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Un aspecto que interesa subrayar en el proceso de construcción del ‘otro’ extranjero es su vinculación con la pertenencia territorial. En los diferentes textos analizados en el presente acápite se destaca la percepción de un territorio cuyo sujeto de apropiación es dinámico, cambiante, con relación a las circunstancias que generaban la revolución y la guerra.

Una vez iniciada la revolución, era imperioso fortalecer los lazos de identidad que la misma requería para efectivizar el éxito. Desde esta perspectiva, la representación del enemigo implicaba la inclusión de la categoría de territorio, asociado a la patria, como elementos ineludibles del proceso de construcción de identidades. Por su parte, desde otro punto de enunciación, los contra- revolucionarios apelaron también a las categorías de “libertad”, “patriotismo”, “ciudadanos” y “pueblo”, pero para defender los dominios americanos del rey, a la vez que identificaban el “despotismo” con los partidarios de la revolución. Las categorías conceptuales, que formaban parte del lenguaje político disponible en la época, permitían construir sentidos diferentes sobre un mismo proceso cuya complejidad y diversidad, éxito o fracaso se exhibió en la dinámica y en los matices

que adquirió la revolución, lo cual habilitó nuevas resignificaciones en la medida que mutaban las condiciones de emergencia de los discursos.

El territorio, como entidad en construcción implica la identificación y caracterización de los ‘otros’ excluidos, en tanto se hace necesario reforzar la identidad socio-histórica (Segato, 2007, pp. 76, 93-95). Si, de acuerdo con lo que postula Rita Segato, el territorio implica la patria, la medida de la expatriación, en algunos casos, implicaba la exclusión y el confinamiento hacia espacios alejados de los centros decisionales, pero dentro de los ámbitos jurisdiccionales desde donde se aplicaba la medida, lo cual demuestra la permanencia de los rasgos localistas que habían caracterizado la funcionalidad urbana del imperio español.51

La preservación de la integridad territorial del ex virreinato promueve la exaltación de las acciones de las tropas enviadas desde Buenos Aires que obtenían lo primeros triunfos en el Alto Perú. A la vez, una amenaza más cercana era la disidencia de la Banda Oriental que, bajo el mando de Elío, proclamado virrey en Montevideo, había rechazado la autoridad de la Junta porteña. A estos españoles disidentes Beruti los califica de “bárbaros”, porque atacaron con bombas a Buenos Aires, hecho “feroz” que ni los ingleses habían practicado durante las invasiones a la ciudad.

Solamente los bárbaros marinos españoles de Montevideo pudieron cometer tal absurdo de bombardear una ciudad como ésta, sin intimidación antecedente sin estar sitiado con ejército, ni amurallada, faltando en todo a las leyes de la guerra y con sus propios hermanos sabiendo muy bien, que con bombas no se rinden las plazas, pues lo más que sucede es arruinar edificios y matar uno u otro incauto; por lo que merecen la execración de los hombres de bien.

Esta capital en 300 años de su descubrimiento y más de 200 de fundación, no ha sido bombardeada por nación alguna; sin embargo que fue atacada por los ingleses en 5 de julio de 1807 no nos echaron bombas, y sólo estos marinos españoles desesperados lo han hecho; por lo que será en todo el mundo vituperado su feroz hecho e insignia osadía (Beruti, 1960, p. 3792).

Más allá del episodio concreto, el memorialista preserva la investidura y honra de una ciudad que no había sido bombardeada desde su fundación y, al mismo

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La expatriación podía implicar también enviar al extranjero a los condenados. Tal es el caso de Manuel Dorrego, quien fue enviado a la isla de Santo Domingo y luego, al ser liberado por el capitán del buque en que viajaba, se dirigió a Estados Unidos (Di Meglio, 2014, pp. 135 y 139-146).

tiempo, justifica la acción militar sobre Montevideo, que acrecentaba sus necesidades en la medida en que continuaba sitiada por las tropas porteñas. Este resguardo material y simbólico hacia Buenos Aires puede advertirse muy tempranamente en la producción letrada, que fortalecía a la entidad urbana y la jerarquizaba frente a otros espacios del ex virreinato.

Por su parte, como se expuso precedentemente, otra amenaza inminente sobre el territorio la constituían los portugueses. La llegada de Napoleón a la península ibérica había generado, en el Río de la Plata, prevenciones frente a un posible traslado de la corte portuguesa al Brasil. Una vez efectivizado el mismo, el temor al avance portugués sobre el Río de la Plata, en alianza con Inglaterra, se combinaba con la necesidad de conservar en buenos términos las relaciones entre los dominios portugueses y españoles en un momento de gran incertidumbre respecto de la suerte de la monarquía española. La situación se agravó con la captura de Fernando VII, por lo cual el ‘otro’ enemigo se personalizó en Napoleón, al tiempo que se atenuaba el temor a una avanzada territorial portuguesa. De allí derivó el proyecto de integración de los dominios españoles y portugueses bajo la regencia de la princesa Carlota de Borbón.

Con el inicio del proceso revolucionario es posible advertir un nuevo segmento discursivo respecto de la representación de los luso-brasileños por la amenaza que su presencia suponía para la revolución, aunque se conserva la necesidad de mantener los antiguos vínculos comerciales.

El 17 de diciembre 1810, en calidad de secretario de la Primera Junta, Mariano Moreno envió una nota a las autoridades portuguesas donde abogaba por la necesidad de “fomentar una estrecha amistad entre ese Reino y estas Provincias”, así como de sostener relaciones que, hasta el momento, se percibían como naturales por la cercanía geográfica y los contactos que, tradicionalmente, habían mantenido. Al mismo tiempo, Moreno denuncia públicamente el movimiento de tropas portuguesas en la frontera con la Banda Oriental, que se percibía como un peligro para la causa revolucionaria ante la enemistad de la Junta de Buenos Aires con el gobierno instalado en Montevideo. En la respuesta a esa nota se advierte una representación compartida acerca de los vínculos que unían a estos “países limítrofes”, especialmente la religión y la similitud en la lengua (Archivo General de la Nación, 1961-1964, t. II, pp. 171-175).

Detrás de una aparente armonía, se oculta una tensión política implícita porque, mientras los portugueses apelaban a la fidelidad absoluta a la monarquía, en Buenos Aires, los sectores más radicalizados de la revolución mantenían sólo de manera aparente esa lealtad. La dinámica revolucionaria había diferenciado dos facciones, lideradas respectivamente por Saavedra y Moreno, cuyos proyectos políticos se diferenciaban sustancialmente. Mientras que la facción saavedrista mantenía una postura conservadora respecto de la fidelidad al rey, los morenistas radicalizaban su propuesta y fundamentaban la necesidad de cortar definitivamente los lazos coloniales.52

Asimismo, hay que considerar que una de las estrategias desplegadas por los revolucionarios porteños desde 1810, con el fin de atraer adeptos a su causa, fue la apelación a una hermandad entre quienes habían sufrido la dominación colonial. En el mismo sentido, se produjo la exhortación a los “americanos de Brasil” por parte de los rioplatenses. Los unía la opresión bajo “las garras de los tiranos” durante tres siglos, en que los europeos habían ejercido el despotismo, apropiándose de las riquezas con orgullo y desprecio hacia los americanos. Con la alusión a una misma representación colectiva, los nacidos en América, el discurso une los destinos de rioplatenses y brasileños, a quienes se exhortaba para romper el vínculo con la corona portuguesa instalada en su territorio, que sólo ejercía “opresión”, “tiranía” y “desprecio”, además de haber demostrado “cobardía” cuando buscaron asilo en América.

La siguiente es una proclama oficial, emitida en 1811 y traducida al portugués, en la cual se exhorta “a los americanos brasileños en nombre de América, por sus hermanos los habitantes de las vastas provincias del Río de la Plata”.

Americanos de Brasil, nuestros caros hermanos.

Ya llegó el feliz y deseado tiempo en que América, ésta afligida madre, exija de todos sus hijos aquella unión de sentimientos que constituye la fuerza irresistible de las grandes naciones, como la nuestra, para ser liberada de las garras de los tiranos que la oprimen. Ella os invita a que participéis de las glorias de vuestros generosos y valientes hermanos que habitan las vastas provincias del Río de la Plata, los cuales generosamente combaten los últimos esfuerzos de los feroces satélites del despotismo (Archivo General de la Nación, 1961-1964, t. II, p. 303).

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Sobre las resignificaciones y radicalización del discurso morenista véanse los trabajos de Noemí Goldman (1989) y (1992).

Adoptar una actitud de ruptura con la monarquía portuguesa implicaba unir los intereses de “ambos pueblos” en una práctica común vinculada al aspecto militar, lo cual redundaría en beneficio de la causa revolucionaria. Como la necesidad de hombres para el ejército era acuciante, se proponía a los soldados brasileños una retribución en dinero equivalente a la recibida por los rioplatenses.

Todo soldado que se pase con armas a las banderas del ejército de la patria, recibirá por ellas una retribución de 8.000 reales y él, a su vez, será recompensado con igual cantidad; en el caso de desearlo será incorporado a nuestros ejércitos gozando de un sueldo de 10.500 reales por mes, como todo soldado de estas provincias y además de la gratitud de nuestra madre patria. Toda América está pendiente de vuestra conducta: no dejéis de ser sus dignos hijos y si no queréis para siempre sellar vuestra esclavitud y la de toda la posteridad, que con razón siempre maldecirá a los causantes de su desgracia, atemorizad a los tiranos y haced ver al mundo entero que conocéis las prerrogativas de que disfrutan los hombres libres (Archivo General de la Nación, 1961-1964, t. II, p. 304).

De este modo, se propiciaba el reclutamiento en el marco de un proyecto de independencia continental y frente a la escasez recurrente de fuerzas para el ejército. La alusión a América como “madre patria” produjo un giro en la consideración de la monarquía, que había dejado de ser una entidad contenedora para convertirse en una tiranía que sometía a “dos pueblos que serán uno solo, en intereses y sentimientos” (Archivo General de la Nación, 1961-1964, t. II, pp. 303- 304).

Es evidente que la coyuntura bélica contra los españoles había producido una resignificación en la consideración hacia otros extranjeros que, en circunstancias previas, habían sido considerados enemigos. Con motivo de las primeras victorias rioplatenses sobre las armas contrarrevolucionarias se publicó, en noviembre de 1810, en la Gaceta de Buenos Aires, un texto que apelaba a la posibilidad de mantener la paz y restablecer los lazos comerciales con Brasil.

[...] las miras pacíficas del gabinete del Brasil están bien manifiestas, y después de haber despreciado las solicitaciones del gobierno de Montevideo, afirmarán en nuestro congreso las relaciones de amistad, y de un comercio recíprocamente ventajoso, cual corresponde al sistema general de este continente (Gaceta de Buenos Aires, 1910, t. I, p. 679).

Más tarde, en el mes de diciembre, se publicó una circular de la Junta que disponía no otorgar empleo público a ninguna persona “que no haya nacido en estas provincias”, aunque manifestaba la buena disponibilidad del gobierno de Buenos Aires hacia todos los extranjeros, e inducía a ingleses y portugueses a trasladarse, instalarse y gozar de los derechos de ciudadanía y de la protección del gobierno, particularmente si se dedicaban a “las artes y a la cultura de los campos” (Gaceta de

Buenos Aires, 1910, t I, pp. 704-705). La necesidad de mano de obra,

especialmente en los períodos de labranza y de cosecha, se acrecentaba a raíz de la guerra y esta circular constituía una exhortación para atraer hombres en un contexto permanente de escasez de brazos.

La lucha contra una metrópoli debilitada como España implicaba el acercamiento hacia quienes podían brindar apoyos financieros en el contexto de un erario público paupérrimo. Ello incluía a Inglaterra y a su socia menor Portugal. El

Plan de Operaciones53 de Mariano Moreno refiere a la conducta que era

imprescindible mantener respecto de esas metrópolis, en función de sostener relaciones comerciales ventajosas, por lo que el tratamiento hacia ellas debía ser cordial y privilegiado cuando deseaban introducir productos en el interior.

Nuestra conducta con Inglaterra y Portugal debe ser benéfica, debemos proteger su comercio, aminorarles los derechos, tolerarlos y preferirlos, aunque suframos algunas extorsiones; debemos hacerles toda clase de proposiciones benéficas y admitir las que nos hagan […] (Moreno, 1973, p. 56).

Si bien Mariano Moreno hace referencia a la intención portuguesa de invadir la Banda Oriental, lo cual resultaba una amenaza para la integridad territorial rioplatense, especialmente si recibía el apoyo inglés, también anuncia las negociaciones secretas que deberían entablarse con Inglaterra y Portugal, particularmente para obtener la protección de la primera y los beneficios económicos resultantes. A la vez que se la reconoce como dueña de los mares, se advierte sobre el “abatimiento” que ejerce sobre Portugal, su aliada tradicional, en el sentido de que

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Si bien algunos eruditos como Paul Groussac y Ricardo Levenne dudaron y trataron de probar el carácter apócrifo de este documento, del cual se encontró una copia en el Archivo General de Indias a fines del siglo diecinueve, en la actualidad se considera que, más allá de la autoría, el Plan de Operaciones expresa las ideas y los proyectos de gobierno del sector más radicalizado de la revolución liderado, inicialmente por Mariano Moreno y continuado luego por los integrantes del club morenista y de la Sociedad Patriótica.

sus ambiciones podrían convertir al Brasil en colonia inglesa (Moreno, 1973, pp. 55- 59).

A mismo tiempo que se promovía la alianza comercial con Inglaterra, se hace referencia a la necesidad de que las libertades naturales fueran respetadas. La prioridad la constituía la independencia americana y hacia ese objetivo se dirigía el llamamiento a otras regiones, especialmente al Brasil. Respecto de este último, la estrategia que propone Moreno incluía la necesidad de la gestión diplomática secreta con Inglaterra, la ocupación de Río Grande del Sur y la insurrección armada. Una vez logrado el objetivo de abrir las conciencias a la “libertad”, el próximo paso sería restablecer y estrechar los lazos de amistad y comercio con Portugal, tal cual habían funcionado tradicionalmente.

Moreno sugiere que los comandantes de frontera debían acceder a los escritos periodísticos revolucionarios a los efectos de educar e inducir a la reflexión contra el “despotismo de los reyes”. Estos documentos debían remitirse en lengua portuguesa para facilitar la lectura de los mismos. También recomienda a los comandantes que impartan a sus oficiales la orden acerca del buen tratamiento que debían recibir los luso-brasileños, aunque introdujeran productos de manera ilícita. Se solicitaba no perseguirlos, en territorio rioplatense, por juegos, amancebamiento u otros ilícitos, dado que debía mostrarse ante ellos la imagen de una “Patria benéfica y compasiva”.

[...] ofreciéndoles asimismo que el Estado Americano del Sud protegerá todas sus ideas, no sólo con los caudales que necesite, sino también con quince o veinte mil hombres que haría entrar a todo el Río Grande, por todos los territorios de sus fronteras (Moreno, 1973, p. 76).

La guerra requería de un constante aporte en hombres y bastimentos, por lo que la propuesta de Moreno apela al logro de la independencia americana en función de las necesidades que las contiendas generaban en un contexto de creciente déficit del erario público. Se ofrecían mejoras salariales a los jefes de milicias y a las tropas del área de frontera, así como la protección de los comerciantes y hacendados portugueses que contribuyeran con bienes a la causa revolucionaria.

El proyecto de emancipación continental también involucraba a la América portuguesa en un momento de gran incertidumbre acerca del destino de la

monarquía española, por lo que se insiste en la necesidad de la alianza secreta con Inglaterra. Se trata de un discurso pragmático respecto de las posibilidades reales que existían en torno de la consecución del proyecto de independencia continental y, a la vez, contribuye a reforzar un imaginario que diluye las barreras políticas y hermana en un mismo proyecto a rioplatenses y luso-brasileños de Río Grande del Sur, espacios que, históricamente, habían establecido lazos económicos y culturales más allá de las coyunturas históricas específicas.

Poco después, en 1811, la invasión portuguesa a la Banda Oriental generó nuevas resignificaciones respecto de la consideración de los lusitanos, quienes pasaron a constituirse en enemigos tanto de los realistas instalados en Montevideo como de los partidarios de la Junta establecida en Buenos Aires. Es, en este contexto, donde se fortaleció el liderazgo de José Artigas quien, a partir de la invasión portuguesa y de la firma de un armisticio entre las autoridades porteñas y los españoles de Montevideo, redefinió sus relaciones con el gobierno revolucionario.54

En agosto de 1812 el Primer Triunvirato remitió una nota al Cabildo de Montevideo a los efectos de incorporarlo al sistema de las Provincias Unidas. La misma fue firmada por Antonio Chiclana, Bernardino Rivadavia y Juan Martín de Pueyrredón. Los argumentos esgrimidos por el gobierno porteño se vinculan a la necesidad de mantener la unidad territorial frente a la “fuerza extranjera” de los portugueses que habían invadido el territorio oriental en 1811. La guerra civil entre “dos pueblos de una misma nación” se presenta como un signo negativo porque atacaba tanto los intereses de España como los de “este precioso continente”. Los particularismos debían dejar lugar a la unidad política frente a la división que dio origen a la guerra.

De este modo se reinstalaban los temores respecto de la avanzada lusitana en la Banda Oriental, al tiempo que se enfatizaba el peligro y la fuerza de la conquista por parte de Francia, frente a la debilidad de España. Persistía la incertidumbre respecto del destino de la monarquía española, por lo que la iniciativa del gobierno presentaba dos alternativas futuras: si España triunfaba frente a la invasión napoleónica, las provincias ultramarinas pasarían a formar parte de esa “nación grande y victoriosa”. Todos serían parte de una misma nación y “vasallos del

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Sobre el artiguismo pueden consultarse Sala de Touron (1978) Halperin Donghi (1994), Frega, (2002) y (2008).

mismo rey”. De lo contrario, deberían asegurar que el continente no sucumbiera bajo las fuerzas francesas. Este argumento se sostiene en el perjuicio que implicaba, para los territorios americanos, sostener la autoridad de la monarquía española frente a una situación de difícil resolución debido al poderío del ejército francés. En la nota citada se explicita la inseguridad que generaba la suerte de la monarquía española.

V.E. sabe cuánto es peligrosa la situación actual de la península y difícil la reconquista de sus provincias; y ya se ve que no estaría en los términos de la prudencia, ni en el orden de los intereses políticos de la nación, influir en la destrucción de los pueblos americanos, solamente por sostener la autoridad de un gobierno vacilante (Pueyrredón, 1912, t. III, p. 66).

Por otra parte, la resistencia de Montevideo frente al asedio de las tropas porteñas prolongaría los males y destruiría a ambos bandos, a la vez que comprometería el futuro político de “estos países”. Se proponía entonces la incorporación de Montevideo a las Provincias Unidas en condiciones “equitativas” con su correspondiente representación al congreso que se reuniera en el futuro. En caso de que triunfara España sobre el ejército francés se devolvería la provincia bajo la garantía de Inglaterra.

En 1812 no cabían dudas respecto de las intenciones emancipadoras