trabajos, cabe consignar también la de quien ha estado dando cuenta de las mismas, portando previamente una posición acerca de qué historia practicar y cómo concretarla . Y aunque a esta altura del comentario no creo que queden demasiadas dudas, considero conveniente a fin de mantener la coherencia con los propósitos de este trabajo enunciar explícitamente mi total coincidencia con el tipo de historiografía que practica Hobsbawm. ¿En qué medida habrá afectado, mi propia posición, la evaluación que aquí expongo?. La respuesta a este interrogante queda pendiente; quien esté interesado en encontrarla, tendrá que sumergirse en estos dos textos fascinantes para elaborar sus propias conclusiones.
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Valores, tiempos y utopías de los jóvenes urbanos: imaginario y representaciones en el rock nacional, 1966-1969

Valores, tiempos y utopías de los jóvenes urbanos: imaginario y representaciones en el rock nacional, 1966-1969

En cuanto a las relaciones entre las generaciones más ancianas y las nuevas, es preciso mencionar, siguiendo a Hobsbawm, la aparición de la juventud como grupo social independiente (consciente de ello), vinculado con el fenómeno cultural del rock y la radicalización política (restringida pero presente), cuyo ejemplo emblemático fue el Mayo Francés. Al mismo tiempo el surgimiento del estrato juvenil permitió la conformación de un mercado con poder adquisitivo para nada despreciable, que contribuyó a la formación de la cultura juvenil, regida por las pautas de consumo en masa propias del capitalismo. Su poder adquisitivo también facilitó a los jóvenes el descubrimiento de señas materiales o culturales de identidad que les permitió definirse como jóvenes y al mismo tiempo separarse de las generaciones anteriores. Como señala Cosse, si bien antes de los sesenta los jóvenes se distinguieron de los mayores y desafiaron sus valores, es en ésta época cuando aquellos desafíos adquirieron el carácter de rupturas generacionales en el mismo momento en que los adolescentes delinearon su identidad por oposición a los adultos y se situaron en el centro de la vida social, política y cultural 32 .
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Hobsbawm, Eric  Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840 2011; Crítica; Buenos Aires; 2011

Hobsbawm, Eric Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840 2011; Crítica; Buenos Aires; 2011

La novedad de la obra es sólo parcial. La mayoría de los dieciséis escritos que la configuran son de antigua factura; varios ya habían sido publicados en anteriores volúmenes, aunque pocos en español. Seis aparecieron en las versiones en italiano, inglés o castellano de Historia del Marxismo, coeditada por el propio Hobsbawm. Rescatados de la dispersión, el desconocimiento o el olvido, algunos de estos textos fueron parcialmente reelaborados para esta edición. En tanto compilación de estudios específicos y fragmentarios, el libro no alcanza a constituirse en una auténtica reflexión global, unitaria y sistemática del tema, abarcadora de todas las dimensiones que su título implícitamente proclama. Aunque su valor es incuestionable, por la acostumbrada maestría con la cual el autor logra síntesis creativas, en las que enhebra el análisis de las ideas con las tramas de la historia social, la política y la economía, combinando el examen estructural con el diacrónico y la indagación teórica con el plano histórico concreto.
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Romero y Hobsbawm

Romero y Hobsbawm

Ambos autores entienden la historia como un análisis de la sociedad, de un campo de conjunción de todas las actividades humanas y sin determinaciones previas. En cierto sentido es una historia interpretativa que reflexiona sobre la sociedad y la cultura, que moviliza la experiencia social del lector para unir a su conocimiento del presente, el del pasado. Sus definiciones nos alejan de las visiones dogmáticas y permiten que el relato histórico tenga una fluidez que nos hace repensar constantemente el acontecimiento y su relación entre el pasado y el presente. En principio, observamos que en Romero existe un concepto vital en donde el hombre proyecta su relación con el mundo y la vida que ocupa un lugar determinante en el oficio de historiador. En el caso de Hobsbawm este aspecto aparece recubierto por la acción política del historiador.
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MARXISMO E HISTORIA SOCIAL

MARXISMO E HISTORIA SOCIAL

pero también cómo y por qué, en los umbrales del nuevo siglo XX, esa preeminencia comenzaría a caducar, cómo y por qué las técnicas indus­ triales revolucionarias y eficaces en los tiempos del “ despegue” econó­ mico se tomaron obsoletas y retardatarias, en m om entos del avance arrollador de nuevos imperialismos. Estas cuestiones están tratadas en Industria e imperio, 20 obra trascendente que a pesar de centrarse casi exclusivamente en la historia de Inglaterra tiene en amplia medida la respiración universal de los dos trabajos arriba mencionados. En sus páginas Hobsbawm advirte que los países que hoy tratan de industria­ lizarse difícilmente pueden tom ar como modelo el caso británico, pues las cuestiones que esos países deben resolver son profundam ente dife­ rentes: si bien hay la posibilidad de aprovechamiento de las experiencias técnicas ya existentes, éstas tienen una complejidad y un costo muy dis­ tintos a los que requirió Inglaterra en su primera revolución industrial; además —y esto es quizás uno de los problemas fundamentales— los ci­ tados países se tienen que industrializar en “un contexto de fuertes m o­ vimientos obreros y ante potencias socialistas mundiales, que hacen de la idea de industrializarse, sin tener en cuenta la seguridad social o el sindicalismo, algo políticam ente impensable.21 Hasta aquí la adverten­ cia de Hobsbawm. Pero ¿no quedarían ciertas dudas por despejar? ¿Acaso no es posible pensar en proyectos de desarrollo no autónom os, con fuerte ingerencia imperialista y por consiguiente vehiculizados me­ diante eficaces maquinarias represivas que borran las posibilidades p olí­ ticas y sociales de contestación por parte de las clases explotadas? Pasa­ do y presente de los mecanismos de coacción en este capitalismo de renovadas alternativas de crecimiento.
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La política de los subalternos: concepciones contrastadas

La política de los subalternos: concepciones contrastadas

Los campesinos no solo desafían el orden social rebelándose abiertamente; a veces lo hacen de manera menos colectiva aunque siempre respondiendo a un agravio que bien puede ser individual, pero que, invariablemente, forma parte de una estructura del poder que ‘inferioriza’ a los campesinos. Es el fenómeno del bandidismo, cuya figura más emblemática en Occidente es Robin Hood (Robin de los bosques). Hobsbawm destacó varias aristas de un fenómeno que tiene mucho más de mitológico que de realidad histórica. Pero aun así, la mitología sirve para entender por qué las clases subalternas reflejan en la figura del bandido sus utopías de un mundo más justo — o, aunque sea, menos injusto — y de una imaginaria inversión de papeles sociales en que el poderoso es humillado y redistribuido el producto de su habitual rapiña entre los pobres.(13)
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HISTORIA DEL SIGLO XX – ERIC HOBSBAWN

HISTORIA DEL SIGLO XX – ERIC HOBSBAWN

crecimiento y la competitividad de la economía, pero el rasgo característico era precisamente que no tenía límites. «Las "fronteras naturales" de la Stan- dard Oil, el Deutsche Bank o la De Beers Diamond Corporation se situaban en el confín del universo, o más bien en los límites de su capacidad de expansionarse» (Hobsbawm, 1987, p. 318). De manera más concreta, para los dos beligerantes principales, Alemania y Gran Bretaña, el límite tenía que ser el cielo, pues Alemania aspiraba a alcanzar una posición política y marí- tima mundial como la que ostentaba Gran Bretaña, lo cual automáticamente relegaría a un plano inferior a una Gran Bretaña que ya había iniciado el declive. Era el todo o nada. En cuanto a Francia, en ese momento, y también más adelante, sus aspiraciones tenían un carácter menos general pero igual- mente urgente: compensar su creciente, y al parecer inevitable, inferioridad demográfica y económica con respecto a Alemania. También aquí estaba en juego el futuro de Francia como potencia de primer orden. En ambos casos, un compromiso sólo habría servido para posponer el problema. Sin duda, Alemania podía limitarse a esperar hasta que su superioridad, cada vez mayor, situara al país en el lugar que el gobierno alemán creía que le corres- pondía, lo cual ocurriría antes o después. De hecho, la posición dominante en Europa de una Alemania derrotada en dos ocasiones, y resignada a no ser una potencia militar independiente, estaba más claramente establecida al ini- cio del decenio de 1990 de lo que nunca lo estuvieron las aspiraciones mili- taristas de Alemania antes de 1945. Pero eso es así porque tras la segunda guerra mundial, Gran Bretaña y Francia tuvieron que aceptar, aunque no de buen grado, verse relegadas a la condición de potencia de segundo orden, de la misma forma que la Alemania Federal, pese a su enorme potencialidad económica, reconoció que en el escenario mundial posterior a 1945 no podría ostentar la supremacía como estado individual. En la década de 1900, cénit de la era imperial e imperialista, estaban todavía intactas tanto la aspiración alemana de convertirse en la primera potencia mundial («el espíritu alemán regenerará el mundo», se afirmaba) como la resistencia de Gran Bretaña y Francia, que seguían siendo, sin duda, «grandes potencias» en un mundo eurocéntrico. Teóricamente, el compromiso sobre alguno de los «objetivos de guerra» casi megalomaníacos que ambos bandos formularon en cuanto esta- llaron las hostilidades era posible, pero en la práctica el único objetivo de guerra que importaba era la victoria total, lo que en la segunda guerra mun- dial se dio en llamar «rendición incondicional».
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