Tabla 5 Factores asociados a un buen o mal pronóstico en esquizofrenia
3. Abordaje psicoterapéutico de la esquizofrenia
En una revisión de la eficacia de las intervenciones psicosociales basadas en la evidencia, para personas con esquizofrenia, Guimón (2005), agrupa las intervenciones en: 1) psicoterapia individual, 2) psicoterapia comunitaria. El autor (Guimón, 2005) indica que la psicoterapia individual de orientación psicoanalítica ha mostrado una limitada utilidad en este trastorno. No obstante, existe un acuerdo general en que la comprensión dinámica de la psicopatología del paciente y sus relaciones con la familia y redes sociales puede ser de utilidad (Fenton y Schooler, 2000).
Por otro lado, estudios aleatorizados recientes han demostrado que la psicoterapia analítica puede producir mejoras en el funcionamiento social y profesional de algunas personas con esquizofrenia que de otra manera no mejoraron (Hogarty, Kornblith y Greenwald, 1997). Sin embargo, Malmberg y Fenton (2002) en una revisión de los efectos de la psicoterapia psicodinámica individual para personas con esquizofrenia concluye que aunque este enfoque puede tener más aceptación entre las personas que una terapia más cognitiva, la evidencia actual no apoya el uso de estas técnicas para personas hospitalizadas con esquizofrenia.
Por lo que se refiere a las intervenciones cognitivo conductuales (Guimón, 2005), de acuerdo con Roder et al., (Roder, Zorn, Muller y Brenner, 2001), es posible distinguir tres periodos en el desarrollo y refinamiento del entrenamiento en habilidades sociales para personas con esquizofrenia. En la década de 1960 el entrenamiento se centraba en el condicionamiento operante (p.ej. economía de fichas). En la década de 1970 se introdujo el aprendizaje social para mejorar las habilidades no verbales y conversacionales, así como la expresividad emocional. En la actualidad, se han introducido métodos cognitivos para el entrenamiento en habilidades sociales y vida independiente (Liberman, 1986) así como técnicas para mejorar la atención, memoria y aprendizaje verbal. En esta línea se han desarrollado módulos de rehabilitación cognitiva como la denominada Terapia Psicológica Integrada (IPT) (Brenner y Pfammatter, 2000). Numeras publicaciones apoyan además la eficacia de estas intervenciones para modificar las ideas delirantes y alucinaciones de estos
pacientes (p.ej. Garety y Freeman, 1999; Garety, Kuipers, Fowler, Freeman y Bebbington, 2001; Morrison, 1998; Perona y Cuevas, 2002). Sin embargo autores como Suslow et al., (2001) en una revisión de la literatura sobre el funcionamiento atencional concluyen que existe evidencia poco concluyente sobre la eficacia del entrenamiento en atención en personas con esquizofrenia.
Revisiones Cochrane de la evidencia empírica disponible cuestionan (Cormac, Jones y Campbell, 2002) la eficacia de la terapia cognitivo conductual en la reducción de recaídas y readmisiones, frente a tratamientos estándar. Sin embargo, un tratamiento derivado de esta orientación cognitivo conductual, denominada Tratamiento en Comunidad Asertiva (ACT) ha mostrado en una revisión Cochrane (Marshall y Lockwood, 2002) ser efectivo a la hora de conseguir que los pacientes mantengan el contacto con los servicios.
Por otro lado, también hay que indicar que según otros estudios, el empleo de un enfoque cognitivo conductual parece no tener efectos, ni beneficiosos ni adversos, en el tratamiento psicológico de la conducta suicida de estos pacientes. Por ello se sugiere poner en marcha estrategias de intervención destinadas especialmente al abordaje de dicha conducta suicida y de sus antecedentes para reducir sustancialmente el riesgo de aparición de esta conducta (Tarrier, Haddock, Lewis, Drake y Gregg, 2006).
Por lo que se refiere a las técnicas psicoeducativas (Guimón, 2005), persiguen la adherencia a la prescripción farmacológica, incluyendo información para prevenir el uso inadecuado de la medicación (Amenson y Liberman, 2001; Thornicroft y Susser, 2001). Estas intervenciones parecen eficaces para reducir las recaídas y mejorar la adherencia al tratamiento (Pekkala y Merinder, 2002).
Guimón (2005) revisa también la terapia “personal” (Hogarty et al., 1997) y la “terapia de crecimiento cognitivo (Thornicroft y Susser, 2001) que constituyen intervenciones de larga duración que permiten al paciente adquirir plena conciencia de sus estados emocionales mediante psicoeducación y técnicas de terapia conductual. Estas terapias parecen mejorar el ajuste social e incluso las alucinaciones auditivas (p.ej. Perona y Cuevas, 1997) pero pueden incrementar la tasa de recaídas psicóticas en pacientes que viven independientemente. Por último, la terapia familiar se ha mostrado útil para el tratamiento de pacientes en su propio entorno, y pare reducir las recaídas. Las técnicas no se basan tanto en el modelo sistémico (que asume que las alteraciones en la comunicación familiares pueden producir esquizofrenia (sino en técnicas psicoeducativas (que explican los síntomas y las opciones terapéuticas a la familia). Se basan en el hecho de que la presencia del paciente produce alteraciones en la familia, especialmente en aquellas que tienden a adoptar actitudes excesivamente emocionales (Guimón y Cuperman, 1982).
Las intervenciones familiares parecen contribuir al mantenimiento de estos pacientes en la comunidad (Dixon, Adams, y Lucksted, 2000), sin embargo, revisiones
Cochrane de estudios con adecuado control experimental (Pharoah, Mari, y Streiner, 2002) arrojan resultados poco concluyentes. Más recientemente (Pharoah, Mari, Rathbone y Wong 2006) siguen encontrando resultados como definitivos.
En cuanto a la psicoterapia comunitaria, Guimón (2005) alude en primer lugar a la psicoterapia de grupo que demuestra una elevada eficacia en el desarrollo de habilidades sociales y estrategias de afrontamiento del estrés, posiblemente porque el grupo ofrece experiencias de socialización y modelos conductuales. No obstante, la revisión de estudios con adecuado control experimental ofrece resultados inconclusos (Scott y Dixon, 1995). En segundo lugar, respecto a las comunidades terapéuticas que se ponen en marcha en centros hospitalarios, unidades de salud mental, etc., ya sea para pacientes ingresados o ambulatorios, ha mostrado su utilidad para reducir la duración de las hospitalizaciones así como las dosis de medicación antipsicótica (Moos, 1997; Nieminen, Isohanni, y Winblad, 1994; Shepherd y Murray, 2001). Respecto a las terapias llevadas a cabo en unidades psiquiátricas de corta estancia, ayudan a los pacientes a manejar el nivel elevado de estrés derivado de las estancias cortas, sintomatología aguda, hetero y autoagresión, espacio limitado, altas rápidas, etc. (Guimón, 2005).
Dentro del movimiento más amplio de la psiquiatría comunitaria (Villalta y Ochoa, 2007) han surgido alternativas terapéuticas como la Terapia Facilitada por Animales (TFA) que parecen ofrecer resultados alentadores en la mejora de habilidades cognitivas y sociales (Barak, Savorai, Mavashev y Beni, 2001). No obstante,
es necesario desarrollar un mayor número de estudios con adecuado control metodológico para avalar la eficacia de estas intervenciones (Villalta y Ochoa, 2007).
También en la actualidad se defiende el uso de la denominada intervención motivacional (Palma et al., 2007). Esta intervención es entendida como un conjunto de estrategias integradas en un estilo (a su vez entretejidas) en intervenciones específicas como el entrenamiento en habilidades sociales o la terapia de resolución de problemas (Kemp, Kirov, Everitt, Hayward y David, 1998; Swanson, Pantalon y Cohen, 1999; Bellack y Diclemente, 1999; Barrowclough et al., 2001; Haddock et al., 2003; Tsuang et al., 2004). Otros estudios parten de una visión más específica en la que entienden la intervención motivacional como un modelo concreto (y no sólo un estilo de intervención) (Baker et al., 2002, Graeber, 2003, Brown et al., 2003; Steinberg, Ziedonis, Krejci y Brandon, 2004). Respecto a la eficacia de estas intervenciones, un 90% obtienen mejores resultados que los grupos controles o de comparación, el 55% de los cuales son estadísticamente significativos, por lo que se puede decir que es una intervención efectiva para ayudar al cambio de conductas de los pacientes que sufren esquizofrenia (Palma et al., 2007).
Según Vallina y Lemos (2001), a lo largo del pasado siglo, la aplicación de tratamientos psicológicos a la esquizofrenia ha seguido un curso irregular. Sus orígenes se encuentran dominados por la visión organicista de la psiquiatría representada por Kraepelin, quien consideraba que la desintegración de la personalidad era una consecuencia inevitable del deterioro cognitivo de la psicosis. Posteriormente el
psicoanálisis, consideraba a la demencia precoz como una neurosis narcisista donde la transferencia y el tratamiento analítico no eran posibles. En la actualidad, el desarrollo de múltiples modalidades psicológicas de intervención ha significado un cambio en la atención desde los procesos de rehabilitación o mejoría de las incapacidades secundarias a los síntomas, a centrarse en los propios síntomas.
Continuando con la revisión efectuada por los mencionados autores, (Vallina y Lemos, 2001) en la primera época, que abarca los años 1960 y comienzos de 1970, las intervenciones se basaban en los principios del condicionamiento operante. La década de 1970 y principios de 1980 se caracterizó por la introducción de los tratamientos familiares y de los procedimientos de entrenamiento en habilidades sociales e instrumentales con los pacientes. Finalmente, en la década de 1990 se ha producido la consolidación de estas dos modalidades de intervención junto a la introducción y desarrollo de las terapias cognitivo‐conductuales para el tratamiento de síntomas psicóticos residuales (p.e. Birchwood y Cochrane, 1990).
Los ámbitos de intervención cognitivo‐conductual en las psicosis (Davidson, Lambert y McGlashan, 1998), comprenden diversas áreas, como la predisposición a la desorganización aguda, las distorsiones perceptivas, el deterioro de la atención, memoria, razonamiento diferencial y juicio social, los trastornos emocionales y deterioro en la regulación del afecto, la incapacidad social y la distorsión del sentido del yo y de los demás.
Los principales avances en las estrategias de tratamiento para la esquizofrenia se han desarrollado y refinado basándose en el modelo de vulnerabilidad‐estrés, que muestra cómo interactúan los estresores ambientales con la vulnerabilidad biológica para producir la psicopatología y las incapacidades psicosociales secundarias propias de la esquizofrenia (Falloon, Held, Roncone, Coverdale, y Laindlaw, 1998; Nuechterlein, 1987; Nuechterlein y Subonick, 1998). Este modelo se orienta hacia un doble objetivo; por un lado, el desarrollo y fortalecimiento de los factores que permiten una óptima protección de la persona (y que incluyen el tratamiento farmacológico, las habilidades personales de afrontamiento y de autoeficacia, la capacidad cognitiva de procesamiento y el apoyo familiar y social). Por otro, la disminución o eliminación de los estresores ambientales y de la vulnerabilidad biológica subyacente (Birchwood, Hallet, y Preston, 1989; Wykes, Tarrier y Lewis, 1998).
De los tratamientos psicosociales nacidos al amparo de este modelo, las siguientes modalidades de intervención cuentan con el apoyo experimental más fuerte: el modelo de tratamiento comunitario asertivo de manejo de casos, los procedimientos de empleo protegido para la rehabilitación laboral, las intervenciones familiares, el entrenamiento en habilidades y en automanejo de la enfermedad, la terapia cognitivo‐conductual para síntomas psicóticos y el tratamiento integrado para pacientes de diagnóstico dual, especialmente por consumo de drogas (Mueser y Bond, 2000).