—¿Qué?, ¿de qué estás hablando? —Dylan parecía contener una rabia ciega. Me sostuvo del brazo, arrebatándome de los brazos de Roberto mientras me apar- taba a nuestro jardín. Mi madre corrió a mi encuentro.
—¿Qué sucede aquí Mamá?
—Oh, Caroline… ha sucedido una tragedia, no tienes ni idea de lo que ha pasado.
—Contesta, Caroline, ¿has permanecido junto a él todo este tiempo? —in- terrumpió Dylan, mirando desconfiadamente a Roberto por el rabillo del ojo. Yo torné la mirada hacia él, permanecía en la puerta de entrada, confundido al igual que yo.
—Vamos, vamos a la casa Dylan —sugirió Mamá.
Una vez que estuvimos todos en la estancia principal sentados en la sala me dediqué a dar un breve escrutinio a los presentes, Jane parecía cabizbaja, eviden- temente entristecida por alguna razón, mientras que mi madre era un manojo de lágrimas y Dylan. Dylan parecía ser el más afectado de todos.
—¿Ya podrían decirme que está pasando aquí, que fue todo eso?
Mi hermano se levantó débilmente, dando unos cuantos pasos alrededor del recinto, ni mi Madre ni Jane parecía querer decir palabra alguna. El silencio reinó en el ambiente, hasta que Dylan se decidió a pronunciar con una voz ronca frágil y desgarradoramente apagada…
—Es Vincent, Caroline… está muerto.
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Capítulo XIII
Me encontraba otra vez en la comisaría en menos de dos días. Por más que el ambiente fuera el de una oficina típica, no era un lugar al que quería volverme asi- dua. Las cosas en el lugar estaban igual, hombres uniformados, caminando de un lado a otro, hablando entre ellos, bromeando. Se notaba que tenían un buen com- pañerismo y que vivían ajenos a los problemas de los demás; a nuestros problemas. El detective Bennet nos esperaba en su oficina, leía unos archivos que esta- ban apoyados sobre su mesa, al costado tenía una pequeña torre de carpetas. Se veía bastante atareado, y —por la postura de su cuerpo— podía decirse que cansa- do. Pero no logré notar en sus fríos ojos azules, cuando se fijaron en mí, nada que delatara sus emociones.
Nada más verme entrar en su despacho, se acomodó en el asiento y me miró analizándome, para después fijarse en mi madre.
—Señora y señorita Iduarte —saludó contrito, mi madre respondió al saludo con una inclinación de la cabeza yo solo desvié la vista—, siéntense por favor.
Mamá y yo nos sentamos en silencio, el hombre me ponía nerviosa, sus ojos estaban fijos en mí.
Si ese era un método de intimidación, le funcionaba perfectamente conmigo. Todavía me sentía un poco shockeada, no podía creer que Vincent estuviera muer- to.
Esto se estaba transformando en una historia de terror de la que no quería formar parte. La muerte, los asesinatos... Toda la fealdad de este mundo jamás me había tocado tan de cerca.
Cómo estaba ocurriendo ahora. Esas eran cosas que veía en las noticias, y estaba lejos de mí. Y ahora me veía indirectamente involucrada en dos homicidios.
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Tragué con dificultad, no quería pasar por esto, pero no estaba dispuesta a hacerme a un lado y dejar que acusaran a Roberto de algo que él no había hecho.
Me erguí levemente para enfrentar al detective. Él me miró unos segundos antes de comenzar a hablar. El interrogatorio comenzó de inmediato, y esta vez me pareció un poco diferente al anterior. Sus preguntas me llegaban una detrás de otra sin darme tiempo a respirar, mucho menos a pensar.
Al momento en que me preguntó dónde habíamos estado, no tuve los sufi- cientes reflejos para evadir la cuestión, e inventarme una excusa... y tampoco que- ría, estaba harta de mentiras.
Estaba asustada; muy asustada, y si con la verdad podía salvar a Roberto, lo demás no importaba, ni la reprimenda de mi madre o del detective.
—Estuvimos en una de las casas de Roberto —mascullé con la vista fija en la mesa.
El detective me hizo repetir lo que dije. Levanté la cabeza y lo miré a los ojos. —Roberto y yo estuvimos en uno de sus edificios.
El rostro de Anthony Bennet era una máscara de impasibilidad. —¿Por qué? —preguntó sin miramientos.
Suspiré, aunque no había nada malo en lo que decía, por dentro sentía que estaba traicionando la confianza de Roberto.
—Porque... él quería revisar los vídeos de seguridad.
El hombre alzó una ceja, pero el resto de su rostro permanecía sin expresión. —Los vídeos de seguridad... —repitió con voz pensativa— ¿Y encontraron algo?
Desvié la mirada una vez más. Me sentía una idiota diciéndole a un profesio- nal que habíamos jugado hacernos los detectives y había salido mal.
—No —respondí pesarosa—, todos los vídeos habían sido eliminados, todos los de las últimas semanas.
—¿Roberto tiene la contraseña de los vídeos de seguridad? Le dirigí una rápida mirada y asentí.
—Según Roberto, solo cuatro personas tenían las contraseña... —hice una mueca, sentía que cada vez traicionaba un poco más a Roberto.
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—Sí —asentí levemente con la cabeza, a la vez que entrecerraba los ojos, el sol se ocultaba lentamente por el horizonte y los rayos del sol que entraban por la ventana iban directo a mis ojos, todo me parecía tan irreal, quería dormir y no des- pertar hasta estar segura de que todo era una pesadilla, y que volviera a ser sencillo como cuando simplemente discutía con Roberto—. El señor Di Steffano, su jefe de seguridad —me negué rotundamente a decirle que el hombre estaba muerto, ya no quería hablar de más muertes—, Roberto... —miré mis manos y vacilé, antes de agregar—: Y su madre.
Estaba preparándome para la siguiente pregunta, pero esta nunca llegó. Le- vanté la vista y entrecerré los ojos para ver al detective a través de los rayos de sol. El hombre me miraba sin expresión, me sostuvo la mirada unos segundos, y yo fui incapaz de apartarla. Abrió la boca, seguramente para darme el golpe de gracia con su pregunta final, pero un golpe en la puerta hizo que se detuviera.
El detective Bennet miró hacia la puerta y yo me giré para hacer lo mismo. Un hombre uniformado entró con rostro serio a la pequeña oficina, le entregó una nueva carpeta a mi interrogador, y después de intercambiar unas palabras en tono bajo con él, se marchó.
Vi como el investigador abría la carpeta y la inspeccionaba con el ceño frun- cido. Miré a mi madre confusa y ella me devolvió la mirada, tomó mi mano y la apretó suavemente. Me sentí mejor al saber que ella estaba a mi lado y de nuestra parte.
El hombre frente a nosotras cerró la carpeta de golpe y pude ver un leve brillo de satisfacción en sus ojos.
—Muy bien señorita Iduarte, muchas gracias por su cooperación —habló el detective con amabilidad, dando por concluido el interrogatorio.
La canción “Please me” de Poncho fue lo que me despertó, estaba descon- certada. Había caído rendida ni bien había llegado a casa, ni siquiera pude llamar a Roberto. El cansancio, tanto físico como mental, que me había dejado el interro- gatorio del detective Bennet, no me dio lugar para nada más.
Miré a mi alrededor, la habitación solo estaba iluminada por la luz anaranja- da de los faroles de la calle. Todavía me encontraba vestida con la ropa que había
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salido, alguien —seguramente mi madre—, me había sacado las zapatillas y deján- dolas a un costado de mi cama.
La canción seguía sonando en mi teléfono móvil, tanteé sobre mi mesilla de noche en su búsqueda, pero no pude encontrarlo. Me incorporé sentándome en mi cama y lo tomé, estaba a unos centímetros de mi mano. Miré el identificador de llamadas: era Iris. Sentía como si fueran años de la última vez que había hablado con ella. Contesté de inmediato.
—Iris —saludé.
—Caroline —contestó ella con una voz extraña—, ¿es cierto lo del profesor Vincent?
Me quedé paralizada unos segundos, confundida, hasta que la realidad me golpeó con fuerza. Dos asesinatos en menos de dos días... el cuarto giró levemente por lo que me recosté mi cabeza en la almohada y tapé mis ojos con un brazo.
—Al parecer, sí —contesté cansada—. Hoy me volvieron a interrogar. Un leve sollozo se escuchó del otro lado de la línea. Y recordé, Iris... Vin- cent... Iris siempre había mostrado cierta predilección por ese profesor... Ella esta- ba enamorada de él.
—¡Oh, por dios, lo siento mucho, Iris! —dije sollozando también, sentí que estaba al límite de mis fuerzas...
—¿Puedo subir, Caroline? —murmuró ella—, estoy enfrente de tu casa. Escuché el coche de Iris estacionarse en ese momento. Me levanté rápida- mente, y me agarré a mi mesilla de noche cuando un fuerte mareo me sobrevino. Miré la hora en el despertador, la una de la mañana, solo había dormido seis horas, y al parecer no era suficiente. Iris debía estar muy mal para venir a esta hora, cuan- do me asomé a la venta pude verla a ella bajando de su auto, pero una sombra me llamó la atención. Miré hacia la sombra justo cuando sentí el rugir de una moto poniéndose en marcha, era Roberto.
Me tambaleé hasta mi cama y me puse las zapatillas, sin detenerme bajé las escaleras a la carrera y alcancé a Iris.
—¿Qué pasa? —dijo ella impresionada.
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Me sorprendió cuando Roberto detuvo su vehículo frente a un almacén aban- donado. Iris estacionó en una parte oscura. Mientras yo veía como él bajaba de su moto. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Acaso buscaba más problemas? ¿Por qué no me avisó que iba hacer algo?
Me dolió que no confiara en mí.
Roberto entró por un costado del almacén, y yo me apresuré a seguirlo. —¿Qué haces? —dijo Iris—, ¿estás loca? Deberíamos irnos, sabes lo peli- groso que pueden ser estos lugares —añadió mirando a su alrededor.
—Entonces, ven conmigo —murmuré y descendí del coche.
Caminé rápida y silenciosamente hasta el almacén, la voz de Roberto hizo que me apresurara, sonaba desesperado, y pude escuchar la voz de otra persona a medida que me acercaba... era la de una mujer.
—¿No lo entiendes, hijo? ¡Tuve que hacerlo!, él pretendía matarte a ti tam- bién —exclamaba ella—. No pretendía hacer nada contra él, mi plan desde el prin- cipio fue matar al malnacido de tu padre, pero ese hombre llegó primero...
—Mamá...
—¡No!, ¡no lo entiendes! ¿Crees que lo pasé bien? Tu padre me encerró en un hospital por años y te mintió diciéndote que estaba refugiada en un convento... Jamás pude acercarme a ti ni decirte la verdad. Yo quería estar contigo, alejarte de esa escoria, pero él me lo impedía... ¡Me encerró!
La voz de la mujer subía de volumen con cada palabra, parecía histérica. —Ese hombre... Este tal profesor Vicent, le dijo al bastardo de tu padre antes de asesinarlo que iba a matarte a ti también, que era por tu culpa que esa joven hubiera terminado así... —comenzó a sollozar la mujer— Lo siento, Roberto, lo siento tanto.
—¡Mamá, no!
Corrí hacia el almacén, pero nada me preparó para ver lo que se desarrollaba ahí adentro.
Roberto estaba parado, paralizado en el medio de la estancia, horrorizado, a unos metros una mujer alta y esbelta, se apuntaba a ella misma con un arma en la cabeza.
—No puedo permitir que me encierren otra vez, lo prefiero así —dijo. —¡No! —tres gritos sonaron a la vez, pero fueron amortiguados por la deto-