hombre de avanzada edad, extrañado del repentino silencio, se giró hacia el niño y le pidió que repitiera lo que había dicho. Asombrado, el niño levantó la voz y dijo una vez más: «¡Cómo, el emperador no lleva ropa! ¡Está desnudo!».
Andersen
El vestido nuevo del emperador
Los últimos años han sido testigos del resurgimiento del interés por el fenómeno paranormal. La reciente
proliferación de libros, artículos y documentos científicos acerca de la parapsicología (psi) y otros fenómenos sobrenaturales ha llegado, seguramente, a establecer una especie de manera; la televisión y la radio han explotado enormemente el gusto general por lo extraordinario complaciendo de forma desvergonzada esa preferencia. Los estudios han demostrado que mucha gente cree firmemente en temas tales como las fotografías Kirlian, la percepción extrasensorial, el poder de las pirámides, el Triángulo de las Bermudas y las profecías. La lista es larga.
Incluyendo a unos pocos científicos, para otras cosas muy responsables, muchas personas subieron al carro resplandeciente pero tambaleante que atraviesa ruidosamente este período de la historia humana. Algunos, como veremos, tuvieron que retractarse cuando la verdad se hizo evidente; otros siguen aferrándose a sus decisiones y las sostienen por medio de débiles racionalizaciones. Este aspecto es el que más me fascina y el que me impulsó a escribir este libro.
No me preocupan tanto los perpetradores de los mayores engaños ni las maneras extrañas e inesperadas en
que éstos fueron aceptados por esa pequeña minoría de científicos. Aquellos antiguos artesanos de lo maravilloso como Uri Geller ya no parecen atraer la atención del mundo académico, a pesar de que siguen interesando en pequeña medida a un público cada vez más reducido. Este libro puede extinguir la última chispa.
Resulta evidente para alguien como yo que ha pasado treinta y cinco años examinando las supuestas maravillas de nuestra época y las maravillas perdidas de las épocas anteriores, que existen ciertos rasgos y características de la especie. Existe también una
perturbadora uniformidad en la charlatanería «científica» utilizada para respaldar esas declaraciones de la existencia de lo sobrenatural —una uniformidad que se ve reflejada en numerosas tragedias científicas, algunas de las cuales surgieron en su totalidad de las mentes de los autoengañados y no como resultado de algún diestro pase de mano o de algún truco psicológico. El lector verá, estoy seguro, que el autoengaño constituye un elemento importante en estas cuestiones.
Cuando viajo ofreciendo conferencias acerca de los llamados comúnmente poderes y acontecimientos
paranormales, me tengo que enfrentar a menudo con la observación de que los «científicos se han detenido en ese tema y han establecido su validez». Respondo a dicha observación citando a León Jaroff, director de la revista Time, que dijo: «No ha existido ni un solo experimento apropiadamente concebido y apropiadamente dirigido que haya probado la existencia de cualquier poder paranormal». Respaldo plenamente esta declaración y presentaré en este libro algunos ejemplos excelentes que demostrarán lo evidente que esto resulta para cualquier persona familiarizada con las
pretensiones de lo paranormal y con los requisitos de una investigación científica.
En mayo de 1976, un grupo de veinticinco científicos, escritores y eruditos —y un solitario mago— se reunieron en un simposio patrocinado por la Asociación Humanista Americana y se dedicaron al examen de «El nuevo irracionalismo: anticiencia y pseudociencia». Estábamos decididos a hacer algo contra los infundados anuncios de milagros y poderes mágicos respaldados por unos pocos científicos y que fueron declarados verdaderos descubrimientos científicos. El resultado
de esa reunión fue la creación de la CSICOP y de la revista, The Skeptical
Inquirer. En resumen, los objetivos de
la CSICOP son los siguientes:
Establecer una red de personas interesada en examinar las denuncias de fenómenos paranormales.
Preparar bibliografías de materiales publicados que examinen cuidadosamente dichas denuncias.
Alentar y encargar estudios por parte de investigadores objetivos e imparciales en las áreas
requeridas.
Convocar conferencias y reuniones. Publicar artículos, monografías y libros que examinen las denuncias de fenómenos paranormales.
No rechazar a priori ninguna de las denuncias, sino examinarlas más bien de forma abierta, completa, objetiva y cuidadosa.
El último objetivo incluye un importante principio sobre el que tuve que insistir repetidas veces en mis conferencias: la CSICOP no niega que esas cosas puedan existir ni tampoco lo
hago yo personalmente. Sin embargo, a la luz de mi considerable experiencia, basada en el examen de dichas cuestiones, diré que la probabilidad asignada a la existencia de los poderes paranormales se acerca mucho a cero. No puedo probar que dichos poderes no existan; sólo puedo demostrar que las pruebas que los respaldan no resisten un examen completo. Además, insisto en que el peso de la prueba no sea puesto sobre mí, sino sobre aquellos que afirman que dichos fenómenos existen. Las denuncias inusuales requieren pruebas inusuales.
tema es la reclamación de la oposición en el sentido de que yo trato de probar que los psíquicos se valen de engaños reproduciendo sus maravillas a través de éstos. Nunca declaré —ni podría hacerlo en tanto que persona lógica— que mi reproducción de actuaciones psíquicas demuestra que los psíquicos usan un truco similar. Sí que resulta más racional sospechar del uso de engaños en lugar de adoptar la absurda alternativa.
Nosotros, los críticos de lo sobrenatural, estamos acostumbrados a que la oposición y los medios nos atribuyan determinadas palabras, y ya ha
llegado el momento de responder. En este libro golpearé lo más duramente posible, con la mayor frecuencia que pueda y a veces de forma contundente e incluso con crudeza. Los buenos modales serán sacrificados en favor de la franqueza, aunque le pese al marqués de Queensbury. Demasiadas voces fueron desoídas durante mucho tiempo. En estas páginas usted descubrirá que la lógica y la racionalidad son fuerzas poderosas que no pueden ser refutadas por el gran volumen de charlatanería pseudocientífica y casi religiosa que el público ha tomado erróneamente por un hecho. El tintineo que usted escuchará a
medida que dé vuelta a estas páginas son las lágrimas que caen de muchos ojos. Los gemidos provienen de los charlatanes expuestos aquí a la luz de la razón y de la simple verdad. Se trata de una luz que los lastima mucho.
Hace catorce años, durante una acalorada discusión con un miembro de la élite de la parapsicología, aposté una gran suma de dinero. Siempre tengo a mano un cheque por la suma de 10.000 dólares, pagadero a cualquier persona o grupo que pueda llevar a cabo una actuación paranormal de cualquier tipo conforme a unas condiciones adecuadas de observación. Nunca perdí ni un solo
dólar; mi dinero nunca estuvo más seguro, aunque muchos trataron de cobrar el premio. Desde aquel día, más de seiscientas personas se sometieron a pruebas y sólo cincuenta y cinco pasaron las preliminares.
Me explico. Años de experiencia me enseñaron que no necesito desperdiciar mi tiempo viajando a lugares distantes para tratar con la mayoría de los competidores. Establecí un método de pruebas preliminares que descarta muy rápidamente a los contendientes más débiles y nunca tuve una sola queja por parte de los perdedores, aun cuando invariablemente trajeran a colación
tontos pretextos para explicar sus fracasos. Pero en estas extrañas búsquedas, era algo de esperar.
Como un mago profesional que ha actuado en todo el mundo durante más de treinta años, soporté prolongadas sesiones con personas que aducían tener capacidades psíquicas o mágicas. Sólo existen dos tipos: aquellos que realmente creen tener dichos poderes y aquellos que piensan que soy tan torpe como para no detectar sus trucos. Ambos grupos están equivocados.
Un ejemplo del primer tipo es Vince Wiberg, un «zahorí» —una persona que utiliza una varilla u otro dispositivo
simple para detectar la presencia de varios materiales, especialmente agua y minerales subterráneos—. También profesa ser un «auragramista» — persona capaz de diagnosticar males del cuerpo con la utilización de la varilla adivinadora—. El señor Wiberg cree realmente en sus poderes, a pesar del episodio relatado más adelante, en el que fracasa dramáticamente cuando intenta demostrar sus poderes. En el segundo tipo podemos ubicar a la señorita Suzie Cottrell, que llevó a cabo una serie de trucos de cartas, que ella presentó como demostraciones «psíquicas», y que fue descubierta de
forma evidente. Esto también lo leerán un poco más adelante.
He presenciado muchas sesiones llamadas espiritistas, demostraciones de lectura de la mente y muchos otros milagros aparentes. Traté de ser objetivo en mis observaciones y en mis posteriores conclusiones. Al mismo tiempo, también miré con ojo atento cualquier actividad que se desarrollara durante esas sesiones que tendiera a señalar métodos mágicos o simples argucias. Mi ojo ha tenido un gran entrenamiento.
Me presentaron a unos adivinos en Tailandia que intentaron, de forma
descarada, embaucarme con un truco de cambio de papeles que ha sido usado por los magos de Occidente durante un siglo. Dinamarca presentó un charlatán que trató de engañarme con un resplandeciente horóscopo que describía un modelo de virtud y constancia; la carta había sido hecha, sin él saberlo, a partir de la fecha, la hora y el lugar de nacimiento de un violador condenado y ahorcado, que tenía además en su crédito una serie de delitos que iban desde el galanteo hasta la agresión. Inglaterra presentó algunos curanderos fascinantes. Francia, una serie de sensitivos que utilizaban el péndulo. Y
los Estados Unidos y Canadá también contribuyeron con algunos fraudes.
No hay duda de que, ya desde la Antigüedad, existen muchas dudas sobre la existencia de los poderes paranormales. Muchos «filósofos de la naturaleza» —que finalmente se hicieron conocidos científicos cuando se crearon sistemas de pensamiento más organizados— refutaron dichos poderes hace ya muchos siglos. En 1692, un zahorí francés llamado Jacques Aymar fue contratado por las autoridades para descubrir a un asesino haciendo oscilar un péndulo. Aparentemente, se creía que se podía detectar la culpabilidad a
través de ese medio. Se dice que Aymar condujo a los funcionarios hasta un jorobado de diecinueve años que posteriormente fue «descuartizado en la rueda», una muerte particularmente desagradable, preferida como castigo para la gente impopular como los jorobados. Nunca sabremos si el éxito de Aymar reside en la tendencia actual de los oficiales de policía de suministrar una lista de sospechosos y luego acreditar al psíquico la identificación del asesino. Pero lo que sí sabemos es que cuando Jacques Aymar se sometió a las pruebas dirigidas en París por el príncipe de Conde, fracasó
en todas. Aymar difícilmente pudo haber evitado las pruebas, ya que se había convertido en una celebridad nacional y sigue siendo considerado por los fieles como un operador poderoso. Uno se pregunta qué pudo haber pensado el joven ejecutado acerca de los renombrados poderes de Aymar.
Aymar siguió siendo una persona respetable durante un tiempo a pesar de su espectacular fracaso, pero pronto desapareció del mapa debido a un nuevo escándalo. Si actualmente estuviese trabajando, sin duda podría sobrevivir con facilidad, especialmente si ciertos científicos confundidos decidieran
someterlo a prueba.
El uso de «poderes psíquicos» en un tribunal no se limita a la Francia medieval. La ciudad de Watkins Glen, cerca de Binghamton, Nueva York, cree aparentemente en dichos poderes y alienta su uso en los tribunales. Un mago llamado Philip Jordan, famoso porque realiza el truco del golpeteo de mesa y otros malabarismos fuera de catálogo, ha sido contratado por la policía y por la oficina del abogado de oficio para trabajar para ellos en esa ciudad. De hecho, se sienta a la derecha del abogado de oficio y, midiendo el «aura» de cada posible miembro del jurado,
decide si esa persona es apropiada para realizar esa tarea. ¿Increíble? El juez no vio nada de malo en ello. Aparentemente, el sistema judicial de Nueva York acepta los poderes sobrenaturales como genuinos y permite que sean utilizados en el proceso judicial en el que se determina la culpabilidad o la inocencia del acusado. La Edad del Oscurantismo aún no ha acabado en Watkins Glen.
El juez aceptó esta disparatada parodia de la razón y también lo hizo el Colegio de Abogados de Nueva York y el Colegio de Abogados del condado de Tioga. Las dos organizaciones
defendieron el derecho del abogado de la defensa de citar a cualquiera que deseara asistirlo con su capacidad de experto. ¿Experto? ¿Experto en qué? ¿En trucos de magia? ¿En verdades a medias y en engaños? ¿Acaso alguno se molestó en tratar de averiguar si Jordan poseía realmente la capacidad que decía tener? Bueno, yo sí lo hice. Le ofrecí a Philip Jordan someterse a prueba con la CSICOP. Mi propuesta le fue entregada a través de Bill McKee, de la emisora de radio WENE. Jordan no respondió a nuestras llamadas telefónicas ni a nuestras cartas.
presidente del Colegio de Abogados del condado de Broome, una respuesta. «Creo que si esto saliera a la luz pública, sería perjudicial para la dignidad y las tradiciones de los tribunales», contestó Colapietra. Pero, agregó, no es peligroso en sí «porque los abogados experimentados no necesitarán la intervención de psíquicos». Colapietra aprobó la utilización de los psíquicos, si se hacía «sin ánimo de obstruir». ¿Significa esto que Robert Miller, el defensor público al que se le ocurrió la brillante idea de introducir a un psíquico en los tribunales de Watkins Glen, no es un abogado
experimentado? ¿O debería suponerse que es simplemente un ingenuo?
El diario local de Binghamton, el Evening Press, no deseando ofender a los seguidores de Jordan, atribuyó la controversia que había surgido sobre esta estupidez judicial a «cierta envidia profesional». Un comenta rio muy miope, pero típico del pensamiento del Oscurantismo.
Para no suponer que esta situación es única, considérense las acciones del juez Leodis Harris del sistema judicial juvenil de Cleveland. Este hombre culto se prestó a un reportaje en una revista nacional, Ebony, que aclamó
orgullosamente al magistrado por haber dado un paso gigantesco en favor de la lógica. De acuerdo con la revista, el tribunal del juez Harris brinda «buenos consejos una dosis ocasional de astrología». El juez «lee un horóscopo de adolescentes durante el juicio antes de decidir de qué manera será reprendido el joven por su delito». El artículo señalaba que su «uso de la astrología servía tanto para sus colegas como para los delincuentes».
Harris fue convertido de forma instantánea a la astrología, afirmaba Ebony, cuando encontró por casualidad el horóscopo de un joven que estaba
frente a su estrado y decidió que la parte negativa de dicho horóscopo «describía al niño a la perfección». Esto lo utilizó en el tribunal.
Todo esto me hace recordar la versión cinematográfica de El jorobado de Notre Dame, en la cual se le vendaban los ojos a la acusada y se le pedía que extendiera la mano hacia dos cuchillos que se encontraban frente a ella. Sería juzgada culpable o inocente según el cuchillo que tocara. Quizás al abogado Miller y al juez Harris les podría interesar perfeccionar esa técnica. Quizás progrese tanto como la astrología y la determinación del aura.
Quizás más aún.
El señor Miller nunca contestó a mis solicitudes sobre sus comentarios. En cambio, el juez Harris finalmente sí lo hizo. Éste respondió a mis cartas en las que le solicitaba que afirmara o negara el uso de la astrología en las resoluciones judiciales. Me informó de que nunca usó la astrología en sus decisiones judiciales.
Ciertamente, fue una buena noticia. De todos modos, uno se pregunta por qué Ebony había afirmado que sí lo hacía. Pero cabe hacerse una pregunta aún más importante: ¿por qué el juez se negó a responder mis solicitudes de
confirmación o negación hasta que mi artículo apareció publicado en The
Skeptical Inquirer y por qué no escribió
a Ebony pidiendo que la revista se retractara? Nunca apareció retractación alguna.
Cuando investigo las llamadas maravillas psíquicas, el primer paso consiste en determinar si las acciones realizadas son las de un prestidigitador embustero. A partir de eso puede derivarse una probable metodología. El segundo paso consiste en desenmascarar las sesiones espiritistas fraudulentas: el descubridor termina agarrando una tela luminosa —supuestamente el espíritu
del fallecido— y el engaño del médium queda claramente en evidencia. La dificultad reside en que la tela u otro mecanismo utilizado en el engaño no siempre resulta obvio y a menudo no puede ser descubierto rápidamente. A veces la prueba material no es más que un diminuto pedazo de papel, un hilo de nilón negro o un bolígrafo pegado dentro de un tubo de papel. Para los no iniciados, estos artículos no significan nada, pero para el investigador experimentado pueden ser fundamentales. También existen los fraudes practicados por grandes charlatanes que no se sirven de un medio
físico para sus trucos; afortunadamente, ciertos aparatos modernos, como el magnetófono y la cámara infrarroja, pueden ser utilizados muchas veces a favor de la causa de la sensatez.
Sin ninguna mala intención, registré una vez las expresiones de un conocido (tanto para la policía como para sus fervientes discípulos) especialista, Peter Hurkos, en las sutiles artes de la precognición y la clarividencia. El señor Hurkos aparecía en un popular espectáculo de televisión y describía detalles íntimos de la vida, los hogares y las mentes de algunos espectadores. Sus revelaciones iban seguidas de grandes
expresiones de asombro. Cuando al día siguiente me entrevisté con varios legos interesados en la materia, me bombardearon con resplandecientes relatos sobre su increíble exactitud. Cuidadosamente, di la impresión de no haber visto el programa de televisión y los dejé parlotear sobre el tema.
Unos días más tarde, invité a dos de esas personas a mi casa para grabar sus relatos sobre la actuación. Luego les hice escuchar la cinta que yo había grabado del programa y descubrimos, haciendo un recuento minucioso, que este así llamado psíquico había acertado, como promedio, en una de
cada catorce declaraciones. Aún más perjudicial para la reputación de este hacedor de milagros era el hecho de que sus aciertos eran tan endebles —por ejemplo, «Hay más personas en la casa; veo a dos o tres»— que cualquier niño podría haber adivinado lo mismo al azar. Para consternación de mis visitantes, sus relatos distaban mucho de ser exactos. Un pensamiento selectivo los había llevado a descartar los fracasos aparentes y los desaciertos obvios para recordar sólo sus «aciertos». Eran creyentes que necesitaban que ese hombre fuera algo genuino y, a pesar de los resultados de
ese experimento, siguen siendo devotos admiradores de este charlatán.
Muchos «hombres de ciencia» suponen estúpidamente que por el hecho de haber recibido una capacitación en materia de ciencias físicas o de artes médicas son capaces de mostrar un juicio intachable en la investigación de los supuestos psíquicos. Nada puede estar más alejado de la verdad. De hecho, cuanto más capacitada científicamente se encuentra la mente de una persona, tanto más fácilmente puede ser embaucada por un hábil embustero. El tubo de ensayo de un científico no