LIBROS, VIDA ESPIRITUAL Y REFORMA RELIGIOSA
No representa misterio la importancia y el poderío que tenía el clero dentro del entramado social en la España del Antiguo Régimen. En este aspecto, el progresivo crecimiento de este sector es uno de los elementos más importantes y característicos del clero en el período moderno226. La vida de cualquier persona
estaba tutelada desde el nacimiento hasta la muerte por la actividad de la Iglesia. Luego del impulso renovador y del rearme doctrinal provocado por Trento, las vocaciones dentro de la espiritualidad hispana crecieron exponencialmente. De este modo, desde la segunda mitad del siglo XVI asistimos especialmente a una multiplicación de fundaciones conventuales de órdenes religiosas, especialmente de mendicantes, alentadas tanto por motivos espirituales como temporales227.
A pesar que el clero regular siempre fue mayoritario respecto al secular, durante el siglo XVIII según los datos demográficos entregados por las autoridades ilustradas, se asistió a una recuperación de este último segmento en desmedro de los regulares. Tras experimentar una fuerte alza en el siglo XVII, durante el siglo XVIII
226 Sobre el crecimiento demográfico del clero puede consultarse el artículo de Felipe Ruiz Martin (1972- 1987), “Demografía eclesiástica hasta el siglo XIX”, en Quintín Aldea Vaquero, Diccionario de Historia Eclesiástica de España, Madrid: Instituto Enrique Pérez Flores, tomo II, pp. 682-733. En opinión de Antonio Domínguez Ortiz este extenso artículo se trabaja sobre el documento original del censo de 1591 ubicado en el Archivo General de Simancas que es mucho más completo y, en consecuencia, evita los errores de la mayoría de los estudios que trabajaron sobre la base del mismo censo, pero publicado en 1829 por Tomás González. Antonio Domínguez Ortiz (1979), “Aspectos sociales de la vida eclesiástica en los siglos XVII y XVIII”, en Ricardo García-Villoslada, Javier Fernández Conde e Isidro Bango Torviso (dirs.), Historia de la Iglesia en España, op. cit., p. 17.
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los regulares experimentaron cierto estancamiento en sus vocaciones. Además, la recuperación de los seculares se dio especialmente por el impulso que la política ilustrada de los Borbones supuso a este sector del clero español y su consecuente introducción en la administración monárquica228.
SECULARES RELIGIOSOS MONJAS TOTAL
1591 40.599 25.445 25.041 91.085 1768 66.687 55.453 27.665 149.805 1787 70.850 52.300 25.813 148.963 1797 70.840 53.098 24.471 148.409
CUADRO 1. Estadísticas sobre la evolución demográfica del clero español en la época moderna. FUENTE: Arturo Morgado, Ser clérigo en la España del Antiguo Régimen, p. 30.
Según los datos aportados por el estudio dirigido por Enrique Martínez Ruiz (2004), por ejemplo, en el reino de Aragón el siglo XVIII sólo vio aparecer 16 nuevas fundaciones de regulares frente a las 155 que se produjeron en el siglo XVI y XVII. La expulsión de los jesuitas representó una gran merma para el sector regular, ya que en gran parte sus bienes y parroquias pasaron a ser administradas por seculares. Otro ejemplo que explica la reducción de regulares fue la supresión de la orden de San Antonio Abad por la erradicación de la lepra. Si bien los regulares crecieron en proporción a la sociedad e (incluso más) desde 1760 en adelante se produce una regresión donde la población de las órdenes religiosas baja alrededor de un 25% entre 1768 y 1797229.
228 Sobre la relación de las órdenes religiosas y la política ilustrada puede verse el estudio de Antonio Luis Cortés Peña (1989), La política religiosa de Carlos III y las órdenes mendicantes, Granada: Servicio de Publicaciones Universidad de Granada.
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EVOLUCION DEMOGRÁFICADEL CLERO REGULAREN EL SIGLO XVIII
FUENTE CLERO MASCULINO CLERO FEMENINO TOTAL Memorial de Loynaz 65.070 33.347 98.417 Censo de Ensenada 45.450 21.393 66.843 Censo de Aranda 55.453 27.665 83.118 Censo de Floridablanca 48.065 25.365 73.430 Censo de Godoy 49.365 24.007 73.372
CUADRO 2. Evolución demográfica del clero español en el siglo XVIII. FUENTE: Enrique Martínez Ruiz (dir.). El peso de la Iglesia, p. 217.
Con todo, a fines del siglo XVIII la proporción de los regulares respecto a los seculares desciende por debajo del 50% en la mayoría de las regiones en España. El descenso de regulares más notable podemos observarlo especialmente en el período comprendido entre 1752 y 1787. Como se observa en el citado estudio respecto de las causas que explican dicha dinámica demógrafo-religiosa: “(…) las causas hay que buscarlas tanto en el cambio de mentalidad que se está produciendo en la sociedad, tendente de manera muy lenta hacia la secularización, como en la agresiva política regalista contra los regulares”230.
Nos hemos detenido someramente en el peso cuantitativo del clero para comprender la magnitud de dos variables que no podemos dejar fuera para poder pulsar lo que significa la confesión sacramental como práctica religiosa y como parte de un sistema mayor de disciplinamiento social y cultural. Parece una obviedad decirlo, no obstante, nos parece que la historiografía no ha hecho el suficiente énfasis en como el peso cuantitativo del clero en la sociedad era un obstáculo para las transformaciones culturales que los intentos ilustrados buscaban conseguir especialmente en la segunda mitad del siglo XVIII. El gran número del
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clero, además de sus intereses como cuerpo con las consecuentes vinculaciones con el statu quo imperante, no hacía nada fácil cualquier tipo de cambio especialmente al interior de su organización.
Desde el período de los Reyes Católicos la vida monástica y la virtud del clero mostraban la evidente necesidad de una profunda reforma. Para nadie es un misterio que la vida del clero deja episodios que nos muestran la corrupción con la que actuaba clero, su decadencia moral y el ruinoso estado de sus monasterios y conventos cuyo ambiente social estaba caracterizado por la inestabilidad y la anarquía. Abades, monjes, priores y frailes aparecen en la literatura del siglo XV con vidas poco edificantes, continuamente participando en la vida de la Corte, viviendo fuera de sus conventos y derrochando los recursos en distintas banalidades. El tema lo ha estudiado perfectamente José García Oro presentando el siglo XV como uno de los momentos más vigorosos dentro de la historia de las reformas eclesiásticas. Al respecto el citado historiador observa: “Nunca tal vez en la historia de la Iglesia los clamores y exigencias de reforma fueron tan vivos y universales, desbordando frecuentemente los cauces normales de expresión para convertirse en gestos revolucionarios”231.
No menos indicativo de este vacío de virtud en las filas del clero son las resoluciones del Concilio de Trento. Pero esta crisis poseía una importante arista cultural, pues la Contrarreforma no sólo intentó actuar sobre la deficiencia moral del clero porque también actuó con fuerza sobre la mala cualificación y formación intelectual de éste. Sólo nos interesa en este momento hacer ver lo paradojal que significó para la Iglesia tener un gran número de religiosos y seculares, pero que no tenían la formación requerida para cumplir de buena manera la actividad pastoral. Sin ir más lejos, la mala cualificación del clero tendrá una gran influencia en la crisis del sistema parroquial español durante el siglo XVII.
Uno de los defectos más patentes de la jerarquía eclesiástica era la escasa proporción de sacerdotes con cura de almas quienes debían tener para su actividad
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una formación teológica especializada. Así, muchas de las parroquias en España durante el siglo XVII, las que no llegaban a 20.000, estaban vacantes por falta de clérigos preparados intelectualmente mientras que en otras el párroco disponible incluso debía ser ayudado por coadjutores por la falta presbíteros232.
La ampliación del clero, que fue mucho más durante el siglo XVIII que en el XVI233,
trajo grandes problemas y el de la formación intelectual fue uno de los más importantes. Además bajó el nivel social de los componentes del clero, especialmente el regular, donde incluso ordenes restrictivas y aristocratizantes permitieron ingresar a candidatos pobres siempre y cuando no hayan profesado oficios viles234. En este sentido, no debe sorprender la desconfianza que la jerarquía
eclesiástica mostraba frente a la precaria calidad intelectual de los sacerdotes. Por tanto, los libros fueron (y debían ser) un recurso para la reorganización intelectual y moral del clero. Si uno presta atención al tipo de literatura dirigida a los párrocos se aprecia la importancia de obras destinadas a elaborar un modelo de virtud para los mismos clérigos235.
Muchas obras religiosas durante el siglo XVII recogieron con preocupación en sus
paratextos el obstáculo que representaba para la actividad pastoral la mala
formación del clero. Esta situación era particularmente delicada en el caso de los clérigos con cura de almas y así lo hace notar el capuchino Jaime de Corella en la
Practica del Confessionario (1686) cuando observa lo siguiente en su
“lamentación” inicial:
“(…) Porque siendo tanta la obligación de un confessor, deve ser tambien aplicado al estudio, y saber lo que por su oficio es obligado, y ay muchos que después de aprobados una vez; apenas ven un libro sin advertir, que aun los mas versados en la teología moral tropiezan cada dia con muchas con muchas difficultades, y aun
232 Antonio Domínguez Ortiz (1979), “Aspectos sociales de la vida eclesiástica en los siglos XVII y XVIII”, en García-Villoslada, Ricardo, Fernández Conde, Javier y Bango Torviso, Isidro (dirs.), Historia de la Iglesia en España, p. 37.
233 Ibíd., p. 56. El autor lo atribuye a la elevada “clericalización” de la centuria anterior. 234 Ibíd., p. 57.
235 Antonio Irigoyen López (2008), “Los tratados de perfección sacerdotal y la construcción de la identidad social del clero en la España del siglo XVII”, en Hispania, vol. 68, n° 230, Madrid: CSIC, pp. 707-734.
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cometen muchos hierros, pues que haran los poco estudiosos, que de almas perdera”236
Y más adelante sigue amargamente diciendo:
“O Santo Dios? Y que de almas se pierden por culpa de los confessores, conque lastima puede compadecerse nuestro coracon de la miserable fatalidad de los pecadores, que donde havian de hallar el remedio de sus almas, tropiezan con su perdicion? (…) Y que por atender á tus conveniencias, y divertimentos, no te aplicas al estudio, y devocion, en que puedas recibir luzes para alumbrar a las almas. Si tu estas ciego como has de servir de lazarillo al peccador ciego? (…)”237
En un principio las constituciones de las órdenes pedían como requisito de ingreso que los novicios, al menos, debieran saber leer latín para seguir los oficios conventuales238. Evidentemente no fue así, y ni siquiera las disposiciones y
creaciones de seminarios posconciliares lograron resultados satisfactorios. Este constante vacío cultural dentro del clero español es la bisagra para comprender los impulsos reformistas de los Borbones y la mala visión que tenía la jerarquía eclesiástica de los sacerdotes “con cura de almas”. Llama aun más la atención esta crisis cultural en el clero, pues si tomamos el ejemplo del plan de estudios del Seminario Conciliar de Segovia, elaborado por el obispo Alonso Marcos de Llanes siendo aprobado por el Consejo de Castilla de 1783, se le daba una amplia dedicación al estudio de humanidades e incluso a la lectura obligatoria de autores franceses como Bossuet y hasta jansenistas como Arnauld y Nicole239.
Tan ilustrado era el programa de estudios del seminario segoviano que para los mejores estudiantes se les daba la posibilidad de conocer obras de eclesiásticos franceses como Houteville, Monseñor François y Bullet convirtiéndose así,
236 B.N.E.S.G., Jaime de Corella (1686), Practica del Confessionario…op. cit., preámbulo s/p. 237 Ibíd., preámbulo s/p.
238 Enrique Martínez Ruiz (dir.) (2004), El peso de la Iglesia, op. cit., p. 196. 239
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involuntaria o voluntariamente, en propagadores de la Ilustración240. Si bien estos
casos pueden parecer minoritarios, el programa del Seminario Conciliar de Cádiz, presentado en 1785 por el obispo José Escalzo y Miguel también preveía que los alumnos consultasen obras francesas con cierto carácter ilustrado241.
En este sentido, y a pesar de los esfuerzos, la formación del clero no cambió en lo sustancial. Si bien muchos sacerdotes continuaron obteniendo su formación de las universidades, se intensificó de parte de los Borbones la creación de seminarios con una estructura tridentina en su organización. Sería interesante que se hicieran mayores investigaciones monográficas sobre la vida interna de los seminarios, pues revelaría interesantes claves de la vida intelectual del clero y de un nuevo perfil socio-cultural de los estudiantes242. Al respecto es interesante la observación hecha
por Antonio Domínguez Ortiz sobre los seminarios: “(…) las corrientes ideológicas imponían nuevas orientaciones intelectuales, que no perdonaron las aulas de los seminarios ni los colegios monásticos; pero fue en las universidades donde se dejaron sentir con más fuerza, y con ello intensificaban la tendencia de los partidarios de la formación tradicional a evitar que los aspirantes concurrieran a centros abiertos a novedades que se juzgaban nocivas”243.
En Trento se fijaron nuevas normas generales y criterios para la educación y selección del clero, especialmente el secular, cuya posición reformista fue apoyada y defendida con fuerza por los prelados españoles que participaron. El decreto Pro
seminaris del 15 de julio de 1563 resolvió que la creación de seminarios conciliares
debía realizarse en todas las diócesis del catolicismo. Estos nuevos seminarios no sólo serían para educar al clero, también se utilizarían para reformar moralmente
240 Gérard Dufour (1989), Un liberal exaltado en Segovia: el canónigo Santiago Sedeño y Pastor (1769- 1823), Valladolid: Universidad de Valladolid, pp. 14-16.
241 Arturo Morgado García (1989), Iglesia y sociedad en el Cádiz del siglo XVIII, Cádiz: Publicaciones Universidad de Cádiz, pp. 44-45.
242 Sobre este tema pueden consultarse los trabajos de Cayetano Mas Galvañ (2003), La educación superior en la Murcia del siglo XVIII, San Vicente del Raspeig: Universidad de Alicante; del mismo autor (1982) “Jansenismo y regalismo en el seminario de San Fulgencio de Murcia”, en Anales de la Universidad de Alicante. Historia Moderna, n° 2, pp. 252-290.
243 Antonio Domínguez Ortiz (1979), “Aspectos sociales de la vida eclesiástica en los siglos XVII y XVIII”, op. cit., p. 57.
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un sector con demasiados vacíos en un aspecto tan importante para la vida pastoral como la virtud. Al respecto el Capítulo XVIII de la Sesión XXIII observa lo siguiente:
“Siendo inclinada la adolescencia á seguir, si no se la dirige rectamente; y no perseverando jamás en la perfecta observancia de la disciplina eclesiástica, sin un grandísimo y especialísimo auxîlio de Dios, á no ser que desde sus mas tiernos años, y antes que los hábitos viciosos lleguen á dominar todo el hombre, se les dé crianza conforme á la piedad y religión (…)”244
Lo interesante de esta situación no es solamente el método y las materias en las que se les instruiría al clero. Como veremos más adelante, el sacramento de la penitencia fue un pilar fundamental para revitalizar el catolicismo en Europa, pero resalta particularmente que, pensando en la reforma cultural y moral de la Iglesia, la confesión también se utilizó como método de control y disciplinamiento dentro del propio clero. La Contrarreforma le entregó una importancia y responsabilidad al confesor en el proceso de formación intelectual de los seminaristas:
“Y para que con mas comodidad se instruyan en la disciplina eclesiástica, recibirán inmediatamente la tonsura, usarán siempre de hábito clerical; aprenderán gramática, canto, cómputo eclesiástico, y otras facultades utiles y honestas; tomarán de memoria la sagrada Escritura, los libros eclesiásticos, homilías de los Santos, y las fórmulas de administrar los Sacramentos, en especial
lo que conduce á oir confesiones, y las de los ritos y ceremonias. Cuide el Obispo
de que asistan todos los días al sacrificio de la misa, que confiesen sus pecados á lo menos una vez al mes, que reciban á juicio del confesor el cuerpo de nuestro señor Jesu-Cristo, y sirvan en la Catedral, y otras iglesias del pueblo en los días festivos”245
244 B.N.E.S.G., El Sacrosanto y ecuménico…op. cit., p. 357. 245
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Ahora bien, a pesar del interés inicial de las autoridades eclesiásticas por la reforma intelectual como parte de la reforma moral, tanto de seculares como de regulares, la preocupación por mantener la iniciativa se irá diluyendo en el tiempo hasta bien entrado el siglo XIX246. La abundancia que había de colegios universitarios donde
se formaban los obispos atentaba contra la iniciativa de los seminarios considerándose estos colegios como suficientes para la formación de sus clérigos247.
Esta inclinación a marginar la importancia de los seminarios tridentinos se aprecia en la progresiva disminución de sus fundaciones. Desde fines del Concilio de Trento hasta fines del siglo XVI, que corresponde al período de tiempo más corto, se fundaron veinte seminarios248. En el siglo XVII cuando se produce la primera
decadencia se fundaron sólo ocho seminarios249. Finalmente, durante todo el siglo
XVIII, y fruto de algunos impulsos reformadores de las autoridades eclesiásticas inclinadas a la ilustración, se produjeron dieciocho fundaciones250.
Con esto no queremos decir que con el hecho de fundar un seminario se lograra realizar cambios profundos en la formación del clero. Sólo nos hemos detenido en este punto de los seminarios para poder ilustrar las dificultades por las que pasaba el clero para poder formarse. Al ingresar en el siglo XVIII estos centros, a pesar de todos los esfuerzos, no estaban en una buena condición. Muchos de los que se ordenaban sacerdotes no pasaban por las aulas de los seminarios. Es cierto que no eran muchas las becas que poseían estas instituciones educacionales para dar a los
246 Francisco Martín Hernández (1979), “La formación del clero en los siglos XVII y XVIII”, en Ricardo García-Villoslada, Javier Fernández Conde e Isidro Bango Torviso (dirs.), Historia de la Iglesia en España, op. cit., p. 525.
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Al respecto puede consultarse el documentado trabajo de Francisco Martín Hernández (1960), Un seminario español pretridentino, el Real Colegio Eclesiástico de San Cecilio de Granada: 1492-1842, Valladolid: Universidad de Valladolid, Facultad de Filosofía y Letras.
248 Ávila (1591-94), Barcelona (1593), Burgos (1565), Cádiz (1598), Córdoba (1583), Cuenca (1584), Gerona (1589), Granada (1564-1565), Guadix (1595), Huesca (1580), Lugo (1593-1599), Málaga (1597), Mondoñedo (1565-1573), Murcia (1592), Osma (1594), Palencia (1584), Tarazona (1593), Tarragona (1568-72), Urgel (1592) y Valladolid (1588-98), Ibídem.
249 Almería (1610), Badajoz (1664), Coria (1603), Jaén (1660), León (1606), Plasencia (1670), Sigüenza (1670) y Vich (1635).
250 Astorga (1766), Barbastro (1759), Calahorra-Logroño (1776), Canarias (1777), Ciudad Rodrigo (1769), Ibiza (1794), Jaca (1747), Lérida (1722), Mallorca (1700), Orihuela (1742), Pamplona (1777), Salamanca (1779), Segorbe (1771), Segovia (1781), Teruel (1777), Valencia (1790-93), Zamora (1797) y Zaragoza (1788).
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estudiantes, pero en ocasiones tampoco llegaron a ocuparse completamente. Durante la primera mitad del siglo XVII el número de seminaristas no pasa en algunos lugares de doce o quince estudiantes, e incluso, durante varios años algunos seminarios debieron cerrarse por causas de conflictos y carestías251.
El siglo XVIII comienza con muchos problemas para el estamento eclesiástico, pues la guerra de Sucesión generó más presión económica y crisis en la vida religiosa de los clérigos. La actividad militar que muchos de ellos desplegaron en el conflicto influyó en el abandono de la vida retirada, y en el caso de los regulares, en una falta de residencia en los conventos. Las apreciaciones que Ortí Mayor hace sobre el ingreso del inglés conde de Peterborough, como general en jefe en Valencia, son bastante elocuentes sobre esta situación:
“Los religiosos de la Corona (que lo son de San Francisco y de los más recoletos) y los capuchinos esperaban escuadronados en la plaza de Santo Domingo, de cuya militar compañía iba por capitán el guardián de la Corona, y, al punto que el generalísimo entró en ella…, hicieron todos la salva disparando los fusiles, que, en vez de breviarios, llevaban muy contentos en sus manos; función que aun a los mismos herejes escandalizó, pues, al mirar Peterborough aquel desorden dijo: ‘No había visto hasta ahora que cosa era la militante Iglesia’”252