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la exteriorización nadaísta

94. Arango, Correspondencia violada, 279.

estudio y la meditación. Además el envanecimiento anuló en su conciencia la autocrítica”.95

Para finales de la década la principal preocupación del movimiento fue su paulatina pérdida de público, tal como lo sostuvo el mismo Arango: “nos es- tamos quedando solos también, sin la juventud que nosotros hicimos posible. Algunos nos miran con respeto, otros con desprecio, y los otros ni siquiera nos miran. Lo cual es muy grave, pues sólo se respeta o se desprecia al enemigo. Y nosotros no somos, no podemos ser los enemigos de la juventud”.96 Jaime Jara-

millo Escobar comprendió perfectamente que el nadaísmo ya había perdido su influencia sobre los jóvenes y su liderazgo en la transformación cultural porque “ni en el país ni en el mundo hay ahora una actitud pasiva frente a nada, a no ser que se considere pasiva la horrible agresión de flores a los policías que practican los hippies”.97 Para entonces el movimiento había sido acogido con relativa nor-

malidad, sus “actos pánicos” no reflejaban ninguna transgresión. Por cierto, en mayo de 1969, maoístas barranquilleros arrojaron tomates podridos a Arango mientras disertaba sobre la guerra y la paz, sabotearon la conferencia del que una década atrás se había proclamado como el “profeta de la nueva oscuridad” y había liderado el boicot del encuentro que representaba el pensamiento retró-

grado en Colombia.98

Debido a la fragmentación del movimiento, el Quinto Festival de Vanguardia pretendía ser “de índole religiosa y semiclandestino”, no obstante, Elmo Valen- cia, único nadaísta que estuvo en la organización del evento, apostó de lleno por el espectáculo.99 La expresión contracultural no tenía distinción radical con lo

establecido, los hippies fueron el público del festival oficial y del de vanguardia. Contrario al proyecto de renovación artística de sus primeras ediciones

95. Jaime Jaramillo Escobar, “El lamoso Gonzalo Arango”, 11 de marzo de 1969. bpp, Medellín, an, Car-

tanada 0079, s. f.

96. Gonzalo Arango, “Ed hermanito: te ‘debo’ dos cartas”, Bogotá, [1968]. bpp, Medellín, an, Cartaga 0029, s. f. 97. Jaime Jaramillo Escobar, “Queridos Jotamario y Eduardito”, [s. l.], [1969]. bpp, Medellín, an, Amílcar

Osorio, s. f.

98. Jaime Jaramillo Escobar, “Santo Salmon”, Barranquilla, 25 de mayo de 1969. bpp, Medellín, an, Carta-

nada 0087, s. f.

(1965- 1966), el evento central del último festival nadaísta fue una fiesta psicodé- lica en la que la “música estruendosa [...] y las extrañas danzas de una bailarina desnuda, con algunos dibujos fosforescentes sobre su cuerpo”, acompañaron la conferencia de Valencia.100 El contrafestival culminó con la presentación

“Una pulga en la bañera” de Jotamario y un desfile de modas llevados a cabo en la tienda Pop-Eye.101 Si bien la prensa elogió la muestra audiovisual expuesta

durante el festival de 1969, como reseñó Alegre Levy, refiriéndose a toda la pro- gramación, el público “ya no se sorprende con las manifestaciones nadaístas”.102

La exteriorización de la sexualidad, una nueva forma concebir el cuerpo, inno- vaciones en el terreno artístico y el pulular de movimientos sociales y políticos caracterizaron la revolución cultural acaecida en el transcurso de la época de los sesenta. La incursión nadaísta se inscribió en el contexto de una juventud in- conforme, contestataria y rebelde. Desde el surgimiento del movimiento la irre- verencia fue el principal instrumento de agresión; el objetivo era suscitar el des- precio de la gente, trastocar la pasividad intelectual de la sociedad colombiana. A través de esa exhibición permanente dio lugar a un sujeto que no estuviera cohibido por la disposición cristiana de la vida privada, a un cuerpo seculari- zado que solo estaba disponible al placer y a la liberación. No obstante, con el avance de la década el nadaísmo abandonó el escándalo espontáneo, el acto anárquico y agresivo; en su remplazo, recurrió al humor negro como una forma de evadir la realidad, de entretener a través de la prensa.

Desde 1965 hasta 1969 los nadaístas llevaron a cabo el Festival de Vanguar- dia para exponer las expresiones más novedosas del arte en Colombia. Este evento condensó al movimiento, ya que fue la oportunidad para demostrar sus obras, la “seriedad” de su trabajo y la irreverencia, pero también sus limitaciones

100. Alegre Levy, “Cali sigue vibrando bajo la ‘onda’”, El Tiempo (Bogotá), 22 de septiembre de 1969: 10.

bpp, Medellín, an, Prensanada 0175, s. f.

101. Alegre Levy, “Al final, la locura nadaísta”, El Tiempo (Bogotá), 27 de septiembre de 1969: 8; Alegre

Levy, “Balance favorable en Cali”, El Tiempo (Bogotá), 28 de septiembre de 1969: 9; “Desfile de la ‘nueva onda’ en Pop-Eye, de Cali”, El Tiempo (Bogotá), 29 de septiembre de 1969: 10.

y su improvisación. Al término del festival de 1966, el movimiento atravesó una encrucijada en la disputa por la definición de vanguardia, la cual quedó plasma- da en la siguientes tres ediciones, evidente en la radicalización de las manifes- taciones artísticas de izquierda y las expresiones contraculturales de buscaban algo distinto a la propuesta nadaísta. Precisamente, las primeras versiones del Festival de Vanguardia (1965-1967) tuvieron gran acogida por parte del público de Cali, pero desde 1968 el entretenimiento contracultural terminó habituando a la gente al escándalo nadaísta y tras la más estruendosa algarabía, estalló si- lenciosa y discretamente.

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Conclusión

Ha transcurrido poco más de medio siglo desde que los nadaístas atemorizaron a la sociedad colombiana augurando la barbarie y proclamando la “nueva os- curidad”. Aun así, sus manifiestos siguen reverberando y sus agresivas declara- ciones parecieran no perder el vigor con el que fueron escritos. Luego de trece años de agitación durante la época de los sesenta, el nadaísmo dejó múltiples y dispersos vestigios: cartas, poemas, cuentos, novelas, piezas teatrales, colum- nas de opinión, concursos, “actos pánicos”, festivales, canciones entre otros. Sin embargo, poco se ha reflexionado sobre su validez artística y continúa siendo reseñado solo por sus actitudes estrafalarias, expuesto como una dosis de vita- lidad y de humor negro que necesitaba el país. Por tal motivo, en este libro me he enfocado en la incidencia del movimiento nadaísta tanto en los debates lite- rarios y en la legitimación de una nueva poética, como en las repercusiones cul- turales de su permanente exteriorización. Para esto he procurado desentrañar la formación y la procedencia social de unos jóvenes insolentes, que sin mayor conciencia de sus balbuceos, pregonaban ser “geniales, locos y peligrosos”, de los enemigos públicos que merodeaban por las calles de los centros urbanos, de los sacrílegos de la “parroquia intelectual”.

El nadaísmo ha sido presentado como un movimiento propio de Medellín y sus acciones extraliterarias han sido reseñadas simplemente como una res- puesta al conservatismo de la sociedad antioqueña. A lo largo de esta indaga- ción he demostrado que antes de su consolidación como colectivo, el grupo

vallecaucano lideraba desde 1959 la difusión del nadaísmo al promover el ejer- cicio creativo de los escritores noveles por medio del suplemento Esquirla. Es más, los nadaístas fueron censurados cuando pretendieron realizar sus prime- ros recitales y conferencias por fuera de la capital antioqueña. No en vano, el nadaísmo se consolidó como movimiento a través de los grupos de Medellín y Cali, ya que en estas ciudades circularon de forma consistente los plantea- mientos de las manifestaciones artísticas neovanguardistas en Colombia, algo ostensible no solo en la literatura y la poesía sino también en las artes plásticas. En la conformación del nadaísmo se empleó constantemente la algarabía y los actos públicos para exponer la insatisfacción juvenil con la sociedad co- lombiana. La inconformidad generalizada tanto a nivel intelectual como social, permitió que el movimiento haya reunido escritores que compartían el deseo de renovar la literatura y jóvenes que solo querían experimentar un nuevo es- tilo de vida. Al no presentarse como una manifestación meramente literaria, el nadaísmo tardó al menos cuatro años para proyectarse como un movimiento relativamente consistente. Esto no quiere decir que en los primeros años los nadaístas no hubieran escrito poemas, leído sus textos o publicado en revistas, sino que en su periodo de conformación afianzaron sus lazos a través de una vi- sión común sobre el arte y la vida. En este proceso, la correspondencia jugó un papel trascendental ya que permitió a los jóvenes que simpatizaban con el mo- vimiento identificarse como sujetos distintos al resto de la población y estable- cer vínculos con otros escritores de avanzada. Por cierto, a partir de 1962 con el inicio de la revista El corno emplumado de México, los nadaístas entablaron un intercambio epistolar con las demás manifestaciones artísticas de América Latina e integraron una red de sociabilidad alternativa.

La irreverencia nadaísta solo cobra validez cuando se comprende el escena- rio cultural, esa “parroquia intelectual” colombiana de mediados del siglo xx que todavía se escudaba en la tradición y en la moral para prohibir la difusión de nuevas expresiones artísticas. Durante la época de los sesenta, el contexto intelectual no se había estructurado como campo —en el sentido en que lo abordan los estudios sociológicos sobre la producción simbólica instituciona- lizada—, pero aun así mantuvo férreos mecanismos de legitimación. En este

sentido, los lugares reflejaron la estrechez del medio nacional: en Bogotá, los auditorios de la Biblioteca Nacional de Colombia y de la Biblioteca Luis Ángel Arango eran recintos destinados para los autores de mayor prestigio, sin que la posición ideológica condicionara su acceso, por lo que confluyeron escritores de tendencias antagónicas como Germán Arciniegas y Jorge Zalamea. Contra- rio a esto, el Instituto Colombo Soviético se presentó como un espacio en el que los lineamientos políticos determinaron las muestras artísticas. Las universi- dades públicas del país brindaron una oferta cultural más amplia, sin embargo fueron escenarios relativamente restringidos para los nadaístas. Cali y Medellín fueron las ciudades de convergencia intelectual del nadaísmo, especialmente por la Librería Nacional y la Universidad de Antioquia. Sin embargo, no existía un lugar que reuniera las nuevas manifestaciones artísticas, por lo que los luga- res dispuestos por el establecimiento eran los mismos a los que debían recurrir los intelectuales, escritores y poetas independientes.

En 1960 se fundó el concurso nacional de novela como una forma de promo- ver el ejercicio literario; sin embargo, se perfiló como una instancia de preser- vación del tradicionalismo. Sus diversas ediciones propiciaron debates en torno a la modernización de la narrativa, pero el carácter retardatario de la Academia de la Lengua y la injerencia de la esso impidieron la renovación de la novelística colombiana. Paradójicamente, los evaluadores dispuestos por la Academia eran más retrógrados que los elegidos por la trasnacional, posición que se visibilizó durante el fallo de 1964 en el que su director, el jesuita Félix Restrepo, dictaminó cuál era la literatura defendida por el establecimiento. Aunque la adjudicación de los premios suscitó gran controversia entre escritores y críticos, el nadaísmo fue el único que desafió la concepción oficial al organizar, con auspicio de la editorial Tercer Mundo, el concurso de novela de vanguardia (1966-1967), el cual dio lugar a los manuscritos más experimentales de la época. A pesar de esto, el premio na- daísta no estuvo exento de polémicas, pues en la edición de 1966 los jurados Ma- ría Helena Araujo y Héctor Rojas Herazo lideraron una campaña descalificadora argumentando que el fallo había sido urdido por Gonzalo Arango. Asimismo, la provocadora participación de Marta Traba coadyuvó a la imagen negativa en torno a la convocatoria nadaísta. De igual forma, en 1967 Elmo Valencia ganó el

premio de vanguardia con el manuscrito de la novela “Islanada”, pero la editorial Tercer Mundo rehusó publicarla por factores de índole moral.

Las formas de difusión y de distribución de lo impreso son ineludibles en el análisis del campo cultural. Para la segunda mitad del siglo xx no existía una industria editorial que garantizara la divulgación de lo escrito, en este sentido, la precariedad del mercado literario denotó la dificultad para dar a conocer obras, algo compartido por autores sin trayectoria que pretendían proyectarse a nivel nacional. La aparición de Tercer Mundo en 1961 intentó subsanar el limitado acceso al mercado cultural. Si bien la editorial proporcionó una infra- estructura hasta entonces desconocida, se trató de un proyecto sustentado por la clase política tradicional que contribuyó a la permanencia del pensamiento hegemónico. A lo largo de los años sesenta diversos factores incidieron en las pocas publicaciones del movimiento: en sus primeros años era evidente la au- sencia de material que mereciera ser impreso, sin embargo, cuando los nadaís- tas se perfilaron como escritores de avanzada se enfrentaron con el restringido acceso a las empresas editoriales, algo que se sumaba la precariedad económica de los jóvenes poetas que no tenían cómo sacar sus propias ediciones.

Paradójicamente, mientras el movimiento integró una red de comunicación alternativa mediante publicaciones de vanguardia latinoamericanas, en Colom- bia no logró establecer un sistema de difusión independiente debido a su inelu- dible participación en la prensa. Las revistas fueron los medios más efectivos para entrelazar la nueva sensibilidad poética latinoamericana. Por cierto, fue a través de estos contactos como la propuesta estética del nadaísmo tuvo validez, pues mientras en Colombia se mantuvo una crítica hostil y despectiva, los lec- tores extranjeros se preocuparon por atender las nuevas expresiones artísticas del continente. Los nadaístas participaron de los debates sobre arte y política librados en el transcurso de la época, pero se trató de una relación laxa debido a la falta de publicaciones seriadas que vincularan el trabajo del movimiento. En este sentido, la correspondencia ocupó un lugar preponderante en la forma de compaginar las diversas propuestas literarias, pues dio cuenta de los lazos y de los puntos de convergencia entre los artistas de México, Argentina, Vene- zuela, Nicaragua y Ecuador.

Entre 1965 y 1967 se presentó un punto de inflexión en el desarrollo cultural colombiano: mientras el establecimiento definió cuál era la novelística que se debía cultivar en Colombia, el nadaísmo experimentó un significativo avance en la publicación de sus poemarios y lideró la organización de los premios de novela de vanguardia (1966-1967) y de poesía (1967). La realización del Festi- val de Arte de Vanguardia de Cali (1965-1969), celebrado de forma simultánea al Nacional de Arte, corroboró la necesidad de exhibir una concepción artística diferente a la conservada por la élite. El hecho de que a mediados de la década se presentara este conjunto de actividades ratificó el afán por definir lo viejo y lo nuevo, lo oficial y lo alternativo. Al mismo tiempo se exteriorizó una dispu- ta por la apropiación de la vanguardia y quiénes la encarnaban, de ahí que el festival nadaísta haya sido el escenario de pugnas entre artistas de izquierda y el movimiento por la necesidad de circunscribir la experimentación estética al compromiso revolucionario. En las dos primeras versiones del contrafestival se evidenció la propuesta de renovación del nadaísmo en su replanteamiento de la “cultura” oficial, sin embargo, en sus ediciones posteriores esta propuesta se diluyó en el entretenimiento contracultural al centrar su programación en conciertos y espectáculos.

Para comienzos de 1970, el nadaísmo había sido domesticado de tal for- ma que las emisoras radiales promocionaban sus publicaciones, la prensa co- mentaba con desenfado las estulticias de sus integrantes y Gonzalo Arango era considerado como un autor consagrado. Este cambio en la interpretación del movimiento no fue el resultado de una lectura crítica de su producción poética, demostró que sus acciones y manifiestos ya no tenían la misma connotación transgresora de su surgimiento, especialmente en una época en la que los cues- tionamientos intelectuales y políticos fueron proferidos desde la izquierda con nuevos actores sociales.

Las reiteradas acusaciones sobre el carácter provincial e ignaro del nadaís- mo deben concitar una verdadera reflexión sobre la “cultura” colombiana, pues en cierta medida se pueden confirmar con la escasa formación académica y las condiciones sociales de los nadaístas; pese a esto, el movimiento se presentó como una manifestación de vanguardia que replanteó el quehacer literario y

poético del país, además de que propició nuevas formas de socialización juve- nil. La necesidad de articular la historia intelectual con la investigación de lo so- cial se evidencia aún más, cuando en la construcción de una tradición literaria se ha recurrido a métodos más mezquinos que los recriminados a los propios nadaístas, como si una expresión basada en la irracionalidad —opción para afrontar el pensamiento hegemónico de mediados del siglo xx— no mereciera estudios rigurosos. Paradójicamente, la parquedad de estos acercamientos solo ha acentuado el antiintelectualismo con el que se suele proscribir al movimien- to nadaísta.

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