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CAPÍTULO 2. INTRODUCCIÓN

2.3. AMENAZAS PARA LA CONSERVACIÓN DE ESTE GRUPO TAXONÓMICO

Las invasiones biológicas constituyen una preocupación global para la conservación de la biodiversidad. En este sentido, las especies exóticas ya han alcanzado los ambientes extremos de la Antártida (FRENOT et al., 2005; CHOWN et al., 2012). Entre ellas el taxón con mayor número de

representantes introducidos en la Antártida marítima es el de los Colémbolos, con seis especies de un total de 13 especies registradas de invertebrados terrestres (HUGHES et al., 2015). La introducción de

Colémbolos se ve favorecida por el tránsito humano, que actúa como medio de dispersión para las especies. Además, los suelos de la Antártida son vulnerables a las perturbaciones externas, como consecuencia de sus particulares propiedades físicas y la lenta tasa de recuperación que presentan, y por ende la estructura poblacional de las formas de vida que alberga se ve alterada. En términos generales, las especies exóticas se están expandiendo a nuevos ambientes adecuados para su establecimiento (GREENSLADE & CONVEY, 2012; COULSON et al., 2013; SHAW & BENEFER, 2015). La

distribución de la fauna del suelo en dichos ambientes está regulada por la contingencia histórica, las barreras geográficas al movimiento, y la disponibilidad local de condiciones ambientales adecuadas para la persistencia de las especies (CONVEY et al., 2014). Además, hay que tener en cuenta que los

eventos estocásticos también están implicados en la colonización de especies exóticas en la Antártida. En este sentido, la dispersión aérea puede conducir a la colonización por parte de estas especies (HAWES et al., 2007). La mayoría de estos organismos no se establecen en la Antártida, sin embargo,

algunos logran asentarse con éxito e incluso pueden llegar a desplazar a las especies nativas, convirtiéndose en organismos invasores. Sin embargo, la relación entre la riqueza de especies exóticas y nativas puede variar en función del tipo de impacto humano considerado y de los parámetros edáficos y ambientales (CONVEY et al., 1999; HUGHES et al., 2005; HUGHES & WORLAND, 2010; MOLINA-

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Una segunda amenaza para la conservación de este grupo es el conjunto de las actividades humanas que se desarrollan en los suelos libres de hielo de la Antártida, principalmente en la región del Mar de Ross, la Península Antártica y las Islas Shetland del Sur. Estas zonas libres de hielo concentran los principales refugios históricos, las bases científicas y la actividad turística. El turismo en la Antártida se remonta al año 1891, cuando los primeros turistas se embarcaron en los buques de abastecimiento de las islas subantárticas. El turismo marítimo a la Antártida tal y como lo conocemos hoy en día, es decir, expediciones en grandes buques y desembarco en zódiacs, comenzó el 16 de enero de 1958. Este primer viaje, partió de Ushuaia (Argentina) con 98 pasajeros y visitó las islas Decepción, Melchior, Cámara y Brown (JENSEN & VEREDA, 2016). Desde entonces, la intensidad y

diversidad de las actividades humanas en la Antártida ha incrementado de forma excepcional. Algunos sitios como la Isla Cuverville registraron un total de 21094 desembarcos durante el año 2016 (Figura 2.3).

Todas las actividades que se desarrollan en la Antártida están reguladas por el Tratado Antártico. El Tratado Antártico se diseñó en el año 1959 y entró en vigor en 1961. La normativa se aplica a toda la zona que se encuentra por debajo de 60° S de latitud y establece, entre otras cosas, la prohibición de actividades militares, pruebas nucleares, y la conservación de las formas de vida en la Antártida. Por lo tanto, el legado de contaminación de las expediciones científicas y/o militares previas a la entrada en vigor del Tratado Antártico seguramente sea mayor que lo que aporta el turismo actualmente (TIN et al.,

2009). El origen de las actividades humanas en la Antártida se remonta al siglo XVIII, con los primeros cazadores de focas y ballenas. Uno de los impacto humanos más frecuentes en la Antártida es el derivado de la contaminación por aguas residuales y química, a través de los metales pesados, el Figura 2.3. Número de visitantes registrados durante la campaña antártica 2016. Cada color representa una localidad

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23 vertido de combustible o la acumulación de residuos, y la búsqueda de productos químicos y material genético de valor comercial (TIN et al., 2009). A principios del siglo XXI, comienza un conjunto de

presiones humanas en constante evolución, es decir, la investigación científica y sus infraestructuras asociadas que dominan durante cinco décadas, y el turismo que se desarrolló posteriormente como la actividad de crecimiento más rápido (TIN et al., 2008). Todas las actividades humanas, y el tipo de

contaminación que podrían desencadenar en el medio, conllevan un riesgo importante para la estabilidad de los suelos, y por consiguiente para la fauna edáfica.

Uno de los impactos humanos directos con efecto inmediato en la composición de la fauna edáfica es el que resulta del tránsito de visitantes en senderos de la Antártida, que implica la compactación del terreno. La compactación se define como un agrupamiento de las partículas individuales del suelo, desencadenando una reducción del espacio intersticial (MANNING, 1979). Este proceso provoca

cambios en los movimientos del agua y el aire, la capacidad de penetración de las raíces, la capacidad de germinación de semillas y en el hábitat disponible para los organismos edáficos. En general, los suelos más propicios a la compactación son aquellos que presentan un amplio rango de tamaños de partículas, como es el caso de los suelos de textura abierta, con un bajo contenido en materia orgánica o saturados en agua cuando son pisoteados, tales como los suelos pardos antárticos o los criosoles, y por lo tanto los suelos de la Antártida marítima son propensos a esta alteración. Hay que tener en cuenta que el grado de compactación varía estacionalmente, produciéndose una recuperación durante el invierno austral, por efecto de la falta de uso y, sobre todo, por efecto de los procesos de gelifracción y crioturbación (TEJEDO et al., 2009). Además, la compactación se ve afectada por la presencia de

permafrost, típica de los criosoles, que desencadena una elevada compactación como consecuencia de la agregación y consolidación de los componentes sometidos a bajas temperaturas. En este contexto, las pisadas de los visitantes en senderos antárticos comprometen la comunidad colembológica (TEJEDO et al., 2014).

Por otro lado, el impacto humano indirecto puede generar una gran alteración en las comunidades de fauna edáfica mediante la introducción de especies exóticas, tal y como se comenta anteriormente. Los humanos podrían actuar como un vector de dispersión de flora y fauna entre diferentes regiones de la Antártida, tal y como se ha constatado en Georgia del Sur (subantártica) a través de los vehículos de trabajo (excavadoras) empleados (HUGHES et al., 2010). La translocación de flora entre diferentes

regiones podría alterar sustancialmente las comunidades edáficas nativas como consecuencia de la alteración de las propiedades edáficas. Los estudios de FRENOT et al. (2005) apuntan en esta dirección,

de manera que propone alteraciones en diferentes localidades como consecuencia del establecimiento de flora exótica. Así, en la Isla Kerguelen (subantártica) se espera que las poblaciones de la gramínea invasora Poa annua L. aumenten desencadenando una disminución de las comunidades de

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invertebrados terrestres nativos, mientras que en la Isla Heard (subantártica) se espera el establecimiento de especies exóticas ligadas a la presencia de P. annua (FRENOT et al., 2005). Un

patrón parecido sigue la gramínea invasora Poa pratensis L. en la Antártida (PERTIERRA et al., 2013a).

Estas especies poseen un intrincado sistema de raíces que podría impedir el crecimiento de otras plantas (BOSY & READER, 1995; HENDRICKSON &LUND, 2010), desencadenando unas consecuencias

negativas para la flora y la fauna autóctonas, las cuales están adaptadas a las condiciones antárticas (TILBROOK 1967b; RUSSELL et al., 2014).

En este capítulo se definen las áreas de estudio consideradas en la presente tesis. Se describen para cada una de ellas su ubicación, la geomorfología, la fauna y la flora más representativas que proporcionan el sustento general para comprender los procesos subsecuentes analizados en esta investigación. Se aportan datos de edafología en las regiones libres de hielo de la Antártida marítima, poniendo especial énfasis en los suelos ornitogénicos y geotermales propios de las áreas analizadas.

Zonas de estudio

29 La Antártida comprende un área de 13,97 x 106 km2 y es el quinto continente más grande, de los siete

que conforman el planeta Tierra (STONEHOUSE, 2002). Sólo el 0,35% de toda esta masa de tierra está

libre de hielo (BOCKHEIM, 2014).

En función de la similitud que existe entre las comunidades de flora y fauna, tal y como consideran CHOWN &CONVEY (2006) y THOMAS et al. (2008), la Antártida se divide históricamente en tres regiones

biogeográficas (Figura 3.1): subantártica, marítima y continental (SMITH, 1984; LONGTON, 1988).

La Antártida continental está formada por la mayoría del continente Antártico, excepto la costa oeste de la Península Antártica e islas cercanas, que pertenecen a la Antártida marítima. Ésta incluye dichas regiones, además de la Isla Bouvet y los archipiélagos de Shetland del Sur, Orcadas del Sur y Sandwich del Sur. La región subantártica comprende los principales grupos de islas de los Océanos del Sur (Georgia del Sur, Marion, Príncipe Eduardo, Crozet, Kerguelen, Heard y Macquarie), las cuales se encuentran en las inmediaciones del frente polar antártico (CONVEY, 1996). La separación entre la

Península Antártica y el continente se establece en la discontinuidad biogeográfica denominada Línea de Gressitt, localizada en la latitud 72° S (CHOWN &CONVEY, 2006).

Todas las localidades muestreadas en la presente tesis corresponden a la Antártida marítima. En esta región el clima es más benigno que en el continente. Durante el verano austral, la temperatura Figura 3.1. Mapa con las tres regiones biogeográficas que conforman la Antártida. Las regiones biogeográficas

corresponden a: Continental Marítima Subantártica. Datos obtenidos de THOMAS et al. (2008). Mapa modificado de AUSTRALIAN ANTARCTIC DATA CENTRE (2016).

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