Cuando echamos una mirada a la espiritualidad aparentemente exótica, volvemos la vista
atrás para preguntarnos quién veía o sa- bía de estas cosas en nuestra procedencia religiosa. ¿Quién en mi propia tradición intuía o sabía algo de la fuerza y la habilidad del agua?
El pastor Kneipp, el médico del agua, que curó su propia tuberculosis sólo con agua, esta- ba convencido de que eran los estímulos, el agua fría y los chorros, los que curaban a las personas enfer- mas. O, ¿había algo más en la fuerza del agua que le inspiraba confianza? Igual que millones de perso- nas antes y después que ellos, mis padres han ido a Bad Worishofen y han entrado emocionados en las movidas aguas. Los enfermos allí no an- dan en un agua muerta. ¿Lo sabía el pastor? Al mismo tiempo también recetaba curas de bebi- da. Ahora podría decir la frase estándar de mu- chos buenos médicos: "Usted no está enfermo. Usted sólo está sediento. Su cuerpo reclama agua viva". (F. Batmanghelidgji, Agua, la solución
saludable)
¿Qué dicen los religiosos que cuidan y comercializan la fuente de Lourdes y otros manantiales milagrosos? ¿Por qué hay tantas apariciones marianas junto a los manantiales? ¿Cuál es la fuerza que se traspasa a las personas y que éstas perciben como dadora de vida? ¿Por qué insisten tantos padres en que, como párroco de la región, bautice a sus hijos con agua de manan- tial? Detrás de esto, ¿se esconde algo más
que nostalgia y romanticismo? Un actor muy conocido en Ale- mania, enfermo de esclerosis múl- tiple, se hace traer agua de Lour- des hasta Berlín, al igual que muchos otros enfermos. ¿Por qué lo hacen, si ya sabemos que aparentemente no se ha encontrado nada físico o químico en el agua que le otorgue unas propiedades diferentes? ¿Cuál es el secreto de los san- tos, como Joacchimo de Fiore, que du-
rante años vivieron sólo del agua? ¿Qué saben los religiosos musul- manes de la fuerza de los rituales de purificación antes de las oraciones? Aunque no hayan profundizado más que en el hecho de transmi- tir a sus fieles la sacralidad del agua, como reliquia más antigua que re- presenta, por lo menos es más que lo que hemos conseguido en este senti- do los cristianos. Pisamos el suelo sa-
Ya en la antigüedad, el agua jugaba un papel esencial en todas las religiones.
grado con los zapatos sucios y sin lavarnos. No hay ras- tro de un sentido por lo misterioso, de un sentido por lo oculto y por lo sagrado.
¿Qué intuía o sabía Juan Bautista, cuando instaba a la gente a meterse en el río Jordán para restaurar la vida? ¿Por qué en los salmos se nombra al Eterno, al Com- pasivo, al Creador del Mundo, una y otra vez, como la Fuente de la Vida? ¿Realmente es sólo una imagen, una metáfora? Las palabras aliento o hálito no son sólo una metáfora, incluso aliento se ha convertido en un nom- bre de Dios.
¿Qué sabía del agua Jesús de Nazaret, que veía el or- den de la vida, y a través de él, como ningún otro? Para San Juan al menos no se trataba sólo de un ritual de limpieza, cuando uno se metía en el río para renovar la vida. Para él, el agua era más bien el agua amniótica de
la vida. Eso es lo que enseñaba. Del agua venimos y a través del agua hemos de pasar. La vida consiste en na- cer y renacer una y otra vez, en muerte y resurrección, y el agua es el elemento del nacimiento.
¿Qué significado tiene el hecho de que el agua en los
baños de Bethesda en Jerusalén sólo curaba todas las en- fermedades cuando era movida por fuerzas celestiales y tenía vida? Así mismo, Jesús pronunció sus mejores ser- mones junto al agua del lago Genezaret. ¿Qué es lo que buscaba en el agua una y otra vez? Yo no lo sé. En algún momento y en algún lugar tendré que preguntárselo.
Mientras tanto, en los momentos de necesidad e in- quietud, bajo hasta mi lago. Está a un kilómetro de mi casa y allí, de pie, escucho el vaivén de las olas en la ori- lla, esperando a que se me aparezca claramente ante los ojos otra orilla muy distinta, que me dejó una experien-
cia mística hace ahora casi medio siglo. Fue un instante de bienaventurada unidad con todo lo que vive.
En aquel entonces tenía once años y pasé todo un largo verano escandinavo en Finlandia junto a un lago. Cada no- che iba hasta la orilla. A las diez o las once de la noche, el sol aún bañaba la playa con sus últimos rayos. En Alema- nia, ya hubiera estado en la cama, durmiendo. Pero aquí, a cientos de kilómetros, sin nadie que hablara en alemán, es- taba solo. Entonces llegaba el lago y me acogía cada noche en su ritmo, en sus vibraciones y en su atmósfera, y todo era uno. Un anochecer junto al lago. Todo está bien.
Casi cuarenta años más tarde, leo en un diccionario etimológico que lago (See) y alma (Seelé) en alemán tie- nen la misma raíz filológica. Por ello, el agua toca las profundidades más insondables en mi interior, en mi persona. Tendremos que cuidarnos mutuamente.