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1ª Parte: Estudios de Medicina; Influencia del padre:

Naturalmente resulta irrebatible la influencia de don Justo en la decisión de Santiago para encauzar su futuro en la carrera de Medicina, pero era inevitable y, por que no afirmarlo, aceptado con gusto, pues su formación no tuvo otra disposición desde bien joven.

Tras culminar el bachillerato en el instituto de Huesca en el año 1868 -año del destierro de la reina Isabel II, consecuencia del triunfo de la revolución que se conocería como “La Gloriosa”, que inició el almirante Topete en Cádiz, uniéndose después a la asonada los generales Prim y Serrano, quien se haría cargo del bastón de mando gubernamental -inmediatamente lleva a cabo, de manera solvente, el Examen de Grado siendo matriculado por su padre, literalmente, en las asignaturas del año preparatorio de la licenciatura de Medicina de la universidad de Zaragoza.

En la capital del Ebro, y para evitar en lo posible, disgregaciones intelectuales y pasiones marginales, don Justo consideró más apropiado dejar a su hijo al cuidado, y como mancebo, del cirujano amigo de su progenitor, don Mariano Bailo. Cajal pudo acomodarse en el domicilio de aquel buen amigo pudo acomodarse, que era hombre afamado por su rectitud y excelente reputación. Ello, ya de por sí, constituía una inesperada traba a sus interminables calaveradas. Más tampoco ayudaría mucho a sus cálculos la maravillosa vida social que, sin duda, podría disponer, en base al frío recibimiento que los compañeros de curso le dispensaron a su llegada. Se trataba de aquellos que fueron camaradas con los que compartía francachelas durante el bachillerato pero que consiguieron aprobar los cursos sin atrancos, todo lo contrario que Santiago, cuya negligencia académica habíale retrasado entre uno y dos años, como él mismo hubo de reconocer. En vista de ello, como otras veces anteriores, se refugió en sí mismo y en la contemplación y representación artística de la naturaleza, circunstancia que cada vez se hacía más frecuente.

<<Yo soy –él mismo nos confiesa- lo que se llama un visual. Lo que en mi

entra por el oído deja huella fugaz; lo que llega por los ojos se imprime tenazmente. Acaso por eso, en el terreno del arte, he desdeñado la música y la oratoria, y, en cambio, fui siempre ferviente admirador de las fiestas de la luz, de los paisajes pintorescos y de toda clase de fenómenos naturales >> (Ramón y Cajal, 1969).

El primer curso de la licenciatura, que inició en 1869, denominado Preparatorio, constaba de tres asignaturas: Historia Natural, Física –asignatura cuyas clases recuerda tediosa- y Química. Es evidencia del todo irrebatible que la inestabilidad política influía en el mundo universitario de toda la nación española, y no precisamente para facilitar la concentración y el orden de los alumnos, implicados anímicamente, en el caos de aquella pseudoregencia que acabaría con la coronación de don Amadeo de

Saboya el 16 de Noviembre de 1870. Pero de este trance socio-político ya hablaremos más adelante.

Este curso transcurrió aceptablemente sosegado para el inquieto ánimo del alumno Ramón y Cajal, con algunos momentos de excepcional desmán para un diecisieteañero y su habilidad con la honda, por lo que la recompensa a tal esmero resultó el aprobado de este Preparatorio y su matriculación en el primer curso de Medicina, en 1870, año en que su familia, finalmente se trasladó a Zaragoza, donde el patriarca tomó posesión de la plaza obtenida por oposición, en la Beneficencia Provincial, y, mediante un amigo y condiscípulos suyo, Jenaro Casas, el puesto de profesor interino de disección.

Este empleo, es fácil de deducir, afectaba también a Santiago, quien, independientemente del estudio de las asignaturas a que obligaba la licenciatura de Medicina en cada curso, pasó, buena parte de su tiempo encerrado en la sala de disección del viejo Hospital de Santa Engracia, volcado sobre piezas anatómicas de cadáveres que debía disecar con sus instrumentos, de manera cuidadosa y esmerada, durante los tres siguientes años. Y como no, y para orgullo de su progenitor, al fin, dibujando con gran precisión los resultados de sus disecciones anatómicas.

No es necesario insistir en que la asignatura en la que obtuvo las mejores notas en la carrera fue la Anatomía Topográfica y todas aquellas que con esta tuvieran relación; para el resto de las disciplinas no puede decirse que aplicara el máximo esfuerzo, y, aunque sin tropiezos, la media obtenida en ellas sería de un aprobado.

Sin duda otras actividades también distraían al alumno, tales como su casi patológica afición a la gimnasia y el culturismo, y que habría de conducirle, entre otros alardes musculares, a celebrar un duelo a puñadas con un alumno de Ingeniería de Caminos con quien disputaba las atenciones de una jovencita a la que ambos paseaban la calle, lance que, finalmente quedaría en agua de borrajas. Tampoco pudo evitar concurrir al llamado de la juvenil niebla literaria, a la composición de poesías y cortas obras en prosa que en ocasiones resultaría difícil clasificar, entre la novela y el cuento -y siempre con respetuosos resabios hacia el pensamiento romántico, según el ejemplo de Zorrilla, Bécquer o Espronceda-, a la dialéctica filosófica y a la novela de ciencia imaginación que por entonces hacía furor bajo la pluma del sin igual Julio Verne.

Esos tres años pasaron sin darse cuenta, enfrascado en tanta y tan variopinta actividad, derrochando energía física, y repartiendo la intelectual entre las asignaturas de la carrera, las disecciones con su padre, la formación física y la recién descubierta “habilidad” literaria y filosófica. De este modo, en Junio de 1873, con 21 años de edad, obtuvo el título de licenciado en Medicina.

Más de poco tiempo dispuso Santiago para festejar y paladear su reciente licenciatura, pues apenas graduarse fue llamado a filas, a través del servicio militar obligatorio que entonces imponíase a todos los mozos útiles mediante la llamada “Quinta de Castelar”, establecido por este político republicano de magníficos mostachos -que ese mismo año hubo provocado el establecimiento de la Primera República, presidida por Estanislao Figueras, y en la que el gran orador participaba portando la cartera de Estado-, con el fin de nutrir de suficiente dotación armígera la milicia para salir al paso de tantos conflictos belicosos como a España se le venían encima, principalmente la guerra de Cuba, la revolución Cantonal en Cartagena, Salamanca, Extremadura y Ávila y, nuevamente, la guerra Carlista.

Una anécdota de este impase entre su licenciatura y su destino militar, no podemos dejar de comentar por la importancia que, pienso, pudo tener y de manera subliminal, en su destino como investigador. Cierto día, quiso el destino que de forma casual, fuera invitado por el profesor Borau para observar por su microscopio el fluir de la sangre en una preparación de mesenterio de rana. No cabe la menor duda que semejante experiencia, que don Santiago recuerda como impactante, pudo despertar en él el interés por una variante inesperada de la anatomía que aún no dominaba: la histología descriptiva.

Pero su mente estaba, y habría de estar ocupada durante mucho tiempo en otros asuntos igualmente sobrecogedores e insólitos y de actualidad mucho más inmediata, independientemente de la atención que dedicara a su relación con una bella joven huérfana, de buena educación y con la que se carteó durante su estancia, tanto en Cataluña como en Cuba, bálsamo de Fierabrás para aquel solitario oficial médico.

2ª Parte: Participación en la guerra de Cuba; ¿Realmente