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Capítulo 5. El pasaje automático al acto

5.1 La acción muda

A partir del análisis de la información proporcionada por los informantes, de la revisión de bibliografía especializada y de algunas experiencias –de carácter exploratorias– desarrolladas en el campo de la extensión,89 consideramos pertinente recuperar y ampliar uno de los temas tratados de manera incipiente en el tercer capítulo, esto es, la dimensión física de la violencia, junto a lo que podría considerarse su sentido opuesto o alternativa inmaterial, es decir, el uso argumentado de la palabra y la inscripción del cuerpo en un orden simbólico. Analizando –de manera hipotética– los modos posibles en los que podría llevarse a cabo esta tarea de “acercar” el cuerpo a aquellas prácticas socialmente aceptadas, en la última parte del capítulo proponemos adentrarnos, en sintonía con algunas reflexiones de Elias y Dunning (1992), en las posibilidades que ofrecen el juego y el deporte como espacios oportunos para trabajar la renuncia a la violencia. Siguiendo esta línea, centraremos la atención en tres aspectos constitutivos de las prácticas mencionadas: la identificación de los usos del cuerpo legítimos e ilegítimos, la negociación de acuerdos (sobre todo en relación al juego) y el reconocimiento de las reglas.

Ya vimos, a partir del análisis de varios referentes teóricos provenientes de diversos campos académicos (Elias y Dunning, 1992; Arendt, 2006; Lacan, 2010; Le Breton, 2017, entre otros), que toda acción violenta lleva ínsita una exteriorización física. Empleando

89 Las actividades asociadas al trabajo de extensión se enmarcan en el proyecto denominado “Convivencia, lazo social y construcción de legalidades”, dirigido por Adriana De Negri y Cristina Erausquin y radicado en la Facultad de Psicología (UNLP). Entre sus propósitos se destacan la elaboración de talleres interdisciplinarios (en escuelas secundarias de La plata, Berisso y Ensenada) en los que se aborda la cuestión de la violencia, la convivencia y los vínculos desde múltiples enfoques. Centrando la atención en las potencialidades que ofrecen los juegos de rol y los juegos cooperativos –dónde el reconocimiento del otro es un requisito fundamental para la práctica–, las experiencias desarrolladas hasta el momento, y el interés demostrado por los alumnos, han creado una veta factible de estudio y ampliación. Si bien aún no se pueden establecer conclusiones con respecto al resultado de este proyecto, el encuentro de los jóvenes con una serie propuestas no convencionales evidenció la imperiosa necesidad que estos tenían de expresar sus descontentos y preocupaciones. Es preciso aclarar que el proyecto no parte de una negación de la violencia; por el contrario, intenta ofrecer espacios alternativos para que los jóvenes puedan expresar sus preocupaciones y sus diferencias sin necesidad de hacer uso de la fuerza física.

Dicho de otro modo, en casi todas aquellas manifestaciones que –tras haber sobrepasado determinados umbrales de tolerancia– pueden ser caracterizadas como “violentas”, el cuerpo suele considerarse un objeto simplificado a su costado orgánico, es decir, una materia viva que responde de manera automática ante un estímulo (Crisorio, 2010). Incapaz de acudir a medios “no físicos” para expresar o demandar algo, el cuerpo es reducido a lo que Arendt denominaría la “acción muda”. En sus propias palabras: “la violencia, a diferencia del poder, es muda; comienza allí donde acaba el discurso” (2008: 30).

En una pelea, el cuerpo puede amoldarse o convertirse en un instrumento disponible para causar daño a otro objeto igualmente reducido a lo tangible, a lo palpable, y, por ende, a lo destruible. La característica principal de esta reducción instrumental es su escisión con respecto al lenguaje, su alejamiento del orden simbólico que se manifiesta inversamente proporcional a la materialización o a la substanciación física. Agotado el lenguaje, todo pasa por la carne; todo debe sentirse, experimentarse, probarse, la persuasión cede ante la fuerza y las disputas se resuelven al margen de los símbolos, o sea, mediante la superioridad física. A este proceso en el que el cuerpo es concebido como una cosa maleable, destruible y, sobre todo, incapaz de adaptarse a los mecanismos pacíficos de negociación, lo denominaremos, con fines analíticos, como la experimentación del cuerpo

mudo.

Si tenemos en cuenta que la civilización se erige sobre la renuncia a la violencia (Elias y Dunning, 1992), el riesgo que todo acto “violento” conlleva –en el que se desconoce o se omite la existencia del otro como semejante– es el debilitamiento o la desarticulación de los lazos sociales. Al anteponer la satisfacción del deseo propio a cualquier precio, es decir, al desatender las consecuencias y los medios empleados para alcanzar un objetivo o demandar algo, la vida en relación con otros se dificulta considerablemente. En pocas palabras, podría decirse que el cuerpo es la materialización del individualismo característico de nuestro tiempo, un individualismo cada vez más tendiente al aislamiento, la autosatisfacción y la destrucción del otro.

En la bibliografía dedicada el estudio de la violencia en las escuelas, el cuerpo es caracterizado frecuentemente como un objeto con el que es posible “experimentar”, “materializar” o “pasar al acto”, como si se tratarse una cosa tocable y modificable sobre laque los jóvenes pueden plasmar aquello que no pueden manifestar mediante el empleo de

recursos simbólicos. Para Meirieu, por ejemplo, el problema de la violencia en las escuelas gira en torno al “pasaje sistemático al acto, […] ya que es un pasaje a la violencia, a veces en términos de agresión física” (2007: 3). Duschatzky y Corea, por su parte, afirman que “la violencia se trata de una expresión que se materializa en el cuerpo” (2013: 25-26); siguiendo esta línea, Kornblit considera que “la vía libre a las experiencias agresivas son el correlato […] de la imposibilidad de poner en palabras el malestar” (2008: 11), mientras que para Kaplan “la violencia opera en lugar de la palabra” (2015: 20). Se ve así claramente que, para estos autores, el cuerpo se vincula tanto a una dimensión física (lo material, lo moldeable, lo tangible) como a una dimensión biológica (lo instintivo, lo indómito, lo salvaje). Profundizando este análisis, el cuerpo implicado en un acto violento representaría algo así como un depósito donde es posible volcar aquello que no se puede o no se sabe expresar de manera inmaterial. Asimismo, el cuerpo también sería el lugar donde “lo natural” se hace carne. En esta lógica –de la cual pretendemos distanciarnos–, la violencia podría considerarse como una parte “esencial” del hombre, o en otras palabras, como una conducta innata, originalmente empleada –y justificada– para la defensa, el ataque, la supervivencia, etcétera.90