—Si no aprendes del silencio, no puedes aprender de nada ni de
nadie. El silencio es sabio, te abre puertas hacia tu interior, y te ilu-
mina el yo superior. Va camino hacia tu inconsciente y te enseña a
encaminarte en la vida.
Silencio 53
El silencio trabaja para que dialoguen todas tus partes internas, para que se logre todo un entendimiento y, cuando todas tus partes internas se unan, lograrás ese poder infinito que el ser supremo te ha entregado.
No temas estar solo, porque la soledad y el silencio son tus ami- gos. Búscalo dentro de ti cada vez que lo necesites, y él te responderá
siempre, te escuchará y nunca se equivocará al darte las respuestas. Tú temes al silencio porque no lo has conocido y las veces que se presentó en tu vida lo echaste; él regresaba siempre, pero siempre lo rechazabas. Ahora lo tienes aquí enfrente de ti, hazte su amigo.
Escúchalo y te escuchará; sentirás que se iluminará tu alma, orque él se conectará con tus partes internas por medio de tus sen- tidos y se hará cómplice de tu yo inconsciente.
Francesco, que a esta altura ya no se asombraba de nada, escuchó con atención al árbol parlanchín.
Pero sí se asombró de que el árbol supiera tanto de su vida, si él no era un ser tan importante en la Tierra como para que estuvieran tan pendientes de él, cuando había tantas personas más importantes en el mundo.
Él tendría en algún momento la oportunidad de recibir de alguien las respuestas que necesitaba conocer.
El silencio seguía esperando que Francesco se presentara y ecidiera enfrentarlo.
Pero Francesco no sabía cómo hacerlo.
Entonces, el árbol, que lo estaba observando, volvió a ha- larle así:
-Francesco, quédate quieto, respira profundamente, cierra tus ojos y deja que el silencio entre dentro de ti. Cuando se ínstale, te
dará una señal.
Francesco, muy obedientemente, cerró los ojos y aspiró todo aire en una gran inspiración. Se conectó con sus sentimientos y, después de unos segundos, el silencio apareció y se comunicó
54 Yohana García
Francesco comprendió que había tenido mucho miedo en su vida, por eso llenaba los espacios hablando todo el tiempo.
—¡Qué poco pude escucharme! ¡Qué poco escuché a los
otros! Tampoco pude oír el canto de los pájaros, el ruido de la lluvia al caer, el sonido del viento arrastrando las hojas del otoño.
¿Por qué no puede sentir mi propio silencio, si era tan fácil como respirar?
Ahora entiendo por qué no te dejé entrar mientras vivía y perdí la oportunidad de encontrarme con mi yo interior. Supongo que mi inconsciente también quiso hablarme y no se lo permití; lo debo haber tratado muy mal, porque nunca dejó que recordara, alguna mañana al despertar, ningún sueño.
Mi esposa, Elena, decía que era negador de la realidad, que me evadía todo el tiempo, y ahora comprendo que tenía razón. Ven, silencio, quédate conmigo un poco más. Déjame encon- trar ese inconsciente que habitó en mi mente por tantos años y al que yo, más inconsciente que él, no escuché.
Oh, Dios, ¿qué hice de mi vida? ¿Cómo pude haber sido tan egoísta conmigo mismo? ¡Y ahora vengo a darme cuenta, ahora que ya es tarde!
Luego de haberse hablado a sí mismo, apareció en Francesco una voz interior, un poco conocida para él.
Ahí estaba su inconsciente, que había aparecido en escena, y se presentó diciéndole:
—Ahora te vuelvo a encontrar; yo te conozco más que nadie, compartí toda tu vida y me instalé al lado de tu mente.
Soy como una habitación oscura llena de recuerdos, proyectos, memorias, sensaciones.
Cada acontecimiento que vivió tu alma, desde el nacimiento hasta tu muerte, está guardado muy ordenadamente en esa habitación.
Cuando utilizas el silencio para encontrarme, haz de cuenta que usas una llave para abrirme y que, con tu curiosidad por saber algo
Silencio 55
tuyo, iluminas mi habitación de la misma manera como una linter- na ilumina la oscuridad.
Entonces enfocas lo que tú quieres ver, pero eso no significa que lo demás no esté. Iluminarás cada cosa que vengas a buscar, cada sen- timiento, o cada recuerdo que necesites recuperar, para utilizarlo en tu propio crecimiento.
Después de escuchar hablar a su inconsciente, Francesco le preguntó por qué no había aparecido antes, y éste le respondió que él no había encontrado la llave para abrirlo y que lo había tratado muy mal.
Yo soy susceptible y me gusta que me traten bien, soy una parte bastante independiente y necesito mimos.
Francesco se rió, incrédulo.
—¿Qué clase de mimos necesitas?
—Si me pides por favor que te muestre algo, te lo mostraré; te podrás acordar de los sueños, podrás interpretarlos y usarlos como otra herramienta más para construir tu futuro.
Piensa que, si uno tiene una sola herramienta, por ejemplo un martillo, todos los problemas se le van a transformar en un clavo.
Cuando yo te muestre algo que tú tanto buscabas, no te olvides de- darme las gracias; el buen trato nos hará buenos amigos.
¡Ah, me olvidaba!, no me trates como si fuera traicionero, porque él inconsciente no te traiciona. Lo que te traiciona es tu consciente, porque te hace ponerte en pose para cada ocasión, y hace que te dis- fraces, según los roles que cumplas con cada persona que encuentres
en tu camino. Te hace actuar impulsivamente, poner etiquetas a las personas, te lleva a que te importe más el qué dirán, hace que empieces a conformarte ante los otros, aunque no signifique que esto te haga feliz.
Yo te pido que te mantengas alerta, que abras tus sentidos, y no te dejes caer en la trampa de demostrar lo que tienes y lo que no tienes. Aprende a decir que no, cuando no quieres hacer algo; aprende a cuidarte, respetando tus tiempos.
56 Yohana García
Francesco le agradeció a su amigo, el inconsciente; le dijo que estaba muy cansado como para seguir escuchando y que preferiría seguir escuchando el silencio.
—No te olvides de que el silencio y yo vamos siempre de la mano. Yo sé que no siempre soy placentero; de hecho, no todos se hacen amigos de mí. Despreocúpate, yo apareceré siempre y cuando seas tú el que me. venga a buscar. Mientras tanto, me quedaré aquí sólito y esperando hasta la próxima vez que me llames.
Francesco suspiró como sacándose un peso de encima; abrió los ojos y se quedó pensativo. Se acordó de que no le había puesto nombre a su jardín. "Hoy no se lo pondré -se dijo-. Lo