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Capítulo 1: Supuestos teóricos-metodológicos

3. a La categoría de espacio en ciencias sociales

Realizar un aporte a los estudios sobre historia del agro regional también requiere explicitar qué se entiende por espacio, región y territorio en el contexto de las ciencias sociales, lo que conduce a entrar en diálogo con la Geografía y nuevamente con la Sociología, puesto que es necesario subrayar la existencia de

esos vínculos vitales e infinitamente repetidos con el medio que crean -o mejor dicho que deben volver a crear a lo largo de su destino- esas relaciones elementales, y en cierta manera todavía primarias, con los diferentes tipos de suelo, los vegetales, las poblaciones animales, las endemias” (Braudel, 1970: 180).

La noción de espacio es un término vital en Geografía. Etimológicamente incluye la idea de paso (del latín spatium) y de vacío (del griego choré), dando lugar a la idea de que hay lugar vacío apto para la actividad humana. En su sentido más amplio, el dominio del espacio geográfico sería el espacio habitable por el hombre. Sin embargo, las distintas corrientes geográficas han brindado diferentes concepciones acerca del espacio: la Geografía Regional Posibilista, con un enfoque historicista y hermenéutico, se abocó al estudio de los espacios concretos, regionales; la Geografía Neopositivista o Cuantitativa geometrizó el espacio y lo abordó como espacio abstracto; la Geografía de la Percepción y del Comportamiento, la Geografía del Tiempo y la Geografía Humanística destacaron el carácter subjetivo del espacio y desde las corrientes críticas, como la Geografía Radical, la Geografía Realista y la Geografía Posmoderna, influidas por trabajos de sociólogos como Lefevbre, Castells y Giddens, plantean que el espacio es esencialmente social (Pillet Carpdepón, 2004).

Desde las corrientes críticas se recurre en este trabajo, en principio, la propuesta de Milton Santos (1996), para quien el espacio no es una cosa ni un sistema de cosas sino una realidad relacional:

“El espacio debe considerarse como el conjunto indisociable del que participan, por un lado, cierta disposición de objetos geográficos, objetos naturales y objetos sociales, y por otro, la vida que los llena y anima, la sociedad en movimiento. El contenido (de la sociedad) no es independiente de la forma (los objetos geográficos); cada forma encierra un conjunto de formas que contienen fracciones de la sociedad en movimiento. Las formas pues, tienen un papel en la realización de los social” (28). El espacio contiene entonces relaciones sociales y es necesario saber cuáles, cómo funcionan y han surgido y por qué lo hacen de esa manera, ya que las prácticas sociales se expresan en prácticas espaciales. A partir de la naturaleza como “materia prima”, los espacios “son productos de una actividad donde la economía y la técnica están involucradas, pero van mucho más lejos: son productos políticos, espacios estratégicos” (Lefevbre, 2013: 140). Pero también y en tanto práctica social dentro del capitalismo, la producción del espacio está sujeta a la práctica política, es decir a las formas y funcionamiento del Estado, al poder, a la hegemonía, a la lucha de clases, de fracciones de clase, al conflicto, a la acción y al discurso. Poder no sólo como una fuerza represiva, coercitiva, atributo del Estado (Weber, 2012), sino como una fuerza que produce cosas, que induce placer, formas de saber y conocer, que produce discursos, que induce el accionar individual y colectivo; el poder “es preciso considerarlo como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir” (Foucault, 1991: 182). En tal sentido, el poder se extiende a toda la sociedad, está presente en todo tipo de relación, adquiere múltiples formas, entreteje estrategias de dominación variadas, dinámicas, globales y genera

al mismo tiempo resistencias (Foucault, 1991). Para Henri Lefrebvre (2013), el espacio se convierte entonces tanto en “instrumento del pensamiento como de la acción; al mismo tiempo que constituye un medio de producción, un medio de control y, en consecuencia, de dominación y de poder, pero que escapa parcialmente, en tanto que tal, a los que se sirven de él” (86). Por lo tanto, no puede ser separado de las fuerzas productivas que incluyen la técnica y el conocimiento, ni de la división social del trabajo, la naturaleza, el Estado y las superestructuras de la sociedad. En la lógica del sistema capitalista se articulan la producción -mercantil-, la dominación -estatal- y la apropiación -social- del espacio. Al estar atravesado por la diacronía, el espacio como totalidad procesual hace que la producción y el producto sean dos aspectos inseparables de esa construcción.

Destacar que el espacio es un producto social implica, retomar otra tríada conceptual que incluye las siguientes nociones: práctica espacial, representaciones del espacio y espacios de representación, a cada una de las cuales le corresponde un tipo de espacio: el espacio percibido, el espacio concebido y el espacio vivido. De acuerdo con la propuesta de Lefebvre (2011), vigente y revalorizada en tiempos globalizados, cualquier espacio es anterior a la presencia de los sujetos, lo que condiciona su accionar y su discurso. La práctica espacial comprende los procesos de producción y reproducción (biológica, de fuerza de trabajo, de las relaciones sociales de producción), “lugares específicos y conjuntos espaciales propios de cada formación social; práctica que asegura la continuidad en el seno de una relativa cohesión” (Lefebvre, 2011: 92). Esta práctica espacial se corresponde con el espacio vivido, el de la experiencia material en la que se articulan la realidad cotidiana en tiempo y espacio con los procesos de producción y reproducción social. Las representaciones del espacio se vinculan con las relaciones de producción, con el orden que éstas imponen a través de un sistema de signos, de códigos, de ordenación y fragmentación. Las representaciones del

espacio constituyen el espacio concebido, intelectualmente elaborado mediante un sistema de signos verbales por “científicos, planificadores, urbanistas, tecnócratas, fragmentadores, ingenieros sociales y hasta (…) cierto tipo de artistas próximos a la cientificidad, todos los cuales identifican lo vivido y lo percibido con lo concebido” (Lefebvre, 2011: 97). Finalmente, los espacios de representación expresan simbolismos complejos vinculados con la imaginación, con el arte y se corresponden con el espacio vivido, simbólico, no sometido a las reglas de la coherencia y de la cohesión. Estos tres tipos de espacios relacionados dialécticamente generan contradicciones y afirman la idea de que en el proceso de producción del espacio, éste constituye a la vez un producto que se consume al tiempo que interviene en la producción. De allí su gran diferencia con otros objetos producidos.