FOUCAULT O LA TRANSFORMACIÓN POR EL PROPIO CONOCIMIENTO
1. Análisis de las relaciones de poder
Sin duda el problema filosófico más infalible es el del presente, de lo que somos en este preciso momento. Sin duda el objetivo principal en estos días no es descubrir lo que somos, sino rechazar lo que somos.8
Durante el largo periodo en el cual Foucault se dedica, en apariencia exclusivamente, a lo que él denomina analítica del poder ―de la que Vigilar y castigar es pieza fundamental―, en realidad el autor está concentrado en “crear una historia de los diferentes modos de subjetivación del ser humano en nuestra cultura”. Así lo reconoce en “El sujeto y el poder”, texto que escribe en 1983 como epílogo para la segunda edición del libro de Hubert L. Dreyfus y Paul Rabinow: Michel Foucault: más allá del estructuralismo y la hermenéutica.
7 Michel Foucault. “Una estética de la existencia”. En: El yo minimalista y otras conversaciones. Op. cit. p. 136. En “El Sujeto y el poder”, el autor se refiere a las dos acepciones de sujeto que considera que existen: “sometido a otro a través del control y la dependencia, y sujeto atado a su propia identidad por la conciencia y el conocimiento de sí mismo. Ambos significados sugieren una forma de poder que subyuga y somete”. En: Hubert L. Dreyfus y Paul Rabinow, Michel Foucault: más allá del estructuralismo y la hermenéutica, México: UNAM, 1988. p. 231.
Entre esos modos de objetivación que transforman a los humanos en sujetos, el autor destaca tres:
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Primero, el modo de investigación que aspira al status de ciencia, y del cual tenemos las variables del sujeto de la Gramática General, la filología y la lingüística; pero también la objetivación ―por cuenta de la economía― del sujeto productivo, y la objetivación del ser viviente por cuenta de la biología. El análisis de estos modos de objetivación lo lleva a cabo de modo específico en Las palabras y las cosas.•
Segundo, alude a las “prácticas divisorias” según las cuales el sujeto está dividido tanto en su interior como escindido de los otros; estas prácticas lo objetivan, y expresión de ello es la demarcación loco/cuerdo, enfermo/sano, normal/anormal, delincuente/buen ciudadano. Del análisis de este modo de objetivación constituyen una muestra tanto su seminario Los anormales como Vigilar y castigar.•
Y tercero, Foucault analiza el modo como los humanos se transforman a sí mismos en sujetos en la medida en que aprenden a “reconocerse a sí mismos como sujetos de la sexualidad”. De esto se ocupa el autor en la fase final de su obra con el enorme proyecto de hacer una Historia de la sexualidad.A partir de estas precisiones el autor enfatiza que no es el tema del poder ―por más que durante buena parte de esos últimos veinte años se haya visto ‘entretenido’ con él― lo que le interesa, sino ante todo la cuestión del sujeto, el hecho de que éste sea producto de diversos modos o prácticas de objetivación de lo humano. Y un modo, y quizá el más complejo, tiene que ver con las relaciones de poder, con la forma como éste se ejerce. Es decir, el autor no se ocupa del poder como un hecho o atributo que pudiera existir en sí mismo, sino que avanza en el análisis de las relaciones de poder. Es por eso que a propósito de las preguntas: ¿qué es el poder? y ¿qué es el Estado? Foucault introduce una verdadera ruptura con relación a los análisis más socorridos de la época, sobre todo a los de carácter marxista, según los cuales el poder estaría siempre articulado a una ideología y sería represivo por definición.
En Vigilar y castigar es claro que el poder no es un privilegio o atributo de una clase dominante sino el efecto de conjunto de diversas posiciones estratégicas; el poder tampoco estaría localizado en el Estado, sino que, por el contrario, el Estado es
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el efecto de toda una multiplicidad de engranajes que configuran a su vez una microfísica del poder. De allí, que las sociedades modernas surjan como sociedades disciplinarias en el siglo XVIII; pero ello no quiere decir que los individuos que las conforman se tornen más obedientes o espontáneamente adeptos de cuarteles, cárceles o escuelas, sino que la introducción de la disciplina implica un complejo “proceso de ajuste crecientemente controlado ―cada vez más racional y económico― entre las actividades productivas, los medios de comunicación y el juego de las relaciones de poder”9. La disciplina se instaura entonces como una nueva tecnología del poder que determina la dinámica y la relación entre aparatos e instituciones, y que además prolonga los efectos de éstos en los cuerpos y las subjetividades. O sea que la disciplina funda un nuevo modo de ser del poder: un poder difuso, nada localizado, ni constante ni uniforme, sino ante todo rizomático, y del que cualquiera puede ser parte activa; por tanto, es inherente a todos los individuos de una comunidad por el sólo hecho de vivir insertos en ella, pues no hay sociedad sin ejercicio del poder; es decir, que no es posible sustraerse a ello porque en sí no constituye una estructura suplementaria con cuya desaparición radical se pudiera quizá soñar. En todo caso, vivir en una sociedad es vivir de modo tal que la acción de unos incida sobre los otros.
El poder tampoco está determinado o subordinado ―como si fuese una infraestructura o una superestructura― a un modo de producción, es decir, las relaciones de poder no están en posición de superestructura, sino que ‘están allí donde desempeñan un papel directamente productivo’.
El poder, menos aún, procede por ideología, y no actúa necesariamente a través de la violencia y la represión; más bien, en cuanto que relación de poder, no es violencia, tampoco es consentimiento. No es una acción que actúe directamente sobre otros, sino “sobre acciones eventuales o actuales, presentes o futuras. […] Es un conjunto de acciones sobre acciones posibles”10. Relación de fuerzas entonces cuyos efectos pueden ser incitar, suscitar, seducir, facilitar, limitar… afectar o ser afectado. Por tanto, es claro que las relaciones de poder son productivas y positivas, pues necesariamente abren espacios en
9 Ibíd., p. 237. 10 Ibíd., p. 238.
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los que se cruzan fuerzas y acciones, y que permiten vincular efectos y afectos. En consecuencia, no tiene caso la pregunta acerca de qué es el poder o de dónde viene, sino más bien, cómo se ejerce, a lo cual se responde diciendo que el ejercicio de poder “aparece como un afecto, puesto que la propia fuerza se define por su poder de afectar a otras”11.
En cuanto relación de fuerzas, el poder es igualmente una dinámica que da lugar a nuevas formas de subjetivación: modos de incorporación del afuera, pues la relación de fuerzas no se da más que en un afuera radical y no se concretan más que en modos de ser. En este sentido, la analítica del poder es a la vez una analítica de los modos de subjetivación, de ‘interiorización del afuera’, “pliegues y plegamientos que constituyen un adentro”, “un adentro que sólo sería el pliegue del afuera, como si el navío fuese un pliegue del mar”12.
Por lo dicho hasta este punto, se entiende que una concepción tan amplia y tan potente de las relaciones de poder como la que defiende Foucault no puede menos que recusar la hipótesis del poder represivo, de lo cual se ocupará ampliamente en el volumen I de la Historia de la sexualidad, La voluntad de saber. Allí, el autor introduce “La apuesta”, el reto, de pensar por fin el “sexo sin ley y, a la vez, el poder sin rey”, pues muestra cómo la denominada hipótesis represiva ―que, obedeciendo al puritanismo burgués del siglo XIX, definió el lugar de la sexualidad bajo el triple decreto de la prohibición, la inexistencia y el mutismo― se sostiene sólo en la medida en que el poder sea pensado bajo el clásico modelo monárquico, lo cual no deja de ser del todo irónico, pues ¿no se esperaría que la Revolución Francesa hubiese contribuido a pensar el poder más allá de la sombra de la monarquía? Es preciso entonces avanzar hacia otra concepción del poder que permita comprender, por ejemplo, que “en las sociedades modernas el poder en realidad no ha regido la sexualidad según la ley y la soberanía”, sino que, por el contrario, lo que allí se descubre es una “verdadera tecnología del sexo mucho más compleja y sobre todo mucho más positiva que el efecto de una mera ‘prohibición’”13. Más
11 Gilles Deleuze. Foucault. México: Paidós, 1987. p. 100. 12 Ibíd., pp. 128 y 129.
13 Michel Foucault. Historia de la sexualidad. I: La voluntad de saber. México: Siglo XXI, Vol I, 1991. p. 110. En el capítulo I: “Nosotros los victorianos”, se muestra cómo del siglo XIX al XX se mantuvo un encarnizamiento en hablar de la sexualidad en términos de represión: una
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aún, en las sociedades disciplinarias, las relaciones de poder clasifican, distribuyen, normalizan, y, sobre todo, más que reprimir, “producen realidad”; y más que ideologizar, más que abstraer u ocultar, “producen verdad”. En realidad, “la represión y la ideología no explican nada, sino que suponen siempre un agenciamiento o ‘dispositivo’ en el que actúan, y no a la inversa”14.
De igual modo, se entiende que ―en consecuencia con esta analítica del poder en cuanto que relaciones de fuerza o conjunto de acciones sobre otras acciones posibles― el autor recuse también la noción de poder de estado que se expresaría como ley. Es por ello que Foucault puede sustituir la oposición ley- ilegalidad (que a su juicio es demasiado simple) por la correlación mucho más sutil ilegalismos-leyes. Es decir, que:
la penalidad sería entonces una manera de administrar los ilegalismos, de trazar límites de tolerancia, de dar cierto campo de libertad a algunos, y hacer presión sobre otros, de excluir a una parte y hacer útil a otra; de neutralizar a éstos, de sacar provecho de aquéllos. En suma, la penalidad no ‘reprimiría’ pura y simplemente los ilegalismos; los ‘diferenciaría’, aseguraría su ‘economía’ general.15
Por tanto, la ley está para gestionar, para administrar los ilegalismos: permite unos, tolera otros, prohíbe otros bajo esa moderna invención de la delincuencia de la cual políticamente se extraen ganancias y ventajas. La delincuencia entonces no será más que el orden de los ilegalismos colonizados, y detrás suyo, una amplia manifestación política.
Foucault muestra además que ese modo específico de relación de fuerzas llamado poder disciplinario, que se configura desde finales del siglo XVIII, se soporta básicamente en tres verdadera proliferación discursiva justamente en torno al sexo como lo que se prohíbe, no existe y se reprime. Como si hubiese una especie de ‘beneficio del locutor’, quien habla del sexo reprimido goza de un aire de transgresión: habla contra los poderes, contradice la ley, promete mares de voluptuosidad. Pero, sobre todo, hablar del sexo reprimido, garantiza el sostenimiento de las legendarias prácticas de la predicación y de la confesión.
14 Gilles Deleuze. Foucault. Op. cit. p. 55.
15 Michel Foucault. Vigilar y castigar, El nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI, 2001. p. 277.
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acciones: distribuir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo. De ahí, que el poder no se posee sino que se ejerce, y en él participan activamente tanto los llamados dominados como los dominantes, entre ambos se teje una transversalidad, donde la resistencia misma es un componente indispensable, casi un a priori de la relación de poder, en la medida en que ésta no puede darse más que entre individuos libres. En ese complejo juego no se puede disociar la ‘relación de poder y la rebeldía de la libertad’, o, dicho de otro modo, la ‘obstinación de la voluntad y la intransitividad de la libertad’. Por tanto, no se trata de antagonismo entre las partes, sino más bien de agonismo, de incitación recíproca, de lucha, de provocación y resistencia permanente.
El ejercicio del poder conduce las conductas y ajusta las probabilidades; es decir, más que una confrontación o vinculación entre dos adversarios, es ‘una cuestión de gobierno’, como dice Foucault en el sentido amplio que tenía la palabra gobierno en el siglo XVI y que permite pensar la relación de poder más allá de los estrechos marcos de la violencia, la lucha, el contrato y el consenso, ya que en aquella época, el gobierno se entiende como:
el modo de dirigir la conducta de individuos o grupos: el gobierno de los niños, de las almas, de las comunidades, de las familias, de los enfermos. No sólo cubría las formas instituidas y legítimas de sujeción económica o política, sino también modos de acción, más o menos pensados y calculados, destinados a actuar sobre las posibilidades de acción de otros individuos. Gobernar en este sentido es estructurar el posible campo de acción de los otros.16
16 Michel Foucault. “El Sujeto y el poder”. Op. cit. p. 239. El ejercicio del poder como gobierno de los otros también es analizado por Foucault en el ámbito de la antigüedad griega y romana, donde gobernar a otros presupone gobernarse a sí mismo, cuidar la relación consigo mismo y con los otros; en otras palabras, el cultivo de una ética que deviene estética de la existencia, y ésta a su vez no es posible sin una experiencia de la libertad. Libertad, por ejemplo, con relación a dos cosas que han determinado ampliamente el devenir de la civilización: la moralidad como obediencia, y el ideal del sujeto autónomo, fundacional, universal. Véase: Historia de la sexualidad. II: El uso de los placeres.
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2. Técnicas de saber y estrategias de poder
No hay pues que confundir las categorías afectivas de poder (del tipo ‘incitar’, ‘suscitar’, etc.) con las categorías formales del saber (educar, cuidar, castigar) que pasan por ver y hablar, a fin de actualizar las primeras.17 La analítica de las relaciones de poder conduce a Foucault a privilegiar las nociones de poder de normalización y poder disciplinario y a recusar, como ya vimos, las tesis que definen el poder en términos de represión e ideología. Normalizar y disciplinar son estrategias decisivas en la construcción de esa invención moderna que conocemos como individuo: se trata de hacer dóciles los cuerpos y de encauzar las conductas. Y para lograrlo se diseñaron estrategias aparentemente simples pero de complejos y prolongados efectos. En primer lugar, los mecanismos de vigilancia, panópticos, en los cuales la mirada es un dispositivo que produce efectos de saber y de poder; en segundo lugar, las estrategias de normalización, pues se asume que la norma obliga a la homogeneidad pero también individualiza al permitir las desviaciones y hacer útiles las diferencias; y en tercer lugar, los nuevos rituales que hacen más sofisticada la antigua y confesional práctica del examen, pues se trata ahora de combinar la jerarquía que vigila y la sanción que normaliza, y de este modo, mediante el examen, el individuo es captado por un enorme sistema documental donde se le describe, analiza y clasifica, sistema este que está en el origen de las llamadas ‘ciencias clínicas’ en la modernidad.
Se entiende entonces que un régimen disciplinario, en extremo individualizante, garantice un poder anónimo y funcional, y sobre todo un poder con enormes y prolongados efectos en la sociedad. Así, por ejemplo, en un régimen tal se concentran los dispositivos de vigilancia sobre ciertos individuos: el niño, el loco, el delincuente, y a partir de allí se construye un modelo para rastrear los signos de infantilismo en el adulto, los grados de insania en el individuo ‘normal’ y las secretas tendencias al crimen en el ‘buen hombre’. Y es en esta inversión de los procedimientos de individualización donde tienen su raíz según Foucault ‘todas las ciencias, análisis o prácticas con raíz ‘psico’. Con estas prácticas nace el ‘hombre
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calculable’, objeto de una ‘nueva tecnología del poder y otra anatomía del cuerpo.’ En última instancia, estas prácticas son parte fundamental de la técnica moderna que produce ‘individuos como elementos correlativos de un saber y de un poder’. De ahí que el individuo sea:
una realidad fabricada por esa tecnología específica de poder que se llama la ‘disciplina’. [Por eso] Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: ‘excluye’, ‘reprime’, ‘rechaza’, ‘censura’, ‘abstrae’, ‘disimula’, ‘oculta’. De hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.18
No existen entonces técnicas de saber ajenas a las relaciones de poder y viceversa, saber y poder se reclaman entre sí, se requieren recíprocamente para existir.
Ahora, el poder normalizador se soportará propiamente hablando en la ‘red carcelaria’, en lo carcelario social ―en esa especie de prisión desparramada en todo el tejido social― que se hizo extensivo en la modernidad como modelo institucional. La red carcelaria de la sociedad, prohijada y requerida largamente tanto por la medicina, como por el ejercicio jurídico, es lo que asegura un engranaje de saber-poder sobre el individuo; engranaje que se vale de procedimientos de observación constante, distribución, registro y clasificación; que se vale en últimas de una inmensa tecnología del examen que:
ha objetivado el comportamiento humano. Si hemos entrado, después de la edad de la justicia ‘inquisitoria’, en la de la justicia ‘examinatoria’, si, de una manera más general aún, el procedimiento de examen ha podido cubrir tan ampliamente toda la sociedad, y dar lugar por una parte a las ciencias del hombre, uno de sus grandes instrumentos ha sido la multiplicidad y el entrecruzamiento compacto de los mecanismos diversos de encarcelamiento.19
18 Michel Foucault. Vigilar y castigar, Nacimiento de la prisión. Op. cit. p. 198.
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A medida que Foucault muestra el devenir de lo que se consideró anormal en el siglo XIX y de lo que se extendió como modelo carcelario, muestra también que las llamadas ciencias o disciplinas del hombre nacen justamente de un trastorno en la episteme ensartada con una nueva modalidad de poder, a partir de lo cual se estableció en la modernidad una:
determinada política del cuerpo, una determinada manera de hacer dócil y útil la acumulación de los hombres. […] El sistema carcelario constituye una de las armazones de ese poder-saber que ha hecho históricamente posibles las ciencias humanas. El hombre cognoscible (alma, individualidad, conciencia, conducta, poco importa aquí) es el efecto-objeto de esa invasión analítica, de esa dominación- observación.20
Tan comprometida está la génesis de nuestros saberes humanos con lo carcelario, que no en vano la proliferación de estos saberes representan un punto de desvanecimiento de lo carcelario mismo, tal como lo constata el autor cuando advierte que actualmente la medicina, la psicología, la educación, el trabajo social, le sustraen cada vez mayores cuotas de poder al aparato penal, y ello supone necesariamente que de ese modo la prisión, lo carcelario, se medicaliza, se psicologiza, se pedagogiza. Para Foucault, un problema en nuestra época es justamente la gran expansión y la importancia creciente de los “dispositivos de normalización y toda la extensión de los efectos de poder que suponen, a través del establecimiento de nuevas objetividades”21.
Las llamadas sociedades disciplinarias que se perfilan en la segunda mitad del siglo XVIII presuponen pues un acelerado proceso de ajuste entre las actividades productivas, los recursos de poder y el papel de las relaciones de poder: trabajo, discurso