2. CALI EN TIEMPOS DE SUS IMÁGENES
2.1. CALI Y SU PROCESO DE MODERNIZACIÓN
2.1.3. DE AGITACIONES Y VIOLENCIAS
Pero además de la presión social dada por sectores populares sobre la tierra y la vivienda, Cali fue conmovida, en el periodo aquí contemplado, por otra serie de
84
Autor institucional. Cali en cifras 1995. Cali: Departamento Administrativo de Planeación Municipal. 1995. p. 3
85
VASQUEZ BENÍTEZ, Edgar. Historia de Cali en el siglo 20. Op. cit. p. 310
86
35
problemas que derivaron, en algunas ocasiones, en movilizaciones colectivas y, tanto más, en hechos extremos de violencia.
En relación con manifestaciones colectivas generadoras de expresiones violentas, como la generalidad de las principales ciudades del país, Cali fue escenario de diversas movilizaciones motivadas por distintas causas a lo largo del lapso referido. Huelgas, movilizaciones masivas y violencia callejera que comprometieron a obreros, estudiantes, maestros, vendedores informales, invasores, y que derivaron en acciones violentas como quema de buses, desalojos, arrasamiento de viviendas provisionales, decomiso de mercancías, contusiones, heridos y muertos, se presentaron en Cali en este tiempo. Sin embargo, no de la misma manera ni con la misma intensidad.
La década de los años setenta llegó a ser calificada como el tiempo de “la crítica de la ciudad”, en tanto se trató de un lapso caracterizado por manifestaciones urbanas, estudiantiles y de rebeldía ciudadana87. Tal vez uno de los hechos más destacados en el registro de las movilizaciones en Cali lo constituye el movimiento estudiantil que irrumpió a principios de dicha década promovido por estudiantes de la Universidad del Valle, y al cual adhirieron tantos más de la Universidad Santiago de Cali, así como de varios colegios oficiales de la ciudad. En lo fundamental las reclamaciones giraban en torno a reformas universitarias, en especial en lo referente a la erradicación de la influencia de organismos extranjeros en la orientación académica e investigativa, al igual que en la adopción de mecanismos que permitiesen la democratización del manejo de la institución educativa. El momento de mayor intensidad se presentó a finales de febrero de 1971 cuando, luego de una jornada de marchas hacia el centro de la ciudad, un destacamento militar ingresó a las instalaciones de la universidad disparando tras lo cual siete estudiantes murieron, víctimas de las balas. Esta situación concitó una conmoción nacional como quiera que las revueltas se extendieron a todo el país, ante lo cual el gobierno debió acudir a la figura del estado de sitio para
87
36
mantener el orden público que finalmente se sostuvo, posibilitando la realización de los Juegos Panamericanos a mediados de ese año88.
Sin duda se trata de un hecho significativo por cuanto pone de presente la capacidad de crítica y respuesta de un sector de la población caleña en momentos en que, tal como se referirá en el próximo capítulo, sectores establecidos de la sociedad propendían por recabar el civismo y el “espíritu altruista” del deporte como dispositivos de control para mantener el orden social vigente. Es decir, a pesar de una pretendida cohesión social y de un tiempo que comparado con los venideros resultó ser, para el periodo aquí tratado, el más pacífico (atendiendo, por lo menos, a los bajos niveles de homicidios), en Cali se incubaba un sector crítico e inconforme capaz de llegar a medidas de fuerza y desestabilizar el orden público.
Sin embargo, cabe destacar cómo los eventos de agitaciones sociales fueron paulatinamente disminuyendo en el contexto caleño. Al menos eso fue lo que encontraron Alvaro Camacho y Alvaro Guzmán quienes en una investigación sobre la violencia en Cali durante los años ochenta, advirtieron cómo “en lo que va corrido de la década actual la violencia colectiva así suscitada se ha reducido notablemente “89, haciendo referencia a la generada por las contiendas entre destechados y la fuerza pública a raíz del conflicto por la tierra y la vivienda urbana; pero igual, “también han sido frecuentes las cortas y ocasionales expresiones violentas generadas por las alzas de transportes o las exigencias económicas de sectores asalariados, aunque también, a decir verdad, en los últimos años las confrontaciones han sido reducidas sensiblemente”90. Como lo fueron también los enfrentamientos que a mediados de dicha década se presentaron entre la policía y los vendedores informales del centro de la ciudad.
88
VASQUEZ BENÍTEZ, Edgar. Op. cit. p. 282
89
CAMACHO, Alvaro y GUZMÁN, Alvaro. Colombia, ciudad y violencia. Bogotá: Foro Nacional, 1990. p. 96.
90
37
Tal vez se empezaba a extender y a generalizar el miedo urbano91; tal vez la segmentación de la ciudad que experimentaba cambios hacia un marcado individualismo se insuflaba en el carácter mismo de los habitantes en detrimento de la solidaridad. Pero tal vez las manifestaciones de descontento e inconformidad que años atrás habían agitado la ciudad y que habían derivado en disturbios y en enfrentamientos con la fuerza pública encontraron en la radicalización de la solución a los diversos problemas sociales, la última salida: a través del brazo armado insurgente, uno de los escenarios de la violencia que dichos autores señalan y que contribuyó a incrementar los niveles de homicidios y lesiones personales, característica que predominó en los ochenta en esta ciudad y, en general, el periodo aquí contemplado.
Al respecto, Cali registró en los años setenta los niveles más bajos de homicidios en comparación con los que en adelante habría de presentar. Una de las conclusiones de un programa promovido en el primer lustro de los noventa por la Cámara de Comercio de Cali da cuenta de ello: “el homicidio ha venido creciendo rápidamente ubicándose entre las primeras causas de mortalidad general: en 1979 se registraron 279 homicidios, sin aparecer entre las primeras causas de muerte. En 1988 la cifra se eleva a 707 que representó el 9,3% del total de muertes, constituyéndose como la segunda causa, para pasar en 1990 a 1.053 homicidios, equivalente al 12,3% de las muertes, y constituirse en la primera causa de mortalidad general”92; esto es que, en menos de 15 años, Cali se tornó en una ciudad extremadamente insegura y violenta con preocupantes señales de desvalorización de la vida entre su población, especialmente entre las cohortes más jóvenes; por ejemplo la investigación sobre la violencia en Cali, en los años ochenta, reveló cómo el 86% de las muertes y lesiones personales en esta ciudad recayó en el grupo de edad de la población comprendido entre los 15 y los 44 años: “la violencia de la década tiende en consecuencia a recae de manera
91
Hipótesis planteada por estos autores a raíz del panorama general de la violencia que entonces ofrecía la ciudad. Ibid. p. 96
92
Autor institucional. Programa ciudadano Cali que queremos, síntesis. Cali: Cámara de Comercio. 1992. p. 44
38
creciente sobre personas jóvenes y, si se nos permite decirlo así, en una primera fase de adultez”93.
La investigación de Camacho y Guzmán alcanza a señalar cómo la tasa de homicidios por cada diez mil habitantes en Cali a mediados de los setenta fue de 43, mientras que la misma a mediados de los ochenta fue de 5194. Tal incremento se ve reflejado en varios escenarios a partir de los campos político, económico y social de la ciudad, de los cuales los autores referidos se valen para adelantar su estudio sobre la violencia en Cali.
El primero, expresado en confrontaciones por el poder político cuyo principal evento se relacionó con la presencia activa del grupo guerrillero M-19 en varias zonas deprimidas de la ciudad, especialmente en el sector de Siloé, en las faldas de la cordillera occidental: escaramuzas, atentados, enfrentamientos armados con el Ejército y la Policía, asesinato de sospechosos, fueron algunos de los hechos que sacudieron a esta ciudad, en especial, a mediados de esta década95, cuando con mayor rigor se profesaba el “civismo” a través de campañas diversas, tal como se tratará en el capítulo respectivo. A este movimiento insurgente se lo combatió con la toma armada de dicha loma caleña y con brigadas cívicas: “el proceso tuvo dos caras: de una parte, la intensificación de prácticas de orden filantrópico y de redención social desplegadas en barrios pobres de la ciudad por las múltiples fundaciones y organizaciones de voluntariado existentes en la ciudad. De otra, el desplazamiento de la violencia hacia la acción de limpiezas de sujetos susceptibles de ser considerados peligros para el orden social”96.
La violencia en el campo económico se expresó a través de la lucha por la propiedad, bien por su defensa, bien por su conquista, y ello, especialmente reflejado en el robo perpetrado individualmente, pero, en especial, por parte de
93
CAMACHO, Alvaro y GUZMÁN, Alvaro Op. cit p. 200
94
Ibid. p.52
95
“1985 se puede caracterizar por el predominio relativo de la violencia guerrillera y 1986 como de reacción de las Fuerzas Militares”. Ibid. pp. 131-132
96
39
bandas de delincuentes, algunas de ellas con alguna organización. La estela de víctimas (si bien, más heridos que muertos) encontradas en este campo superó la sumatoria de los casos violentos registrados en los dos restantes, social y político97, lo que podría traducirse en pobreza, en inequidad en la distribución de los recursos, en desprotección ciudadana.
Por último, la violencia dejada desde el campo social, a partir de la intolerancia y de formas antisociales por fuera de la propiedad o del poder, expresados a través de escenarios como la riña, el abuso en el consumo de alcohol, el ajuste de cuentas, “la limpieza”, conductas psicópatas, y de índole familiar y sexual. De los mismos cabe destacar el mayor número de casos encontrados por “limpieza social” que caracterizaron 198698, justo el año tomado aquí como referencia, según se verá en el capítulo respectivo, cuando se celebró el trisesquicentenario de la fundación de Cali, evento que estuvo rodeado de diversas realizaciones, como jornadas de limpieza y aseo, obras de enlucimiento, pavimentación de vías, etc., contenidas en diversas campañas que enarbolaban el “civismo” como patrón de conducta entre los habitantes de Cali. Es decir, obró alrededor de la limpieza un doble paroxismo y una paradoja a mediados de los años ochenta: de un lado, el físico, cosmético y ciertamente filantrópico y festivo que procuraba el orden urbano y social; del otro, el desborde demencial de la violencia organizada que retomó los lemas de campañas de aseo urbano para extinguir a los más marginados de la sociedad: prostitutas, basuriegos, ladrones, pordioseros, drogadictos y demás “habitantes de la calle” entraron a ser calificados de “desechables” y ser perseguidos por los denominados “escuadrones de la muerte” encargados de esta otra “limpieza”.
Un informe del Banco Mundial señala cómo durante la segunda mitad de la década de los ochenta, luego de la desintegración de la guerrilla urbana en Cali, cobraron fuerza otros factores de violencia: penetración local de delitos
97
Ibid. p. 100
98
40
relacionados con el narcotráfico; niveles altos de formas de violencia más desorganizadas; campañas de limpieza social por parte de la fuerza pública y actores privados99. Así llega la ciudad a los noventa, cuya primera parte se caracteriza por un elevado número de homicidios y, en particular, “por ejecuciones de estilo mafia, lo cual debe entenderse dentro del contexto de una ofensiva de la fuerza pública contra el cartel local de la droga y las guerras por el control del territorio entre las organizaciones delictivas…”100. Éstos, entre otros aspectos que igualmente sirvieron de referente para dar cuenta de la visibilidad de la actividad del narcotráfico en Cali y que propiciaron la formación de una representación social de la ciudad.