Pese a que el movimiento formal de la comunidad internacional hacia una agenda común en desarrollo sostenible comenzó en junio de 1972 con la realización de la Conferencia de las Naciones Unidas en el Medio Humano en Estocolmo (Suecia) [18], el hito que marcó el comienzo del camino hacia el desarrollo sostenible fue la adopción de la Agenda 21 durante la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (Brasil) en junio de 1992, donde 178 países adoptaron un plan de acción integral para construir una coalición global con el fin de mejorar las vidas de los seres humanos y proteger el medio ambiente [19]. En septiembre del año 2000, durante la Cumbre del Milenio en Nueva York (Estados Unidos), los Estados Miembros de las Naciones Unidas adoptaron de manera unánime la Declaración del Milenio que dio lugar a la elaboración de los MDGs que buscaban reducir la pobreza extrema para el año 2015 [20]. La Declaración de Johannesburgo sobre Desarrollo Sostenible junto con su Plan de Implementación fueron adoptados durante la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible en Sudáfrica en 2002, donde se reafirmaron los compromisos de la comunidad mundial para la erradicación de la pobreza y la protección del medio ambiente [21].
En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible llevada a cabo en Río de Janeiro (Brasil) en junio de 2012 (Río+20), los Estados Miembros adoptaron el documento "El futuro que queremos" en el que decidieron iniciar un proceso para desarrollar un conjunto de objetivos globales que construyeran sobre los MDGs y establecer el Foro Político de Alto Nivel de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (United Nations High-level Political Forum on Sustainable Development, HLPF) [22]. El resultado de Río+20 también contenía otras medidas para implementar un desarrollo que fuera sostenible, incluidos los mandatos para futuros programas de trabajo en financiamiento para el desarrollo. En el año 2013, la Asamblea General de Naciones Unidas estableció un Grupo Abierto de Trabajo responsable de desarrollar una propuesta para la agenda de desarrollo post-2015 y dos años más tarde comenzó el proceso de negociación que culminó con la posterior adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la Cumbre de Desarrollo Sostenible llevada a cabo en Nueva York (Estados Unidos) en septiembre de 2015. Con la adopción de la resolución 70/1 “Transformando nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible” [1], los 193 Estados Miembros de las Naciones Unidas acordaron 17 objetivos globales para el desarrollo sostenible que representan un llamado global a tomar acciones para terminar con la pobreza, proteger el planeta y asegurar que todas las personas disfruten de paz y prosperidad para el año 2030. Estos objetivos se conocen como los SDGs y definen una agenda global de desarrollo que plantea un conjunto ambicioso de objetivos que deben mantener el balance entre los tres pilares fundamentales del desarrollo sostenible: inclusión social, desarrollo económico y protección del medio ambiente [23]. Los SDGs fueron construidos sobre los resultados de los MDGs y entre sus diferencias incluyen nuevas áreas no consideradas con anterioridad tales como cambio climático, desigualdades económicas, innovación, consumo sostenible, paz y justicia [24] y están destinados, en contraposición con los MDGs, a todos los países. Pese a que los MDGs han sido considerados el movimiento antipobreza más exitoso de la historia, también han sido criticados en varios aspectos como la falta de cooperación global, no haber considerado la situación real de cada país y región al momento
de su formulación y que estaban presentadas más en el formato de una agenda en vez de una estrategia de desarrollo [25]. Sacando provecho de las lecciones aprendidas, tanto las fortalezas como las limitaciones de los MDGs fueron consideradas e intentan ser resueltas por los SDGs.
En su esencia, la Agenda 2030 está guiada por un conjunto de principios de participación e inclusión y su éxito depende en gran medida del establecimiento de alianzas estratégicas para el logro de los objetivos. El principio de universalidad compromete a todos los países, independientemente de sus niveles de ingresos y estado de desarrollo, a contribuir a un esfuerzo integral hacia el desarrollo sostenible. El principio de que nadie sea dejado afuera busca beneficiar a todas las personas y se compromete a llegar a todas las personas necesitadas y desfavorecidas, dondequiera que estén y de una manera que se enfoque en sus desafíos y vulnerabilidades específicas. Los principios de interconexión e indivisibilidad se basan en que todas las entidades responsables de la implementación de los SDGs deben tratar al conjunto de objetivos en su totalidad en lugar de tratar sólo algunos de ellos como si se tratara de una lista de objetivos individuales entre los que se puede seleccionar. El principio de inclusión exige la participación de todos los segmentos de la sociedad, independientemente de su raza, género, origen étnico e identidad, para contribuir a su implementación. Por último, el principio de asociaciones múltiples requiere el establecimiento de asociaciones entre todas las partes interesadas para movilizar y compartir conocimientos, experiencia, tecnología y recursos financieros para apoyar el logro de los SDGs en todos los países [26].
La Agenda 2030 se centra en cinco dimensiones que son conocidas como las 5P por sus nombres en inglés: personas, planeta, prosperidad, paz, y asociaciones (partnerships). Tradicionalmente, el concepto de desarrollo sostenible buscaba lograr el equilibrio entre tres pilares críticos como la inclusión social, el crecimiento económico y la protección del medio ambiente. Con la adopción de la Agenda 2030, se suman dos nuevos componentes: las asociaciones y la paz. El desarrollo sostenible genuino se encuentra en el centro de estas cinco dimensiones que deben informar las decisiones para las políticas de desarrollo. Esto significa que para que una intervención de desarrollo sea sostenible debe tener en cuenta las consecuencias sociales, económicas y ambientales que genera, y debe balancear las competencias entre ellas, además de garantizar que se lleven a cabo considerando las asociaciones correspondientes y los medios adecuados de implementación. De esta manera, la Agenda 2030 y los SDGs en conjunto representan un enfoque holístico para comprender y abordar los problemas de una forma más adecuada [26].
Desde la adopción de la Agenda 2030, el HLPF actúa como la plataforma central de las Naciones Unidas para el seguimiento y la revisión de la agenda global de desarrollo [27].
2.2.1 Seguimiento y Revisión
Un aspecto importante de la Agenda 2030 es poder controlar el progreso en el cumplimiento de las metas. Los 17 objetivos que buscan lograr 169 metas son controlados y evaluados a través de 232 indicadores y los gobiernos son los principales responsables del seguimiento y la revisión del progreso logrado en su implementación [1]. El control de los indicadores de los SDGs va a demandar grandes esfuerzos para que se produzcan datos confiables y de calidad, manteniendo la premisa de que nadie sea dejado afuera [2]. Sin embargo, los SDGs representan un gran desafío a la capacidad de muchos países para medir el progreso para alcanzar sus metas y por lo tanto la capacidad de los stakeholders del ecosistema debe ser potenciada para que puedan utilizar y sacar provecho de dichos datos [28]. Por este motivo, resulta indispensable asegurar que todos los países cuenten con un sistema nacional de estadísticas capaz de producir e informar datos estadísticos de buena calidad que cumplan con los estándares y expectativas globales [2]. Disponer de datos de buena calidad y tecnologías capaces de procesarlos son factores críticos para poder transformar los SDGs en herramientas útiles para la toma de decisiones y la solución de los problemas. Sin datos actualizados y confiables, el diseño y la implementación de políticas adecuadas resulta muy difícil. Por estas razones, los datos juegan un rol fundamental en el sistema de control de los SDGs y resulta crítico poder disponer de datos de buena calidad que se puedan transformar en información que represente el progreso y que sirvan para poder decidir sobre la distribución de recursos, informar en la definición de políticas, y evaluar el impacto de los esfuerzos realizados para alcanzar la agenda de 2030.