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UNA APROXIMACIÓN ETNOGRÁFICA AL BARRIO

Más adelante, se trata la composición étnica y los cambios en la morfología social del vecindario. Ahora, me propongo relatar la modificación de las relaciones vecinales a lo largo de los años sin entrar en las causas internas o externas de dichos cambios.

Una de las mayores transformaciones que ha sufrido el barrio a lo largo de su historia ha sido con relación a las relaciones vecinales: sus formas de convivencia y de apropiación del lugar. Los cambios en las relaciones vecinales no son propios de La Mariola o de los barrios obreros, sino que es una constante en el cambio cultural que han sufrido las ciudades durante las últimas décadas. La arquitectura propia de los nuevos barrios así lo hace entrever; un espacio público pensado para la transición y el transeúnte, es decir, individualizador (Borja y Muxí, 2001: 46-51 ) En cambio, no así la arquitectura en La Mariola, ya que tanto en el edificio como los espacios intersticiales de sus diversos bloques, están más acorde con una forma de actuar supeditada a la necesidad de la clase obrera, con ciertas reminiscencias de la época paternalista burguesa; que provocan, a su vez, un apego del lugar. La agregación de las viviendas y la abundancia de espacios para el encuentro potenciaron las comunicaciones en la vida colectiva: la movilización y la lucha socio- vecinal, se forjaron en estos espacios -recordemos que en La Mariola aparece el primer movimiento vecinal- y de ello se deriva un sentimiento de adhesión al territorio. Un sentimiento que no pudo crear el movimiento obrero, pues los habitantes del La Mariola no están vinculados a ningún tipo de gran industria, sino que se levantó desde el movimiento vecinal.

A partir de la ocupación de los bloques Ramiro de Ledesma, entre 1955 y 1960, el barrio comienza a tomar forma, y buena parte de ello es debido a las nuevas relaciones de vecindad que se dan en sus calles. Éstas empiezan a ser fluidas y activas. Compartir el espacio público es una actividad cotidiana que permite una interacción más intensa que no únicamente la convivencia en una misma escalera. Las plantas bajas, que poseen una entrada ajardinada, y los espacios abiertos intersticiales, donde no existe circulación de vehículos, propician el encuentro tanto de adultos como de niños y jóvenes. Esta situación

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de convivencia y vecindad es aumentada con el elemento de centralidad que supondrá un colegio muy próximo. Las diferentes zonas de la Mariola, que se separan por la tipología de los edificios, tienen como punto de encuentro la escuela del barrio. Haber cursado estudios en el colegio Magí Morera será gran muestra de identificación con el barrio.

Como señala Forrest (2004), el ámbito local juega un papel más importante en los barrios obreros-pobres, pues no es uno de tantos como en las clases medias, por lo que los lazos fuertes juegan un papel esencial (Fernández-Kelly, 1995, Fol, 2010, Grannovetter, 2000 [1974], Warr, 2005a). En La Mariola, por aquella época, las relaciones vecinales, son “fuertes” entre quienes viven en los bloques públicos, pues mantienen relaciones intensas de amistad y solidaridad -así como apoyo mutuo y confianza- además de un sentimiento de protección cuando están en “su zona”, mientras que las relaciones “débiles” se extienden por el resto del barrio; aun con todo, como mínimo, todos se conocen, aunque sea de vista. También, la confluencia en los pequeños comercios del barrio hace los encuentros entre vecinos del barrio más fáciles y cotidianos.

Pero, según muchos habitantes del barrio, las relaciones poco a poco se han ido deteriorando. Como ya se ha dicho, el colegio se tuvo que cerrar entre la década de los noventa y los dos mil, por la carencia de alumnado. La baja natalidad junto con el declive demográfico que se va produciendo en el barrio y la asistencia a otros colegios de los niños de clase media-trabajadora, provocan que el colegio cierre y, por tanto, que se pierda su función cohesionadora. Por otro lado, el cierre de los pequeños comercios, algo general también en todas las ciudades, pero que en La Mariola se ve agravado por la apertura de una gran superficie comercial muy cercana, hace que se pierda vida en el barrio y que las pequeñas actividades cotidianas de compra, con la interacción que suponen, también se disipen. Finalmente, la llegada de nuevos habitantes, atraídos por los bajos precios de la vivienda, hace que las relaciones vecinales se rompan con asiduidad dentro de las propias escaleras de vecinos; algo que se verá muy agravado con la situación de crisis de los últimos años en los que aparecerán los problemas de impagos de los gastos de comunidad y de suciedad y deterioro del barrio y las escaleras.

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La mirada de los más mayores

Para quienes vivieron la formación del barrio prácticamente en su totalidad, que ahora son ya personas mayores, rozando como mínimo la vejez, el recuerdo de las primeras décadas de La Mariola es muy diferente a lo que ven ahora. Algunos han sufrido más los cambios que otros, pero en común tienen una memoria que les lleva a tiempos felices y mejores. Esta nostalgia, como sostiene Savage (2010: 116) viene denotada por la falta de cohesión social actual del barrio, como se verá más adelante, y encarna la pérdida de magia que sienten los primeros habitantes. Mercedes, una mujer ya hace tiempo jubilada, recuerda un ambiente más cálido:

Mercedes: era como un pueblo, un pueblo que nos conocíamos todo el mundo. “oye, que si

viene mi hijo…” y te dejabas la puerta abierta. Al haber patios interiores pues sacabas las sillas. Era un ambiente de pueblo, muy familiar. (…) El otro día hablábamos unas mujeres que estábamos y decían: “¿os acordáis de cuando nos dieron los pisos que pensábamos que nos había tocado la lotería?” ¡Pues sí, es verdad, hay que reconocerlo!

La sensación de ruralidad y de vida de pueblo en el barrio es una constante en la expresión de la gente. Ello no viene dado tanto por su forma de vida de carácter rural, pues ésta no existía -no había una relación fuerte entre suelo, naturaleza y ser humano y, por tanto, de uso de los recursos naturales- sino que se refiere a la oposición a la ciudad y a las fuertes relaciones de vecindad. Frases que denotan estas fuertes relaciones vecinales y que se repiten constantemente en sus relatos son: “era como un pueblo”; “nos conocíamos todos”; “dejábamos las puertas abiertas”. Mientras que la oposición a la ciudad y su forma de vida se reflejan en afirmaciones como: “decíamos bajar a Lleida” o “todo era campo”.

Los testimonios dejan entrever que, aunque el recuerdo es bueno, de felicidad y bienestar, - la nostalgia de la que habla Savage- existía una situación marcada por una necesidad de lucha cotidiana, basada en su situación como clase obrera y trabajadora, una experiencia obrera que suele representarse como una lucha por salir adelante a nivel familiar; un periodo de lucha, que aunque en relación a dicha clase, fue más bien individual y, ante todo, familiar. El recuerdo de Antonia, quien ha vivido prácticamente siempre en La Mariola deja ver este doble sentimiento de felicidad y pertenencia de clase en su recuerdo.

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Antonia: Yo he vivido muy feliz en La Mariola. Yo me casé con mi marido nos llevamos

muy bien. Hemos criado nuestros dos hijos como gente obrera-trabajadora. Y lo mejor que hemos podido, les hemos dao los estudios que hemos podido y ya está. Cada uno se ha metido en un trabajo (…). Y yo que he pasao una juventud muy buena en mi casa, una niñez, una juventud muy buena. Y luego me casé muy bien, he criado a mis hijos muy bien.

Cabe recordar que muchos de quienes empezaron en el barrio tuvieron que abandonar sus tierras natales y dirigirse a Lleida en busca de una vida mejor. Durante un periodo de transición en el que las penurias eran cotidianas, a veces de una gran dureza -como afirmaba Antonio, un anciano del barrio: “aquí siempre hemos sido los más débiles”-, la Mariola se distinguió como un lugar sencillo, pero también como su nuevo hogar, en el cual se podría empezar una vida digna y llana y, en algunos casos, recomponer la familia: juntarse, avanzar y seguir creciendo. La nueva cotidianidad, que les proporcionó un entorno apacible, arropados por otras familias que estaban en la misma situación, les aportó una pequeña mejora de su capital social que les beneficiaba para el desarrollo de los nuevos proyectos necesarios para su reproducción social cotidiana, pues como sostiene Leonard (2004)28, los lazos fuertes entre los trabajadores les dota de los recursos básicos para ir tirando (Fernández-Kelly, 1995, Forrest, 2004, Warr, 2005a). Virgilio, hombre ya jubilado, recuerda como la familia formaba parte fundamental para su desarrollo, mientras que Antonia, su esposa, asimilaba a los vecinos como una gran familia durante los años 60.

Virgilio: Porque nosotros somos una piña. Mi madre nos ha subido. Dinero no, pero cariño y armonía... eso se puede decir. Mi madre, aunque hayamos comprao una tarta, hasta que no han estado todos los hijos no la ha empezado. Si hemos dicho de comprar un mueble nos hemos juntado. Nos juntamos todos los mediodías para hablar, para dialogar. Yo quiero hacer esto: “¿qué te parece?”... y estábamos casaos ya. Y lo mismo que nosotros las familias trabajadoras eran igual que nosotros

Es que allí hemos vivido muy bien. Se vivía todo en familia, no se necesitaba, como ahora… Eran las tantas de la noche y te sentabas allí a hablar, a hacer bromas con los vecinos. Hoy en día es imposible.

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Leonard hace una distinción entre lazos fuertes o capital social de proximidad y lazos débiles o capital social puente en los que los primeros sirven para ir tirando (getting by) y los segundos para tirar adelante (getting ahead)

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Antonia: Cuando llegaba la mona, todos los vecinos nuestros, los niños con los padres a comer la mona al campo escolar. Y jugábamos todos juntos. Era una familia eso. Yo me acuerdo mucho eso. Cuando era pequeñita: “vamos al campo escolar”: llegaba la mona y venga. Ponían los mantelicos los padres en el suelo.

La gran mayoría de los habitantes de La Mariola llegaron al barrio después de intentar instalarse en diversas casas fuera del barrio: viviendas precarias, con faltas muy graves de habitabilidad. La llegada a La Mariola se describe como la consecución de un agradable sentimiento hogareño. Aunque los pisos fueran pequeños y estuvieran alejados, por lo general, eran pisos nuevos, a estrenar, y no era necesario compartirlos con extraños. Aunque lo cierto es que quienes acababan de llegar a Lleida se veían obligados a compartir piso, como en el caso de Antonio: “no encontraba vivienda para alquilar y vivía con mi hermano en La Mariola, que son unos pisos muy pequeños, vivíamos 3 familias. Íbamos 3 familias ahí, y los hijos de mi hermano, ¡todos apiñaos allí!”.

Mientras que desde Lleida se veía La Mariola con cierto recelo, como si no fuera parte de la ciudad, la gente del barrio iba haciendo su vida, saliendo adelante a pesar de la falta de recursos urbanos. La carencia de equipamientos públicos e infraestructuras urbanas, se iría solucionando parcialmente en las década de 1970 y 1980, gracias a las luchas vecinales. Las palabras de Mercedes ilustran estas carencias;

Mercedes: El colegio no existía, fue después. Después se hizo la iglesia porque en ese colegio se bautizó mi sobrino, no había iglesia, lo hacían servir de iglesia. (…) Era todo barro, no había luces, no había calles, no había acera, eran los bloques hechos y san seacabó. Dentro de los bloques hay patios interiores; estaba todo barro. Si nevaba tenías que poner cartones y trocitos que había como una cosita chiquitita dentro, lo demás todo barro.

La visión nostálgica que exponen los mayores, donde las dificultades y carencias que sufrieron se ven superadas por el entusiasmo de los proyectos familiares y la solidaridad vecinal, todavía es visible en la siguiente generación, en la que el carácter rural sigue siendo el factor más destacado de los relatos. Pero en estas narraciones, empiezan a aparecer nuevos elementos que dan forma y configuran la vida social en el barrio: destacan sobre todo la presencia del colegio Magí Morera como elemento central; y el espacio público urbano como dinamizador y lugar de encuentro y de relaciones. Ambos enmarcan

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las prácticas y los vínculos sociales. Por el contrario, la aparición de otros componentes negativos -según algunos habitantes- también empieza a ser recurrente en los relatos: la llegada de familias pobres gitanas, las drogas, la delincuencia, las bandas urbanas…. Con perspectiva. Un bonito lienzo, aquello que nos gustaba y se perdió

Probablemente, a partir de mediados de la década de 1970, la identificación con el barrio tiene mayor relevancia a causa de los nuevos elementos productores de vecindad. La conexión más directa que existe con la ciudad, a partir de su integración en el tejido urbano, hace más visibles la diferente forma de vida del barrio. La apertura del colegio y su puesta en funcionamiento comienza a ser parte fundamental del barrio para que las familias y los jóvenes interactúen con mayor frecuencia y para que se cree una sensación de conjunto y pertenencia.

Quienes nacieron en las décadas de los sesenta y los ochenta son quienes han llevado el “mariolero”29

a la calle y quienes han puesto en juego su valor simbólico. Son ellos quienes en la actualidad se mueven entre un sentimiento de pertenencia, o de buen recuerdo, si es que ya no viven en La Mariola, y de rechazo hacia el barrio tras los cambios -nuevos habitantes, mayor degradación, peor percepción social, etc.-; sobre todo quienes ya no viven en el barrio. Loli se fue hace ya varios años tras casarse, guarda un bonito recuerdo del barrio pero ahora su percepción ha cambiado con creces; al igual que Maribel, que aún vive en el barrio.

Loli: Ahora lo veo, ahora reflexiono (…) yo viví en La Mariola, el colegio en La Mariola, mis amigos eran de La Mariola. Cuando me fui a estudiar [fuera del barrio] y entré en pisos de otras personas yo pensaba: “esto es de lujo”. Un piso normal, como ahora es el mío, yo lo encontraba que era un palacete, ¿entiendes? Pero tampoco había visto antes... tampoco le di el valor que yo vivía mal. Ahora sí que lo pienso, con aquel hilito de agua con el que te bañas, o que no hay calefacción y te vas con la bolsa de agua caliente a dormir; y lo reflexionas más tarde, por eso te digo que yo fui feliz, era lo que conocía, era la historia que conocía. Lavarte el traje, echarte la siesta y volvértelo a poner; así eran todos, éramos todos así. Luego, ya de grande, sí que pensé: “¡hostia! (en el piso de una amiga) aquí vive en un

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Mariolero es el nombre con el que se conoce a los habitantes del barrio en toda la ciudad y del que, como se verá en capítulos posteriores, muchos hacen gala.

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palacio”… y la otra también en un palacio, y era yo la única que vivía en un piso... como que tampoco había ido a muchas casas... Cuando ya salí a los 17 a estudiar... vives mucho en el barrio.... […] Que mala fama sí, barriobajero sí sí, mucho mucho, y con mucha honra, ningún problema. Nosotros éramos todos más o menos así, y muy alegres, los andaluces son alegres. (…) Ahora también... pero es diferente, los chavales hacen más gamberradas. Muchos problemas. Cuando uno dice que es de La Mariola la gente se asusta...

Maribel: Yo recuerdo ir de pequeña al parque detrás del Unipreus que está la pista roja... la pista roja era más que el campo del Lleida de fútbol. Ahora vas y ahora está todo... no quedan porterías. Y ahora vas y el césped de delante todo aquello era de moreras... Yo recuerdo haber ido con mi padre los domingos a merendar... ahora siéntate en el césped, que si no es una caca es...

Tal como ya se ha dicho, el colegio fue el elemento fundamental de cohesión para los chavales del barrio. Ahora, es un recurso para mostrar su pertenencia y aprecio hacia él. De esta manera, Víctor, quien regenta una tienda en el barrio, me mostró varias veces su estima hacia el barrio diciendo: “¡eh!, que yo fui al Magí Morera [el colegio del barrio]”. Las narraciones a cerca de las tardes jugando en la calle, tras la salida del colegio, transmiten una sensación de acogimiento -mostrando también la pérdida de la magia actual del barrio (Savage, 2010: 116); la seguridad y la familiaridad, era, según ellos, la norma en la vida del barrio. Tanto Gabi, joven de 21 años, como Loli, funcionaria de 40, ilustran la sensación de seguridad que existía al usar la calle para el juego.

Loli: En el Magí Morera bajamos los primitos ahí todos juntos, todos los abuelitos... no me venían a buscar ni al colegio, siempre había un urbano, cruzábamos; y a comer nocilla, bocata de nocilla, jugando de árbol a árbol, una cuerda, jugamos las amiguitas luego al escondite, no [había] ningún problema.

Gabi: Como la amistad que había con el barrio. Por ejemplo, yo era pequeño [y] mi madre se podía ir a trabajar tranquila y yo podía estar por la calle tranquilamente jugando que había mil ojos vigilando, porque todos éramos uno, y si pasaba algo ya sé que tenía el vecino la confianza de decir: “ven aquí, te quedas en mi casa hasta que venga tu madre”.

Otros puntos de vida barrial y de generación de relaciones de vecindad eran unos pequeños quioscos -aún hay algunos hoy- donde se vendían refrescos, golosinas e incluso se hacían

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bocadillos. Estos puestos eran lugares de reunión y donde se concentraban vecinos. Aún hoy, sobre todo, en los bloques Juan Carlos existe esta concentración cotidiana de vecinos alrededor de algunos quioscos.

Es a partir de estos años, la década de 1980, cuando, según la mayoría de los relatos, van apareciendo algunas actividades que son nombradas como los “primeros signos negativos” dentro del barrio. Se hacen visibles las drogas, tanto en su consumo como en su venta, también los rumores sobre delincuencia y gamberrismo toman forma y, finalmente, la continua llegada de población pobre a través de la movilidad forzada fragmenta las relaciones. A partir de los años noventa, empieza a aparecer la escasez de viviendas para nuevas familias y, por tanto, la marcha de los jóvenes que buscan nueva vivienda, por lo que comienza a notarse una envejecimiento en la población, y desapareciendo muchas relaciones vecinales creadas por la existencia del colegio. Loli, ya no vive en el barrio y no conserva relaciones dentro de él: “yo ya le dije adiós a La Mariola, a mí me sabe mal por mis padres [quienes sienten un aprecio hacia el barrio], yo ya le dije adiós un día, ¿no? Y ya me fui de allí, pero me fui bien, me casé y me fui”.

Hoy en día, se recuerdan los “buenos tiempos” con alegría, como muestra Mercedes cuando relata una reunión de antiguas residentes en el barrio con la intención de recuperar relaciones y crear nuevas tradiciones.

Mercedes: Pues este año, mi hija y mis sobrinas dicen: “¿pues sabes qué vamos a hacer?, vamos a hacer que todas las que íbamos al colegio y las que vivíamos aquí en el barrio