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Acaba con la resistencia de última hora

In document El Metodo - Neil Strauss (v1.3 EpubGratis) (página 185-200)

Lo sexual es aquello que le provoca una erección al hombre… Si no hay desigualdad, si no hay transgresión, si no hay dominación, si no hay fuerza, no hay excitación sexual.

CAPÍTULO 1

Era el día de la limonada en Proyecto Hollywood. Al menos eso era lo que había decidido Courtney Love. Mystery se estaba recuperando, Katya había ido a pasar seis semanas a Nueva Orleans y la mansión estaba llena de buenas vibraciones. Con un cigarrillo en la comisura de los labios y su camiseta de Betsey Johnson manchada de ceniza, Courtney sacó una gigantesca ensaladera de uno de los armarios de la cocina. Abrió la nevera y sacó dos bricks de dos litros de limonada y uno de un litro de zumo de naranja. Los vertió en la ensaladera y, al llenarse ésta, sirvió el resto en varias cacerolas. Después cogió un puñado de cubitos de hielo del congelador y los dejó caer en el zumo. Finalmente introdujo los dedos negros en el líquido y lo removió. La limonada salpicó el suelo mientras la ceniza del cigarrillo de Courtney caía en la ensaladera.

Apagó el cigarrillo sobre los azulejos amarillos de la encimera y miró nerviosamente a su alrededor. Abrió los armarios hasta encontrar los vasos y sacó cuatro metiendo un dedo en cada uno de ellos. Uno a uno, fue introduciéndolos en la ensaladera, hasta llenarlos de limonada. Después cogió el resto de los vasos, todas las tazas de café que quedaban limpias, e incluso una jarra de medidas y los llenó de limonada.

Mystery estaba sentado, con las piernas cruzadas, en un sofá del salón. Estaba dirigiendo su primer seminario desde que, tres semanas atrás, había visitado el centro de salud mental. Llevaba puesta una camiseta y un peto vaquero y estaba descalzo. Hacía varios días que no se afeitaba y los párpados se le entrecerraban. Tomaba sus Seroquels con regularidad, siguiendo una terapia de sueño para salir de la depresión. Cada vez se encontraba mejor.

—Las relaciones pasan por tres fases —les decía a sus alumnos sin salir de su letargo—. El principio, la fase intermedia y la fase final. Y, no os voy a engañar, ahora mismo, yo estoy en la fase final. He llorado tres veces en la última semana. Sus seis alumnos se miraron con incomodidad unos a otros sin saber qué pensar. Estaban allí para aprender a ligar. Pero, para Mystery, ése no era un seminario cualquiera; más bien era una sesión de terapia. Hacía dos horas que hablaba sin parar de Katya.

—Esto es lo que os espera. Y puede ser difícil —continuó diciendo—. Aun así, con mi próxima chica también organizaré un matrimonio falso. Esta vez, el error fue dejar que Katya y su madre supieran que realmente no estábamos casados. La próxima vez celebraremos una boda en el jardín de la mansión. Contrataré a un actor para que nos case y todo el mundo, menos ella y sus padres, sabrá que no es una boda de verdad.

Uno de los alumnos, un hombre apuesto de unos treinta años con el pelo cortado al uno y una mandíbula con la consistencia de un bloque de cemento, levantó la mano.

—Pero ¿no acabas de decirnos que tu falso matrimonio fue un desastre?

—Sí, pero eso es porque todavía no había perfeccionado la técnica —dijo Mystery—. La próxima vez todo será distinto. Cada vez que Mystery se recuperaba de una de sus depresiones, su personalidad parecía sufrir algunos reajustes. Esta vez, la ira parecía acechar en su interior, conviviendo con un resentimiento hacia las mujeres que era nuevo en él.

De repente, Courtney salió de la cocina. —¿Quién quiere limonada?

Los alumnos la miraron boquiabiertos.

—Tomad —dijo ella al tiempo que le daba un vaso a Mystery y otro a Cementjaw[1]—. ¿Qué haces tú en un taller de

seducción? —le preguntó—. No creo que tengas ningún problema para conseguir chicas. Eres una monada.

—Soy profesor de defensa personal —respondió él—. Mystery me ha invitado a venir a uno de sus talleres. A cambio, yo le doy clases de krav magá.

Courtney salió disparada en dirección a la cocina y volvió a salir con otros dos vasos de limonada, y luego con otros dos y otros dos más, hasta que en el salón hubo más vasos de limonada que personas.

—Creo que no necesitamos más limonada —le dijo Mystery cuando Courtney volvió a aparecer con una taza de café en cada mano.

—¿Dónde está Herbal? —preguntó ella. —Creo que se está duchando.

Courtney fue al cuarto de baño y le dio una patada a la puerta. —¡Herbal! ¿Estás ahí?

Courtney le dio otra patada a la puerta; esta vez más fuerte. —¡Estoy en la ducha! —gritó él.

—Es importante. Voy a entrar.

Courtney abrió la puerta, entró corriendo y abrió la cortina de la ducha.

—¿Qué pasa? —le preguntó Herbal con preocupación. Tenía el pelo lleno de espuma—. ¿Se está quemando la casa?

—Te he preparado un poco de limonada —le dijo Courtney al tiempo que le ponía una taza de café llena de limonada en cada mano, y luego salió corriendo.

Herbal se quedó allí quieto, sin decir nada. Desde que, por el bien de Mystery, había accedido a dejar de ver a Katya, Herbal se paseaba en silencio por la mansión, como si fuese una nube triste. Aunque era demasiado orgulloso como para reconocerlo, tenía el corazón roto; la quería.

Mientras Mystery les daba a sus alumnos un descanso para comer, Courtney fue prácticamente a la carrera a la habitación de Papa y abrió la puerta sin llamar. Dentro, Papa, Sickboy, Tyler Durden, Playboy, Xaneus y los mini Papas estaban ocupados trabajando; cada uno delante de su propio ordenador. Extramask estaba tumbado en la cama deshecha de Papa,

leyendo el Bhagavad Gita. El aburrimiento lo había empujado a hojear los libros de religiones orientales de Playboy, adentrándolo en una inesperada senda de autoconocimiento espiritual.

—Courtney —le preguntó Tyler Durden mientras ella distribuía las limonadas—, ¿podrías conseguir que incluyeran nuestros nombres en la lista de invitados de Joseph’s del próximo lunes?

Courtney cogió el teléfono, se metió en el cuarto de baño con Tyler y marcó el número de Brent Bolthouse, el patrocinador que organizaba las fiestas de los lunes en Joseph’s, que eran ramosas por el carácter restringido de su lista de invitados y por la cantidad de candidatos a gente guapa que iban a ellas.

—Brent —dijo Courtney—. Mi amigo, Tyler Durden, es un maestro de la seducción profesional.

Tyler levantó las manos y las movió frenéticamente, en un intento inútil por evitar que Courtney traicionara su condición de MDLS.

—Se gana la vida ligándose a tías. Es una pasada. Tyler se llevó las manos a la cabeza.

—¿Puedes incluirlo en la lista de invitados?

Courtney cogió una tira de seis condones del borde del lavabo y se la puso alrededor de la muñeca, como si fuera una pulsera. Después empezó a pasear de un lado a otro del cuarto de baño y abrió las puertas de los vestidores que había a cada lado del retrete; los infames cuartos de huéspedes de Papa.

—Déjame que te haga una pregunta —dijo al tiempo que salía del vestidor de Tyler Durden, en el que tan sólo había una maleta, un montón de ropa sucia y un colchón—. ¿A ti te gustan de verdad las mujeres?

Al otro lado de la ventana del cuarto de baño podía verse a Cementjaw arrastrando un saco de boxeo por el suelo de ladrillo del patio.

—Cuando me uní a la Comunidad no era nada misógino —le contestó Tyler—. Pero después de acostarme con tantas chicas con novio, la verdad es que he empezado a desconfiar de las mujeres.

Uno de los efectos secundarios del sargeo es que puede empeorar la opinión que uno tiene del sexo opuesto. Ves demasiada traición, demasiada mentira, demasiada infidelidad. En el campo del sargeo descubres que, por lo general, resulta más fácil acostarse con una mujer que lleva más de tres años casada que con una mujer soltera. Descubres que, si una mujer tiene novio, hay más probabilidades de que folle contigo esa misma noche que de que te devuelva la llamada de teléfono al día siguiente. Con el tiempo descubres que las mujeres están tan locas como los hombres; sencillamente lo disimulan mejor. —Al principio, cuando empecé a sargear, las chicas me hicieron mucho daño —continuó diciendo Tyler—. Conocía a una chica fantástica, a una chica que me gustaba de verdad, y nos pasábamos toda la noche hablando. Ella me decía que me quería y que había tenido mucha suerte al conocerme. Pero, luego, a la hora de la verdad, bastaba con que yo fallara un test de eliminación para que me dejara tirado. Todo lo que habíamos construido no tenía ningún valor para ella. Y eso hizo que yo me endureciera.

Hay hombres que odian a las mujeres, hombres que no respetan a las mujeres, que las llaman putas y zorras. Pero no MDLS. Los MDLS no odian a las mujeres; las temen. Al convertirse en un MDLS —un título que sólo pueden conceder las mujeres—, un hombre acepta que, a partir de ese momento, su autoestima y su identidad dependerán enteramente de la atención del sexo opuesto, al igual que la de un actor cómico depende de la risa del público. De ahí que, como mecanismo de defensa, algunos MDLS desarrollen ciertas tendencias misóginas.

Sargear podía ser peligroso para el alma.

Fuera del baño, Cementjaw sujetaba el saco de boxeo mientras Mystery lo golpeaba con puñetazos sin fuerza. —¡Más fuerte! —le gritaba Cementjaw—. ¡Quiero ver más agresividad!

CAPÍTULO 2

Toda la Comunidad, no sólo Proyecto Hollywood, parecía sumida en una senda descendente, tan peligrosa como inestable. Los partes de sargeo ya no hablaban sólo de chicas, sino también de peleas por las que, cada vez con más frecuencia, los MDLS eran echados a patadas de bares y discotecas. Además, los miembros de la Comunidad empezaron a seguir los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Proyecto Hollywood como el que sigue un reality show. Además, estaba Jlaix, un imitador de Elvis aficionado a las armas y al karaoke al que Tyler Durden y Papa habían descubierto en San Francisco, cuyos boletines tenían un gran seguimiento.

Grupo MSN: Salón de Mystery

Asunto: La primera stripper de Jlaix (las drogas se venden aparte) Autor: Jlaix

Acabo de volver de Las Vegas y estoy muerto. Anoche me echaron de un karaoke por tirarme al suelo y ponerme a gritar durante la canción de Journey Separate Ways (Worlds Apart).

Pero no es de eso de lo que quiero hablaros, sino de la stripper a la que me follé. Así que vamos al grano.

Llegué a Las Vegas el miércoles por la tarde y empecé a beber inmediatamente. Tenía una habitación con unos amigos del trabajo en el hotel Hard Rock, igual que los protagonistas de «OC» en el episodio de la semana pasada. Estábamos en el Hard Rock Café, preparando cócteles de carne. Un cóctel de carne puede estar hecho, por ejemplo, de carne de vaca, bacon, cerveza, puré de patatas, más cerveza, costillas, hielo, cebollas, mostaza, salsa de carne, sal, pimienta, sacarina, y puede que un poco de vodka. Cuando uno de mis compañeros de trabajo vomitó ahí mismo, sobre la mesa, decidimos que había llegado el momento de ir al club de striptease Olympic Gardens.

Yo estaba mosqueado, porque lo que quería era sargear, no ver un patético striptease. Siempre estoy hablando de lo bien que se me dan las mujeres y quería demostrarles a mis compañeros de trabajo que era verdad. Llevaba mucho tiempo planeando ese viaje, y la verdad es que estaba un poco nervioso, porque si no me acostaba con alguna tía quedaría como un bocazas. La otra razón por la que no me gustan los clubes de striptease es porque me niego a comprar los favores sexuales de una mujer. Pero aun así, acompañé a los demás y me senté a beber una cerveza mientras ellos se divertían.

Una chica se sentó delante de mí, en el asiento que había al otro lado de la mesa. Resulta que trabajaba allí, pero que había decidido tomarse el día libre porque no había suficientes clientes. Empecé a trabajármela. Mis amigos me miraban como si estuviera loco, porque yo no dejaba de decirle que era una boba.

Ella me dijo que yo era un chulo; se veía que le gustaba. Mis amigos nos miraban con la boca abierta. Le dije a la chica que nos íbamos al hotel y que se viniera con nosotros. Además le dije que llamara a alguna de sus «amigas putas». Ella se mosqueó porque la había llamado puta, así que yo cambié de tema. «No te lo vas a creer —le dije—. Tengo una amiga que es muy rara. Se come los limones enteros, como si fueran naranjas. Bla, bla, bla». Hasta que a ella se le pasó el cabreo. Luego seguí con más técnicas: una y otra y otra. Finalmente nos fuimos juntos.

Al salir, en la puerta del club de striptease, el encargado intentó convencerla de que volviera a entrar y trabajara un par de bailes, pero yo la agarré del brazo y cogimos un taxi. Ella me dijo que aunque fuese una stripper no tenía por qué ser tonta. Yo le hice las técnicas del «somos tan parecidos» de Mystery y de las dentaduras con forma de C y de U de Style. Al llegar al hotel, subimos a dejar sus cosas en mi habitación. Una vez arriba, le hice la técnica del cubo. Después le dije: «Cuando le hice este test a Paris Hilton me dijo que su cubo era grande como un hotel. ¡Qué creída!». Así conseguí que ella pensara que me paso el día con famosos, aunque, de hecho, el que había estado con Paris Hilton era Papa.

También usé la técnica de Tyler Durden de mostrarse exigente. Le dije: «Estoy harto de salir con chicas que se pasan el día drogándose o en el cirujano plástico. No me entiendas mal. Me gusta meterme rayas en el retrete de un bar tanto como a cualquiera. ¡Pero no todos los días! Seguro que tú no eres una de ésas». Ella se validó. Entonces le pregunté qué tal besaba y ella me hizo una demostración práctica. Al cabo de un rato, la detuve y sugerí que bajáramos a tomar una copa.

En el casino, empecé con una técnica para hacer que se sintiera cómoda. Repasando distintos momentos clave de mi vida, le conté «Supercortes», «Verano de abdominales», «Globos en el parque», «Babysitter-stripper» y «Mi gato ha echado un polvo». Todas son historias verdaderas, aunque, creedme, los títulos son mucho más interesantes que las historias en sí. Buscamos a mis compañeros de trabajo, pero no los encontramos. Entonces yo le dije que estaba cansado y que subiera conmigo. Le dije que quería que me contara un cuento en la cama y que me arropara.

Mientras subíamos, ella me preguntó si íbamos a hacer cosas malas.

Yo le respondí que, desde luego, esperaba que no. «Tengo que levantarme pronto —le dije—. Así que espero que me dejes dormir. Además, con todo lo que he bebido, no creo que se me levante».

Funciona siempre. Deberíais probarlo.

Al llegar al cuarto, nos encontramos a mis tres compañeros de trabajo. Aunque estaban completamente borrachos, conseguí convencerlos de que bajaran a apostar al casino. Cuando se fueron, ella se acercó a una mesa y me dijo que habían estado esnifando coca. Me dijo que las strippers se daban cuenta de esas cosas.

Le canté On the wings of love, de Jeffrey Osborne. Después le dije que quería acurrucarme con ella en la cama y estuvimos hablando un rato. Entonces le dije que quería hacerle un truco. Me puse de rodillas y empecé a lamerle las piernas. Al quitarle los pantalones vi que no llevaba bragas. Antes de empezar a chuparla, me aseguré de que no tenía ninguna llaga. Lo que sí tenía era un piercing en el clítoris; algo que yo nunca había visto antes. Era muy raro. Además, chocaba todo el rato contra mis dientes. La cosa es que, al final, le metí los dedos y seguí chupándola hasta la sumisión. Entonces le dije que era una pena que hubiera bebido tanto y que no se me fuese a levantar. «Eso lo arreglo yo en un momento», me dijo

ella.

Follamos toda la noche como locos.

Nunca había visto a una chica tan delgada con las tetas tan grandes. ¡Joder! Estaba buenísima. Era la tía más maciza que me había tirado en toda mi vida. Mi primera stripper y mi primer 9. Al acabar de follar me preguntó por qué tenía tantas cicatrices. Yo la besé suavemente y le dije que no se preocupara, que no era un maníaco, que tan sólo hacía como si lo fuera, que así era como me enfrentaba al absurdo de la existencia: metiéndole por el culo el absurdo a la existencia.

Ella me dio su número de teléfono y me pidió que la llamara.

La noche siguiente, en el karaoke, usé la frase de aproximación de «Mi pequeño poni» («Oye, ¿te acuerdas de “Mi pequeño poni”? Tenía poderes especiales. ¿Verdad? Bla, bla, bla»). Al final me echaron del karaoke. Estaba tan borracho que me acercaba a todas las tías cantando «Miiiii pequeeeño pooni». Al final, también me echaron de un club de striptease.

Lo último que recuerdo es que estaba sentado en la cama, en la habitación del hotel, viendo la tele. «¿Qué cojones es esto? —le gritaba a la tele—. Esto no es “OC”. ¿Qué cojones es esto?». Hasta que me di cuenta de que era un programa en el que estaban parodiando a los personajes de «OC». Después me desmayé.

CAPÍTULO 4

La primera vez que la vi estaba en el cuarto de baño. Al abrir la puerta, me la encontré sentada en el retrete. —¿Quién eres tú? —le pregunté.

—Soy Gabby.

Gabby era una amiga de Maverick[1], uno de tantos MDLS primerizos que orbitaban alrededor de la mansión. Tenía la

actitud de la reina del baile y un cuerpo que recordaba a un saco de tomates. Di un paso atrás para salir del cuarto de baño. —Esta casa no está nada mal —me dijo ella al tiempo que se incorporaba y tiraba de la cadena—. ¿A quién hay que tirarse para vivir aquí?

Esas palabras fueron lo que se dice un corte de rollo inmediato. Sargeando en Los Angeles, uno desarrolla una especie de radar que te avisa cuando una mujer es una buscona. Algunas, con menos tacto, no tardan ni cinco minutos en preguntarte qué coche tienes, dónde trabajas o a qué famosos conoces para determinar tu posición social y lo útil que puedes llegar a serle. Otras, con más tacto, no hacen preguntas; se limitan a mirar la marca de tu reloj o se fijan en cómo reacciona la gente

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