CAPÍTULO 4. Educación y ética en África Enfrentar y vencer fantasmas
4.4. Fantasmas y demonios
4.4.7. La amenaza de la guerra
“Cuando luchan los elefantes únicamente sufre la hierba”. Es uno de los refranes que todos los africanos conocen, y casi todos lo han experimentado o experimentan en la actualidad. La guerra de los poderosos solo tiene un resultado: el sufrimiento injusto del pueblo. No en vano la configuración política africana es posiblemente una de las más hobbesianas: la situación de paz sólo es posible si hay un pacto que crea comunidad política porque es inteligente hacerlo así. Este pacto es el único garante de la obligación moral y consiste en el temor a la muerte violenta y a la pérdida de propiedad (Cortina, 2009: 63)
Apenas el esfuerzo contrario a la guerra puede vencer su fantasma. Educar significa asumir el esfuerzo de hacer la paz, de igual modo que se asume el de hacer la guerra, pues si esta se hace habrá que hacer con mucho mayor hincapié la otra (Massó, 2012: 3). En este hacer la paz hay que diseñar los medios (“continentes de los fines”) y la apuesta educativa por la no- violencia no será entonces una simple “negación” de la misma sino una aplicación positiva de todo lo que sirve para erradicarla. Para la sociedad la estrategia no-violenta se revela “más rica, proteica y llena de posibilidades para la actuación ciudadana” (porque en verdad hasta un pueblo de demonios prefiere la paz). Educar para la paz es entonces constituir la no-violencia como un eje, una orientación, para la transformación social. Y yendo más allá, cabe decir con E. Massó, que solamente esta orientación garantiza resultados sostenibles socialmente y fortalece la ciudadanía, incluso cuando se trata de la resolución de conflictos (2012: 4), pues desde esta orientación se siembran las semillas sociales necesarias para la situación del posconflicto viable, pacífica, participativa y reconciliadora. Se trata aquí de una perspectiva no-
Página 108 violenta entendida además como un modo de empoderamiento inclusivo y creativo, capaz de “ciudadanizar” y fomentar la democracia efectiva115.
Nos interesa aquí enlazar esta educación para la paz con la ética cordial de A. Cortina. Tomada en todos sus aspectos y aplicada desde sus principios (Cortina, 2009: cap. 9) esta ética del corazón supone el itinerario necesario para “hacer la paz y no la guerra”. Educar una ciudadanía cordial, es decir, forjarse carácter y apropiarse de sí mismo, orientando así el deseo hacia la voluntad y la empatía (una educación sentimental, una inteligencia situada) tiene como consecuencia, entre otras, la vida feliz que incluye justicia y gratuidad, pero además cuando prudencialmente se vive resulta “indispensable para organizar las sociedades y también la república de todos los seres humanos atendiendo a criterios de calidad de vida y no de cantidad de bienes” (2009: 259). Estos criterios de cantidad y la imprudencia (la falta de cordura o de kardia) son la raíz de los conflictos bélicos. Por lo menos en esta inteligencia prudencial habría que educar a los, siempre posibles, demonios, para que prefieran la paz y no la guerra.
Pero la razón cordial asume la vida feliz unida a los bienes de la justicia y la gratuidad. La paz es el fruto de la justicia cordial y sólo desde la gratuidad, una experiencia de relacionalidad más allá de la supervivencia, es realmente posible. Por eso la educación para la paz, si ha de someter el fantasma de la guerra de una vez por todas, necesita abrir el corazón africano a la experiencia de la felicidad que es más, como dice Adela Cortina, que sólo bienestar o la satisfacción de bienes sensibles. La felicidad satisface esas necesidades básicas cuya satisfacción no puede exigirse como un derecho ni cumplirse como un deber, porque consiste en la obligación, el reconocimiento de la ligación que nos constituye (el Ubuntu, añadimos nosotros ahora), lo que nos hace responsables unos de los otros en aquello que se comparte desde la gratuidad, en la lógica del don y del regalo (2009: 263).
La ética de la razón cordial y el genuino sentido Ubuntu de las tradiciones africanas se encuentran aquí. Podría decirse que es la modalidad africana de esta ética, aun sin tematizar, pero capaz de ser así comprendida aunque ello suponga estilizarla como saben hacer los africanos desde la peculiar experiencia dramática del sufrimiento.
Dado que no es posible darse un reconocimiento recíproco si no es dentro del lenguaje, la ética presupondrá aquí, en este esfuerzo para la paz, la capacidad de diálogo que pretende siempre descubrir proposiciones verdaderas y normas justas (Cortina, 2009: 160). Si el diálogo se establece en las condiciones más próximas a la simetría y hay disposición para dejarse convencer por la fuerza del mejor argumento, se garantiza la verdad de las proposiciones y la justicia de las normas y, por ello mismo, la paz. Pero, conviene repetirlo, sólo si el reconocimiento recíproco (de interlocutores válidos) es cordial (no sólo razones de la razón sino razones del corazón), descubre el vínculo, la obligación interna que compromete en el esfuerzo por buscar el camino justo para la paz (2009: 162).
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La autora refiere a seguir en este artículo algunos modelos tradicionales de resolución de conflicto en África (Gacaca ruandesa y Ubuntu surafricano). También el modelo ondjango angoleño, que hemos estudiado en perspectiva educativa, y tantas de las formas tradicionales que siguen manteniendo los pueblos africanos se situarían en esta línea. No ha faltado contra estos modelos la crítica etnocentrista occidental que el pensamiento postcolonialista actual se ha dedicado a des-construir. Es cierto que está por demostrar que los modelos jurisdiccionales europeos sean los únicos válidos para la resolución de conflictos.
Página 109 En este reconocimiento cordial estaría el auténtico motor ético de la política, una transformación de las configuraciones políticas africanas posible desde las personas (2009: 164). La resistencia africana al sometimiento y la esclavitud, la indignación ante el hecho del no ser reconocido, formarán también una de las dimensiones fundamentales de la educación para la ética. En cierto sentido la resistencia o indocilidad africana que hemos referido es el canal de la indignación y la creación de valores, más allá de lo que institucionalmente se pretende imponer. Desde la educación podrá ser posible aprovechar toda la rebeldía africana y posibilitar que se estructure en verdadera fuerza política (afropolítica): hacia el reconocimiento recíproco desde el amor y la amistad (familia y amigos), la ley (reconocimiento jurídico) y la estima social (2009: 166-167).