Capítulo 2: Una introducción a la novela de formación
2.5. La novela de formación en la literatura española
2.5.2. Antecedentes directos de la novela de formación
2.5.2.1. Las novelas de 1902: Azorín y Baroja
Para ir acercándome cronológicamente a las novelas que este estudio quiere analizar, es necesario realizar un salto generacional y centrarnos en un año emblemático en las letras españolas, el año 1902, fecha en que ven la luz cuatro grandes novelas del siglo XX, obra de cuatro de los grandes escritores de dicho siglo. Son Amor y pedagogía de Unamuno, Sonata de Otoño de Valle Inclán y dos novelas fronterizas con el género del bildungsroman: La voluntad de Azorín y Camino de perfección de Baroja.
Nuevamente nos encontramos con una nación en decadencia, una sociedad en crisis y una época de convulsos cambios. Para empezar, las cuatro obras de este año abren la novela española al futuro alejándola de la novela que había predominado en el siglo anterior. Son las primeras novelas que pueden adscribirse al movimiento modernista, aquel que pretende alejarse de la convención precedente, es decir, el realismo y el naturalismo que dominaba la creación novelística hasta el cambio de siglo. La novela realista se caracteriza por un punto de vista objetivo y un narrador omnisciente, narrador capaz de bucear en los sentimientos y pensamientos de los personajes pero, a su vez, con el poder para describir la realidad al detalle, una realidad que intenta ser un reflejo exacto del mundo real, un espejo de la sociedad del momento. Pero conforme el siglo XIX se acerca a su fin, una acuciante pregunta hace su aparición: ¿cuál es la realidad que la novela realista está reflejando? ¿Qué entendemos por realidad real? ¿Es posible hablar de realidad dentro de la ficción que constituye la esencia de cualquier novela? Si la narración es, por sí misma, una ilusión, ¿cómo podemos asegurar que es al mismo tiempo el reflejo del mundo real? Probablemente este primer cuestionamiento de la función de la narración es el primer signo de una nueva concepción de novela que surge en la Europa finisecular, una Europa que vive el fin de siglo como un momento crítico, vivencia que se convierte en esencia misma del movimiento modernista entre la intelectualidad española. Desde Tolstoi a Virginia
Woolf, se cuestiona el papel del arte que trata de imitar una realidad que, como tal, ha dejado de ser referente. Dirá Tolstoi, “when we define the value of a production by its realism, we merely show by this that we’re not speaking of a production of art, but of an imitation of it.”117 Y, Virginia Woolf, después de afirmar que la vida es todo menos una serie de linternas o focos simétricamente dispuestos, se pregunta:
Is it not the task of the novelist to convey this varying, this unknown and uncircumscribed spirit, whatever aberration or complexity it may display, with as Little mixture of the alien and the external as possible?118
Antes de que Virginia Woolf cuestionase en sus ensayos el papel del artista como imitador de la realidad y, prácticamente al mismo tiempo que Tolstoi negaba que la finalidad del arte fuese la imitación, algunos novelistas españoles ya ponían en práctica un tipo de narración que frente a la objetividad del realismo, se caracterizaba por la introversión y la subjetividad. Los personajes de estas novelas son seres en perpetuo conflicto consigo mismos, analizados desde una perspectiva psicológica y el énfasis recae, sistemáticamente, en la conciencia del individuo. Esta focalización en la mente del personaje principal deriva, en ocasiones, hacia una narración autónoma focalizada en sí misma, es decir, preocupada esencialmente con la narración en sí y no con la representatividad de referente externo alguno. Narraciones por tanto narcisistas o novelas auto referenciales, auto-conscientes, metaliterarias o, según la terminología anglosajona, novelas en las que predomina la “metafiction”, es decir, “fiction about fiction, that is, fiction that includes within itlself a commentary of its own narrative and/or linguistic identity.”119
Así pues, en ellas aparecen con frecuencia teorías sobre el arte de escribir y pueden acabar configurándose como la canalización de la ansiedad, preocupación e
117
Tolstoy, “What is art?” (1897) en ALLOTT, M. Novelists on the novel, London: Routledge and Paul. 195, pág. 75 ( “cuando definimos el valor de una producción por su realismo, lo que realmente mostramos es que no estamos hablando de una obra de arte sino de una imitación de la misma.”)
118
Woolf, Virginia, “Modern Fiction” (1919) en ALLOT, M., Ob.Cit., pág. 77 (“¿No es tarea del novelista expresar esta variedad, este espíritu desconocido e ilimitado, sea cual fuere la aberración o la complejidad que pueda mostrar, con la menor mezcla posible de lo extraño y externo?”)
119
HUTCHEON, l. Narcissistic narrative. The metaphysical paradox. London and New York : Methuen 1984, pág. 1 ( “ficción acerca de la ficción, es decir, ficción que incluye en ella misma comentarios sobre su propia identidad narrativa o lingüística.”)
inseguridad sobre las posibilidades del artista para aprehender el mundo circundante. Algo que, como es evidente, las acerca al bildungsroman en tanto en cuanto novela sobre la formación del espíritu artístico o literario de su personaje principal.
Dentro de esta nueva concepción de la novela y en esa búsqueda de una forma de expresión narrativa nueva, pueden inscribirse las novelas de Azorín y Baroja.
Tal como ha señalado Johnson120, en menos de treinta años (desde finales de los años sesenta del siglo XIX hasta los primeros años del siglo XX, fecha en la que se publican las dos novelas que aquí se analizan), España trata de asimilar dos siglos y medios de ideas filosóficas. La consecuencia es una cierta confusión ideológica y un marcado escepticismo. La introducción del krausismo y su énfasis en la autonomía del individuo y su capacidad para la progresiva perfección, se refleja en las novelas de Azorín y Baroja. Sus dos conceptos clave, voluntad y perfección, forman el núcleo de los dos títulos, La voluntad y Camino de perfección. Así, ambas novelas reflejan el influjo del krausismo, pero, de algún modo, muestran una cierta recepción irónica del mismo. Los protagonistas, Antonio Azorín y Fernando Osorio, parecen querer creer en la capacidad de perfección a través de la voluntad, pero no pueden evitar comulgar con ideas filosóficas completamente opuestas: la atracción hacia el determinismo darwinista de Fernando Osorio, el contraste entre la negativa visión de la voluntad de Schopenhauer frente a la exaltada visión que del mismo concepto se desprende de la filosofía de Nietzsche, tal como queda manifiesto en las dudas de Antonio Azorín y, así, las contradicciones ideológicas y filosóficas se suceden en estos dos personajes. Pero, de cualquier modo, ambas novelas relatan la historia de un hombre joven y solo, insatisfecho o abúlico, perdido en el mundo y que a lo largo de la novela trata de descubrir sus valores personales y una verdad propia. Una estructura por tanto- la de un individuo en conflicto consigo mismo y en busca de una solución para sus contradicciones internas- que se asemeja notoriamente a la definición de bildungsroman.
120
JOHNSON, R. Crossfire. Philosophy and the novel in Spain. 1900-34. Lexington: The University Press of Kentucky. 1993
En la introducción a La voluntad de Azorín, uno de los críticos que mejor ha estudiado al autor levantino, E. Inman Fox, inicia así su discurso al lector:
El libro que tiene en sus manos el lector es una novela que describe la lucha interior de un personaje por encontrar una solución vital: la de incorporarse a la vida de un ambiente que le es extraño. Es la novela de un hombre que ha roto psicológicamente con cuanto le ligaba a la realidad de su circunstancia, y que busca, desesperada y sinceramente, el porqué de su existencia.121
En la búsqueda de ese porqué, el personaje evoluciona psicológica y espiritualmente y aunque las novelas de 1902 tienen un poso nihilista innegable (la lectura de Nietzsche y Schopenhauer marca a los jóvenes Baroja y Martínez Ruíz), y un tono pesimista que enlaza con el tono que desprendían las novelas picarescas de unos siglos atrás, son creaciones literarias que afirman la vida, aunque esa vida con las que se cierran no sea la vida soñada al inicio de sus páginas y los sinsabores que en ellas se han relatado hayan sido mucho más pesarosos de lo que apuntaba la inquietud adolescente: “...el nihilismo del final de La voluntad no es la última palabra. Un tono afirmativo que anuncia la salvación de Martínez Ruíz, si no de Antonio Azorín, es la fe en el yo íntimo como realidad única y suprema.” 122 O en relación a Camino de perfección:
...como buena parte de los personajes barojianos, el protagonista de Camino de
Perfección se ve abocado al fracaso; y es también una criatura inadaptada al medio
social y errabunda existencialmente, donde angustia vital e impotencia social parecen las caras de una misma moneda (...) La recuperación final del protagonista, de hecho, se lleva a cabo mediante la afirmación inequívoca de los genuinos valores vitales, de la vida en sí, sin misticismos ni trascendencia123
Sin embargo, que el final de ambas novelas deje la puerta abierta a la afirmación de la vitalidad del yo, no desdice que se trata de obras que relatan el desengaño de ese yo frente a la vida exterior. Los personajes han sido marcados desde su infancia por una formación (religiosa) que les ha dejado, cuanto menos, un poso de tristeza y amargura.
121
FOX, E. Inman, Introducción a MARTÍNEZ RUÍZ, J. AZORÍN, La voluntad. Madrid.:Castalia. 1989, pág. 9
122
Ibíd., pág. 37 123
CALLES, J. M. Un siglo de camino de perfección. Revista Espéculo, nº 22. Dic 2002 http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/baroja.html
Renegar de esa formación les ha permitido la búsqueda de otras vías para lograr el conocimiento de la realidad que les permita convertirse en hombres de acción, hombres con un lugar en la sociedad que les rodea. No es este el lugar para insistir en el componente regenerador que caracteriza la literatura de la generación del 98 a la que los dos autores citados pertenecen. Pero sí me parece interesante recalcar que la renovación social, política, cultural y filosófica que los jóvenes Baroja y Azorín, junto al resto de compañeros intelectuales que dieron fruto a uno de los grupos más prolíficos de la literatura española de todos los tiempos, va acompañada de un verdadero interés por realizar una renovación literaria profunda, algo de lo que son muestra las dos novelas que publicaron en 1902.
Innovación, vanguardia, stream of consciousness, psicologismo, viaje. Todo al servicio del individuo protagonista, trasunto de su autor, quien, en el caso de La voluntad, tomará incluso el nombre de su personaje principal como seudónimo. Ese protagonista alrededor del cual gira el material narrativo, viaje y busca, intentando hallar respuesta a su existencia en el mundo exterior.
En conclusión, La voluntad y Camino de perfección, novelas escritas prácticamente al unísono narran, como también lo hacen las novelas de formación, la historia de unos “personajes imbuidos en una búsqueda, en un itinerario, de signo interior y subjetivo, pero donde la interioridad acaba teniendo repercusiones definitivas en el complejo conjunto de pulsiones y sentimientos que es su itinerario vital.”124 Relatos ambos con componentes autobiográficos destacables y ambos también de un profundo anticlericalismo, La voluntad y Camino de perfección son, sin duda, antecedente directo de dos novelas de formación que voy a analizar someramente en el próximo apartado: A.M.D.G de Ramón Pérez de Ayala y El jardín de los frailes de Manuel Azaña.
124
2.5.2.2. Las novelas de la generación de 1914: A.M.D.G. de Ramón Pérez de Ayala y El jardín de los frailes de Manuel Azaña
El jardín de los frailes y A.M.D.G. de Manuel Azaña y Ramón Pérez de Ayala respectivamente, son dos novelas que bien podrían calificarse de obras malditas. En el caso de la primera, el papel histórico jugado por su autor, ha impedido un acercamiento objetivo a la obra y, al igual que A.M.D.G., ha sido habitualmente circunscrita al subgénero de la literatura anticlerical, dejando la crítica de lado, en muchas ocasiones, aspectos literarios que podrían haber servido al estudio de la obra. En cuanto a la segunda, la fuerte polémica que desató su publicación y su posterior exclusión de las obras completas de Ramón Pérez de Ayala a petición del propio autor, ha impedido también que la novela se analice desde una perspectiva esencialmente literaria.
Es indudable que ambas novelas deben analizarse desde el entendimiento del momento histórico en que fueron creadas y comprendiendo, sobre todo, las inquietudes sociales y políticas que movían a la generación literaria y cultural de 1914, generación a la que pertenecieron sus dos autores. Indudable es también que ambas novelas pueden asociarse a una tendencia expresiva que marca, especialmente desde la segunda mitad del siglo XIX, la novelística en lengua española: el anticlericalismo.125
De manera intermitente, la literatura anticlerical llega hasta el último tercio del siglo XIX, viviendo entonces un fuerte resurgimiento que coincide con la entrada del krausismo en España (la Institución Libre de Enseñanza se funda en 1876) y llegando hasta los albores del siglo XX, quedando el año 1901 como la fecha emblemática en la que la representación de la obra de Galdós, Electra, sacudió a la sociedad española y mostró de manera abierta y, sobre todo, a través de una manifestación de calidad literaria indiscutible, el efecto pernicioso de la religión católica. La oposición entre detractores de la religión católica y afines a la misma, que se arrastra durante todo el siglo XIX, marcará de manera notable a los jóvenes intelectuales que buscan su lugar en
125
Tendencia que, por otro lado, puede hallarse en manifestaciones literarias tan emblemáticas en nuestra lengua como El Libro del Buen Amor o, por supuesto, la novela picaresca.
la España de principios del siglo XX. Entre ellos estaban Manuel Azaña y Ramón Pérez de Ayala. Los novecentistas o generación de 1914, irrumpen en la escena intelectual española con fuerza rompedora. Frente a la visión nihilista y desesperanzada que caracteriza, puede que injustamente, a la generación del 98, los jóvenes del grupo que lidera ideológicamente Ortega y Gasset, están convencidos de que su papel es cambiar esa sociedad con la que no están conformes:
…la generación de 1914, desde el primer momento, estaba convencida de que era su obligación histórica crear una nueva idea de Estado. Esta misión histórica está magistralmente expresada por Azaña en su ensayo ¡Todavía el 98! La misión de los noventayochistas fue clara, cambiaron la literatura. El cometido de la generación de 1914 era cambiar el país.126
Evidentemente, para cambiar España era indispensable que los españoles tuvieran interés en que ese cambio se produjese y ello sólo era posible si sus mentes estaban abiertas al mismo. A través de una educación alejada de los valores tradicionalmente católicos y que permitiese la divulgación de los postulados intelectuales que se manejaban en la Europa de principios de siglo, los jóvenes novecentistas confiaban en iniciar la reforma del país que tanto ansiaban:
…la generación de Azaña se había propuesto crear un nuevo Estado para desde él rehacer la sociedad. Tal era la aspiración o el sueño de aquella generación intelectual que irrumpió en la escena artística, literaria y profesional española hacia 1913-14, con el propósito de barrer la vieja política e inaugurar una política nueva. 127
Conscientes, sin embargo, de que la educación era sólo un paso en el largo camino que querían emprender:
Pero aunque Ayala, como otros intelectuales de su época, estaba vinculado espiritualmente a los ideales de la Institución Libre de Enseñanza y creía firmemente que sólo la educación y la cultura podrían resolver los problemas tradicionales de España, no dejaba de comprender, con su buen sentido característico, que el progreso
126
ARIAS ARGÜELLES-MERES, L. “Azaña y Ortega”. Ínsula, nº 526. Oct.1990., pp. 13-15 127
cultural del país debía ir indispensablemente unido a su transformación social, sin la cual todas las reformas pedagógicas no pasarían de ser ingenuas utopías.128
La educación se convierte, por tanto, en tema de debate y objetivo importante al que dirigir las energías renovadoras. En este contexto deben situarse El jardín de los frailes y A.M.D.G. No pretendo calificarlas como novelas de tesis, ni considerarlas exclusivamente novelas escritas con una finalidad pedagógica, pero debe afirmarse que ambas obras literarias son fruto de las inquietudes de sus autores con respecto al sistema educativo que a ellos les tocó vivir y que pretenden cambiar a través de su labor intelectual, cultural y política. Ayudándose de la recreación de sus años escolares y universitarios, Manuel Azaña y Ramón Pérez de Ayala, quieren mostrar aquello que debe ser indispensablemente modificado para conseguir una auténtica renovación de España.
Manuel Azaña sobre todo, y Ortega y Gasset también, constituyen la manifestación más evidente, cada uno a su manera, de esa implicación del pensador moderno orientado a la acción, en un pormenorizado análisis de la realidad de su entorno. Pero es Ramón Pérez de Ayala quien, como estricto escritor, viene a representar la asunción de una conciencia nacional (...) Precisamente desde el carácter literario de su exposición crítica, Pérez de Ayala recrea también – y sobre todo- un particular estilo ético en la aplicación de una estética puesta al servicio de la propagación de ideas.129
Para Andrés Amorós, por ejemplo, A.M.D.G “se inscribe en el ámbito de lo que Durckheim llama la “educación moral”130 y llega a calificar la obra como “ensayo sobre el tipo de educación que proporcionan, en España, algunos colegios religiosos.”131
A.M.D.G. no es un ensayo ni es una novela puramente pedagógica, tal como vengo de afirmar. Como tampoco lo es El jardín de los frailes, pero ambas comparten rasgos de denuncia y voluntad de influir en los lectores.
Más allá de esa adscripción a la tendencia anticlerical, ambas novelas muestran la influencia de los postulados de Ortega y Gasset no sólo en la ya citada preocupación
128
RODRÍGUEZ MONESCILLO, E. “El humanismo griego en Ramón Pérez de Ayala.” Ínsula, nº 404- 405. 1980., pág. 8.
129
FERRER SOLÀ, J. “Ramón Pérez de Ayala: casticismo y modernidad en la generación de 1914.” Ínsula, nº 563. 1993, pág. 15
130
AMORÓS, A. La novela intelectual de Ramón Pérez de Ayala. Madrid: Gredos. 1972, pág. 128 131
por la educación de los jóvenes españoles, sino en la concepción misma de la narración. La diferencia entre los autores que firman las obras analizadas en el apartado anterior, La voluntad y Camino de perfección, y los autores de la generación de 1914, es la que se da entre la simple intuición con respecto a las posibilidades de cambiar la narrativa en lengua española y el conocimiento absoluto de esas amplias posibilidades. Así, Baroja y Azorín habían profundizado en las relaciones entre literatura y filosofía y, al unir estas dos preocupaciones intelectuales en la forma narrativa, iniciaban una forma experimental novedosa de acercarse al acto narrativo al menos diez años antes que en otros países europeos. Sin embargo, cuando Azaña o, sobre todo, Pérez de Ayala, comienzan su labor literaria, no sólo tienen el soporte de la generación precedente sino el espejo de una nueva novela europea. Es cierto que ambas obras preceden a la publicación de La deshumanización del arte de Ortega y Gasset-132 la distancia entre la escritura de A.M.D.G. de Pérez de Ayala y el momento en que ve la luz la obra del