Inicié mis estudios universitarios de sociología a los 15 y medio años en la Universidad Cooperativa de Colombia UCC aprovechando que había sido aceptado como estudiante al presentar un examen de clasificación y porque mi promedio en la evaluación de conocimientos del ICFES8 que me ubicaba en un 2% correspondiente al nivel superior
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El Instituto colombiano para el fomento de la educación superior ICFES, por medio del Grupo de Evaluación de la Educación Básica y Media desarrolla y aplica los exámenes de estado para ingreso a la educación superior. En mi época el examen incluyó 4 pruebas de aptitud. Aptitud matemática, aptitud verbal, razonamiento abstracto y relaciones espaciales, y 5 pruebas de conocimientos: ciencias sociales y filosofía, química, física, biología e inglés.
de los estudiantes de mi generación, resultado me permitía escoger cualquier carrera universitaria; un año después di comienzo a los de filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana y ese mismo año, en el segundo semestre principié los estudios de actuación y dirección teatral en la Escuela Distrital de Arte Dramático, en un programa nocturno. Para mí formación personal fue determinante asistir a clases a entidades educativas tan diferentes. En la UCC los estudiantes del diurno a diferencia del nocturno, no eran trabajadores sino que dependían económicamente de sus familias pero estas eran de clase media y no podían darse el lujo de llevar a sus hijos a estudiar en una universidad como la Javeriana a la que asiste parte de la élite económica, social y política del país. Mis mejores amigos de Bucaramanga y compañeros de la casa de oración también, incluido Nelson Arias, vinieron a vivir a Bogotá, al barrio Minuto de Dios. Estaban en una casa-noviciado de los Sacerdotes Eudistas e ingresaron a estudiar Filosofía en la Universidad de San Buenaventura. Yo ingresé a Filosofía en la Javeriana, pero en muchas oportunidades prefería asistir a clases con mis amigos de antes en San Buenaventura. A la Filosofía llegué más que por la necesidad formativa que se me planteaba como jesuita, por el interés inculcado por mi amigo Nelson Arias y me quedé por el placer de debatir con él y con nuestra compañera y amiga María Inés Jara. Precisamente en esta universidad mi compañera de trabajos era Alicia Ortega Lleras, sobrina de un ex Presidente de la república; ella además de ser algo así como la ―oveja negra‖ de su familia era una de las estudiantes más destacadas de la carrera.
Exceptuando a Alicia Ortega Lleras, amiga y compañera, poco me relacionaba con otros estudiantes de filosofía, a no ser con aquellos que eran jesuitas.
La profesora Alicia, nuestra profesora de historia del arte en la Universidad Javeriana, despertó en mí el interés por Pedro Pablo Rubens y su trabajo sobre el cuerpo de la mujer. La influencia de Alicia, la profesora, me llevó a tomar cursos libres los sábados y domingos en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. Allí y durante dos años tomé clases de teoría del color, dibujo anatómico y principios de escultura. Me enfoqué inicialmente por el trabajo pictórico del cuerpo femenino; mis obras
representaban cuerpo redondeados, de formas onduladas en las que las oquedades y los volúmenes tenían una característica especial, pieles con celulitis; imperfecciones que resaltaba, utilizando la textura de piel de naranja y el colorido que veía en las obras de Rubens, aun cuando muchas de las obras fueron hechas al carboncillo. Esta época llegó a significar tanto para mí, que en mi primera visita, casi quince años después, al Museo del Prado, viendo las obras de este pintor experimenté algo que nunca más he
experimentado y que podría definir como un orgasmo emocional.
Los trabajos de pintura del cuerpo, dibujo y escultura los realizaba con María Inés Armenta y Asdrúbal Medina, dos estudiantes de Bellas artes. Los hacíamos en la sala de la casa de María Inés; trabajábamos desnudos, cada uno era a su vez el/la modelo de su compañero/a de trabajo. Nos acostumbramos rápidamente a permanecer desnudos por muchas horas, aprendizaje que igualmente fui construyendo en la Escuela Distrital de Arte dramático. Pero no solo nosotros debimos acostumbrarnos, sino además también la madre de María Inés y su hermano, quienes algunas veces también nos sirvieron de modelos.
Por la escultura me decidí a partir de compartir el apartamento con Gema Márquez una mujer de Medellín quien me relacionó con Roberto Pérez, un restaurador de arte quien
fuera mí pareja por tres años. Gema me fui introduciendo poco a poco en la escultura cerámica, actividad artística que en el 2006 aún efectuaba en Colombia.
María Inés y Gema son lesbianas, Asdrúbal es homosexual; los tres me facilitaron el mundo de la estética desde la academia, el desarrollo de mi sensibilidad y la búsqueda de otros acercamientos a otras formas de la expresión artística en las que incursioné posteriormente. Aprendizajes que aún hoy me acompañan y que me sirven como formas expresivas y herramientas didácticas en las estrategias preventivas, informativas y educativas que actualmente realizo.
El aprendizaje más importante que obtuve en la Escuela de Teatro fue el reconocimiento de mi propio cuerpo; aprendí a no tener rechazo de él; a estar desnudo junto a otras personas igualmente desnudas, ya que por lo pequeño del espacio en el que estaban las duchas todos debíamos bañarnos y vestirnos rápidamente si queríamos alcanzar el transporte público a la hora de la salida; cabe decir que los primeros días llegué a casa de la comunidad a pie porque esperaba para bañarme de ultimo para que nadie me viera; por medio de los ejercicios de acondicionamiento motriz y expresión corporal aprendí a apreciar el cuerpo de los y las demás como un instrumento de trabajo pero también como un espacio de sensualidad y placer que se obtenía y se daba tanto a mujeres como a hombres y en el Grupo Heliogábalos. En la Escuela me codeaba cada noche con quienes serían posteriormente reconocidos actores y actrices nacionales de las tablas, el cine y la televisión, y en quienes me apoyé muchos años más adelante para algunos performances cuyo tema fue la prevención del sida y el uso del condón.
En sociología mí compañera de trabajos era igualmente otra oveja, negra de
comportamiento y de piel llamada Lina Arrregocés, una mujer costeña de la Guajira, con mucho empuje, capacidad de liderazgo y destacada estudiante. Lina no fue mi compañera durante los dos primeros semestres, vino de otra universidad, Santo Tomás, en transferencia como también llegó a nuestras vidas y universidad, unos días después, Mireya Fornaguera, quien era la mujer de un reconocido y joven pintor hijo del Maestro Roda, un pintor catalán residenciado en Colombia. Mireya, quien es Costarricense, había estudiado sociología en París y se hallaba homologando su título en nuestro país. Con Lina y Mireya armamos un trío de trabajo estudiantil y un grupo de fuerza que se destacaba por sus trabajos y presencia organizativa en la universidad. Mireya jugó un papel importante en nuestro acercamiento a la comprensión del movimiento estudiantil francés y sus propuestas conceptuales pero también en el acercamiento mío a la
economía, área que poco me llamaba la atención, por ser ella la traductora al español del libro que nuestro maestro utilizaba como fuente teórica en nuestros cursos de
macroeconomía.
Una situación que facilitó mi formación académica de manera simultánea en las dos universidades fue que varios de mis maestros en sociología eran igualmente mis maestros en la facultad de filosofía a lo que se sumaba que además eran miembros del CINEP, organización jesuita, dedicada a la investigación social. A través de ellos logré que ciertos programas que deberían ser cursados tanto en una como en otra universidad o que eran bastante similares me fueran validados y en consecuencia se me pusieran las mismas notas obtenidas en el programa ya cursado en la otra universidad o que me aceptaran tomarlo solo en una de las universidades.
El Centro de Investigación y Educación Popular CINEP9, era y sigue siendo una
fundación sin ánimo de lucro; fue creada por la Compañía de Jesús en 1972, con la tarea de trabajar por la edificación de una sociedad más humana y equitativa, mediante la promoción del desarrollo humano integral y sostenible. En esta ONG un grupo de estudiantes de sociología realizábamos algunas actividades propias de nuestra
formación en sociología; allí me aceptaron por ser un estudiante destacado y un líder estudiantil. En el CINEP trabajamos en algunos de sus proyectos Lina, Mireya y yo, además en esa primera época fueron pocos los estudiantes javerianos quienes se acercaban o interesaban en esta entidad
El hecho de que yo estudiara sociología y teatro generó ciertas contradicciones con el padre maestro que coordinaba el Juniorado, la escuela de formación de la comunidad religiosa al que pertenecíamos los jóvenes que nos formábamos como sacerdotes, pues era poco el tiempo que yo permanecía con mis compañeros pero además eran para mí cada vez mayores las diferencias entre lo que quería realizar como religioso y lo que la Comunidad religiosa me proponía para mí formación. Los conflictos se hicieron mayores cuando yo informé que tenía relaciones sexuales con otro hombre, lo dije porque pensaba que no debería ocultar nada sobre mí. Realmente nunca hubo un ataque directo sobre el tema de mi sexualidad aun cuando si me solicitaron que no hiciera de mi vida privada ―un espectáculo público‖. En esos mismos días y por boca de algunos de los miembros del GELG me enteré de que en la comunidad religiosa de la que hacía parte había sacerdotes cuya vida sexual si era el ―espectáculo público‖ al que tanto se le temía.
En 1977 había optado por retirarme de la compañía de Jesús y trabajar con el apoyo de Pedro D´achiardi y mi hermano Crisanto en proyectos de formación social pero sin perder mi interés por temas religiosos. Fui a vivir con mi hermana Yufro y su marido Guillermo en una casa que antes había sido de mi hermana Luisa y su esposo. En esa vivienda y durante algún tiempo convivimos también con mi madre. Viví allí hasta cuando en 1979 fui a vivir al barrio Santa Fe.
Mi hermana Yufro es mayor que yo seis años, es educadora y me apoyó en mi formación universitaria. En su casa tenía todo lo necesario para poder dedicarme al estudio: techo, comida y vestido. Su ayuda fue fundamental hasta cuando pude tener mi primer trabajo que fue como diseñador de modas en Casa Magaly, una industria de ropa exterior femenina para coctel y novia, propiedad de mi hermana Myriam.
Mi madre y mi hermana en general no interferían en mi vida cotidiana o en mi vida política como un militante gay, pero si ejercían cierto control sobre mi vida sexual. Mi hermana no me permitía recibir visitas que no fueran de una persona conocida y mi madre, generalmente estaba presente siempre que alguien me visitaba. Mi vida sexual, en esa época se limitaba a las visitas a casa de Jean, mi primera pareja; posteriormente recibí las visitas de mi amigo Jaime Galindo, de Jaime Estrada, mi segunda pareja y en ese entonces, miembro del Juniorado de los Jesuitas, y en muy pocas oportunidades de León Zuleta, cuando éste venia de Medellín.
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El CINEP se constituye con tres características: ser un centro de pensamiento sobre la realidad social y cultural de Colombia; una organización de mediación en el conflicto social del país que toma partido por los sectores discriminados y excluidos, promoviendo su participación en el desarrollo nacional; y una base de documentación que ayuda a la comprensión del desarrollo del país y que inspira, registra y difunde las propuestas de cambio y los acuerdos necesarios para su transformación.
Mi primer proyecto social en esta nueva etapa consistió en ser maestro voluntario en una escuela primaria coordinada por religiosas y que educaba a niños de muy escasos recursos en el barrio La candelaria, en Bogotá. Fui maestro de matemáticas durante casi un año y tenía mis clases durante cuatro horas, cada semana. Lo interesante para mí era que además de apoyar recibía apoyo de las monjas pues éstas me daban un refrigerio al llegar y nunca me dejaban salir de la institución sin almorzar.
Investigación y sexualidades
¿Se puede ser homosexual y no saberlo? Está pregunta, que es mi primer punto de contacto con la teoría de la sexualidad, se hace aún más palpable en junio 1976 durante las vacaciones en Bucaramanga, posteriores al primer semestre académico de mi carrera de Sociología. La pregunta no fue planteada como una reflexión sobre mí mismo, pues en ese entonces yo aún era heterosexual poco practicante sino por insinuación de una amiga quien me dijo como confidencia que ella pensaba que dos amigos mutuos ―eran novios‖. El interrogante se acrecienta al observar la cercanía física que se manifiesta en la relación afectiva entre mi amigo Mario Q. y un sacerdote, quien desempeñaba un alto cargo en la Diócesis de Bucaramanga, ya que ese era un proceso afectivo que yo estaba tomando de manera muy natural.
Que yo me hiciera esta pregunta con relación a ellos no sólo me inquietaba sino que además mi interés se me antojaba un acto intromisorio, agresivo y contradictorio, por cuanto para mí, el tema de la sexualidad no había sido un aspecto frente al cual hubiera demostrado previamente un interés especial; además porque pensaba que de todas formas lo que ellos hicieran era parte de su privacidad y más aún porque su
comportamiento afectivo cuando estaban con migo era tan poco amanerado que nada tenía que ver con las relaciones que yo conocía en las manifestaciones corporales de los travestis que se prostituían en Bogotá quienes eran mi punto de referencia sobre la homosexualidad.
Retomando mi interés frente a la relación de Mario, debo decir que ni él o su amigo se enteraron de mis cuestionamientos de fondo, aun cuando si les fue evidente mi interés sobre su relación de amistad y su cercanía corporal. Una vez regresé a Bogotá, consulté por primera vez el diccionario Larousse, para buscar la definición de la palabra
homosexual. Por supuesto la pobreza del contenido de la explicación sobre el tema evidencia la necesidad de otras consultas y entonces preferí recurrir a una enciclopedia de la sexualidad, lectura en la que tampoco encontré respuesta a mí interrogante. Aun cuando no era plenamente consciente de haber conocido una pareja homosexual, para mí, parecía claro que lo observado era una relación de este orden, así mi amigo me dijera que lo suyo era tan solo una relación de amistad.
Mis primeros encuentros con mujeres prostitutas fueron bastante desafortunados y sucedieron en el segundo semestre de 1976 y cuarto de mi formación profesional. En el primero de estos, cuando intenté abordar a una de ellas, la mujer pensando que yo era un posible cliente me tomó por mis genitales y yo, lleno de temor, pegué un salto tal que ella se asustó y salió corriendo. En el segundo encuentro me sentí bastante ridículo: mientras yo conversaba con una chica en la mesa de un bar, ella tomaba aguardiente y yo una ―Ponimalta‖, que es el nombre comercial de una bebida dulce con base de malta; ella quería hablar pero necesitaba completar lo de las ―fichas‖ que le exigía el
pieza (habitación); como las dos peticiones estaban muy lejos de lo que yo consideraba lo correcto, tuve que alejarme. Tan solo varios años después, en 1984, con el incremento del sida, tomé el suficiente aliento como para retomar la idea de trabajar con estas mujeres; con este tema seguí laborando e investigando hasta cuando debí salir del país en enero de 2007.
De estos frustrados encuentros aprendí que el tiempo de las mujeres tiene un precio y que al utilizarlo debería retribuírseles de alguna manera el daño económico provocado en nuestra actividad investigativa, ya que la pérdida de tiempo interfiere con las metas económicas de su labor productiva.
Durante el primer semestre de 1977, tercero en Sociología, mi profesor de Psicología, un hombre bastante joven interesado por la antipsiquiatría y salido del contexto de mi idea con respecto a qué debe ser un profesor, fue mi primer punto de contacto con el tema de la ―homosexualidad en latencia‖. Gracias a él, Freud y Foucault fueron los autores a quienes encontré en ese momento; el profesor nos propuso leer algunos apartes de los libros ―Más allá del principio del placer‖ y ―Del orden sexual‖, del primero, e Historia de la sexualidad, del segundo.
Marcos Díaz, mi compañero de último año de bachillerato en el San Pedro Claver en Bucaramanga y estudiante de Economía en la Universidad Cooperativa en Bogotá, fue la persona con quien realicé un acercamiento erótico, sin su consentimiento explícito, como parte de un trabajo de clase para un trabajo de antisiquiatría sobre el tema de la homosexualidad en latencia. Mi maestro consideraba que una persona con quien existe un acercamiento afectivo previo y bien consolidado, reacciona erótica y genitalmente de la misma manera que un carcelario a quien la presión lo lleva a aceptar un contacto genital con otro hombre, como fruto de la exposición a la soledad y el aislamiento durante un periodo prolongado de tiempo.
Lina, de origen guajiro, no estaba de acuerdo con el maestro pues afirmaba que su hermano penetraba a otros hombres, práctica frecuente en la Costa Atlántica y que esto no solo no se corresponde con una homosexualidad latente, sino que además lo hace aún más hombre por penetrar no solo a las mujeres sino también a aquellos que lo parecen. Yo informé en clase de mis acercamientos a Marcos y de su sutil rechazo, y además de la excitación que me produjo estar durmiendo con él en la misma cama. Razón por la que pasé a recibir el apodo de ―cura marica‖
Mi ignorancia o ingenuidad en torno al tema de la sexualidad no solo era con las
mujeres, fue tan evidente en el caso de los hombres que en varias ocasiones fui sujeto de abordajes por ellos sin que yo lograra darme cuenta de qué era lo que estaba sucediendo, que ellos eran homosexuales o que suponían que yo lo era.
Era motivo de discordia permanente con los jesuitas el hecho de trabajar con las mujeres y hombres travestis que ejercían la prostitución en el barrio Santa Fe, pues para hacerlo yo había tomada la decisión de no trabajar en el proyecto de escuela que la comunidad apoyaba en los barrios del sur oriente por medio de ―Fe y alegría‖, aun cuando esta era una zona marginal de la ciudad. La situación se hizo más intolerable cuando yo decidí hacer en el cuarto semestre de sociología (septiembre de 1977) una investigación sobre los hombres militares, soldados rasos, que ejercían la prostitución, puesto que para algunos sacerdotes de la comunidad, si estudiar sociología no era una necesidad apremiante mucho menos significativo era investigar un tema tan específico y ―poco importante‖.
La investigación, que a pesar de ser un trabajo de clase fue realizada con mucha