La teoría de la “vulnerabilidad societal” sugiere argumentos para la comprensión de las consecuencias acumulativas de rupturas con la sociedad organizada en la relación de adolescentes provenientes de clases sociales
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Lombaert, L. Erik C. Vulnerabilidad Societal. En: El Observador Nº 19, Santiago de Chile, Servicio Nacional de Menores, Ministerio de Justicia, 2001. p. 17.
120
Germaná, César. Pierre Bourdieu: La Sociología del Poder y la Violencia Simbólica. En: Revista de Sociología, Volumen 11, 1999, Número 12 [en línea]. [Fecha de consulta: 14 de Julio 2007]
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bajas. Al percibirse víctimas de mecanismos de etiquetamiento y exclusión, tratándose de sujetos en momentos cruciales del ciclo vital, relativos a la estructuración identitaria y a la búsqueda de un soporte social, tienden a asociarse a pares que han vivido las mismas experiencias.
La dificultad generada para ajustarse a pautas comportamentales convencionales, resulta en la disposición a conformarse a otros esquemas actitudinales. “La conducta de un individuo, sólo puede ser entendida en
términos de la conducta de todo el grupo social del que él es miembro”121
, ya que es este grupo el que suministra el contexto y el significado de los actos individuales. La conformidad con los contextos y significados de un colectivo determinado y la adecuación coherente “del comportamiento o actitud a fin de armonizarlos con el comportamiento o actitud de un grupo”, - y su preferencia ante la obediencia o sometimiento “a las órdenes directas de una autoridad legítima”122
-, se relaciona con las lealtades percibidas. “El miembro leal lucha por alinear su propio interés con el del grupo. No sólo participa en la consecución de los fines de su grupo y comparte su punto de vista, sino que también adherirá a su código ético de conducta, o al menos lo considerará con sumo cuidado.” 123
La consolidación de un grupo será mayor en la medida que sus integrantes dependan de él y que falten grupos de pertenencia alternativos y/o oportunidades de acceso a ellos. El niño, niña y joven busca en el grupo cuanto le ha faltado en su vida familiar y social. La mutua solidaridad hace que el grupo se convierta en un hogar para sus miembros. El grupo crece en importancia, en la medida que se trata de niños, niñas y jóvenes con mayor tendencia a rechazar su familia de origen y posteriormente la escuela o de jóvenes que han sido rechazados por parte de su familia y de diversas escuelas, y que por lo tanto tienen un mayor sentido de ser fracasados e inútiles. Las categorizaciones sociales predominantes para el grupo, se superponen a las categorizaciones de carácter individual. Para el niño, el grupo es todo o casi todo: lo que el grupo diga o haga es cierto, sin detenerse la mayoría de las veces, a pensar o poner en duda el quehacer
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Mead, G.H. Espíritu, persona y sociedad. Desde el punto de vista del conductismo social. 2ª edición. México, Editorial Paidós, 1993. p. 54.
122
Moscovici, Sergio. Psicología Social I. Influencia y cambio de actitudes. Individuos y grupos. Barcelona – Buenos Aires – México, Ediciones Paidós, 1991. p. 43.
123
Boszormenyi- Nagy, Iván y Spark, Geraldine M. Lealtades invisibles. Reciprocidad en terapia familiar intergeneracional. Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1994. p. 59.
de éste; sencillamente es bueno, es cierto porque los demás del grupo lo hacen.124
Estos grupos, con “sus propias y muchas veces irrupciones en el espacio social”125
, muchas veces tildadas de subculturales por sus rasgos diferenciales respecto a la sociedad oficial, en el sentido de que institucionaliza particulares formas de ver el mundo, genera su propia escala de valores, la cual no llega a independizarse por completo de la cultura conformista. Pese a que predomina la conformidad, subsiste el deseo de satisfacer las expectativas de otros con quienes exista un vínculo significativo o en relación con un grupo de referencia, develando analogías entre las motivaciones de la conducta de los integrantes de estos colectivos subculturales y sus símiles conformistas. Asimismo, tiene una organización interna que regula las relaciones de sus miembros con grados de cohesión y entramados de relaciones parecidos al que pueda existir en la sociedad convencional. La participación en la subcultura aporta a sus miembros la posición, sentimiento de pertenencia e identidad que les niega la sociedad mayoritaria, y es, para ellos, un mecanismo sustituto de participación social. El ser grupo da conciencia de consolidación, de protección interna o "grupo- nosotros" (in-group). Por otra parte, el ser grupo-nosotros da conciencia de exclusión, de no ser otros. Es decir, contrasta con el grupo-ellos (out-group). Lo bueno, lo positivo, siempre lo tiene el grupo-nosotros, y todo lo malo el grupo-ellos. Se ha constatado que algunos niños, niñas y jóvenes se ponen exclusivistas y crueles con todos los que son distintos. “Ontológicamente, «ellos» nos crean a «nosotros» como entidad dotada de sentido y propósito.”126
La estimulación mutua a la acción, el poder embriagador de sentirse "apoyados" por los demás componentes del grupo, la inmadurez afectiva - por la que siguen siendo niños o niñas, aunque biológicamente estén muy desarrollados -, hace de sus actos como algo no controlable, lo que puede llevar a sus componentes a comportarse como inadaptados sociales. De no ser por esta estimulación, por el poder que les da el sentirse apoyados, no
124
González González, E. Bandas Juveniles. Barcelona, Ed. Herder, 1982. pp.48-49. 125
Duarte Quapper, Klaudio. ¿Juventud o juventudes? Acerca de como mirar y remirar a las juventudes de nuestro continente. En:Última Década Nº 13, Viña del Mar, CIDPA, Septiembre 2000. p. 74.
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desplegarían tal vez ninguna de esas conductas antisociales. De ahí que el carácter patológico y peligroso del grupo resida en su extrema unidad, en su clara conciencia de grupo, ya que su organización y estructura es mucho más fuerte que cualquier otra organización espontánea de niños y jóvenes.127
Dichos grupos tienen todas las características necesarias para ser buenos transmisores de pautas culturales. El proceso de socialización entre sus integrantes es mucho más eficiente que en cualquier otro grupo. Ese tipo de grupos, etiquetados como “pandillas”, “esquineros”, “desviados”, “de riesgo”, etc., tienden a convertirse en punto de mayor preocupación por parte del entorno social, lo cual determina que las instituciones sociales de su alrededor fijen su atención en ellos, más que en otros grupos; factor que incrementa a su vez la probabilidad de un contacto con instancias del control social formal. Estamos así en presencia de un proceso culpabilizador, lleno de “ritos de degradación”, que conduce a la “víctima” de estos procesos con carga simbólica, a una revisión de su status social y los roles que a este se
asocian. Dichas situaciones se suman a las frustraciones ya acumuladas. 128
II.2.2.2.3.- El ámbito familiar: Las “lealtades invisibles” de Iván Boszormenyi-Nagy.
El concepto “institución”, empleado anteriormente, refiere no solo a organismos y servicios públicos y privados, organizaciones y agrupaciones de todo tipo, sino, además a grupos primarios de pares y a la familia. A esta última, por su caracterización e importancia particulares, se confiere un trato especial.
La teoría de la vulnerabilidad societal sostiene que los factores individuales son producto, más que causa, de las experiencias negativas de los sujetos respecto de las instituciones sociales. En este sentido, las capacidades parentales de los padres se muestran menoscabadas porque estos han sufrido experiencias negativas; los niños fracasan en la escuela porque viven en tales familias problemáticas y porque el establecimiento escolar les ofrece un paquete curricular no adecuado; desarrollan una autoimagen y perspectiva social inadecuada, porque el colegio no permite otros estándares; por eso se afanan en buscar un fundamento valorativo para sí
127
González González, E., págs. 190 - 193 y 225 128
mismos alternativo en grupos no-conformistas; y por eso son débiles en el mercado laboral, mal ubicados en la escala social y a futuro padres de familia con baja performance para llevar el proceso de socialización de sus futuros hijos. Se presenta de esta forma una trayectoria que describe una causalidad dialéctica, en donde algunas “consecuencias”, a veces, tendrán un efecto
sobre determinadas “causas”129
.
El nivel en que se instala la teoría no se refiere a un individuo o una familia. Se trata de muchos individuos y muchas familias, compartiendo, por lo general, el mismo vecindario, donde se comparten las mismas experiencias, las que a su vez se traspasan entre ellos. En esta orientación, las experiencias son transmitidas de generación en generación, motivo que consolida aún más la posición marginal. El plano del involucramiento asocia a toda una población en el proceso, razón por la cual, no es la familia la causa del problema, sino más bien un simple mediador y reproductor de la vulnerabilidad societal. 130
Iván Boszormenyi-Nagy, psiquiatra húngaro emigrado a Estados Unidos, dedicado a la terapia familiar, plantea la diferencia entre el grupo de pares y la familia en los siguientes términos: “la estructuración existencial de la consanguinidad familiar es inalterable” y “nunca podrán avenirse a perder
«existencialmente» a ningún integrante del sistema”131
, pese a separaciones reales o inminentes. Sin embargo, aunque para la persona “en sus orígenes [el] universo humano incluía su relación pasada con los padres”, al crecer,
implica “otras relaciones emocionalmente significativas”132
, participantes de las dinámicas anteriormente descritas.
El autor desarrolla su teoría focalizándose en el “contexto de la acción”133
y sostiene que “en su estructuración programático-afectiva, las actitudes relacionales portan el esquema de los actos futuros de la persona”. Agrega que “el diseño de esos esquemas siempre lleva implícitas las necesidades básicas de aquella y sus obligaciones sistémicas «importadas»”. En tal sentido, “el «patrón de necesidades» de una persona es una fórmula abreviada que comprende tanto sus necesidades personales como las
129
Walgrave Lode (Ed.), 1996. Op. Cit. p. 43. 130
Lombaert, L. Erik C., 2001. Op. Cit. pp. 19 - 20. 131
Boszormenyi- Nagy, Iván, 1994. Op. Cit. p. 25. 132
Ibid., pp. 86 - 87. 133
expectativas invisibles debidas el equilibrio perturbado de la justicia en las relaciones anteriores propias y de su familia. Tiene una deuda de reciprocidad para quienes tanto le dieron, no importa que se hayan sentido estafados o explotados por el destino.”134
Acercándose a la teoría del deseo mimético de René Girard, plantea que, obviando teóricamente “toda información falsa e incorrecta y [de] toda distorsión de los hechos debida a la parcialidad emocional”, cada participante de la familia tiene consciencia “de las configuraciones de necesidades simultáneas en el otro, mientras que ambos luchan por hacer de ese otro el objeto de sus necesidades y deseos.” Estas necesidades “incluyen la condensación de las cuentas relacionales no saldadas de su familia de origen, además de la reactivación de sus propios procesos psíquicos primitivos”135
.
Introduce el concepto de “libro mayor”, prestado de la contabilidad, “en el que se lleva la cuenta de las obligaciones pasadas y presentes entre los miembros de la familia”. “La «foja» del miembro individual de la familia, por así decirlo, ya está llena antes que él comience a actuar.” Los abuelos endosan “cuentas” a los padres, quienes traspasan las obligaciones y compromisos, siempre “invisibles”, a sus hijos. “La deuda del hijo para con el padre está determinada por el ser del progenitor, la cantidad y cualidad de su asequibilidad y los cuidados que prodigue activamente”. No se espera del recién nacido que compense, de modo equivalente, lo recibido de sus padres. “El niño posee una serie originaria de derechos que no se ha ganado”. Sin embargo “el individuo deba saldar cuentas de justicia e
injusticia no adquiridas, aunque acumuladas”136
. Ello constituye la esencia de la lealtad familiar, la cual trascienda varias generaciones.
El autor distingue varios mecanismos de evasión de estas responsabilidades, induciéndose pautas relacionales patogénicas entre sus miembros. Entre otros refiere a la parentalización, comprendida como “la distorsión subjetiva de una relación, como si en ella la propia pareja, o incluso los hijos, cumplieran el papel de padre. Dicha distorsión puede efectuarse en la fantasía, como expresión de deseos, o, de modo más notorio, mediante una 134 Ibid., pp. 29 - 30. 135 Ibid., pp. 28 - 29. 136 Ibid., pp. 72 - 75.
conducta de dependencia.”137
Por cierto, las dinámicas expoliadores, descritas anteriormente, a escala familiar y el involucramiento de los hijos en relaciones de colusión entre los progenitores, comprendida como “el juego conjunto no confesado, oculto recíprocamente, de dos o más compañeros a
causa de un conflicto fundamental similar no superado”138
, constituyen otro de estos procesos.
Las necesidades e intereses personales, sean de índole biológicos o producto de procesos de maduración emocional y de desvinculación de la familia (lo cual, según el autor, se relaciona con “la sanidad” de la familia más que con etapas de crecimiento), las obligaciones y compromisos adquiridos por la membresía familiar, se complementan con expectativas, deudas y méritos, oportunidades y exclusiones, experimentadas en la trayectoria de vinculaciones con la sociedad de pertenencia, propias de las posiciones sociales ocupadas.
II.2.3.- Trayectorias de exclusión social: Conceptos claves para la