Parte I: HACER LA REVOLUCIÓN
III. A la reconquista republicana de las almas
Pese a lo acalorado de las discusiones teológicas, a la diversidad de pasajes bíblicos sacados a colación, los esfuerzos retóricos y las estrategias eclesiásticas desplegadas para captar las adhesiones de los feligreses, el debate respecto a la validación religiosa del mejor régimen político fue zanjado por los resultados en los campos de batalla. En efecto, fueron las victorias militares de las tropas revolucionarias en Chacabuco (febrero de 1817) como en Maipú (abril de 1818) los factores decisivos que terminaron por inclinar la balanza de la religión hacia el republicanismo, aunque fuese solamente por la expulsión del clero realista y por la activa función que en adelante tuvieron los sacerdotes adherentes a la causa independentista en la socialización del discurso republicano.
Una de las formas de afianzar las posiciones en el Valle Central ganadas por las tropas del Ejército Libertador consistía en movilizar las adhesiones de los feligreses, para lo cual las instrucciones desde la jerarquía eclesiástica revolucionaria eran claras en no escatimar medios que contribuyesen a este propósito. Así, por ejemplo, en junio de 1817 fray Pedro
397 Cf. Deuteronomio XVII: 14 y ss.
398 “Contestación que el Colegio de misioneros de Chillán dio a la proclama”, pp. 349-350
399 José María de la Torre, “Continuación del artículo suspenso en el número 27”, Viva el Rey. Gazeta del Gobierno
Arce, Comisario General de regulares, emitía una circular en la que ordenaba: “Todos los predicadores siempre que hubieren de hablar al pueblo en cualesquiera clase de discursos, así panegíricos como morales, habrán de promover el sagrado sistema de la América; y la obligación en que están todas las clases e individuos del Estado de cooperar a su consolidación”.400 Semanas después el Gobernador del Obispado de Santiago, José Ignacio
Cienfuegos, exhortaba al clero en la misma línea, para revertir la acción de los religiosos realistas que en el sacramento de la confesión mandaban a los fieles a abjurar de la causa independentista. El clero republicano, afirmaba Cienfuegos, debía remediar esta situación y esforzarse por difundir las ideas contrarias: “Os encargamos con todo el interés de tan grave materia, que con frecuencia convenzáis, y exhortéis patética y enérgicamente desde la cátedra del Espíritu Santo, y en el mismo confesionario, que la opinión de la América es conforme a la religión y a la recta razón”. La libertad política que legitimaba la revolución americana, añadía el presbítero, “es una libertad racional y saludable que detesta el libertinaje, la arbitrariedad, la pasión y la violencia”, una “libertad fundada en la justicia y en el Evangelio Santo”. Por esto, se ordenaba: “Predicad, pues, y enseñad incesantemente en todos los días festivos estas doctrinas tan conformes al Santo Evangelio, que debéis en esos días explicar a vuestros parroquianos; y cuidad con mucho escrúpulo de cimentarlos y consolidarlos en estos saludables principios”.401 Así lo hizo días después el franciscano Agustín Barandón, cuando en la conmemoración del 18 de septiembre en Talca explicó que “la conquista de América no solo fue injusta; sino también se oponía a la sana moral del evangelio”, enfatizando además “lo justo de nuestra sagrada causa y los derechos crecidos que tenían los americanos a ser libres e independientes”.402
Buena parte de los esfuerzos de lo que devino en una reconquista republicana de las almas estuvo centrado en la reconstrucción y recuperación de los lenguajes políticos utilizados antes del fracaso del proyecto independentista de 1814, en una reformulación y profundización de algunos tópicos discursivos que la experiencia de la restauración monárquica obligaba a volver a poner sobre la palestra. Tal fue el propósito de fray Domingo de Velasco, provincial de Santo Domingo, cuando en una circular dirigida a los miembros de su orden, volvió a delinear algunos de los puntos centrales de lo que constituía la “teología de la independencia”. “La causa de América es la más conforme a las leyes del autor supremo, y por consiguiente a la moralidad cristiana y sólida política”, afirmaba el dominico, pues apelando a la “leyenda negra” de la conquista, los supuestos derechos de España para con el
400 “Circular del Rmo. Comisario General de regulares”, Gazeta de Santiago de Chile, 30 de agosto de 1817. En una confidencia a O’Higgins el mismo Arce constataba con preocupación, en octubre de 1817, el escaso número de regulares adeptos a la causa independentista: “Por lo que respecta a los regulares, también se siente demasiado el desorden. En este concepto están enteramente proscriptos todos los patriotas; hasta los últimos oficios se han mudado en godos”, en ABO, VIII, p. 363.
401 “Circular del Gobernador del Obispado a los eclesiásticos de su diócesis”, Gazeta de Santiago de Chile, 6 de septiembre de 1817.
Nuevo Mundo eran ilegítimos, en tanto solo se fundaban “en la superioridad de sus armas respecto de unos indios indefensos”. Así como era una “impiedad” fundar la justicia de la conquista en la “religión divina”, también lo era señalar que el único gobierno legítimo ante los ojos de Dios era el monárquico. Por el contrario, “todo gobierno elegido y sostenido por la voluntad general de un pueblo, es la verdadera potestad a quienes debemos estar sujetos, y que no la persona, ni la clase de gobierno sino la expresión de la voluntad libre es la que constituye la suprema magistratura”.403
Como lo reflejan las ideas de Velasco, uno de los esfuerzos centrales del período consistió en desbaratar la sentencia repetida ad nauseam durante los años de la reconquista relativa al origen divino del poder real. Tal fue el propósito de Bernardo de Vera y Pintado en agosto de 1817, cuando desde las páginas de la Gazeta de Santiago de Chile —de la que era editor— elaboró una estrategia argumental para volver a discutir respecto al vínculo entre religión y régimen político. Inventando una interlocutora ficticia que le permitiese construir lo que denominó un “desafío político–religioso”, el publicista santafesino se propuso demostrar que los reyes no contaban con el respaldo eclesial, ni derivaban su poder de Dios. Para Vera y Pintado la idea de que el Papa o la “Iglesia” como institución establecieran la monarquía era falsa, pues en la práctica nunca se había solicitado “el voto de toda la cristiandad para constituirse un rey; ni menos que algún monarca crea que su trono pende de la sanción y voluntad de estos personajes”. Cuando mucho el catolicismo toleraba a los reyes, “como también se toleró a José Bonaparte, y se toleran los lupanares en la capital del orbe cristiano”, pero de eso no se seguía que las monarquías patrimonializasen el origen y la aprobación pontificia.404
Tampoco era cierto, según se afirmó con insistencia por los adherentes a la causa monárquica, que el ideario independentista fuese herético, o que el republicanismo fuese sinónimo de jacobinismo. Por el contrario, según aseguró el Cabildo capitalino “los impíos” eran los españoles, que durante la restauración monárquica de 1814 habían profanado lo más sagrado: “los vasos sagrados sirvieron a vuestros impuros bacanales; los templos a vuestra prostitución; las calles y los campos de Chile a vuestros asesinatos, a vuestras blasfemias, a la consumación de vuestra iniquidad”.405 Según se encargo de explicar un panfleto en forma de diálogo publicado en 1817 por el presbítero Manuel José Verdugo —quien donó al gobierno 200 ejemplares impresos a su costa para ser distribuidos entre los párrocos y maestros de escuela del país—,406 vincular la causa independentista al jacobinismo o a la irreligión era una estrategia retórica de la oposición realista que perseguía desacreditar a un régimen que buscaba, por el contrario, preservar la religión de los excesos de la libertad. “El Estado ha jurado solemnemente la religión y la patria; y así cualquiera que por escrito o de palabra
403 Gazeta de Santiago de Chile, 29 de noviembre de 1817.
404 Bernardo de Vera y Pintado, “Desafío político-religioso”, Gazeta de Santiago de Chile, 23 de agosto de 1817. 405 “El nuevo Cabildo de la capital, a sus habitantes”, Gazeta de Santiago de Chile, 17 de enero de 1818. 406 Gazeta de Santiago de Chile, 30 de agosto de 1817.
ataque a una o a otra es un reo de Estado, que debe ser castigado como tal con toda severidad; y mucho más cuando con su libertinaje o irreligión desacreditan la sagrada causa”.407
Que el nuevo régimen no solo no buscaba desligarse de lo sagrado, sino que la amparaba y fundaba su legitimidad en una serie de discursos, imaginarios y prácticas religiosas se reflejó de forma especial en la nueva estrategia que desplegó en esta etapa militar del proceso independentista. En efecto, además de insistir en los tópicos argumentales clásicos, el discurso revolucionario persiguió encarnarse en un icono religioso que le permitiese mayor arraigo dentro de las lógicas de la religiosidad popular. Tal fue el caso de la Virgen del Carmen, un culto menor durante el período colonial que fue reconvertida en medio de las urgencias bélicas del momento como icono castrense de las tropas revolucionarias.408 El uso político de las advocaciones marianas durante las guerras de independencia —como el caso de la Virgen de Guadalupe en México, o la Virgen del Pilar en España, entre otros casos— fue un aspecto recurrente durante ese proceso, permitiendo entrelazamientos entre los discursos de las elites y las prácticas de la religiosidad popular.409
Fue justamente en medio de los preparativos en Mendoza de las tropas del Ejército de los Andes en que José de San Martín procedió, en enero de 1817, a designar como Generala del Ejército a la Virgen del Carmen, como forma de brindarles un aliciente espiritual a sus tropas para emprender el cruce de los Andes. El 11 de febrero, en vísperas de la decisiva batalla de Chacabuco, Bernardo O’Higgins procedía a renovar el juramento realizado en tierras mendocinas, ratificando a la Virgen del Carmen como “Patrona Generalísima de las Armas de Chile”. Una vez con Santiago bajo el dominio de las tropas del Ejército de los Andes, en julio se realizó una ceremonia cívico-religiosa en la Iglesia de San Francisco, que mezcló acciones de gracias con el reconocimiento público a los soldados que se distinguieron en combate. “El concurso permitió con dificultad el paso al templo donde se elevaron los más profundos votos al Eterno: y de allí fue acompañada la soberana patrona hasta su iglesia del Carmen con las banderas triunfales y la más lucida comitiva”, destacaba en su reseña de las festividades la Gazeta de Santiago.410
Este tipo de actividades no fueron aisladas durante ese bienio clave para el desenlace de la guerra. En vísperas de la decisiva batalla de Maipú, nuevamente O’Higgins prometió junto
407 Manuel José Verdugo, “Clamor de la justicia e idioma de la verdad. Continuación del diálogo entre Paulino y Rosa” (1817), en Guillermo Feliú Cruz, ed., Colección de antiguos periódicos chilenos, t. III, pp. 324-326.
408 Jaime Valenzuela, “La Vierge du Carmen et l’Indépendance du Chili: une patronne céleste pour l’armée… et la nation?”, Cahiers des Amériques Latines, v. 67, n. 2, 2011, pp. 115-133.
409 Al respecto, véase William B. Taylor, “La Virgen de Guadalupe, Nuestra Señora de los Remedios y la cultura política del período de la independencia”, en Alicia Mayer, coord., México en tres momentos: 1810-1910-2010 (México D.F.: UNAM, 2007), t. II, pp. 213-240; Eric van Young, “Popular Religion and the Politics of Insurgency in Mexico, 1810-1821”, en Austen Ivereigh, ed., The Politics of Religion in an Age of Revival (Londres: Institute of Latin American Studies, 2000), pp. 74-114; y Francisco Ramón Solans, La Virgen del Pilar dice… Usos políticos y nacionales
de un culto mariano en la España contemporánea (Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014), pp. 79-142.
a las tropas la construcción de un templo en el lugar de la batalla si la Virgen del Carmen les otorgaba la victoria. Así como en 1817, tras Maipú se procedió a realizar una nueva misa de acción de gracias de 1818 en la Catedral de Santiago, ocasión en que O’Higgins refrendó su voto de levantar un templo en los llanos de Maipú en honor de la Virgen: “En el lugar donde se de esta importante batalla han ofrecido los hijos de Chile y lo han protestado sus Magistrados erigir un Templo a Nuestra Señora del Carmen, jurada Patrona de estas Provincias, en conmemoración de este gran suceso, y como intercesora en nuestros conflictos. Los primeros fundamentos de este edificio serán puestos por los mismos que lo han ofrecido delante de la Cruz; y marcharán desde esta ciudad hasta el lugar de la acción, y que ha de ser el de su misericordia y de nuestras glorias”.411
En mayo O’Higgins nombraba una comisión a cargo de Juan Alcalde y Agustín de Eyzaguirre para llevar a cabo la obra, una cuestión que, sin embargo, solo quedó en proyecto.412 No obstante, en noviembre de 1819, cuando el Valle Central parecía libre de la
guerra, el Director Supremo podía ratificar ante su auditorio la sacralidad de la causa independentista, insistiendo en que dicha causa estaba bajo la protección de la Virgen del Carmen, como lo reflejaban los recientes éxitos en el plano militar. Por eso O’Higgins no dudaba en afirmar que la independencia del país estaba inscrita dentro de un plan providencial, en que la divinidad había contribuido con su intercesión en la culminación del proceso: “Confiesen los feroces enemigos de la libertad de América, esos fanáticos incubadores de nuestros procedimientos religiosos, que hemos contado y contaremos siempre como verdaderos católicos con la protección del cielo en favor de la presente lucha”.413
411 Gazeta de Santiago de Chile, 14 de marzo de 1818. 412 Gazeta Ministerial de Chile, 23 de mayo de 1818. 413 Gazeta Ministerial de Chile, 20 de noviembre de 1819.