s ridícula su exigencia de que le cuente, en la forma comprometedora de la carta, los detalles de mi vida; pero como soy atenta, y nunca fui descortés con un hombre, allá van estas líneas, para que las guarde y sea dis- creto. Noblesse oblige, como dicen los caballeros.
Yo soy así porque así he nacido, y de todos modos tendría que serlo, por- que para mí, la belleza no tiene sexo, ni el amor lo reconoce.
Yo no hago nada de extraordinario: me gustan los hombres y por ello tengo expansiones con ellos.
Los trato con exquisito savoir faire, como dice una de las de la cofradía, que escribe la crónica social de cierto diario; pero no los busco, porque soy hermosa y ellos son quienes me deben buscar.
No podría decirle qué clase de hombres prefiero: el amor es ciego. ¡Ben- dito sea el amor!
No tengo querido, porque me considero incapaz de serle fiel. Au revoir.
Myosotis.
P.D. Rompa esta carta después de leerla. Vale.”1
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1. Citada en Gómez: La mala vida, pp. 185-185. Gómez la presenta así. “Respecto de ese afán de vindicarse, es interesante, siéndolo también bajo otros aspectos, la siguiente carta que nos dirige Myo- sotis, invertido congénito, joven, y de la clase que llamaremos ‘aristócrata’”. No hace referencia Gómez a las circunstancias en las que pidió al muchacho la descripción, pero ha de colegirse que Myosotis estu- vo preso en el 24 de Noviembre.
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43.LA BELLA OTERO: Me subyuga pasear en Palermo, porque el pasto es más es- timulante para el amor que la mullida cama.
iró a los ojos al doctor De Veyga. Sonrió, seguro que sonrió.
Bajó los párpados.
En todo caso, el doctor era más o menos parecido a su tipo ideal, cuaren- tón, canoso, bien formado, aunque a él le gustaban más gorditos. No podía dejar de ser el pícaro que era, ni siquiera entre las paredes lúgubres del 24 de Noviembre. Y se lo propuso. El doctor general de División, pensando en otro trofeo para su galería de monstruos clasificados, aceptó. Apenas desconfió de las verdaderas intenciones de Luis, pero la curiosidad científica pudo más. Luisito no era como los otros objetos de estudio que andaban por ahí. Luisi- to era el más osado, el más divertido. De haber sido menos rígido. De Veyga podría haber llegado a reírse más tarde recordando los delirios de Luisito, que se hacía llamar “La Bella Otero”.1
Luisito quería que en el estudio que el doctor general de división escribiese para los Archivos figurase, además del discurso científico estigmatizador de De Veyga, su propia versión del asun- to. No supo en ese momento el higienista que estaba abriendo la puerta para que un invertido pudiera hace un show en plena revista científica. “La Be- lla Otero”, usó el aparato del Estado, ese dispositivo que los higienistas pu- sieron al servicio de la represión, para tomarle el pelo a sus cancerberos y, fundamentalmente, lanzar una botella al mar, un mensaje que traspasó el si- glo hasta llegar a nosotros. Las ansias de figuración de “La Bella Otero” hi- cieron que en el estudio de De Veyga constaran su autobiografía y sus fotos. Hoy podrían formar parte de un show tavesti en Buenos Aires.
“(Autobiografía) He nacido en Madrid, en el año 1880. Siempre me he creído mujer, y por eso uso vestido de mujer. Me casé en Sevilla y tuve dos hijos. El varón tiene 16 años y sigue la carrera militar en París. La niñita tiene 15 y se educa en el ‘Sacre-Coeur’, en Buenos Aires. Son muy bonitos, pa- recidos a su papá.
“Mi esposo ha muerto y soy viuda. A veces quiero morir, cuando me acuerdo de él. Buscaría los fósforos o el carbón para matarme, pero esos sui- cidios me parecen propios de gente baja. Como me gustan las flores, me pa- rece que sería delicioso morir asfixiada por perfumes.
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1. La actriz y cantante “La Bella Otero” (1868-1965) era una de las figuras más populares de la época. Nació en un remoto pueblo de Galicia, como Agustina Iglesias, pero se cambió su nombre por el de Carolina Otero para ser finalmente reconocida internacionalmente como “La Bella Otero”. Discreta can- tante y bailarina, su nombre resonó a fines del siglo XIX por sus amores con grandes personalidades. Se cuenta que para su cumpleaños número treinta se reunieron en el Casino de París el rey Leopoldo II de
Bélgica, el príncipe Nicolás II de Montenegro, el gran Duque Nocolai Nicolaievich de Rusia, el príncipe Alberto de Mónaco y el príncipe Eduardo de Gales, para homenajearla, ya que todos ellos habían sido, consecutivamente, sus amantes. También fueron famosos sus romances con el Duque de Albornoz, Gus- tavo Eiffel, Colette, Isadora Duncan y Antonio Gaudí. Estuvo en Argentina, en el teatro de revistas El Nacional, en agosto de 1906, tres años después de que Luisito le contara su historia al doctor De Veyga. Murió pobre en París, después de haberse gastado algo así como 25 millones de dólares de la época de entreguerras, en sus incursiones por los casinos de la Riviera.
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La Bella Otero escribió para los Archivos su autobiografía haciendo gala de un fino sentido del humor que sus cancerberos no supieron captar. “No quiero tener más hijos, pues me han hecho sufrir mucho los dolores del parto”, ironizaba.
“Otras ocasiones me gustaría tomar el hábito de monja carmelita, por- que soy devota de Santa Teresa de Jesús, lo mismo que todas las mujeres aristocráticas. Pero como no soy capaz de renunciar a los placeres del mun- do, me quedo en mi casa a trabajar, haciendo costuras y bordados para dar a los pobres.
“Soy una mujer que me gusta mucho el placer y por eso lo acepto bajo to- das sus fases. Algunos dicen que por todo esto soy muy viciosa, pero yo les he escrito el siguiente verso, que se lo digo siempre a todos.
“Del Buen Retiro a la Alameda los gustos locos me vengo a hacer. Muchachos míos ténganlo tieso que con la mano gusto os daré. Con paragüitas y cascabeles y hasta con guantes yo os las haré, y si tú quieres, chinito mío, por darte gusto la embocaré. Si con la boca yo te incomodo y por la espalda me quieres dar, no tengas miedo, chinito mío, no tengas pliegues ya por detrás. Si con la boca yo te incomodo
B ib lio te ca N ac io n al B ib lio te ca N ac io n al
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y por atrás me quieres amar, no tengas miedo, chinito mío, que pronto mucho vas á gozar.
“He estado en París, donde bailé en los cafés-conciertos dándole mucha envidia a otra mujer que usa mi mismo nombre para pasar por mí.
“Muchos hombres jóvenes suelen ser descorteses conmigo. Pero ha de ser de gana de estar conmigo, y ¿por qué no lo consiguen? Porque no puedo aten- der a todos mis adoradores.
“No quiero tener más hijos, pues me han hecho sufrir mucho los dolores del parto, aunque me asistieron mis amigas ‘Magda’ y ‘Lucía’, que no entien- den de parto, porque nunca han estado embarazadas, porque están enfermas de los ovarios.
“Me subyuga pasear en Palermo, porque el pasto es más estimulante para el amor que la mullida cama.
“Esta es mi historia, y tengo el honor de regalarle al doctor Veyga algu- nos retratos con mi dedicatoria. La Bella Otero.”2
En una época en donde no se dejaban registros periodísticos ni históricos de la vida homosexual, Luis D., español conocido efectivamente en el bajo fondo como “La Bella Otero”, consiguió hacer publicar sus fotos y sus poe- sías ingenuamente pornográficas en una revista estatal.
Luis D. era bajito, de pies pequeños, lampiño, de voz aflautada. De Veyga, siguiendo la obsesión de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y de Ingegnieros, hi- zo especial hincapié en el tamaño del pito de Luis: “Merece señalarse que la ex- cesiva pequeñez de sus órganos sexuales, atribuida por el interesado a la más absoluta castidad; no conoce el coito con mujeres ni ha practicado la pede- rastia activa”.3
Fue mucamo hasta que, según De Veyga, entró en “el meretri- cio homosexual, lo que le produce lo necesario para vivir”.4
Como sus amigas de la cofradía, entró y salió del 24 de Noviembre y de varias comisarías. Cada vez que aparecía en la calle vestido de mujer, lo lle- vaban, y llegó a estar preso seis meses en la Penitenciaría Nacional, acusado de hurto. Sus habilidades sexuales despertaron el interés científico de De Veyga, quien describió: “Además de ejercer la pederastia pasiva, practica el onanismo sobre sus clientes y no desdeña el ejercicio del coito bucal; entre sus congéneres es alabado por esta última ‘habilidad’”.5 Y agrega el doctor general de División casi al borde de la pornografía: “Contra el gusto domi- nante entre los demás invertidos, prefiere hombres de edad a los jóvenes, ex- plica su gusto porque los viejos prolongan el coito y le pagan puntualmente, mientras que los jóvenes lo practican rápidamente, y en lugar de pagar le exi- gen dinero o lo maltratan. Entre los viejos prefiere los “barrigones y peludos”, barrigones porque la intromisión del pene es menor y toda la excitación se
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2. De Veyga: Archivos (1903), pp. 495-496. 3. Ib., p. 493.
4. Ib. 5. Ib., p. 404.
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