Vamos a trabajar con la sensación. Piensa en cómo te sientes, qué sensación tienes de ti, pues vivimos sensaciones que a veces son un poco angustiosas. Por eso, os mostraré cómo trabajar esa sensación de angustia. ¿Alguien tiene una sensación así?
«Siento como si tuviera un muro en el pecho.» Escucha bien, esto es imaginario. ¿Cómo es ese muro: de piedra, de metal, de cemento? Concéntrate, trata de decirme cómo es. ¿De ladrillos rojos? De acuerdo. ¿De qué tamaño es, te rodea como un tubo, dónde lo pones? Imagina ahora esos ladrillos rojos. Imagina que son ladrillos que están a tu disposición. Es un ma- terial que es tuyo, puedes hacer lo que quieras con ese material. En primer lugar, te defiende: un muro puede defender. ¿De qué te defiende? Busca la sensación. No hay que pensar, hay que ver qué sensación se tiene. Este muro es completamente útil. Ahora medita sobre los ladrillos rojos. Son bonitos. Piensa que son bonitos. Inyecta belleza a los ladrillos. Cada vez más belleza en ese muro, ¿vale? Es tuyo, te pertenece. Puedes hacer lo que quieras con él. Construye con él cualquier cosa. Haces un espacio. Construyes un lugar. Pero imagínalo. Imagina cómo es ese lugar, con esos ladrillos. Ves un lugar acoge- dor, puedes entrar dentro. Luego has creado una puerta. He ahí la solución: no hay que eliminar el muro, hay que abrir una puerta. Y ahora, imagina el muro en ti, con una pequeña puerta por la que puedes salir y entrar. Es una parte de ti que preserva tu individualidad. Este muro preserva tu individualidad porque todavía es débil, por el momento, ¿de acuerdo? Ahora fortifica tu individualidad. Los ladrillos rojos van a darte la fuerza. Si te haces fuerte perderás el miedo. Nadie podrá invadirte, ¿comprendes? Hay que tomar el imaginario e incor- porarlo. Trabajar la sensación. Porque las sensaciones que se nos presentan son como símbolos, podemos trabajar directamente con ellas.
Una persona me ha dicho que siente que tiene excrementos en el corazón y he contestado que el excremento es un abono, que piense que añade tierra y que cualquier cosa puede crecer. Si la persona hace crecer algo ahí la sensación cambia.
«Siento algo en los hombros, algo que me aplasta.» Bien, siente lo que te aplasta. Déjalo venir. No te defiendas, ¿de acuerdo? Cambia la sensación. Piensa que eso viene del interior hacia el exterior. Modifícate. Eso surge de tu interior, ¿sabes lo que es? Son alas que están creciendo. Entonces, déjalas crecer. ¡Empuja! Empuja tus alas que van a permitirte ir a donde tú quieras. Crea tus alas y mueve tus alas. Ve donde gustes. Hacia tu terreno, hacia tu territorio, hacia ti mismo. Hacia tu realización. Es así como se trabaja una
sensación.
«Siento como una bola de plomo en la zona del plexo solar.» Maravilloso. Imagina que tu cuerpo es el horno, el athanor alquímico. Imagina: en otra encarnación eras un alquimista. La bola de plomo es la materia primera que va a convertirse en oro. Entonces, deja que eso descienda para que llegue al fuego del vientre. El vientre es el fuego de la Gran Obra. Trabaja, deja que la bola descienda, en lugar de defenderte déjala que se caliente al fuego de tu sexualidad, ¿de acuerdo? Poco a poco, ve haciéndola subir hacia donde estaba, y a medida que vaya subiendo la haces cambiar de color, hasta que se convierta en dorada, y llegue al centro del pecho. Y luego, la dejas brillar, proyectar sus rayos hacia todos los lados. Hazla subir. Y así haces el oro. ¿Qué harás con el oro?: monedas, dinero. Es la aceptación del dinero en tu pecho. La negación del dinero se convierte en una bola. ¿Tienes problemas de dinero? ¿Sí? Pues ahora vas a tener que fabricar tu dinero. Si al hacer subir esa bola, ese peso, te sientes demasiado materialista, haz que se convierta en amor el dinero. Ama la propia creatividad que te da ese dinero. Con la creatividad, la sensación de angustia se irá.
«Tengo picor en la cabeza, espinas que se me clavan.» No nos vamos a preguntar qué son esas espinas. Simplemente vas a aceptar la sensación, pero sin preguntarte el porqué ni qué significan, porque podrían ser los pensamientos críticos que te han lanzado cuando eras niño, cosas así. Vas a pensar que eso sale de tu cabeza, no que entra en tu cabeza. Pero hace falta que verdaderamente trabajes con esa sensación. Y lo que sale de tu cabeza se va a convertir en rosas, porque las rosas tienen espinas. Y cuando te imagines que tienes rosas en tu cabeza, imagina que los insectos vienen a polinizar. Y con el polen, van a polinizar otras plantas por el mundo. De esta manera, tu malestar se convierte en un don para el mundo. Y después podrás escribir poemas, podrás hacer lo que quieras.
Todos tenemos que acabar con ese juego de «Mira lo que me has hecho» o «Tú no me quieres». Es una falta de creatividad. No debemos regodearnos en la sensación de no ser amados. Precisamente, si tengo esa sensación de no ser amado, hay que cambiar esa sensación y sentirse amado. ¿Y qué se puede hacer? Pues, para empezar, dejar de pedir. Si yo dejo de pedir, estoy en la situación de dar y entonces diremos: «Tú no me quieres, pero yo te adoro». Y en lugar de pasar la vida enfadándonos y fastidiando al otro y sufriendo, diré «Basta», y se acabó el problema. Yo te amo. No voy a vivir como una víctima toda mi vida. No. Yo te amo y eso basta. Si tú no me amas es tu problema, no el mío. Ahí está la curación. Cuando se es creativo, ya no se está centrado en la petición de algo, al contrario, lo fabricamos nosotros mismos. Debemos poner amor allí donde no hay amor, y lo encontraremos. Porque, si utilizas al otro como un espejo de tu falta de capacidad para amar, es porque has ido a buscar a alguien que no te ama y eso es porque tú no puedes amar. Eres incapaz de amar, y tu problema de no amar lo depositas en el otro, lo proyectas como un espejo. Ama. Y si tú amas, el otro te va a amar, porque vas a proyectarle tu amor.
Comencemos por amar las cosas: el arte, la gente, nuestras obras, todo. Dediquémonos a crear y a amar. Porque la otra actitud me conduce a no hacer nada, a estar todo el tiempo parado. La creatividad, por el contrario, conduce a que hagas lo que debes hacer. Y lo que haces, lo proyectas. Y si lo proyectas,
lo recibes. Todo lo que le das al mundo, el mundo te lo da. Todo lo que no le das al mundo, el mundo no te lo da. Hay que liberarse, gracias a la creatividad, de la petición. Cuando nos decimos «Yo quiero tener talento», debemos decir «¡Tengo talento!». ¿Por qué querría tener talento, si lo tengo? Yo quiero tener éxito. ¡Pero si tengo éxito! Todo lo que quiero, lo tengo. Entonces, dejo de pedir, y me pongo a hacer mi obra. ¡Eso es todo! Si quiero tocar música, la toco. Si quiero cantar, canto. Si quiero escribir, escribo. Si quiero ganar dinero, lo gano. Y punto.
Porque a nuestro lado siempre está la prisión que nos impide realizarnos. Papá, mamá, ¿verdad? Es la maldita prohibición que nos ha dicho: sé víctima, vive como una víctima y hazte una víctima. Fastidia al otro. Pero eso ya sería tema para otro curso menos acelerado.
Apéndice.
La psicomagia: poesía aplicada al tratamiento de la locura
Martín Bakero, psicoterapeuta y doctor en psicopatología
Como los métodos de contención de la psicosis se han mostrado radicalmente represivos, deshumanizantes, insatisfactorios en sus resultados clínicos y han provocado efectos secundarios importantes, una de las preguntas que nos formulamos como terapeutas de las psicosis es qué tratamiento emplear para que la persona no sea afectada por los tratamientos electroquímicos aplicados en ciertos casos agudos y crónicos. ¿Cómo restaurar los lazos entre el sujeto y la realidad, bloqueados en la psicosis, sin que el sujeto pierda la memoria, la psicomotricidad, o la imaginación?
Como en los antiguos lugares de adivinación de Delfos o de Dandará, y asemejándose a los tratamientos que se practicaban en los templos de
Asclepio, el sanitarium de Georg Groddeck o los tratamientos de Alejandro de
Tralles, la psicomagia supedita la razón a la imaginación: la solución viene dictada por el síntoma de la locura, y es en esa dirección en la que la cura desplegará sus velas; sobre todo si tenemos en cuenta que en griego
«síntoma» significa coincidencia (symptoma). En vez de reprimir o tratar de
eliminar los síntomas alucinatorios o persecutorios, la psicomagia encuentra en la metáfora delirante una vía de curación del inconsciente, y a través de actos poéticos la lleva a la realización simbólica. En este dominio, los sueños suelen ser muy importantes. Por ejemplo, en la Antigüedad, Asclepio dejaba una carta cada vez que aparecía, y esta carta se constituía en la clave de lectura de la enfermedad, que permitiría curarla. Empédocles podía, a través de metáforas mágicas, detener los vientos, causar o parar la lluvia; también él curaba a través de actos que hoy podrían ser calificados de chamánicos.
Ya que el síntoma en la enfermedad es un ensayo de curación, el delirio en la psicosis es un intento para restablecer los lazos con la realidad. La psicomagia creada por Jodorowsky extrae sus métodos de antiguas y eficaces formas de curación vinculadas con la magia, de innovadoras y modernas teorías psicológicas del inconsciente, y utiliza las más variadas técnicas del arte de vanguardia calificadas como efímeros, happenings, instalaciones, performances, etc., artes cuyos orígenes se remontan a siglos atrás: Diógenes paseándose desnudo con una lámpara por Atenas, Sócrates entrando de espaldas a un banquete para que no se advirtiera que llegaba tarde, Empédocles caminando con sandalias de oro, los monjes taoístas durmiendo con la cabeza hacia el suelo para acumular esperma en la mente y poder volar, los sacerdotes de Babilonia salpicando a los fieles con el agua contenida en un jarro con forma de seno de la divina Isis. Todos, desarrollos libres de la imaginación para poder habitar el mundo en forma poética, es decir, que logran unir la razón con la imaginación y la intuición.
Hablamos de magia porque las leyes de la magia son las mismas que rigen el inconsciente: la metonimia y la metáfora. La primera ley es la de contigüidad, en la cual la parte se identifica con el todo; la segunda es la de similitud, en la cual lo parecido actúa sobre lo similar. Al crear un acto psicológico, estamos ocupando el lenguaje del inconsciente. Magia, psicoanálisis y poesía.
Numerosas tentativas en el tratamiento de la locura pueden demostrarnos que la psicomagia -sin que hubiera sido aún nombrada como tal- había comenzado a ejercer sus beneficios hace ya miles de años. Y es que la historia se escribe a veces de una manera retroactiva; así, sólo después de la invención por Freud del psicoanálisis, nosotros podemos encontrar a sus pre- cursores, tales como Nietzsche, Sócrates o algunos filósofos estoicos, si bien esta lectura comparativa sólo es posible a partir de la creación freudiana de tal técnica. Jodorowsky, al inventar la psicomagia, da un nombre y funda una técnica que ha conocido muchos logros terapéuticos a lo largo de los siglos, pero que antes de él no podíamos distinguir, al no tener ésta un hilo conductor que la caracterizara. La psicomagia viene a recobrar un dominio perdido: la colaboración estrecha entre la terapia y el arte.
Los alienistas no han cesado de buscar los posibles vasos comunicantes entre las artes y la terapia para establecer un método de tratamiento. Es así como en los primeros centros terapéuticos de la psicosis, conocidos en Bagdad en el siglo V, se asociaban la música y otras artes a la sanación. También en la Biblia existen numerosos ejemplos de curaciones a través de métodos que hoy pueden calificarse de actos de psicomagia: David curó a Saúl de un estado delirante tocando su arpa, Jesús hizo que un ciego recuperara la vista untándole los ojos con saliva y arcilla.
Melampo, terapeuta griego, curaba la locura de las mujeres dionisiacas de Argos por medio de gritos rituales, danzas catárticas y otros actos que han quedado registrados en la historia. Marcel Mauss cuenta también la curación de Ificlo por Melampo: Fílaco, padre de Ificlo, deja descuidadamente junto a su hijo un cuchillo ensangrentado mientras castra a un carnero. Ificlo huye asustado y deviene estéril a causa de ello. Melampo lo cura haciéndole lamer durante diez días el óxido del cuchillo encontrado en el árbol donde Fílaco lo había clavado al ver huir a su hijo. Aquí vemos cómo el síntoma se había pro- ducido por la identificación de Ificlo con el carnero castrado. Melampo es capaz de curarlo haciéndole incorporar el elemento temido y transformándolo en aliado. Placitus Sextus, médico latino del siglo IV, sostenía que un buen tratamiento para la fiebre era preparar una pócima disolviendo una astilla de una puerta por la que acabara de pasar un eunuco. Marcelo Empírico, para extirpar los abscesos del ojo derecho, los tocaba con tres dedos de la mano izquierda mientras tosía repitiendo tres veces: «Las mulas no traen criaturas al mundo, ni la piedra produce lana; que tampoco esta enfermedad culmine, pero si lo hace, que se marchite». Otra prescripción oftalmológica característica de
su libro De medicamentis empiricis afirma: hay que pintar de blanco una araña
de patas muy largas y machacarla en aceite. Esta pócima quita los puntos blancos de los ojos si se la usa con asiduidad, debiendo prepararse una buena cantidad con bastante aceite para que no se acabe antes de terminar la cura.
Varios ejemplos en la Antigüedad dan testimonio de operaciones mágicas basadas en la identificación, en la simpatía entre los objetos: una gota de sangre sobre una fórmula mágica cierra una herida; un dibujo que represente a un perro con las cuatro patas y el hocico encadenados sanará la rabia. También hay operaciones mágicas colectivas, antecedentes de lo que Jodorowsky denomina hoy «psicomagia social». Es el caso por ejemplo de los amuletos públicos que existían en Egipto. Para inmunizarse de las picaduras de las serpientes o de los escorpiones, se erigía en un lugar público una estatua de una divinidad cubierta de inscripciones mágicas, se le agregaba un chorro de agua desde la cabeza a los pies y luego se bebía ese líquido recogido al pie de la estatua.
cabo por Alejandro de Tralles, eminente médico bizantino. Curó una vez a un delirante que pensaba que no tenía cabeza haciéndolo llevar sobre ésta un sombrero de plomo, y a un hombre que no podía orinar porque pensaba que si lo hacía el mundo entero se inundaría, diciéndole que había un gran incendio en las tierras que hoy ocupa Europa, y que sólo se podría extinguir si él orinaba. A una paciente que pensaba que tenía una serpiente dentro de su estómago que no la dejaba alimentarse le pidió que invocara a la serpiente, dándole un vomitivo. Mientras ella vomitaba, él, rápidamente, lanzó una culebra que hizo creer a la mujer que el reptil había salido de su vientre.
También la sabiduría popular cuenta con remedios para tratar cierto tipo de complicaciones. De estos procedimientos subsiste, por ejemplo, en muchos países, el hacer pasar a un niño que tenga una fractura por la grieta de un árbol expresamente hendido, y ésta después se ha de unir y curar.
La psicomagia aporta una ayuda fundamental y un método radical en la psicoterapia de la psicosis. Ella favorece que el sujeto vuelva a interesarse por el mundo y recree una relación esencial con su entorno, gracias a la irrupción fulgurante de la poesía, diálogo perdido tras la crisis inicial psicótica, ya que la locura implica la ausencia de creación. Los actos simbólicos provocan que el sujeto desbloquee sus mecanismos de defensa psicóticos y los ponga al servicio de la belleza. Un acto psicológico, acompañado de un cuadro psicoterapéutico adecuado, puede facilitar que el sujeto salga de su bloqueo afectivo, y de su actividad psíquica autoerótica, para volver a dirigir su interés hacia los otros. En algunos casos de autismo, donde jamás ha habido comunicación con los demás, ciertos actos realizados por las familias de los implicados pueden lograr que el sujeto enfermo comience a salir de su encierro y acceda al lenguaje, el cual le estaba prohibido por algún secreto familiar que puede remontarse hasta a tres generaciones. En los siguientes casos clínicos que hemos seleccionado, podremos apreciar cómo los actos psicomágicos han podido canalizar las angustias más primitivas, desbloquear las inhibiciones más profundas y contener los síntomas psicóticos más agresivos y desestructu- rantes. A veces podemos decir que la psicomagia ha actuado con una fuerza atómica que sobrepasa la cura de electrochoques o de coma insulínico. Son los primeros casos de una herramienta terapéutica fundamental, en los cuales la sola palabra no es suficiente. El acto psicomágico prepara el camino a la palabra, reintroduciendo la poesía en la existencia del sujeto, como un rayo de imaginación que penetra en las tinieblas de la descomposición mental.
1. Una persona se queja de que no puede dormir desde hace meses, ya que
piensa que su almohada está habitada por cucarachas que le comen sus pensamientos. Ante tal temor no puede apoyar la cabeza en la almohada ni conciliar el sueño, lo que le produce una insoportable angustia de desintegración psíquica. Le proponemos que compre verdaderas cucarachas y que las ponga sobre su almohada durante una noche. A la noche siguiente debe reemplazar por cucarachas de plástico las reales. A la tercera noche debe apoyar su cabeza en una almohada en cuya funda estén impresas imágenes de cucarachas. Al cuarto día debe volver a dormir con su almohada normal... Después de una semana de indagaciones y venciendo las resistencias que tenía, lleva a cabo el acto prescrito, y desde entonces cesan sus temores y puede conciliar el sueño.
aparecer los bichos temidos, sacándolos de lo imaginario para hacerlos reales. Luego, poco a poco, hicimos que las cucarachas fueran desapareciendo, retornándolas de lo real a lo imaginario, al igual que los temores del consultante.
2. Un adolescente de 14 años fue hospitalizado en un servicio de psiquiatría.
Se le diagnosticó esquizofrenia catatónica paranoide. Su delirio consistía en no querer crecer, y se arrancaba el vello que le estaba saliendo mientras