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La administración del imperio

A la cabeza de la jerarquía administrativa se encontraba el inca Llamado Sapa Inca, hijo del sol gobernaba como soberano absoluto y era venerado cual dios. Debía contraer matrimonio con una hermana para mantener la pureza sanguínea en lso descendientes. Sus actividades estaban revestidas de gran ceremonial. Se le podía hablar únicamente a través de un paño que le cubría el rostro; comía sin acompañantes y los alimentos le eran servidos en platos de oro; nunca utilizaba dos veces la misma vestimenta, lo que explica la gran cantidad de tejedoras que estaban a su servicio. Viajaba sobre una litera cargada por sirvientes, quienes, además, barrían el camino que debía pisar.

UN SOBERANO A QUIEN NO SE PODÍA

MORIR A LOS OJOS Y era usanza y ley inviolable entre estos señores del Cuzco por grandeza y por la estimación de la

dignidad real, questando él en su palacio o caminando con gente de guerra o sin ella, que ninguno, aunque fuese de los más grande y poderoso señores de todo su reyno, no había de entrar a le hablar ni estar delante de su presencia sin que primero, tirándose los zapatos, que ellos llaman exotas, se pusiese en sus hombres una carga para entrar con ella a la presencia del señor, en lo cual no se tenía cuenta que fuese grande ni pequeña, porque no era por más de que supiesen el reconocimiento que habían de tener a los señores suyos; y entrando dentro, vueltas las espaldas al rostro del señor, habiendo primero hecho reverencia, quellos llaman micha, dice a lo que viene o oye lo que les mandado. Lo cual pasado, si quedaba en la Corte por algunos días y era persona de cuenta, no entraba más con la carga; porque siempre estaban los que venían de las provincias en la presencia del señor en convites y en otras cosas que por ellos eran hechas. Pedro de Cieza de León: El señorío de los incas.

Insignia real era la mascapaicha, tocado de varios flecos, sujeto por un cordón multicolor de varias vueltas, el llauto. En el centro tenía una borla roja, enmarcada en oro, que sostenía vistosas plumas de una rara ave. En el gobierno del imperio el inca estaba asistido por un consejo integrado por los suyuyuc apu, gobernantes de las provincias, quienes eran responsables del escalafón de administradores que tenían a su cargo las diversas agrupaciones familiares. El estado ejercía un doble control sobre burócratas. Cada uno respondía ante el superior inmediato hasta llegar al susutuc apu que informaba al inca. Funcionarios especiales, los tucuyruc, “el que todo ve”, recorrían, además, el imperio observando la conducta de sus administradores. El censo demográfico, tan necesario para establecer los servicios de la mita, era llevado conjuntamente con el registro de las cantidades elementales almacenadas en las bodegas, por el quipucamayoc. Mantenían los sistemas contables en quipus, conjunto de cuerdas de diversos colores, anudadas cada cierto trecho, que pendían de un cordón central. Los nudos representaban unidades, decenas, centenas y millares. El quipu parece haber servido, también, para recordar ciertos acontecimientos, ya que algunos cronistas aseguran que se utilizaban como “ayuda de memoria”. Si ellos es cierto sólo podían ser leídos por quienes habían hecho los nudos.

El panteón incaico: El sol y las deidades de los pueblos vencidos. Initi, el sol, padre de los incas, era la principal deidad del imperio, imponiendo su culto en todas las poblaciones conquistadas. Se representaba como un disco, hecho en oro, que tenía rostro humano y rayos orientados hacia los cautro suyus. Las ceremonias en su honor se realizaban en monumentales templos, siendo el Coricancha del Cuzco, el más impresionante. Como influencia de civilizaciones anteriores los incas rendían homenaje a un dios invisible, eterno y todopoderoso, creador del hombre y de todas las cosas existentes sobre la superficie de la tierra. Se le llamaba Viracocha, y su historia fue relatada a través

LOS TEMPLOS DEL SOL Tenían este sol en unas casas muy grandes, todas de cantería, muy labradas, y ansimismo la cerca de cantería muy alta y muy bien obrada: en la delantera della tenían una cinta de planchas de oro, de más de un palmo de anchor, encaxadas en las piedras; en lo alto de todo esto estaba en toda la delantera de la cerca, donde tenían la puerta, que no hera más de una. En un patio pequeño que estaba dentro, estava una peña que ya tengo dicha, a manera de escaño, con el encaxe de oro que he dicho que la cubría, que llevaron a Caxamarca. Aquí asentaban el sol, quando no salía a la placa de día, y de noche lo metían en un aposento pequeño que tenían muy labrado, y asimismo por lo alto chapeado de oro alrededor. Aquí vivían muchas mujeres, que dezían ellas que eran mujeres del sol, y finxían guardavan virginidad y ser castas, y mentían, porque tambien se embolvían con los criados y guardadores del sol, que eran muchos. Pedro Pizarro: Relación del descubrimiento y conquista de los reinos del Perú

De diversas leyendas, sosteniéndose que, en Tiahuanaco, modeló en piedra a los primeros

hombres y mujeres; luego dio vida al sol y a los astros. Concluida dicha tarea se dirigió al Cuzco. En el camino algunos hombres se le rebelaron. Viracocha, indignado, hizo llover fuego para destruir todo. Cundió el pavor y los culpables, arrepentidos, imploraron misericordia. Apiadándose de ello, la deidad ordenó cesar la lluvia de fuego; seguido por sus criaturas, reemprendió la marcha hacia el Cuzco donde estableció un gobierno. Allí enseño las artes, las ciencias y los principios de la agricultura que civilizaron a los hombres. Posteriormente se dirigió a la costa. Apoyado en su báculo camino sobre las aguas del océano pacífico, perdiéndose en el horizonte. Se le presentaba como un anciano barbado y, posiblemente, los incas lo confundieron, al igual que en México, con los españoles. El culto a Viracocha era practicado sólo por la nobleza.

De la costa los incas adoptaron, probablemente, la veneración a la diosa de la luna, mamaquilla, convirtiéndola en esposa del sol.

No era muy popular en el Cuzco.

Illapa, dios del rayo y de la lluvia; pacha mama, diosa de la tierra, y mama cocha, diosa del agua, eran las otras deidades adoradas en todo el imperio. Cada localidad, además, conservó la

Devoción a sus dioses ancestrales, cuyas imágenes también se exhibían en el templo princiál del Cuzco. Los incas concebían al mundo dividido en tres partes: el de arriba o Hananpacha, donde moraban los dioses y espíritus de los nobles; la superficie de la tierra o Caypacha, donde vivían hombres, animales y plantas, y el Ucupacha o mundo subterráneo habitado por los espíritus de los hombres comunes. Éstos tenían la misión de proteger a sus respectivas familias y se agrupaban constituyendo una huaca, lugar sagrado que, normalmente, se ubicaba en lo alto de un cerro. Allí acudían sus descendientes a invocarlos y depositarles ofrendas. Creían en la existencia de espíritus locales, auxiliares de quienes recorrían los caminos imperiales. A ellos invocaban, depositándoles piedras que, con el tiempo, conformaban enormes rumas llamadas apachitas. Acostumbraban consultar oráculos localizados en antiguos santuarios. Los más importantes eran el de pachacamac y Chavín, donde sacerdotes ocultos en galerías subterráneas constestaban preguntas efectuadas ante ídolos de madera. Oración y ayunos eran los sacrificios mpas habituales. Tambipen depositaban ofrendas consistentes en llamas, tedijos, coca, cicha, cerámica, conchas, etc. Los animales se sacrificaban, las conchas se molían y los otros elementos se quemaban para que fuesen más digeribles por los dioses. Sólo en especialísimas ocasiones practicaba sacrificios humanos: cuando fallecía un soberano, cuando ocurrían cataclismos o cuando los afectaban epidemias y plagas. Solían, entonces, enterrar vivos a niños, previamente emborrachados, sobre santuarios ubicados en altos cerros. Otras veces daban muerte a las víctimas expiatorias con afilados cuchillos,