VI. UNIDAD DE ANÁLISIS
2. Contextualización del Objeto de Estudio.
2.4. Aproximación al concepto cultural de enfermedad.
Las ideas o creencias sobre la naturaleza de la enfermedad están íntimamente ligadas a la realidad sociocultural de las sociedades en las que se presentan. La enfermedad es una realidad construida y el enfermo un sujeto social. Se concibe así la enfermedad como un hecho sociológico.
La historia de la medicina no se ha preocupado por dar una idea de lo que es o era la medicina, sus conceptos y su práctica, en el momento de la Historia estudiado, única perspectiva para valorarla, desde el contexto del momento histórico concreto. Marcel Sendrail255, pretende demostrar que cada sociedad ha tenido sus propios males, males “que ha asumido de una manera coherente a sus creencias y a los ideales que le fueron propios”. Exagerando podría decirse que Sendrail adjudica a cada cultura una patología característica de la misma manera que se le pueden asignar instituciones o un estilo particular de arte.
Para la antigüedad, la existencia de la lepra constituía no solamente una enfermedad sino un “fatum”, un destino al cual era casi imposible substraerse. Durante la Edad Media la enfermedad específica fue la peste, que materializaba una concepción trágica de la existencia y ejemplificaba un castigo colectivo enviado por Dios. La aparición y extensión de la sífilis en el siglo XVI es significativa porque ocurre en un momento de crisis moral y espiritual: el contagio venéreo era una consecuencia natural del modo de vivir de navegantes y exploradores y también resultado del libertinaje en Europa.
En el siglo XIX, en que se canta el amor romántico y se describe en forma escandalizada la miseria social del inicio del maquinismo, la enfermedad característica será la tuberculosis. Y en el siglo XX en que se logra la prolongación de la vida humana y se altera la naturaleza, al grado de producir contaminantes en todo acto de la vida, la enfermedad típica es el cáncer.
255 Sendrail, Marcel. “Del mal de San Lázaro al fuego de San Antonio”,
Historia cultural de la enfermedad, Espasa Calpe, Madrid, 1983.
Durante la época prehistórica el hombre conoció tan solo el mal; un mal anónimo, indefinible, más una maldición que una enfermedad. Sin embargo, la paleopatología nos ha enseñado que nuestros ancestros eran con gran frecuencia víctimas de padecimientos ósteo articulares deformantes, seguramente muy dolorosos. Pero entonces, e inclusive más tarde, en el inicio de la época histórica y por muchos siglos después, podría decir que hasta la actualidad, el hombre interpreta la naturaleza valiéndose de un modelo de “mundo invisible”, poblado de divinidades benéficas o maléficas y utiliza el mito para concretar su pensamiento.
Cada enfermedad tendrá así su propio mito y su propio demonio. En el pasado se confundía el mal físico con el mal moral tanto en sus causas como en sus manifestaciones.
En el tercer milenio antes de Cristo las enfermedades comienzan a tener una imagen distinta una de otra; de entonces datan los textos más antiguos que reverenciamos y los esbozos de una farmacopea primitiva, de composición puramente vegetal. Pero como la interpretación de la enfermedad continúa atribuyéndola a una injerencia cruel y oculta de los dioses y demonios, a cada padecimiento se le designa con el nombre de esas divinidades. Obviamente se ha pecado de adulterio, de incesto, de impiedad, sacrilegio o de la mera transgresión de algún tabú y, para aliviar el mal debe hacerse primeramente el diagnóstico, buscando en el inconsciente el recuerdo de concupiscencias o delitos de cualquier orden que permitieron alojarse dentro del alma al demonio para luego, mediante exorcismos, encantamientos o inclusive medicinas, deshacerse del molesto huésped.
La medicina en la sociedad griega no era más que una servidora de la naturaleza, y la enfermedad tenía causas naturales, por ello tres fueron los fundamentos básicos del tratamiento de la enfermedad propuestos por Hipócrates: a) Favorecer o al menos no perjudicar, b) Abstenerse de lo imposible, por tanto no actuar cuando la enfermedad era mortal por necesidad, y c) Ir contra el principio de la causa.
Hipócrates en el siglo V antes de Cristo, Fue el primero que describió lo que ahora llamamos la Historia Natural de la Enfermedad y fundó la nosología en sus libros sobre las epidemias, las heridas, las hemorroides o la epilepsia. Pero la historia clínica que se empezó a hacer entonces y se sigue haciendo hasta hoy, no cuenta nada del individuo, de la persona y de su experiencia de la vida, la forma cómo enfrenta su padecimiento y lucha por sobrevivir.
En esas historias clínicas no hay un sujeto, sólo un objeto que ocupa la cama 23 o que tiene una púrpura trombocitopénica. La doctrina positivista del siglo XIX que mucho contribuyó a convertir la medicina en una ciencia, también coadyuvó a considerar el cuerpo humano como una máquina cuyo funcionamiento está temporalmente alterado. Los médicos de fines del XIX y principios del XX olvidaron la dimensión psico-social de su oficio, aunque utilizaran el impacto que sobre la psicología del paciente y sus familiares tenía su propia personalidad.
En los últimos años aparece un desencanto frente a la idea de progreso, bajo cuyo presupuesto la enfermedad sería erradicada por la ciencia y la técnica. La tecnología y el avance médico conseguido, no han erradicado la enfermedad, pero se ha producido un desarrollo autónomo de la tecnología y la ciencia médica que ha ocasionado que el propio hombre se vea incluido entre los objetos de su propia técnica. Esta culminación del poder humano, puede muy bien llegar a significar el sometimiento del hombre a su propia obra.
Por eso desde el segundo tercio de este siglo profesores, profesionales e investigadores empezaron su cruzada contra la deshumanización de la medicina y apareció la especialidad en lo psicosomático, aun cuando los rendimientos de tal cruzada no puedan calificarse de espectaculares.
Desde la antropología, Briones Gómez parte de un concepto amplio de salud/enfermedad como un proceso que incluiría lo biológico-psíquico-social y cultural y que tendría como meta, según la definición de la OMS, "un estado de completo bienestar físico, mental y social" (OMS 1980) y una concepción del sistema sanitario que no se identifica con uno determinado -el hegemónico-
sino que está constituido por las diferentes ofertas terapéuticas o caminos asistenciales vigentes en una determinada sociedad.256
Concluye que “el estudio de la búsqueda de la salud en la esfera de los curanderos, en el mundo de la religión y en otras medicinas tradicionales o marginales me ha llevado también a concluir que no hay una, sino muchas concepciones posibles y tratamientos viables de las enfermedades y de los procesos que llevan a la recuperación o conservación de la salud, aunque la hegemonía de una determinada forma, en nuestro caso la medicina científica, oficial, ligada a las facultades de medicina y a los hospitales, se identifique con la única válida”.
Así mismo, incluye un amplio abanico dentro de lo que llama “recursos terapéuticos”, como el curanderismo, definiéndolos como representaciones de la enfermedad y prácticas terapéuticas, que no funcionan dentro de la racionalidad moderna, sino que están dentro de la órbita del ritual mágico religioso.
En Historia cultural de la enfermedad, Leonardo Viniegra257, propone la idea de las enfermedades como formas de ser particulares y diferenciadas de los seres humanos. Se argumenta cómo la cultura (todo lo que nos hace humanos) “toma las riendas de la evolución” en nuestra especie y determina, en cada época, nuestras formas de ser, de vivir y de enfermar. Se toma distancia de la idea de máquina y del mecanicismo que predomina en el cuidado de la salud en nuestro tiempo y se desarrolla el concepto de Historia Cultural de la Enfermedad como propuesta que “alumbra” aspectos ignorados por la Historia Natural de la Enfermedad. Se hace un recuento de cómo, por efecto de la cultura, diversas enfermedades no existen más, otras han aparecido o incrementado su presencia, otras han cambiado su fisonomía o variado su distribución, etc.
256 Briones Gómez, R. “Claves para la comprensión y tratamiento de la salud/enfermedad”.
Demófilo: revista de cultura tradicional de Andalucía. 1994, nº 13, p. 13-34 257
Viniegra, V. L. Historia cultural de la enfermedad. (Instituto Mejicano del Seguro social) Revista de Investigación Clínica, Méjico 2008, V60 N6 Nov-dic.
La concepción cultural de la enfermedad pretende ir más allá del ámbito nosológico y técnico de la enfermedad y de la salud, conjunto de ideas que comparten cada día más médicos adscritos al sistema médico hegemónico, para incursionar en “el padecer”, la experiencia subjetiva del sufriente; en la esfera psicosocial, en el entramado de vínculos con alto significado afectivo propios de la experiencia vital de cada quien; en las formas de vivir; en las situaciones, circunstancias y condiciones de existencia y en las tradiciones y creencias.
Todo lo anterior L. Viniegra lo considera cultural, entendido como “todo aquello que nos hace humanos y nos distingue del mundo natural”. Esa visión mucho más amplia, implica la adquisición de conocimientos, el desarrollo de destrezas y el logro de una sensibilidad hacia lo humano en su conjunto, que bien podríamos equiparar al humanismo médico que tanto se viene reivindicando desde la segunda mitad del siglo XX.
Desde esta perspectiva se discute la dicotomía congénito/adquirido, cada vez más insostenible. Se muestra cómo la herencia epigenética es una evidencia fuerte contra la separación entre lo genético y lo ambiental. Se contrasta la causalidad mecanicista propia del paradigma salud/enfermedad y de la Historia Natural de la Enfermedad, en sus diferentes características, con la causalidad contextual propia de la Historia Cultural de la Enfermedad que se propone. Así mismo, desde la Historia Cultural de la Enfermedad, se discuten las formas de aproximarnos a las enfermedades en el sistema hegemónico, para replantear el papel de los pacientes, de los médicos y de las instituciones en el cuidado de la salud. También para reconocer que el cuidado de la salud carece de sentido sin el cuidado de la vida en sus diversas manifestaciones, de donde deriva el imperativo de luchar por condiciones y circunstancias cada vez más propicias para una vida digna, satisfactoria, serena, fraternal, en sociedades incluyentes y solidarias.