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Acercamiento a la vivienda culturalmente adecuada mediante empoderamiento

CAPÍTULO 2. Adecuación cultural de la producción de vivienda

2.2 Acercamiento a la vivienda culturalmente adecuada mediante empoderamiento

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) a través del Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU- Hábitat) publicó en 2010 un folleto informativo bajo el título ‘El derecho a una vivienda adecuada’ en el que explica por primera vez las libertades que garantizan el ejercicio del Derecho a una vivienda adecuada, así como su interrelación con otros derechos humanos como indispensable condición previa.

A continuación se reproducen los criterios mínimos que se enlistan para que una forma particular de vivienda pueda ser considerada adecuada:

-Seguridad de tenencia

-Disponibilidad de servicios, materiales, instalaciones e infraestructura. -Asequibilidad. -Habitabilidad -Accesibilidad -Ubicación -Adecuación cultural. (ONU–Hábitat, 2010, p.4)

Este último criterio, la adecuación cultural responde a la necesidad de identificar y respetar la expresión de la identidad cultural contenida en los sistemas y procesos tradicionales de producción de la vivienda entre las comunidades rurales y sobre todo las indígenas. En la Nueva Agenda Urbana, aprobada en Octubre de 2016 durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Vivienda y el Desarrollo Urbano Sostenible (Hábitat III) celebrada en Quito, Ecuador, se manifiesta un compromiso por diversificar los modelos de producción de vivienda adecuada a la par que se establece la importancia de factores como las interacciones sociales y las expresiones culturales para la vida de las comunidades.

Se traza una ruta de transformación de las ciudades en pro del desarrollo sostenible, en cumplimiento de la función social y ecológica de la tierra. Así mismo:

“reconoce que la cultura y la diversidad cultural son fuentes de enriquecimiento para la humanidad y realizan un aporte importante al desarrollo sostenible de las ciudades, los asentamientos humanos y los ciudadanos, empoderándolos para que desempeñen una función activa y singular en las iniciativas de desarrollo. La Nueva Agenda Urbana reconoce además que la cultura debería tenerse en cuenta en la promoción y aplicación de nuevas modalidades de consumo y producción sostenibles que contribuyen a la utilización responsable de los recursos y contrarrestan los efectos adversos del cambio climático.” (ONU-Hábitat, 2017, p.4)

La visión de las ciudades que se presenta busca introducir un nuevo paradigma que potencialice el desarrollo y la buena urbanización apoyado de lo que llaman ‘la ciencia de las ciudades’ así, introducen la noción de que se debe buscar progresivamente la plena realización del derecho a una vivienda adecuada, por ser ésta integrante del derecho a un nivel de vida

adecuado. Más adelante en el texto específica las características complementarias de las viviendas adecuadas como “asequibles, accesibles, eficientes, seguras, resilientes, bien conectadas y bien ubicadas, prestando especial atención al factor de proximidad y al fortalecimiento de la relación espacial con el resto del entramado urbano y las esferas funcionales cercanas. (ONU- Hábitat, 2017, p.14) y estipula que se promoverán políticas de viviendas basados en los principios de inclusión social, eficacia económica y la protección ambiental.

Más allá de la gran variedad de diseños relacionados con las condiciones que rodean un grupo, en los asentamientos vernáculos se distinguen dos modelos de configuración espacial, el primero, más cercano a la escuela moderna, considera a la vivienda como un componente más privado, cerrada y protegida; al marco total de la vida comunitaria que relega al resto de asentamiento a un mero tejido conjuntivo de naturaleza secundaria. En oposición, la tradición contempla el asentamiento completo como el marco de la vida en el que la vivienda se encuentra. Hoy en día es necesario establecer diálogos que contribuyan a la desmitificación de la forma de vida moderna y la comprensión de otras maneras variadas de habitar colectivas y comunitarias.

La construcción popular y vernácula constituye la mayor parte de lo edificado en el hábitat, goza de éxito y aceptación comercial a pesar de tratarse de viviendas anónimas. El resultado del menosprecio de modelos culturales tradicionales al aplicar conceptos occidentales a problemas en otros contextos, sin considerar un análisis intercultural en torno a la vivienda y la puesta en valor del modo de vida local, con sus necesidades particulares y los modos específicos de hacer las cosas es la ausencia de validez social y cultural entre los grupos en el lado recipiente de la intervención.

El éxito en el tiempo de los inmuebles vernáculos en su naturaleza no especializada es su capacidad para expresar “el juego de los aspectos constantes y mutables del hombre” (Rapoport, 1972: p.177), en estas cualidades yace su asequibilidad y accesibilidad, habitabilidad y sostenibilidad. La desmitificación de las intervenciones en el hábitat debe reconocer la noción de que la forma de vida puede ser dominio de la moda y que las actitudes en torno a la vivienda y el habitar así como los significados atribuidos a ambos, están moldeados culturalmente.

La Declaración de México sobre las Políticas Culturales publicada en 1982 define la cultura como “el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social.” (MONDIACULT, 1982). En este sentido, la cultura forma parte de una infinidad de ámbitos en los que tiene la capacidad de potencializar los alcances de estrategias y programas.

Debido a la pluralidad y diversidad de grupos en el territorio nacional se hace necesario establecer la diferencia entre interculturalidad, pluriculturalidad o multiculturalidad. Siendo las dos últimas conceptos básicos, pues simplemente reconoce la existencia y convivencia de varias culturas coexistiendo en el mismo espacio geográfico y social. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO por sus siglas en inglés) proporciona un enfoque integral y de Derechos Humanos en la definición de la interculturalidad, haciendo alusión a la construcción de relaciones equitativas entre personas, comunidades, países y culturas, con diálogos horizontales dirigidos a incorporar la riqueza de saberes y conocimientos de los miembros de distintas culturas.

El principal problema en torno a las construcciones del concepto de cultura es la indefinición, este concepto a menudo se asocia con un conjunto de manifestaciones artísticas e intelectuales que se atribuyen y distribuyen entre personas con interés en las bellas artes. Esta noción idealista y elitista domina la academia y el conocimiento popular, que lo ve como el resultado de un proceso de adquisición, cultivo y transmisión de un legado de conocimientos y erudición en manos de la elite educada.

Otras perspectivas, sin embargo, incluyen formas más diversas de conocer, aprehender y comunicar la realidad, incorporando expresiones e interacciones propias de los grupos sociales como tradiciones, costumbres, vestimentas, modos de vida, rituales y sistemas de valores. En el contexto globalizado contemporáneo, estas cualidades características y distintivas se han entretejido con naturalidad y fluidez a través del tiempo con diversos elementos modernos en un proceso de continua evolución y reconfiguración, en consecuencia, la noción de la cultura se amplía para abarcar el tejido de una construcción social que incluye cualquier acción o interacción que contribuya a la formación y afirmación identitaria del individuo y los grupos.

De esta manera, como todos aquellos constructos nacidos de la imaginación, el concepto de cultura se nutre de elementos intangibles presentes en el arte popular, los pasatiempos y aficiones, decisiones y el gusto individual, incorporando un abanico de significaciones personales que contribuyen al autoconocimiento y la autoafirmación del individuo respecto a su historia personal y colectiva.

En el ámbito de la arquitectura, estas expresiones identitarias y culturales quedan físicamente plasmadas en los ambientes edificados por los propios usuarios, los sistemas y procesos constructivos y la manera en que estos los usan, lejos de la tradición del diseño que caracteriza el quehacer profesional de la disciplina. El objeto de esta investigación, la vivienda vernácula, refleja de manera directa e inconsciente los valores culturales de quien la habita, sus necesidades satisfechas, deseos, sueños y aspiraciones, lo que da lugar a variaciones individuales que diferencian las formas y los significados asociados a estas de una forma poco estudiada y altamente compleja.

Los modelos de producción postindustriales rara vez ofrecen métodos culturalmente adecuados de construir, ignorando las formas en que los usuarios conciben su entorno y a sí mismos, por lo que la revaloración de los valores culturales inherentes a los sistemas y procesos constructivos tradicionales es esencial para dar paso a una forma de arquitectura vernácula contemporánea que coexista y se retroalimente constantemente de la arquitectura moderna y estilística a la vez que refleje y preserve la rica y compleja diversidad cultural humana.

Desde la arquitectura, la contribución a la misión de garantizar la preservación y promoción de la diversidad cultural y la consecución de la interculturalidad requiere un enfoque sistémico del tema de la vivienda rural implicando diversas perspectivas disciplinarias y enfoques históricos, sociales, culturales, antropológicos, económicos, etcétera.

El proceso para la adecuación cultural de la producción y la restauración de la tradición artesanal y gremial de la construcción en las comunidades rurales y entornos indígenas demanda la contemporización y dignificación de los sistemas y procedimientos tradicionales y vernáculos

mediante la implementación de lo que Enrique Ortiz Flores (2012) llama procesos organizados de producción de vivienda, en los que conviene impulsar acciones de fortalecimiento organizativo que pueden derivar en una mayor incidencia en el apoyo a grupos especiales y solidaridad, gestión y mejoramiento ambiental de espacios públicos, participación equitativa en la planeación, apoyo a iniciativas sociales, acciones de capacitación, de generación de ingreso y apoyo al consumo (fortalecimiento de la economía popular), salud y seguridad.

Estos procesos de construcción son sostenibles, abiertos y horizontales, capaces de manejar la complejidad del hábitat mediante acciones interactivas, intersectoriales e interdisciplinarias que constituyen la esencia de la Producción Social del Hábitat.

Por producción social del hábitat entendemos todos aquellos procesos generadores de espacios habitables, componentes urbanos y viviendas, que se realizan bajo el control de autoproductores y otros agentes sociales que operan sin fines lucrativos. Pueden tener su origen en las propias familias actuando individualmente, en grupos organizados informales, en empresas sociales como las cooperativas y asociaciones de vivienda, o en las ONG, los gremios profesionales e incluso las instituciones de beneficencia que atienden emergencias y grupos vulnerables. Las modalidades autogestionarias incluyen desde la autoproducción individual espontánea de la vivienda hasta la colectiva, que implica un alto nivel organizativo de los participantes y, en muchos casos, procesos complejos de producción y gestión de otros componentes del hábitat.” (Ortiz, E., 2002, p.73)

Se parte de la noción de que es el imperativo ético de la práctica profesional hoy en día buscar el desarrollo sostenible abriendo los procesos de diseño a la argumentación y la participación comprendiendo que más allá de los aspectos más evidentes de la producción de viviendas como los sistemas constructivos y el diseño arquitectónico, las distintas escalas del hábitat interactúan complejamente entre sí.

No puede pensarse en un arquitecto latinoamericano dedicado únicamente a una búsqueda formal, o como mero seguidor de las corrientes arquitectónicas de moda, pero mudo ante los acontecimientos que suceden a su alrededor, al menos en el campo de la ética arquitectónica”. (González, O. H., 2004, p. 122)

Aún más si se considera que cada uno de los niveles físicos –habitacional, barrial, urbano- se encuentran contenidos en un sistema productivo, económico, social, ambiental e histórico- cultural, construidos por y para los seres humanos.

Estas experiencias de mejoramiento del hábitat y satisfacción de necesidades espaciales a través de la colaboración y el empleo de los sistemas constructivos y procesos organizativos tradicionales establecen que la construcción colectiva se basa en una metodología dialéctica para la resolución de problemas, lo que permite comprender el contexto social, económico, cultural y físico donde se inserta un proceso de habitar y se reconoce la historia, el presente y el futuro de sus habitantes. Entre los diversos actores que directa o indirectamente se ven implicados con la solución arquitectónica se da una transferencia de conocimientos y apropiación tecnológica que, entendida como un proceso de generación, adaptación y trasmisión de colectiva de conocimientos pretende obtener resultados permanentes y evolutivos en el que la toma de decisiones

consensuadas permitan alcanzar una configuración física espacial apropiada y apropiable a sus necesidades, aspiraciones y valores, adecuada a los recursos y condicionantes específicos.

El mismo Ortiz Flores, en 2012, plantea que mediante procesos de producción social del hábitat, principalmente aquella que se apoya de procesos autogestionarios colectivos, por involucrar a los pobladores en la producción habitacional, se estimula un sistema más complejo que implica la:

“capacitación, participación responsable, organización y solidaridad activa de los pobladores, contribuye a fortalecer las prácticas comunitarias, el ejercicio directo de la democracia, la autoestima de los participantes y una convivencia social más vigorosa. Los proyectos derivados de estos procesos parten de las necesidades, posibilidades, capacidades y deseos de la población o grupo social atendido, y se trata de soluciones a la medida” (Ortiz, E. 2012, p.56)

Lo anterior incorpora aspectos sociales, culturales, económicos y ambientales generando espacios compartidos de control del proceso productivo.

Este incremento en la capacidad de gestión habitacional de los pobladores organizados contribuye a construir ciudadanía, abriendo espacios concretos a la soberanía popular, mejora la economía de los participantes tanto a nivel colectivo como familiar y favorece el desarrollo de la capacidad técnica y administrativa del pueblo. Ciertas condiciones deben reunirse, sin embargo, para la consecución de las metas colectivas:

“Los usuarios son los actores principales, los directamente implicados en el logro de su propia vivienda, de su propio hábitat digno. La primera condición para conseguir sus objetivos es unirse; integrarse en colectivos, asociaciones, cooperativas, organizaciones con capacidad de gestión, de opinión y decisión, que permitan su participación en el proceso de producción social del hábitat. La segunda condición es asumir, individual o colectivamente, su capacidad de autogestión y/o autoproducción, demostrada históricamente“. (Lorenzo, 2005, p.9).

La autoconstrucción con materiales tradicionales y lo vernáculo se asocian con el pasado, el subdesarrollo y la pobreza por lo que no se valoran, si bien es cierto también que estos inmuebles presentan innegables deficiencias espaciales esto se debe sobre todo debido a una concepción errónea de la naturaleza de los materiales o por desconocimiento del manejo óptimo las técnicas vernáculas.

Esta desvalorización de la arquitectura tradicional, entonces, implica la pérdida de valiosos conocimientos constructivos vernáculos y conlleva a la desarticulación de la tradición gremial y artesanal que se hereda de generación en generación en las zonas rurales y entornos indígenas, así “la recuperación de las técnicas tradicionales implica la revalorización del rol social de constructor como protector y transmisor de cultura.” (Guerrero, B., L., 2009, p.47) Aun cuando las formas de vivienda promovidas actualmente a nivel institucional presentan una solución inadecuada, insatisfactoria y costosa al usuario en el ámbito rural

Al respecto Juan Carlos Loyo señala que “la pérdida del empoderamiento constructivo no sólo tiene consecuencias en la desaparición de patrimonio inmaterial (las propias técnicas) sino que condena a los antiguos auto-constructores a la dependencia del mercado.” (Loyo, 2014,

p.54). Existen autores que defienden la vigencia de lo comunitario en este contexto de vulnerabilidad, fragmentación social, individualización y homogenización cultural “dentro de los desarrollos, límites y consecuencias de la modernidad capitalista mundializada, han venido cobrando fuerza relaciones, modos de existencia y sentidos de pertenencia que podríamos considerar comunitarios” (Torres, 2002, p. 2). El mismo Torres defiende que estos vínculos posibilitan la emergencia de vínculos sociales que permiten a los colectivos impugnar el modelo económico, social y cultural predominante.

Los conflictos y cambios culturales asociados con la globalización y la migración a las ciudades producto de la imposición de modos y estilos de consumo globalizados varían la apropiación y significación que los pobladores hacen de las comunidades que habitan, pues la homogenización de la respuesta habitacional implica la dilución de las identidades colectivas de los pueblos. Lo que acarrea “problemas psicológicos graves, pérdida de la identidad y la ciudadanía, pérdida de lazos de solidaridad y fuentes culturales, estado de desprotección e indefensión, incremento de la pobreza, pérdida de las fuentes de sustento, descomposición social en los jóvenes y discriminación por parte de la sociedad.” (Pérez, 2008, p.7)

La investigación de Bedoya y González destaca que el empoderamiento comunitario constituye una parte fundamental de la construcción de territorios saludables cuando los escenarios de planificación favorecen el proceso de empoderamientoconcepto mutidimensional y complejo que implica el desarrollo de capacidades de personas excluidas y de sus organizaciones, como poderes para hacer o dejar de hacer cosas.” (Bedoya, C. I., González, N. C., 2008, p.189.).

El actor comunitario toma de decisiones que le permiten identificar sus necesidades y satisfactores, haciendo gestión y control de los asuntos que impactan las condiciones necesarias para que estas se vuelvan realidad. "El empoderamiento (…) se da en la medida que las y los actores que en él participan, identifican sus necesidades y satisfactores, son capaces de exponer y develar, las propuestas e intereses acerca de su propio desarrollo” (Bedoya, C. I., González, N. C., 2008, p.191).

De esta forma el actor se involucra dentro su grupo para la solución de las problemáticas de su hábitat.

El empoderamiento es la puerta de acceso a un amplio abanico de posibilidades de implicación comunitaria, tales como la salud mental, intervención comunitaria, competencia social, participación social, apoyo social, redes sociales y justicia social. Por lo tanto requiere ver al sujeto como actor responsable de su propia conducta, como participante activo y como creador de ambientes que mejoren su calidad de vida y bienestar. (Buelga, 2007, p. 157).

El empoderamiento comunitario se considera uno de los elementos fundamentales y necesarios para el desarrollo y la transformación de las comunidades, para que el desarrollo local surja de manera generalmente espontanea permitiendo la identificación de problemas comunes que pueden ser resueltos por los mismos miembros de la comunidad.