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7. Discusión de resultados

7.6 Análisis espacial de las investigaciones clasificadas

El 67% de las coberturas boscosas del país se encuentran en la Amazonia, el 9,4% en la Región Pacífica y el 17,1% en la Región Andina (IDEAM, 2011). El mayor número de investigaciones se realizaron en la Región Andina (Fig. 8), concentrándose en los bosques secos, andinos y altoandinos (Fig. 9), esto puede deberse a que el Plan Nacional de Restauración (2015), en compañía de institutos científicos como el Humboldt lideraban el desarrollo de portafolios de restauración de páramos, humedales, bosques altoandinos y de bosque seco, y una guía de monitoreo a ejercicios de restauración, todo con el fin de orientar la toma de decisiones por parte

de actores locales, regionales y nacionales para la recuperación de áreas degradadas en estos ecosistemas (IAvH, 2013). Una estrategia de restauración ecológica participativa, de este plan era que se tenían cerca de 9.054 hectáreas en proceso de restauración en ecosistemas de bosque andino y bosque altoandino.

En contraposición con el estudio realizado por Murcia y Guariguata (2014), quienes analizaban los proyectos de restauración que se habían y se estaban ejecutando, señalaron que no se encontraron proyectos en bosque seco, altoandino o en páramos. Tampoco se observaron proyectos en bosques bajos pluviales o muy húmedos. Sesenta por ciento de los proyectos están en provincias ‘seca’, ‘húmeda’ y ‘muy húmeda’. En este sentido, se ha mostrado un incremento de estudios en bosque seco y altoandino. Otra de las razones por las cuales la zona Andina presenta el mayor número de registros, se puede deber al uso de ciertas zonas de esta región para ganadería y agricultura, o ambas, puesto que, es un motor de motivación económico y, por ende, se puede presentar un sesgo debido a la distribución geográfica. Como lo señala Murcia y Guariguata (2014), el grueso de los proyectos analizados está enfocado en suelos andinos que han sido de vocación agrícola y ganadera, con un nivel de perturbación de moderado a suave, en los cuales las barreras a la regeneración son menores pues aún conservan el suelo. Es importante resaltar, que, aunque uno de los objetivos era la restauración de páramos, dentro de los estudios encontrados tan solo 25 registros correspondieron a páramo de 263 registros en total. Así pues, la eliminación o disminución de disturbios como la agricultura y el pastoreo por sí sola, permite la recuperación de la vegetación de las comunidades naturales del páramo, con las especies típicas de los diferentes estratos y hábitos, como lo han confirmado observaciones en páramo en la cordillera Oriental, donde Jaimes y Sarmiento (2002), concluyeron que se requiere de al menos 12 años de eliminación de dichos disturbios, para recuperar una parte significativa de la vegetación típica del páramo

(Vargas et ál., 2012). Esta precisamente, puede ser una de las razones por la cual la investigación en páramos no ha sido significativa, pero aun así es completamente necesaria, sobre todo desde la parte de la recuperación de especies nativas de dicho ecosistema. Se busca recuperar los ecosistemas más fragmentados del país, que se concentran en los Andes, por encima de los 1000 m de elevación (Van Wyngaarden y Fandiño Lozano 2005, Etter et al. 2011).

Las investigaciones están concentradas en las zonas altas del país, mientras que zonas planas como el Caribe no presentan un número significativo de estudios. El grado de transformación de regiones como el Caribe (82,3%), los Andes (61,8%) y la Orinoquia (59,9%) revelan cifras dramáticas, según las cuales los procesos antrópicos han convertido extensas zonas en paisajes rurales (Lozano-Zambrano et ál., 2009). Esto señala, que la región del Caribe es una de las más afectadas por degradación de ecosistemas, que a pesar de ser la segunda región que más registros presentó (Fig. 8), este número de investigaciones no es representativo a comparación de la cifra de grado de transformación. En cuanto a la región de la Orinoquía, la cual también presenta un grado de afectación alto y es una de las que menos registros presentó con tan solo 3%, es decir, 9 registros, se relaciona de manera directa con el bajo número de estudios en el ecosistema de sabana, que aunque no es exclusivo de esta región, tan solo presentó 8 registros. Es pertinente entender que esta región hace parte del bioma de la sabana y de los sistemas ecológicos de las montañas tropicales húmedas. El resultado del Informe del Estado del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables del 2010, muestra como a nivel de ecosistemas, la mayor parte de los bosques naturales del país se ubican en el zenobioma húmedo tropical de la Amazonía y Orinoquía (42%), el litobioma de la Amazonía-Orinoquía (8,9%), los orobiomas bajo (5,1%) y medio de los Andes (4,4%) y el peinobioma de la Amazonía y Orinoquía (4,24%) (IAvH et al. 2011). La región de la Amazonía, presentó un 2%, es decir, tan solo 5 registros, una cifra muy baja

a comparación de su gran extensión de cobertura vegetal. A pesar de que la mayoría de bosques naturales se concentren en estas dos regiones, la investigación no ha tomado fuerza, pero si son regiones donde hay incidencia de disturbios naturales y antrópicos, en mayor medida.

De acuerdo al Sistema de Monitoreo de Bosques y Carbono para Colombia (IDEAM, 2012), a nivel nacional entre los años 2005 y 2010, aproximadamente el 56% del área deforestada se transformó a coberturas de pastos y el 10% a áreas agrícolas. La ganadería extensiva fue una de las principales causas de deforestación en el país, ocupando un 38% de la superficie total del territorio nacional, área que se ha expandido 14.6 a 38 millones de hectáreas en los últimos 50 años, la mayoría a costa del bosque tropical. A pesar de esto, los registros que presentó el bosque húmedo tropical fueron bajos; tan solo 29 investigaciones hicieron referencia a dicho ecosistema. Así pues, la región del Pacífico representó un 7%, es decir, tan solo 17 registros, y estas zonas tienen una característica importante puesto que son zonas expuestas a disturbios de origen natural, los huracanes y las tormentas tropicales están considerados entre los agentes naturales de perturbación más frecuentes y de mayor impacto en los ecosistemas marinos y costeros (Blasco, 1984; Rogers et ál., 1990; van Tussenbroek, 1994; Scheffer et ál., 2001). En este sentido, tanto el ecosistema costero (definido así puesto que varios estudios no fueron específicos), el cual contó tan solo con dos registros y el ecosistema de manglar, con 11 registros, son unos de los menos estudiados, ecosistemas víctimas de disturbios naturales y antrópicos que requieren de una alta inversión investigativa.

Según Murcia y Guariguata (2014), en menor grado se busca recuperar ecosistemas con problemas aún más severos como pérdida de suelo orgánico o contaminación, afectados por actividades mineras o industriales, o vertimientos urbanos o agrícolas. Esto no es indicativo de que estas dos últimas amenazas sean menos importantes o comunes, sino que probablemente refleja

dos posibles situaciones. La primera, es que reflejen un sesgo en la formación profesional de los administradores y restauradores, que aún no cuentan con las herramientas conceptuales y prácticas para tratar estos problemas efectivamente. La segunda, es posible que se deba a que solo hasta este año existen los mecanismos legales para catalizar proyectos de restauración en estos lugares. Hasta el momento, en relación a lo expuesto anteriormente, se sigue presentando una limitación en la investigación de ciertas regiones como las mencionadas, donde la investigación es insignificante, posiblemente se deba a la falta de herramientas conceptuales, es decir, falta de investigación de acceso libre para que estas zonas puedan ser priorizadas para la restauración práctica.