Los sofistas
5. Aristóteles y el Liceo
Una simplificación retrospectiva, acreditada desde los últimos tiempos de la Antigüedad, pretende que la filosofía "de finales del siglo v (a. de C.) y de la primera mitad del siglo iv (a. de C.) estuvo dominada por la sucesión continua de tres grandes pen sadores: Sócrates, Platón y Aristóteles. Realmente se sabe desde siempre que, al igual que Platón no fue el único socrático, Aris tóteles no fue el único discípulo de Platón. Pero la pérdida de las obras de Jenócrates y Espeusipo, condiscípulos de Aristóteles en la Academia, y, más aún, la pérdida de las lecciones del propio Platón han falseado sin duda, dramatizándola, la historia de las relaciones de Aristóteles con la Academia, y de su ruptura con ella. Actualmente sabemos mejor en qué sentido fue Aristóteles platónico disidente. Lo fue sin duda en mayor medida de cuanto permita creerlo el contenido de la obra conservada de Platón, es decir, los Diálogos, conforme a los cuales se tiene una excesiva tendencia a medir su doctrina. Fue disidente con plena convicción, pero tras haber participado largo tiempo, incluso en vida de Platón, en las discusiones internas de la Academia, cuyas huellas podría mos rastrear mejor en su obra si tuviéramos un conocimiento más cabal de Espeusipo y de Jenócrates. Actualmente comprendemos mejor lo que debió ser, hacia el año 350 (a. de C.), el extraordina rio hervidero de ideas de que fue escenario la Academia platónica. Si, muy singularmente, fue el aristotelismo qmen nació de esta confrontación, no es exagerado decir que, desde esta época, se fijaron igualmente los jalones de lo que sería mucho más tarde el neoplatonismo.
I. Vid a d e Ar is t ó t e l e s.
Las tradiciones biográficas relativas a Aristóteles pueden pare cer numerosas. (Se las encontrará reunidas en I. Düring, Aristotle
in the Ancient Biographical Tradition, Goteborg, 1957.) Pero los
documentos de la época son muy escasos, y no se encuentra, en las obras de Aristóteles, ninguna alusión directa a las circunstan cias de su vida: incluso la Política parece ignorar la actividad de Aristóteles y, ateniéndonos solamente a ella, no se hubiera sabido nunca que Aristóteles fue el preceptor de Alejandro.
Werner Jaeger (Aristoteles, Grundlegung einer Geschichte sei
ner Enlwicklung, Berlin, 1923) divide la vida de Aristóteles, según
la tripartición propia de las novelas educativas, en años de apren dizaje (hasta el año 348 a. de C.), años de viaje (348-335) y años de madurez (335-322). Esta división, aunque anacrónica, es có- modá.
En el año 385 ó en 384, Aristóteles nace en Estagira, pequeña ciudad de Macedonia, no lejos del actual monte Athos. Su padre, Nicómaco, era médico del rey Amintas I I I de Macedonia (padre de Filipo). Descendía de una familia de Asclepiades, una de las dinastías médicas que pretendían ser descendientes de Asclepios. Este origen explica simultáneamente el interés de Aristóteles por la biología y sus relaciones con la corte de Macedonia. En el 367 ó 366, Aristóteles se dirige a Atenas con él fin de estudiar (tiene dieciocho años) convirtiéndose en la Academia en uno de los discípulos más brillantes de Platón. Ya como repetidor o asis tente, conocido por su pasión por la lectura (Platón le llamaba,, quizá con cierta condescendencia, «el Lector»), colabora algo más tarde en la enseñanza y publica diálogos (como Gryllos o De la
retórica, dirigido contra la escuela rival de Isócrates), que desarro
llan, incluso exagerándolas a veces (como en Eudemo o Del alma), tesis platónicas.
En el año 347 muere Platón, no sin haber designado como sucesor, en la dirección de la escuela, a su sobrino Espeusipo. Desde la Antigüedad, biógrafos malintencionados han querido ver en esta elección de Platón la causa real de la ruptura de Aristó teles con la Academia. Aristóteles conservará, al menos, un fuerte odio contra Espeusipo. El mismo año, quizá por instigación de su maestro, Aristóteles fue enviado, con su condiscípulo Jenó- crates y su futuro discípulo Teofrasto, a Asso (Eólida), donde se convirtió en consejero político y amigo del tirano Hermias de Atarnea, con cuya sobrina, Pitia, se casaría más tarde. Paralela mente, Aristóteles abre una escuela, en la que afirma ya su ori ginalidad. Inicia investigaciones biológicas (la mayor parte de los nombres de los lugares y plantas citados se refieren a esta región). En el año 345 ó 344, es decir, tras haber pasado tres años junto a' Hermias, Aristóteles, quizá por invitación de Teofrasto, se dirige a la isla vecina de Lesbos, en Mitilene. En el año 343 ó 342 es llamado a Pela, corte del rey de Macedonia, que le confía la educación de su hijo Alejandro. Allí Aristóteles conoce el fin trágico de Hermias, caído el año 341 en manos de los persas, y le consagra, un himno. Del preceptorado en sí y de su estancia en Pela, que se alarga durante ocho años, no se sabe práctica mente nada.
A la muerte de Filipo (335-334), Alejandro sube al trono. Aris tóteles regresa a Atenas, en donde funda el Liceo o Pertpatos (especie de peristilo donde paseaba discutiendo), escuela rival de la Academia. Enseña allí durante trece afios.
E n el 323 muere Alejandro durante una expedición a Asia. Se produce en Atenas una reacción antimacedónica. Aristóteles, en realidad sospechoso de macedonismo, es amenazado con un pro ceso por impiedad. Se le reprocha oficialmente haber «inmorta lizado» un mortal, Hermias, dedicándole un himno. Aristóteles prefiere abandonar Atenas antes que correr la suerte de Sóctates. No quiere, dice, dar a los atenienses la ocasión de «cometer un nuevo crimen contra la filosofía». Se refugia en Calcis, en la isla de Eubea, de donde, procedía su madre. En dicho lugar mo riría al año siguiente, a los sesenta y tres años de edad.
E n su testamento, que nos ha conservado fundamentalmente Diógenes Laercio, Aristóteles coloca a su familia (su hija, su hijo Nicómaco y su segunda mujer Herpillis) bajo la protección de Antipáter, lugarteniente de Alejandro* Entre los tutores desig nados por Aristóteles se encuentra Teofrasto, que le sucedería en la dirección del Liceo. Esta solicitud de Aristóteles pqr su familia le distingue de otros filósofos griegos que, como Platón, Epicuro o Zenón el estoico, eran solteros, o bien, como Sócrates, despreciaban a su mujer. Aristóteles pide también que se libere a sus esclavos «cuando hayan alcanzado edad conveniente».
I I . La s o b r a s.
Los escritos de Aristóteles se dividen en dos grupos: por una parte, las obras publicadas por Aristóteles, perdidas en la actua lidad; por otra, obras que no fueron publicadas por Aristóteles, y que no estaban destinadas a ser publicadas, pero que fueron recogidas y conservadas.
Todo inclina a pensar que es al primer grupo de escritos al que se aplicaría la denominación de «obras exotéricas», empleada por el propio Aristóteles. Pero estas obras se perdieron, como otras muchas obras antiguas, durante los primeros siglos de la era cris tiana. Conocemos, sin embargo, sus títulos por lás listas conser vadas de las obras de Aristóteles, y tenemos una idea de su contenido por las citas o las imitaciones que de ellas hicieron los autores antiguos posteriores. La filología alemana del siglo xix ha recogido pacientemente estos fragmentos. La primera edición importante es la de Rose (1863, y fundamentalmente 1870, en el volumen V de la edición de la Academia de Berlín), Estas obras son, por su forma literaria, comparables a las de Platón, y la 186
mayor parte de las mismas parecen haber sido diálogos. Sin duda alguna, era a tales obras a las que se refería Cicerón cuando cele braba la «suavidad» del estilo de Aristóteles, comparando su curso a un «río de oro». Pero el contenido de estas obras, en cuya reconstitución se trabajaba desde hace un siglo, no deja de plan
tear problemas a los historiadores. Porque este «Aristóteles perdi do» no tiene nada de «aristotélico», en el sentido del aristotelismo de las obras conservadas; desarrolla temas platónicos, e incluso exagera a veces las posiciones de su maestro (por ejemplo, en un fragmento que parece remitirse al diálogo Eudemo o Del alma, compara las relaciones entre el alma y el cuerpo con una unión contra natura, semejante al suplicio que los piratas del Tirreno infligían a sus prisioneros, encadenándoles vivos a un cadáver). Basándonos en la comprobación de que Aristóteles, en sus obras no destinadas a la publicación, critica a sus antiguos amigos plató nicos, se ha podido plantear la pregunta de si no profesaba una doble .verdad: una destinada al gran público, y otra «esotérica», reservada a los estudiantes del-Liceo. Pero, generalmente, se pien sa en la actualidad que estas obras literarias son igualmente obras de juventud, escritas en una época en que Aristóteles era aún miembro de la Academia y se encontraba, por consiguiente, bajo la influencia de Platón. Incluso se han utilizado estos fragmentos para determinar lo que se cree que es el punto de arranque de la evolución de Aristóteles.
Las principales de estas obras perdidas son: Eudemo o Del
alma (en la tradición del Fedón de Platón), Sobre la filosofía
(especie de manifiesto filosófico, en el que pueden reconocerse ya ciertos temas la Metafísica), Protréptico (exhortación a la filo sofía, que iniitarán Cicerón en su Hortensius, igualmente perdido, y el filósofo neoplatónico Jámblico, cuyo Protréptico, felizmente conservado, copia pasajes enteros del de Aristóteles); Gryllos o
De la retórica (contra Isócrates), Sobre la justicia (en la cual se
anuncian ciertos temas de la Política), Del btien nacimiento, un
"Banquete, etc.
£1 segundo grupo está constituido por una serie de manuscritos de Aristóteles, notas en su mayor parte, que utilizaría para dictar sus cursos en el Liceo (notas no tomadas por los estudiantes, como se creyó largo tiempo). Estas obras son a menudo llamadas esoté ricas (destinadas al uso interno de la escuela), o también acroa máticas (es decir, destinadas a la enseñanza oral). Desde la Anti güedad se extendió una leyenda totalmente novelesca acerca de cómo estos manuscritos llegaron a la posteridad (Plutarco, Vida
de Sila, 26; Estrabón, X III, 54). Según ella, los manuscritos de
Aristóteles y de Teofrasto habrían sido legados por este último a su antiguo condiscípulo Neleo; los herederos de Neleo, personas 187
incultas, los habrían ocultado en una cueva de Eskepsis para sus traerlos a la avidez bibliográfica de los reyes de Pérgamo; muchos años más tarde, en el siglo i, sus descendientes los habrían ven dido a precio de oro al filósofo peripatético Apelicón de Teos, que los llevó a Atenas. Finalmente, durante la guerra contro Mitrí- dates, Sila se apoderó de la biblioteca de Apelicón y se la llevó a Roma, donde la compró el gramático Tiranion, a quien a su vez compró las copias Andrónico de Rodas, el último escolarca (jefe de la escuela) del Liceo, que le permitieron publicar, hacia el año 60, la primera edición de las obras esotéricas de Aristóteles y de Teofrasto.
Esta descripción es, en parte, inverosímil. En efecto, es incom prensible que el Liceo, que subsistió sin interrupción tras la muerte de Aristóteles, se dejara despojar del manuscrito del fun dador de la Escuela. Por otra parte, ciertos textos de filósofos estoicos y, sobre todo, epicúreos, únicamente se explican por el conocimiento, al menos indirecto, de las obras esotéricas de Aris tóteles, que no pueden haber sido, por consiguiente, ignoradas totalmente durante más de dos siglos. Finalmente poseemos un catálogo de las obras de Aristóteles que remonta a Ariston de Ceos (finales del siglo iu ), que testimonia que en esta época esta ban ya en circulación, aunque bajo otros títulos, y agrupados de forma distinta, los textos que actualmente leemos. Sigue siendo cierto que la primera gran edición de las obras de Aristóteles es la de Andrónico, aunque fuera éste quien expandió la noticia que anteriormente señalábamos, acaso para acentuar la novedad. A partir de Andrónico, las obras de Aristóteles iniciarán su verdadera carrera dando lugar a innumerables comentarios. En la actualidad leemos las obras de Aristóteles en la forma y, generalmente, bajo el título que les dio Andrónico.
Que el mismo Aristóteles no haya publicado sus obras más importantes, y flue éstas no hayan aparecido ante el gran público hasta dos siglos y medio después de su muerte, origina un con junto de circunstancias cuyas consecuencias repercuten en su lec tura e interpretación.
Andrónico fue un editor fiel que nada añadió' de su cosecha. Pero tenía ante sus ojos una masa desordenada de pequeños tra tados, que habían sufrido ya por parte de los primeros discípulos de Aristóteles —seguramente de Eudemo y, quizá, de Teofrasto- - un primer trabajo de ordenación. Andrónico emprendió la tarea de agrupar todos estos tratados dispersos y dispares, cuyo título nos ha conservado el catálogo más antiguo antes citado, en un número limitado de grandes conjuntos. Resulta que los libros de Aristóteles que conocemos actualmente jamás fueron editados como tales por el propio Aristóteles. Aristóteles no es, por ejemplo, el 188
autor de la Metafísica, sino de catorce pequeños tratados (sobre la teoría de las causas en la historia de la filosofía, sobre las prin cipales dificultades filosóficas, sobre el principio de contradicción, sobre las significaciones múltiples del ser, sobre acto y potencia, sobre Dios, etc.), que los editores consideraron oportuno agrupar y a los cuales, a falta de explicaciones expresas del propio Aris tóteles, se les dio el título parcialmente arbitrario de Metafísica
(es decir, tratado que deberá leerse después de la Física). No hay
que asombrarse ante el hecho de que la Metafísica y las restantes obras de Aristóteles se presenten muy a menudo como una agru pación de estudios más o menos independientes, sin que se capte la progresión entre una y otro, encontrándose repeticiones, e in cluso, a veces, contradicciones. Pero no debe achacársele a Aristó teles, puesto que, sin duda alguna, jamás hubiera entregado estas obras al público bajo su actual forma inconclusa.
Por otra parte, Andrónico se encontró a veces con «dobletes», es decir, diversas versiones diferentes, y probablemente sucesivas, de un mismo curso, habiendo juzgado conveniente publicarlas to das. De este modo nos encontramos con tres Eticas de Aristóteles:
Ética a Ettdemo, Etica a Nicómaco y Gran Moral. Dentro de una
misma obra encontramos a veces dos desarrollos paralelos sobre el mismo tema: por eiemplo, sobre el placer en los Libros V II y X de la Ética a 'Nicómaco, contra la teoría platónica de las Ideas y de los Números en los Libros A y MN de la Metafísica.
Finalmente, Andrónico, que también era filósofo y hábía medi tado acerca del orden en el cual debe enseñarse la filosofía, se esforzó en ordenar los escritos de Aristóteles según un plan didác tico. Comienza, pues, por la lógica, inspirándose en una indicación de Aristóteles (Metafísica, Γ 3, 1005 b 2-5), según la cual la lógi ca no sería un saber, sino una propedéutica del saber. Sitúa la me tafísica después de la física. Deja para el final los tratados de técnica retórica y poética, etc. Este orden sistemático tiene un inconveniente si se admite acríticamente: al sustituir de modo inevitable al orden cronológico de la composición de los tratados, ya oculto por la agrupación bajo un mismo título de disertaciones de épocas diferentes, contribuye no poco a fijar el corpus aristoté lico en una totalidad impersonal, por lo que se olvida rápidamente su ligazón con el filósofo llamado Aristóteles. De este modo, se debe en gtan parte a una circunstancia totalmente externa a su publicación, así como a la naturaleza escolar de las obras conser vadas, el que se le haya otorgado carácter sistemático, por sus intérpretes, a la filosofía de Aristóteles. Por el contrario, la forma literaria y dialogada de las obras de Platón ha podido, indepen dientemente de cualquier cuestión de contenido, preservar al plato nismo de cualquier escolarización. En realidad, sabemos actual
mente que los cutsos de Platón en la Academia, no conservados, tenían también forma didáctica, es decir, tan escolásticos como los de Aristóteles. Por las mismas razones, sería tan injusto como inexacto oponer al estilo del «divino Platón» la sequedad y aun la oscuridad del de Aristóteles. El lector se irrita en principio, tanto por el carácter elíptico y alusivo de la argumentación, como por la acumulación aparentemente inútil de argumentos, simple mente coordenados. Pero para hacer un juicio adecuado es nece sario recordar la finalidad didáctica de estos textos y, más aún, las particularidades de la enseñanza aristotélica, que, dentro de la tradición socrática, debía tener un carácter más dialogado que monológico, Ya no es el maestro quien dialoga con los discípulos, sino que las tesis mismas dialogan, a menudo tomadas de filóso fos del pasado, en el espíritu del maestro. Asistimos así, en la obra de Aristóteles, no a la exposición dogmática de una doctri na, sino al devenir a veces laborioso de una verdad que se abre camino entre dificultades y contradicciones. Por· consiguiente, no debe asustarnos el no encontrar prácticamente ningún silogismo en los tratados de Aristóteles, sino el verlos más bien ordenarse según una estructura que el propio Aristóteles denominaba «dia léctica», es decir, procediendo, al modo del diálogo, por un in tercambio de argumentos a favor y en contra.
Ello no quiere decir que los tratados de Aristóteles carezcan de calidad literaria, aunque las transiciones suelen ser flojas (el discurso oral las supliría), Aristóteles ha anotado cuidadosamente las fórmulas destinadas a impresionar a sus auditores. Igualmente, al comienzo o al fin de un libro, el estilo sostenido, el tono deli beradamente enfático, el recurso a las citas de poetas, testimonian que nos encontramos ante pasajes perfectamente redactados que evocan el estilo y a veces el contenido de sus obras exotéricas. Tal ocurre con el Prooemium (Introducción) de la Metafísica, con el final del libro A de la Metafísica, con la conclusión de los tratados de lógica, con la introducción general a los tratados biológicos (Libro I del tratado De las partes de los animales), con la conclusión de la Ética a Nicómaco. En ellos, Aristóteles logra sin esfuerzo la amplitud del estilo retórico, con sus vacila ciones, sus antítesis, su progresión casi apremiante, tal como lo habían ilustrado ya Tucídides, en los discursos que esmaltan su obra histórica, y el propio rival de Aristóteles, Isócrates.
Damos a continuación la lista de las obras que de Aristóteles se conservan. Lo más sencillo es, en este caso, conservar los títulos, ya tradicionales, e incluso el orden de edición de Andrónico de Rodas. Es el sistema seguido por Bekker en la gran edición de la Academia de Berlín (volúmenes I y I I, 1831). A esta última edi ción remiten, desde hace más de un siglo, las referencias de los
aristotélicos. De este modo, 984 b 12 significa: página 984, 2.* co lumna, Ifnea 12, de la edición Bekker. He aquí la lista:
Organon (este término, que significa «instrumento», es, por ex
cepción, posterior a Andrónico, y sirve para designar el conjunto de tratados lógicos).
Categorías.
De la Interpretación (en realidad, teoría de la proposición). Primeros Analíticos (dos libros)..
Segundos Analíticos (dos libros). Tópicos (ocho libros).
Refutaciones de sofismas. Vistea (ocho libros).