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La anorexia y la bulimia desde la psiquiatría clínica 

In document Enpoli, enero Edición: Ximena Cobos Cruz (página 138-148)

En el caso de la anorexia y la bulimia esto no es la ex- cepción. La anorexia encuadrada como una enfermedad y dentro del discurso médico, pasa a ser considerada un

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problema de salud. Como ciertamente puede comportar un riesgo de muerte, se establece para abordarla una prio- ridad que, en la mayor parte de los casos, se mantiene como única alternativa: Todas las estrategias deben ir di- rigidas a restituir una alimentación normal (Strada; 2002: 18). Para lograrlo, refiere Strada “la autoridad médica y su entorno social y familiar ponen varios recursos como son: seducción, chantaje, cuidados maternales y llamadas al sentido común y a su inteligencia” (Strada; 2002: 23). En el mejor de los casos, no olvidemos que a partir del “siglo XX, la anorexia nerviosa será catalogada como una pato- logía mental: específicamente, un desorden. Por ello mis- mo, las pacientes de anorexia nerviosa serán expuestas a tratamientos propios de la psiquiatría de la época. (Fer- nández; 2020). “Técnicas” como: lobotomías, extracción de tiroides, terapia electroconvulsiva, etc.” 

Desgraciadamente y al contrario de lo que afirman autores como Fernández, dichas “técnicas” no han sido de todo erradicadas y aún siguen vigentes, pues se utili- zan para tratar tanto la anorexia como la bulimia en pleno siglo XXI. Un ejemplo que ilustra esto perfectamente nos remite al martes 06 de septiembre de 2011, en la gace- ta del senado número LXI/3PPO-262/31603, el Senador Guillermo Tamborrel Suárez, del Grupo Parlamentario del Partido Acción Nacional (PAN) expresa su reconocimien- to al Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Tra- bajadores del Estado (ISSSTE) por su compromiso y éxito en el combate a los trastornos de la conducta alimentaria de la siguiente manera:

El Estado Mexicano ha mostrado su compromiso tanto en la prevención como tratamiento de los trastornos de la conducta alimentaria, particularmente, de la anorexia. Prueba de ello, es la operación denominada “leucotomía

límbica”, mejor conocida como “lobotomía prefrontal”, que elimina la fobia que tiene el paciente a comer, la cual, hasta ahora, se realiza sólo en el Centro Médico Nacional, 20 de noviembre, del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), de ma- nera gratuita a los derechohabientes de tal Instituto. (Ga- ceta del Senado; 2011).

Posteriormente, explica de forma breve en qué con- siste tal procedimiento: dicha operación consiste en inha- bilitar aquella parte del cerebro que regula las emociones a través de una técnica llamada “termo ablación”, la cual elimina con exactitud un mal específico que es ubicado mediante una “tractografía”, un procedimiento usado para poner de manifiesto las fibras cerebrales y, por tanto, iden- tificar el lugar exacto a tratar (Gaceta del Senado; 2011).

Empero, se omite que los primeros síntomas que ma- nifiestan las personas lobotomizadas normalmente son “estupor, estado confusional y problemas urinarios como incontinencia, habiendo una clara pérdida del control de esfínteres. Junto a ello, se dan alteraciones en la conducta alimentaria, manifestándose en un incremento del apetito hasta tal punto en el que se gana mucho peso tras la ope- ración. “(Montagud; 2020) Por lo que si bien se logra au- mentar el apetito del paciente, dicha intervención quirúr- gica afecta todas las funciones ejecutivas: concentración, planificación, memoria de trabajo, razonamiento, toma de decisiones, funciones de las cuales se encarga el lóbulo frontal. Como consecuencia, la planificación, la memoria de trabajo, la atención, la cognición social y la empatía se ven afectados; al respecto, Montagud señala: “El “reme- dio” calmaba a los pacientes, haciendo que su activación disminuyera, pero no porque mágicamente había desa- parecido el trastorno, sino más bien porque se les había convertido en zombies” (Montagud; 2020). Otras conse-

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cuencias que se derivan de la lobotomía es que “muchos pacientes empezaron a sufrir convulsiones tras ser inter- venidos [...], sin embargo, el efecto más claramente grave era la muerte. Según algunas fuentes, uno de cada tres pacientes no sobrevivía a este tipo de intervención, pese a su breve duración. También se dieron múltiples casos de personas lobotomizadas que acabaron suicidándose a causa de ello” (Montagud; 2020).

El documento en donde el senador panista Guillermo Tamborrel Suárez felicita al Instituto De Seguridad Y Ser- vicios Sociales De Los Trabajadores Del Estado (ISSSTE) prosigue:

A través de la “leucotomía límbica” se elimina del cerebro de los pacientes con anorexia, la obsesión por mantener- se, así como la imagen de un cuerpo obeso. (Gaceta del Senado; 2011).

En ese tenor, en dicho documento tampoco se hace referencia a que en 1967 fue prohibida este tipo de inter- vención quirúrgica por considerarse invasiva, ya que mo- difica la integridad de la persona y pueden atentar contra su dignidad y hasta con su propia vida. El reconocimiento del senado no sólo omite e ignora esta información, sino que considera que dicha operación es la panacea para so- lucionar cualquier tipo de trastorno alimenticio:

Es tal la esperanza que genera dicha operación, que el Centro Médico Nacional 20 de noviembre del ISSSTE pre- para ya este tipo de intervenciones neurológicas para combatir la obesidad, la cual, si no se implementan polí- ticas públicas con el objetivo de erradicarla, en los próxi- mos años podría absorber de manera total el presupuesto de salud en México, ya que nuestro país ocupa el primer lugar en obesidad tanto en adultos como infantil. En este sentido, la operación de cerebro para eliminar la obesi-

dad tendría como finalidad detener la señal en el cerebro de ingesta compulsiva y de esta manera se lograría que el paciente no tuviera la necesidad de comer de manera desmedida. Así, el ISSTE, mediante la leucotomía límbica, reafirma el compromiso que tiene hacia el mejoramiento en la salud de México, logrando hacer realidad con la “leu- cotomía límbica” lo que antes se veía como un futuro muy lejano e incierto, una posibilidad real y material para com- batir los trastornos de la conducta alimentaria. (Gaceta del Senado; 2011).

Actualmente dicho tratamiento sigue siendo imple- mentado. Donají valora que un 60% de este tipo de trata- mientos son realizados a mujeres, y en ciertos hospitales y durante periodos determinados, la relación es de hasta 3 mujeres por cada hombre. A pesar de la falta de datos, existen elementos para suponer que algunos de los diag- nósticos (que son el sustento de la supuesta “finalidad te- rapéutica”) corresponden a sesgos de género y discapa- cidad, pues estos incluyen depresión mayor, anorexia y bulimia (Donají; 2019).

Esta autora afirma que la Hospitalización de Psiquia- tría en el sistema de salud pública en México —en hospi- tales del IMSS, del ISSSTE y de la Secretaría de Salud— se hacen electroshocks y, además, el IMSS y el ISSSTE reali- zan lobotomías (Donají; 2019). Al consultar la página web del gobierno de México para corroborar dicha informa- ción, ésta nos remite al informe emitido por la Secretaria de Salud hecho por el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez (2018): 

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Siguiendo a la autora, es importante señalar que no es casualidad que “los electroshocks y los tratamientos irreversibles en el ámbito psiquiátrico suceden constante- mente, con recursos públicos, en lugares donde se da una limitación de libertad. Éstos, además, se aplican a pobla- ciones específicas en desigualdad, casi siempre las mis- mas, una y otra vez.” (Donají; 2019).

Esto se debe a que la salud pública concibe a la salud como una mercancía de lujo y de lucro. En consecuen-

cia, los tratamientos que son ineficaces e inefectivos, y muchas veces hasta contraproducentes, sólo se podrán realizan en poblaciones marginales. Debido a que dichas poblaciones, por sus condiciones económicas, raramente mostraran algún tipo de resistencia, no sólo ante el saber médico hegemónico sino ante sus tratamientos inhuma- nos, pues el dolor y la desesperación, aunados a las po- cas  o nulas  posibilidades económicas de buscar otras alternativas, hacen que estos se resignen ante cualquier propuesta médica realizada por la institución pública, des- pués de todo, la tarea social de ésta debería ser buscar el bienestar y la salud del paciente. Aunque en los hechos esto no siempre sea así.

Como podemos observar, las diversas soluciones que se han implementado desde la salud pública, a través de la psiquiatría biomédica, en torno a la anorexia y la bulimia no han sido ni efectivas, ni suficientes, pues parten de una psiquiatría positivista, medicalizada, reduccionista; que revela la preferencia por estos tratamientos y “refleja un enfoque que centra el problema en la persona y hace caso omiso del contexto social-cultural en el que se encuentra inmerso el sujeto. Además, omite las relaciones de poder y dominación que se ven implicadas en esos diagnósticos y que justifican estos tratamientos. Si concedemos las múl- tiples violencias que se esconden detrás de estas prácti- cas habremos de incluir un cuestionamiento sin tregua a los marcos que permiten que se realicen.” (Donají, 2019) Como son la salud pública y la psiquiatría biomédica.

Bibliografías:

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del Grupo Parlamentario del Partido Acción Nacional, la que contiene punto de acuerdo para expresar reconoci- miento al Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado por su compromiso y éxito en el combate a los trastornos de la conducta alimen- taria. LXI/3PPO-262/31603. Recuperado (05/05/2020)

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