No deberíamos hablar como un gran doctor ni tener necesidad del apoyo de la Escritura ni de los Padres, sino ser «enseñados por Dios» (Jn 6, 45) hasta el punto de aprender y conocer, en él y por él, todo lo que necesitamos. No solamente nosotros sino cualquiera de los fieles. ¿Acaso no hemos sido llamados para llevar grabadas en nuestro corazón las tablas de la ley del Espíritu y para conversar con Jesús mediante la oración pura de la misma forma admirable que los querubines?
Pero sólo somos niños en el momento de nuestra segunda creación, incapaces de comprender la gracia, de aprovechar la renovación, ignorantes, sobre todo, de la supereminente grandeza de la gloria de la que participamos. Ignoramos que, por la
observación de los mandamientos, debemos crecer en alma y espíritu para ver lo que hemos recibido. He aquí cómo la mayor parte de nosotros cae, por negligencia y hábito vicioso, en la insensibilidad y en la ceguera, hasta el punto de no saber ya, si hay un Dios, qué somos, ni en qué nos hemos convertido a pesar de ser hijos de Dios, hijos de la luz, niños y miembros de Cristo.
Hemos sido bautizados en la edad adulta pero sólo percibimos el agua y no el Espíritu. Incluso siendo renovados en el Espíritu, no lo creemos más que con una fe muerta e inactiva... somos carne y nos conducimos según la carne. Y permanecemos muertos hasta la hora de nuestro fin, sin vivir en Cristo ni estar movidos por él. Y, «lo que sabemos», a la hora del tránsito y del juicio «nos será quitado» a causa de nuestra incredulidad y nos faltará la esperanza por no haber comprendido que los niños deben ser parecidos al Padre, dioses en Dios, espíritus salidos del Espíritu...
Diremos en primer lugar, con la ayuda de Dios, que «otorga la palabra a los que anuncian el bien» (Rom 10, 15), cómo se encuentra - debería decir cómo se ha encontrado - a Cristo por el bautismo en el Espíritu («¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (I Cor 6, 15); luego, cómo se conserva ese hallazgo y cómo se progresa. La mejor manera -y la más corta- será exponer, brevemente, los extremos y el medio, pues el asunto es extenso: hay muchos que impulsan el combate hasta haberlo encontrado; luego se detiene su deseo. Poco les preocupa ir más adelante; les basta haber encontrado el comienzo del camino; en su ignorancia toman una bifurcación y se imaginan estar en la buena ruta mientras caminan fuera del fin por falta de coraje, o bien su conducta indiferente los lleva hacia atrás, a la condición que tenían y se encuentran nuevamente en el comienzo o a mitad de camino en su empresa.
Los principiantes tienen de su parte a la acción, o sea, los medios de la iluminación; los perfectos, la purificación y la resurrección del alma.
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Existen dos formas de encontrar la operación (energía) del espíritu recibida sacramentalmente en el santo bautismo:
a) Ese don se revela de una manera general por la práctica de los mandamientos y al precio de grandes esfuerzos. San Marcos el Ermitaño nos lo dice: «En la misma medida en que ejercitamos los mandamientos, ese don hace resplandecer más su fuego ante nuestros ojos».
b) El se manifiesta, en la vida de sumisión a un padre espiritual, mediante la invocación continua y metódica del Señor Jesús, es decir, por el recuerdo de Dios.
El primer camino es el más largo; el segundo el más corto, a condición de haber aprendido a escarbar la tierra con coraje y perseverancia para descubrir el oro.
Si queremos descubrir y conocer la verdad sin riesgo de error, busquemos sólo la operación del corazón, sin imagen ni figura; sin reflejar en nuestra imaginación ni forma ni impresión de las cosas consideradas santas; sin contemplar ninguna luz, pues el error, sobre todo al principio, tiene la costumbre de burlar el espíritu de los menos experimentados mediante esos fantasmas engañosos. Esforcémonos por tener activa en nuestro corazón solamente la operación de la oración, que da calor, alegra el espíritu y consume el alma en un amor indecible por Dios y por los hombres. Entonces se verá hacer de la oración una gran humildad y contrición, pues la oración es, para los principiantes, la operación espiritual infatigable del Espíritu que, al comienzo, hace brotar del corazón un fuego gozoso y, al final, obra como una luz de buen olor.
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He aquí los signos a través de los cuales ese comienzo se evidencia para aquellos que buscan en verdad... En algunos, se manifiesta como la luz de la aurora; en otros, como una
exultación mezclada con temblores; en otros, como alegría o como una mezcla de alegría y temor o de temblores y alegría y, en ocasiones, de lágrimas y de temor.
El alma se regocija con la visita y la misericordia de Dios pero teme y tiembla ante el pensamiento de su presencia y a causa de sus numerosos pecados. En algunos se produce una contrición y un dolor inexpresables para el alma, semejantes a los de la mujer de la que habla la Escritura. Pues «la palabra de Dios es viva y eficaz», o sea, que Jesús «penetra hasta la división del alma y el espíritu, de las articulaciones y de la médula» (Heb 4, 12) para suprimir en vivo, de los miembros del alma y del cuerpo, todo lo que encierran de apasionado. En otros, esto se manifiesta bajo la forma de un amor y una paz indecibles respecto de todo; en algunos otros, es una exultación y estremecimiento - según la expresión frecuente de los Padres-, movimiento del corazón viviente y virtud del Espíritu. Esto se llama también «pulsación» y «suspiro inefable» del Espíritu que intercede por nosotros ante Dios (cf. Rom 8, 26). Isaías lo llama «juicio de la justicia»; Efrén, «picadura». El Señor es una «fuente de agua que brota para la vida eterna» (el agua es el Espíritu), que brota y burbujea con potencia en el corazón.
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Hay dos tipos de exultación y de estremecimiento. Una exultación tranquila: es la pulsación, el suspiro, la intercesión del Espíritu; y la gran exultación que es el salto, el
estremecimiento, el vuelo poderoso del corazón viviente en el aire divino. El Espíritu divino le da las alas del amor al alma liberada de los lazos de las pasiones; incluso antes de la muerte, el alma se esfuerza por volar en su deseo de escapar de la pesadez...
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En todo principiante hay dos operaciones que obran diferentemente en el corazón. Una bajo el efecto de la gracia, la otra bajo el efecto del error. Marco lo afirma: «Hay una operación espiritual y hay una operación satánica, desconocida por los niños». Además, existe un triple ardor de operación en el hombre: uno encendido por la gracia, el segundo por el error y el pecado, el tercero por los excesos de la sangre. Talasio el Africano llama, a este último, el temperamento, y nos dice que es suavizado por una abstinencia conveniente.
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La operación de la gracia es una virtud del fuego del Espíritu que se ejercita en el corazón con alegría, fortifica, templa y purifica el alma, suspende por un tiempo sus pensamientos y mortifica provisoriamente los movimientos del cuerpo. Los frutos y signos que testimonian su verdad son las lágrimas, la contrición, la humildad, la temperancia, el silencio, la
paciencia, el retiro, y todo aquello que produce un sentimiento de plenitud y de certidumbre indudable.
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La operación del error es el fuego del pecado que enciende el alma por la voluptuosidad. Es indecisa y desordenada, nos dice Diadoco. Proporciona una alegría irracional, presunción, turbación... enciende el temperamento, trabaja en el alma y la enardece, la atrae hacia si para que el hombre, adquiriendo el hábito de la pasión, poco a poco expulse la gracia.