• No se han encontrado resultados

El origen del ruido como sonido molesto es tan antiguo como la existencia del hombre; desde muy pronto observaron que gritando de forma salvaje conseguían ciertos efectos intimidatorios. Ya en la época romana, aparecieron escritos sobre las molestias causadas por los ruidos producidos por ciertas actividades humanas, como por ejemplo el ruido generado por las carretas circulando por caminos empedrados. En la Europa Medieval, se prohibió la circulación de carruajes de caballos en periodos nocturnos para asegurar un sosegado sueño de los habitantes [Berglund et al., 1999]. En el siglo XV aparece en Berna la primera normativa municipal prohibiendo la circulación de carretas en mal estado que causaran un excesivo ruido. Entre los siglos XVI y XVII, se produjo un incremento de la legislación de ruido urbano dirigida contra ciertas actividades musicales callejeras muy molestas para la población [Schafer, 1994]. Con el comienzo de la Era Industrial, siglo XIX, surge la construcción de barriadas obreras en torno a los centros urbanos, y como consecuencia de esto las primeras líneas de tranvías y ferrocarriles. Éstos ocasionaron los primeros problemas de ruido de tráfico conforme los vehículos de explosión interna comenzaron a extenderse. A principios del siglo XX y en otro continente, en la etapa gloriosa que vivió Manaus, situada en el centro del Amazonas, se adoquinó con caucho la Plazo Sao Sebastiao, como medida reductora del ruido [Reig, 2001].

Los problemas generados por el ruido en el pasado no son comparables con los problemas detectados en la sociedad moderna. El hombre actual vive en un mundo con un entorno acústico radicalmente diferente a cualquier conocido en el pasado. El estruendo de un avión en el aire, el estrépito y estridencia de las actividades industriales, el barullo del tráfico en la ciudad, el zumbido de transformadores y sistemas de ventilación…, son sonidos reconocidos por todos, los cuales originan la aparición de un ambiente ruidoso en nuestras vidas, especialmente cuando se reside en aglomeraciones urbanas, apareciendo una considerable reducción del bienestar de la población [De Coensel, 2007].

Los niveles sonoros ambientales van aumentando paulatinamente con el desarrollo económico y social, concentrándose en las grandes aglomeraciones urbanas. Hoy en día, la necesidad de movilidad del hombre, que ha originado un desarrollo vertiginoso de los medios de transporte, junto con la demanda creciente del confort o calidad de vida, hacen que el ruido sea un factor importante del urbanismo moderno.

A partir de multitud de tempranas encuestas y mediciones de ruido de tráfico, publicadas en la literatura científica [Bonvallet, 1949; Meister, 1956; Purkis, 1964; Griffiths & Langdon, 1968], se ha establecido que el transporte y principalmente el tráfico motorizado ha sido la fuente dominante de contaminación sonora urbana desde la Segunda Guerra Mundial, o probablemente antes [De Coensel, 2007]. Autores como Gaja, confirman este aspecto, indicando que de entre los distintos ruidos originados en una ciudad, el ruido generado por el tráfico rodado es el que predomina claramente sobre los demás, exceptuando claro está, las zonas limítrofes con los aeropuertos, líneas férreas o industrias [Gaja, 1984]. Además, Schafer [1984] ha establecido que el ruido de tráfico supone de lejos la mayor fuente de quejas por ruido de la población.

Por otro lado, una de las causas que retrasaron el estudio de la contaminación acústica ha sido los problemas con que se enfrentaron los investigadores del pasado en encontrar un utillaje adecuado para la realización de medidas, además de las dificultades inherentes a la medida sobre intervalos dilatados en el tiempo, pues no existía una tecnología que permitiera el almacenamiento de datos. De hecho, fue en el año 1972, cuando el Congreso Mundial de Medio Ambiente de Estocolmo, organizado por la ONU, consideró, por primera vez, el ruido como agente contaminante. A partir de esta

fecha, el ruido es considerado como un serio riesgo para la salud, y no solo como una incomodidad. De entre la multitud de efectos adversos para la salud ocasionados por el ruido cabría destacar, por ejemplo, daño auditivo [Ward, 1993], molestia por ruido [Job, 1988] y perturbación del sueño [Finegold & Elias, 2002]; o efectos fisiológicos, tales como, aumento de la presión sanguínea o incremento del ritmo cardíaco [Stansfeld & Lercher, 2003].

Recientes encuestas realizadas, ponen de manifiesto que existe una fuerte conciencia ciudadana en contra de este tipo de contaminación. Actualmente, se ha calculado que alrededor del veinte por ciento de la población de la Unión Europea, o sea, cerca de 80 millones de personas están expuestos a niveles de ruido que los científicos y los expertos sanitarios consideran inaceptables, niveles en los que la mayoría de las personas se sienten incómodas, su sueño se ve perturbado y padecen efectos nocivos para la salud. Además, otros 170 millones de ciudadanos viven en las llamadas "zonas grises", en las que los niveles de ruido son tales que causan una molestia importante durante el día [Comisión de las Comunidades Europeas, 1996].

La planificación urbana y el control de ruido deben constituir una de las tareas continuas y prioritarias de las autoridades. Habida cuenta de la gran complejidad que supone llevar a cabo una adecuada planificación urbana, como consecuencia de la gran cantidad de variables que entran en jugo, el urbanismo debiera estar en manos de equipos multidisciplinarios, cuya estrategia principal consista en evitar el impacto negativo del ruido generado por el tráfico rodado y optimizar la zonificación del suelo, tomando en consideración el ruido entre otros aspectos [Reig, 2001].