Isabel Goldemberg
En enero del 96, Freud le escribe a Fliess lo que es dado en llamar “Un cuento de hadas navideño”, más conocido como el Manuscrito K, paralelo en sus desarrollos al segundo artículo de las neuropsicosis de defensa, pero que quizás aporta algunas claves que anticipan desarrollos posteriores en relación al valor de lo traumático en el contexto del Más allá del principio del placer.
Su clínica de los síntomas, que en La etiología de la histeria se jugaba entre la idoneidad determinadora y la fuerza traumática, no le alcanza para explicar la causa de la histeria.
Clínica y teoría se anudan ahora, en las Anotaciones ampliadas sobre las
neuropsicosis de defensa, con la defensa como “punto nuclear”, pero deberá
fundamentar cómo y por qué opera esta defensa en las neuropsicosis. Idoneidad determinadora no es equivalente a etiología.
Para ir de los síntomas a la causa, se sirve de la histeria, abordando el concepto de sexualidad traumática. Por lo que trauma psíquico, experiencia sexual y tiempo anterior hacen la conjunción de la que se sirve para abordar la causa, diferente de la predisposición.
En este camino, Freud se topa con una sexualidad traumática en el sentido de llevar a una desadaptación del yo. Es decir que no hay una adecuación entre satisfacción y lo que es la vida sexual de los adultos, cuestión que desarrolla más ampliamente en relación con las neurosis actuales.
El trauma sexual, ligado a experiencias tempranas vividas en el cuerpo, le sirve para dar cuenta de la sexualidad infantil que se le hace evidente en la clínica.
Lee, a través de los síntomas, las huellas de primeras experiencias En tanto carece del concepto de pulsión, pone en juego una lógica que marca un tiempo anterior como condición de su eficacia en las manifestaciones neuróticas .
El niño, dirá más adelante, no posee los medios intelectuales suficientes como para responder al exceso que implica la confrontación con la sexualidad en momentos tempranos del desarrollo. Será condición de la represión, cuando en un momento posterior, mediando el tiempo de la maduración, se reanime el trauma, ahora como recuerdo, en su valor de actual.
“Los traumas infantiles ejercen efectos a posteriori como experiencias nuevas pero entonces obran inconscientemente”1. Va perdiendo el acontecimiento, lo que cuenta son las huellas2.
1 Ver infra S. Freud, Anotaciones ampliadas sobre las neuropsicosis de defensa, pág. .
2 Las huellas con la pérdida del acontecimiento constituyen el inconsciente. Cuando retornan en un análisis, no sin displacer, en la cadena asociativa, valen como actuales.
En la Carta 52 habla ya de recuerdos no inhibibles en su desarrollo de displacer, es decir que no han podido ser resueltos asociativamente. Cuando retornan despiertan un displacer nuevo, no inhibible. Así, el recuerdo se comporta como actual y es posible en sucesos sexuales porque las magnitudes de excitación que desprenden crecen por efecto de la maduración sexual3.
Es decir, la condición es sexual y la ocurrencia en una fase anterior pero con un efecto no inhibible, en una fase siguiente.
Con la teoría de la seducción Freud creía haber alcanzado la etiología de la enfermedad, pero ahora el trauma infantil se le hace insuficiente para abordar la causa.
Es, entonces, la acción a posteriori del traumatismo sexual, la clave que introduce una lógica temporal diferente. El trauma vale como recuerdo, con lo que negativiza su valor, midiendo su eficacia en el retorno como recuerdo actualizado, ya no como acontecimiento. Las escenas sexuales infantiles dejan paso a los recuerdos inconscientes, otra escena que inaugura el concepto de inconsciente.
El otro avance clínico de la época lo constituye el desarrollo de los mecanismos de la neurosis obsesiva, que le sirve para armar un modelo de la estructura de la neurosis donde cada paso marca tiempos diferentes en la estructuración de la subjetividad y la respuesta posible a la formación de síntomas.
Tanto la histeria como la neurosis obsesiva son reconducidas en el camino de la etiología a experiencias sexuales tempranas vividas pasivamente4, más allá de que en la neurosis obsesiva se justifique una posición activa agresiva en la consecución de placer, a diferencia de la histeria. Es decir, lo que cuenta en ambas, podemos concluir, es la imposibilidad de respuesta al encuentro con la sexualidad, en el tiempo de la primera infancia. Sexualidad que, por otra parte, como desarrollará más adelante, no deja de tener relación con el adulto del cual el niño depende, con lo que es importante subrayar su posición pasiva5 frente al poder del otro y sus consecuencias en el camino de la neurosis.
En la descripción que hace del mecanismo de la neurosis obsesivo-compulsiva, arma cuatro momentos.
Un primer tiempo que llama de “inmoralidad infantil”, como tiempo de encuentro con lo sexual que recupera como traumático a posteriori, a raíz de lo cual se posibilita la represión.
Segundo tiempo de la maduración sexual. La recriminación frente al recuerdo de acciones placenteras es reprimida dando lugar al síntoma defensivo primario.
La escrupulosidad como síntoma inicia el momento de salud aparente. Tercer tiempo en su descripción.
3 Ver infra E. Vidal, Proton pseudos, pág. .
4 Ver infra S. Freud, Anotaciones ampliadas sobre las neuropsicosis de defensa, ob. cit., págs , notas 21 y 22.
5 De las experiencias vividas pasivas a la posición pasiva del sujeto en relación al otro.
Por último, el fracaso de la defensa con el retorno de lo reprimido. Se producen nuevas transacciones y el yo opone defensas secundarias que se infiltran con lo reprimido, de allí el carácter compulsivo de las mismas.
Pero, los nuevos síntomas como formaciones de compromiso no resuelven la compulsión6.
Como conclusión podemos introducir las “Anotaciones ampliadas...” como un abordaje de la causa que deja el acontecimiento en exclusión, poniendo de relieve una lectura de la memoria diferente de la historia lineal.
El trauma sexual ahora vale como recuerdo. De las escenas sexuales infantiles tempranas restan marcas7, aquí representaciones que no resuelven la compulsión por su intensidad o investidura solamente, sino además por su “conexión”. Es decir, por el valor de verdad que el texto introduce ahora, en el camino que el psicoanálisis recorre de los síntomas a su causa.
6 Ver infra S. Freud, Anotaciones ampliadas..., ob. cit., pág. , nota 6.