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Delimitación inicial de la angustia

1.2 Acedia y pecado

Pasemos ahora al pecado de la acedia y su relación con la tristeza y la melancolía, tal como fue comprendida en la Edad Media:

“En latín acidĭa era la traducción del griego ἀκηδία que significa distracción,

embotamiento, literalmente estado de no importarle a uno nada. Acedia se convirtió en el término generalmente usado en la Edad Media, aunque también a veces aparecen

accedia y acidia. En castellano se utilizan accedia, acedia y acidia, siendo esta última la que ha quedado con el significado de pereza” (Jackson, 1989: 67).

30 Ibn Sina, llamado Avicena en Occidente, escribió su Canon de medicina; sin duda, esta obra fue la

más leída, la más influyente y la de más penetración clínica. Avicena nació en el 980 a.C. en Afshana, Bujara, la actual Uzbekistán, y murió en el 1037. Su madre era una princesa de la tribu turca de las Siete Flechas. Avicena descubrió los sistemas de la tuberculosis y de la diabetes, estudió a fondo la psicología humana y estableció las bases para la correcta comprensión del funcionamiento del cuerpo humano. Su Qânûn (Canon) se compone de 14 volúmenes divididos en cinco argumentos y fue un texto de estudio incluso en las universidades de la Europa cristiana hasta el siglo XVIII. Aquí se recogen amplios capítulos sobre patologías mentales, letargo, apatía o melancolía. Distingue correctamente la ansiedad de la depresión y proporciona instrucciones básicas para el tratamiento de la epilepsia (www.islamyal-andalus.org/marzo03/medicina.htm: Medicina islámica).

34 Hacia finales del siglo IV, la Iglesia católica utilizó el término acedia para designar aquellos sentimientos y hábitos que, por considerarse indeseables, requerían un tratamiento cuyo remedio sería de origen espiritual. Podemos ver entonces como, durante la Edad Media dicha comprensión de la acedia fue ganando terreno hasta llegar a su plena potencia, para caracterizar trastornos en el alma dignos de ser combatidos por un buen cristiano (cf. Jackson, 1988: 67).

Posteriormente, en las exégesis realizadas por los autores modernos, algunos conciben esta acedia como expresión de un estado depresivo o sinónimo de melancolía, mientras que otros la comprenden como un vocablo que dice pereza y negligencia. Realmente, estas interpretaciones son simplificaciones de su verdadera naturaleza, pues esta afección del alma no supone tan sólo aflicción y tristeza, aunque inicialmente estuviese relacionada con el término tristitĭa (aflicción, tristeza, pesar).

También podemos hallar vínculos frecuentes de esta afección con la desperatio, esto es, con la desesperanza o, si se quiere, con la desesperación, que a finales de la Edad Media se relacionaba a veces con la melancholia (cf. Jackson, 1988: 67-68).

Es importante anotar que este estado anímico fue lo suficientemente molesto y común en el ejercicio de la ética cristiana como para requerir una considerable atención en la época medieval. Tanto en la forma de interpretarlo como en las condiciones mediante las cuales se trataba, podemos encontrar que su historia está ligada a las creencias religiosas y, en menor grado, a la medicina de aquel tiempo. Es decir, la acedia se comprendió originalmente más como una alteración moral y espiritual que como una manifestación de un desequilibrio somático (cf. Jackson, 1988: 68).

Para el recorrido y fundamentación de nuestro tema de investigación, se hace necesario recordar que la acedia fue originariamente definida como “fatiga o angustia en el corazón” (Casiano, 1965: Libro X: 385). En este contexto, para Casiano la angustia tiene cierto parentesco con la tristeza y la experimentan particularmente los

35 solitarios, pues a ellos los ataca de una manera especial y con una particular violencia en el desierto (cf. Casiano, 1965: Libro X: 385).

El tratamiento sugerido en estos casos se enfocaba en el combate a la ociosidad; en este combate el trabajo ocupaba un lugar preponderante, pues con él se podía contrarrestar elletargo espiritual provocado por la fatiga del corazón. Así, siguiendo la tradición estoica, los padres de la Iglesia luchaban por una paz interior en contra de sus naturales inclinaciones hacia el apasionamiento. La acedia llegó a identificarse incluso con un espíritu del mal, pues tentaba en cada momento al monje para que se rindiera a su poder paralizante. De este modo llegó a formar parte de la lista de los ocho pecados capitales –gula, lujuria, avaricia, ira, tristitĭa, acedia, vanagloria y

orgullo–, lista que fue reducida y recompuesta por Gregorio Magno a siete pecados: vanagloria, ira, envidia, tristitĭa, avaricia, gula y lujuria (cf. Jackson, 1989: 69).

Como podemos notar, la tristitĭa englobaba en esta segunda clasificación tanto al

pecado de la tristeza como al de la acedia.

En este contexto, y teniendo en cuenta los alcances de nuestra investigación doctoral, consideramos oportuno anotar aquí la distinción que hacen San Pablo, y otros autores cristianos, entre dos tipos de tristitĭa: uno negativo, que lleva a la muerte, que se

asoció con la idea de la persona afligida contra la cual había que emprender una campaña moralizante de curación, y otro positivo que lleva a la penitencia y a la salvación; en este contexto, la tristeza positiva se identificó con la tradición cristiana del sufriente como objeto de cuidado, preocupación y cura31. Esta tristeza positiva

31 Heidegger formula el cuidado como un rasgo fundamental de la vida fáctica. En la vida del cristiano

hay dos aspectos en permanente evolución: la cura, cuidado o preocupación y el deleite. En nuestra cotidianidad se da una tendencia a hacer de uno, muchos y a dividir nuestro corazón en multitud de cosas, es decir, a la dispersión. Esa falta de unidad causa la tristeza en el hombre, pues le aleja del único deleite al cual debe aspirar, que es la unión con Dios. Por eso, nos dice Agustín: “Cuando yo me adhiriere a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será viva, llena toda de ti. Mas ahora, como al que tú llenas lo elevas, me soy carga a mí mismo, porque no estoy lleno de

36 aparece a lo largo de los siglos en las listas de pecados capitales como tristitĭa,

mientras que la negativa, la aflicción que provenía de las frustraciones terrenales, se asocia con la acedia.

De la misma manera, Casiano habla de una pena saludable que nace de la penitencia por el pecado o el deseo de perfección (cf. Jackson, 1989: 70); dicha idea se extendió, posteriormente y de un modo gradual, al contenido de los pecados capitales, formando así parte de la vida moral de todo cristiano. En este contexto de proyección y de alcance de la tristitĭa, se desarrolla entonces la idea de la penitencia como

medicina del alma, ligada con el principio médico de que los contrarios curan a los contrarios (cf. Jackson, 1989: 71), pues la causa asignada al mal es interpretada, a su vez, como causa de un bien futuro, y la violencia causada o padecida se propone como anunciadora de curación (cf. Starobinski, 2000: 217)32. Esta es precisamente la idea más general de la felix culpa.

Con el transcurso del tiempo, la acedia pasó de ser una aflicción propia de monjes y contemplativos a formar parte de la vida moral de todos los cristianos. Con ello

ti” (San Agustín, 2005: libro X, capítulo XXVIII, 39). Mientras haya dispersión, el alma del hombre se ocupará en la ambición de dignidades, la codicia de intereses y el deseo de saciar apetitos. Ante esta situación, “por la continencia, en efecto, somos juntados y reducidos a la unidad, de la que nos habíamos apartado, derramándonos en muchas cosas. Porque menos te ama quien ama algo contigo y no lo ama por ti” (San Agustín, 2005: libro X, capítulo XXIX, 40); la esperanza del hombre, entonces, radica en mantenerse abierto a la misericordia divina, pues –nos dice Agustín–, “ninguno puede ser continente si Dios no se lo da, entendí que también esto mismo era parte de la sabiduría, conocer de quien es este don” (San Agustín, 2005: libro X, capítulo XXIX, 40), ya que la vida del hombre sobre la tierra es una tentación continua: “¿Acaso no es tentación la vida del hombre sobre la tierra? ¿Quien hay que guste de las molestias y trabajos? Tú mandas tolerarlos, no amarlos. Nadie ama lo que tolera, aunque ame el tolerarlos” (San Agustín, 2005: libro X, capítulo XXVIII, 39). Si soy una molestia y una carga para mí mismo, he de tolerar molestias y dificultades (cf. Heidegger, 1997: 81, 85).

32 En este contexto, por ejemplo, San Agustín afirma: “Así como el que cura las heridas del cuerpo

unas veces aplica remedios opuestos, lo frío a lo cálido, a lo seco lo húmedo, y así de este modo; […] así la Sabiduría de Dios para curar al hombre se presentó ella misma con el fin de sanarlo; ella es el médico y la medicina. Y como el hombre cayó por la soberbia, empleó la humildad para sanarlo” (Agustín, 1952: capítulo XIV: 77).

37 surgió de modo gradual la idea de la penitencia como medicina del alma, medicina mentis. En la medida en la que la Escolástica hacía sus análisis sistemáticos en torno a la fe, la acedia fue integrándose de modo paulatino en la teoría de las pasiones y así se asumió como un desorden emocional. Poco a poco se integró en el sistema de pasiones, haciendo parte de las consideraciones propias de la psicología escolástica. Más tarde, “con el Renacimiento se emprendió una serie de cambios importantes en la comprensión de la acedia y de su relación con la melancolía, pues al debilitarse la poderosa posición que mantenía la Iglesia católica, que trajo consigo la pérdida de su influencia integradora para la comprensión de la conducta moral del hombre, se incrementó el interés por las comprensiones más clásicas de este fenómeno, realizando con ello un viraje hacia las tendencias de un pensamiento más secularizado, teniendo como efecto de ruptura elprotestantismo” (cf. Jackson, 1989: 76). Para nuestro caso, podemos comprender el sentido de este viraje a partir de la pérdida gradual del lugar predominante que ocupaba la acedia en la lista de pecados capitales, mientras que la negligencia-ociosidad-indolencia ocupaba un lugar más central (cf. Jackson, 1989: 76). En este contexto, se incrementó el uso del término pereza y todo lo relacionado con ella, mientras que la tristeza-aflicción-desesperación se asoció con otros términos (cf. Jackson, 1989: 76) relacionados con la vida espiritual, pero no directamente con la moral.

A la altura de nuestra reflexión, podemos condensar el desarrollo de este proceso de determinación de la acedia como alteración propiamente espiritual. Sin embargo, vemos cómo, con el menoscabo de la influencia de la Iglesia católica, ella fue perdiendo su importancia. En su lugar, y como consecuencia de la relevancia que el protestantismo le da al trabajo, la acedia fue gradualmente reemplazada por el término pereza, para indicar con él el pecado que debía ser evitado (cf. Jackson, 1989: 77).

38 Según Weber, dicha transformación se dio a causa de la menor participación de los católicos en la vida capitalista incipiente, debido a su aprecio por el ascetismo como camino hacia la salvación, y al espíritu de indiferencia ante los bienes de este mundo, que caracteriza al catolicismo alemán. Como lo indica Weber, “se dio entonces la conjunción de la más intensa piedad con el desarrollo del sentido y el éxito comercial” (cf. Weber, 2003: 89). Por ello, “si queremos encontrar un parentesco íntimo entre determinadas manifestaciones del espíritu protestante y de la moderna cultura capitalista, no hemos de ir a buscarlo en su –supuesto– amor al mundo más o menos materialista –o, al menos, antiascético–, sino más bien en sus rasgos puramente religiosos” (Weber, 1985: 89). Frente al pecado capital de la pereza, el individuo debe tener hoy una misión, la que se realiza en el trabajo. Lo que es relevante ahora es esa convicción protestante de sentir como un deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo, ligada a un sentido sagrado del trabajo y a su correspondiente e inevitable generación del concepto ético-religioso de la profesión (cf. Weber, 2003: 136). El trabajo profesional puede entonces considerarse como el lugar para resistir contra la angustia religiosa de la dispersión.