1.8. PRACTICA BASADA EN LA EVIDENCIA Y GUÍAS DE PRACTICA CLÍNICA
1.8.1. Antecedentes sobre la Práctica Basada en la Evidencia
y eficiencia. Reflexiones al azar sobre los servicios sanitarios”47,48 que supuso
una crítica hacia los que tomaban decisiones clínicas sin tener en cuenta los resultados de la investigación científica. Además, dejó constancia de cómo los ensayos controlados aleatorizados (ECA) y la síntesis de sus resultados (meta-análisis) son un potente método para obtener información no sesgada sobre las opciones terapéuticas más apropiadas en cada caso (evidencia basada en pruebas).
Sin embargo, la consolidación de la evidencia científica como método estructurado para la investigación clínicamente relevante en el campo de las ciencias de la salud vino propiciada por el método de trabajo de un grupo de epidemiólogos de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de MacMaster (Canadá), durante la década de los ochenta, que la denominaron “medicina basada en la evidencia” MBE, término acuñado en 1992 por Gordon Guyatt y su grupo de colaboradores autodenominados Evidence Based Medicine Working Group 49.
En 1996, David Sackett define la MBE como “el uso consciente, explícito y juicioso de la mejor evidencia disponible en la toma de decisiones sobre la atención a los pacientes considerados en su individualidad” 50, dejando
sentadas las bases para la práctica, enseñanza y divulgación de lo que hoy se conoce como práctica basada en la evidencia (PBE).
Un año después, en 1997 en Londres, se celebró la I Conferencia de Enfermería Basada en la Evidencia (EBE), creándose en la Universidad de York (Reino Unido) el primer centro de EBE. En el año 2000, se definió por primera vez EBE como: “el uso consciente, explícito y juicioso (crítico) de
información derivada de la teoría y basada en la investigación para la toma de decisiones sobre prestación de cuidados a sujetos o grupos, teniendo en cuenta sus preferencias y necesidades individuales”.51
En el año 2002, se celebró en Granada (España) la primera Reunión sobre EBE, adoptándose cambiar la definición por una más propia y descriptiva del enfoque de enfermería 52: “La EBE es uso consciente y explícito, desde el mundo del pensamiento de las enfermeras, de las ventajas que ofrece el modelo positivista de síntesis de la literatura científica de la medicina basada en la evidencia, integrado en una perspectiva crítica, reflexiva y fenomenológica tal que haga visible perspectivas de la salud invisibilizadas por el pensamiento hegemónico”.
De esta forma, la Enfermería Basada en la Evidencia se puede definir como:
“La aplicación consciente, explícita y juiciosa de la mejor evidencia científica disponible relativa al conocimiento enfermero para tomar decisiones sobre el cuidado de los pacientes, teniendo en cuenta sus preferencias y valores, e incorporando la pericia profesional en esta toma de decisiones” 52.
Actualmente ya solo se emplea el vocablo Práctica Basada en la Evidencia (PBE) de forma genérica para referirnos a todas las disciplinas relacionadas con las ciencias de la salud que han incorporado a su práctica profesional las evidencias científicas y que, además, tienen en cuenta para la toma de decisiones la experiencia personal, las demandas de los pacientes y los recursos disponibles, para elegir el mejor cuidado o terapia para el paciente.
La PBE (Figura nº12) se considera un proceso sistemático que se aplica y se desarrolla a partir de la búsqueda de la evidencia científica (evidencia externa). Esto supone identificar o plantearse un problema socio-sanitario e ir siguiendo una estrategia de búsqueda estructurada en cinco fases interrelacionadas 53.
Hoy se sabe que la evidencia que proviene de la certeza que proporcionan las pruebas científicas obtenidas a través de la investigación más actual es una evidencia dinámica y flexible, que intenta paliar la variabilidad en la práctica profesional. Pero lo que hoy es evidente (según la investigación actual) puede mañana ser rechazado por falta de evidencia (provisionalidad de las conclusiones) o porque nuevos estudios revelen resultados contrarios.
Es por ello que la práctica clínica y, de modo general, la toma de decisiones sanitarias, no pueden solo basarse en la evidencia proveniente de la investigación, sino que deben estar coordinadas por cuatro elementos o factores que se interrelacionan entre sí sustentado cual debe ser la mejor decisión en base a:
La experiencia y el juicio clínico del profesional (evidencia interna). Esta experiencia se inicia durante el pregrado, discurre por la formación continuada y el postgrado y se renueva a través de la práctica clínica, docente, de gestión e investigadora.
Las expectativas (demandas), preferencias y los valores de los usuarios. El usuario tiene sus propios conocimientos o una experiencia previa. El paciente puede exponer sus exigencias y decidir adherirse o rechazar la intervención aconsejada.
Los recursos sanitarios y humanos disponibles. Estos pueden ser de tipo sanitario, económico o social. Los servicios sanitarios, generalmente, están sometidos a limitaciones presupuestarias y, al final, la realidad obliga a ceñirse a los recursos disponibles. El problema de los recursos está en los criterios que derivan de su adquisición, distribución y reparto.
La investigación clínica (evidencia externa). Basada en criterios proporcionados por las denominadas tablas de evidencia que ponderan la mayor o menor calidad de las investigaciones según los distintos tipos de estudios de investigación.
El orden de estos factores si tiene importancia en la decisión final, (la experiencia clínica, las preferencias del paciente, los recursos disponibles y la evidencia científica); ya que, los tres primeros elementos pueden sobreponerse al cuarto (evidencia científica) en determinadas decisiones, como por ejemplo, si la experiencia clínica demuestra que a pesar de los beneficios de la evidencia a favor de un apósito de última generación o intervención novedosa, el paciente se encuentra muy débil para someterse al tratamiento, o el caso de que el propio paciente manifieste temor a los riesgos inherentes a su utilización o rechazo al mismo por su incomodidad, siendo causas suficientes para declinar dicha opción de intervenir. También podría suceder que, aun contando con el beneplácito del paciente y estando la intervención altamente recomendada, no se disponga de los recursos necesarios para llevarla a cabo; o que el profesional sanitario no tenga la capacidad o los conocimientos para aplicar unos determinados cuidados que son considerados los idóneos por su buena evidencia y alta recomendación.
Parafraseando a Castledine G; quién afirmó que: “No hay sustituto para el
juicio clínico del profesional, que se basa en lo que dice el paciente, ya que éste es, a menudo, la mejor de todas las evidencias” 54.
Por tanto, el uso sistemático de la evidencia científica tiene sus beneficios para el paciente y el profesional sanitario, ya que aparte de ofrecer las reconocidas como mejores alternativas para la toma de decisiones diagnósticas, de pronóstico, terapéuticas, de prevención y de rehabilitación, va a permitir reforzar el principio de autonomía (independencia para escoger la mejor alternativa disponible), llevar a la práctica el principio de no maleficencia (poder ofertar las alternativas más beneficiosas) y promover el principio de justicia al garantizarse un uso correcto de los recursos disponibles para la atención sanitaria.