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CAPÍTULO 1. LA VENTANA Y EL ABISMO:

1.4 Lo abismal: La metáfora de lo Sordo como posibilidad

“Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitas a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames.”

Julio Cortázar

La metáfora puede resultar bastante útil para pensar y hablar de las distancias de los unos y de los otros, de lo que soy y de los otros que no son yo, de los que hablan y de los que no lo hacen, de los que señan, de los que hablan sin escuchar, de tantas posibilidades. Es una forma de rescatarnos de la relación abstracta y que no podemos imaginar, un intento por ponerla en imágenes. Así como la ventana es una imagen que nos hace pensar en el asomo, la mirada y el encuentro, el abismo puede ser una manera de pensar en la separación, en la invisibilización y las implicaciones de estar en una orilla o en la otra.

Los barrancos, los peñascos, los bordes que están al lado y lado de los ríos, hacen que sea posible pensar en ese movimiento que implica estar en un lado o en el otro, sentir curiosidad y asombro al pensar en cómo se ve el mismo río o el mismo vacío desde las dos, o las tres, o las cuatro orillas.

En las observaciones y las conversaciones constituyentes de este proyecto se manifestaron al menos dos orillas: la del otro y la mía. El mundo y su vivencia trascurría entre esas dos maneras de pertenecer a él. Cuando éramos más y más diversos, como en el evento de cine y el Festival Cultural del Silencio esas orillas se multiplicaban como un delta, no todas comprensibles, no todas comunicables. Finalmente se podría evidenciar cómo la complejidad de humanos se constituye detalle a detalle, y se refleja de mirada en mirada. La atención, que es finita y exige concentrase para con- versar con ese otro, esa otra orilla, es la que le aporta sentidos y preguntas al abismo.

Pensaba en lo distinta que hubiera sido mi vida si hubiera nacido sorda, o en lo distinta que puede ser si por alguna razón me quedo sorda en los años que me quedan. Mientras escuchaba, en la voz de la intérprete, lo que nos contó Cristian Briceño en el evento de la Casa Tomada (en el marco de la semana internacional de las personas Sordas), iba cayendo en cuenta de que su experiencia de sordera de nacimiento era justamente una historia contada desde una orilla que emergía para mí y para mi propia historia, una narrativa que nadaba desde su orilla hacia la nuestra, la de los que estábamos sentados viendo cómo movía ágilmente sus manos para compartirnos un pedacito de su experiencia familiar, educativa y profesional. Las historias tienen a veces la propiedad de trascender, de hacer que sus protagonistas sean los sujetos múltiples y distintos que la escuchan, hacer que uno llegue a imaginarse cómo sería si… miles de opciones.

Respecto a lo que sintió en su infancia al estar en colegios para oyentes, y al posterior cambio al colegio Filadelfia para Sordos nos cuenta Cristian “no tenía lugar, esa era la sensación no tener lugar, después de asistir al colegio de oyentes, varios años, creo que lo intentaron todo, ellos pensaban, estuvo ese sentir, porque mis compañeros se burlaban, y no entendía nada de lo que pasaba en clase, mi mamá averiguó sobre los colegios para niños sordos, y me llevó. Imagínense esta situación, yo lo identifico como todo negro, y yo un mundo, un mundo diferente, porque yo pensaba ‘yo soy diferente porque nadie más es así’. Cuando ingresé al colegio Filadelfia para sordos y empecé a ver gente, bueno, ingresé al colegio, sintiéndome en ese mundo negro, y de repente veo que todo el mundo mueve las manos y yo pensé ‘¿qué es eso? ¡Yo también lo hago!’ Sentí que mi mundo oscuro, un mundo negro y un mundo con tantas cosas por decir tenía una puerta y esa puerta se estaba abriendo, ya estaba cansado de ese mundo tan oscuro, tan negativo, donde yo decía ‘ya no hay solución para esto, ¿cómo me voy a poder comunicar? mi comunicación

siempre va a ser sencilla’, cuando veo que hay una luz, que sale de esa puerta y esa puerta es el mundo de los Sordos, sentí felicidad, miedo, una mezcla de emociones, una confusión total”

Mientras mi imagen inicial que surge del mundo oyente son las orillas, la imagen de Cristian es de mundos. ¿Tan profunda es la distancia? ¿Tan abismal? Finalmente, la imagen de la orilla siempre tiene luz, la de los mundos como él lo expresa, no; no hay agujeros para que la luz se cuele. Uno es un mundo oscuro, negro, mientras que el otro es luz que se expande. Mientras el asombro de Cristian es la multiplicidad de las luces del mundo, cuando yo soy la protagonista de la historia el asombro es la oscuridad por la que él ya transitó.

El abismo que nos describe es tan profundo que su fondo es negro, oscuro, insondable, y allá no se ven ni los signos ni los símbolos ni los nombres. Lo abismal, la carencia de lengua y de contacto real con el exterior como una muestra de esa oscuridad que da miedo, frustración, peligro, un espacio en donde no hay presentación ni representación. Donde no hay nada. O más bien donde hay tanto que no se ha podido compartir debido a la barrera comunicativa, que todo se hace ininteligible y lejano.

Sobre esto Sacks (1989) comparte el caso de Joseph, un niño que nació con sordera profunda y que a sus 11 años no había tenido contacto con la lengua de señas, un caso similar al de Cristian. “Joseph estaba deseando comunicarse, pero no podía. Privado del habla, la escritura y el lenguaje de señas, sólo disponía de los gestos, de la mímica y de un talento muy notable para el dibujo. ¿Qué le ha pasado?, me preguntaba yo insistentemente. ¿Qué pasa por dentro, cómo ha llegado a esta situación? Daba la impresión de ser un niño vivaz y despierto, pero profundamente desconcertado: se le escapaba la vista hacia las bocas que hablaban y las manos que hacían señas, miraba nuestras bocas y manos inquisitivamente, sin entender.” (p. 77)

Ahí tenemos otra evidencia del abismo, ese cuya esencia comparten Cristian, Joseph y Santos (2010), pues tienen en común la separación, ya no como lo plantea Levinas en términos de requerimiento para que la otredad se de-vele, sino como una imposibilidad que se opone a la posibilidad que hay en la diferencia. Lo abismal en términos de Santos desde su análisis frente a la manera como la modernidad anula el otro, suprime lo que es demasiado distinto.

Dice Santos sobre el pensamiento occidental moderno que es abismal y que “consiste en un sistema de distinciones visibles e invisibles. Las invisibles constituyen el fundamento de las visibles y son establecidas a través de líneas radicales que dividen la realidad social en dos universos, el universo <de este lado de la línea> y el universo del <otro lado de la línea>. La división es tal que <el otro lado de la línea> desaparece como realidad” (p. 29). Probablemente no nos damos cuenta de que tenemos los pies firmemente puestos en uno de los lados, y que al estar ahí tan arraigados, estamos volviendo invisible tanto la línea divisoria, como todo aquello que está del otro lado. Somos tan oyentes que invisibilizamos, o en el mejor de los casos descoloreamos sin querer, las realidades de las personas Sordas.

Sin embargo, esta realidad que se desaparece haciéndose invisible para los demás, como es el caso de lo Sordo, puede resistirse. El camino fácil siempre será ver para dentro y reproducir la cultura desde el carácter de sí mismo. El riesgo de la diferencia y lo distinto no desaparece por vernos semejantes, y creer que es la semejanza la que aglutina y moviliza el desarrollo de lo que llamamos cultura. Esa es la mirada de este lado de la línea, ¿y la del distinto que está del otro lado?