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Discurso pronunciado en la Academia de Bellas Artes de Baviera

Sería presuntuoso de mi parte, y sin duda también superfluo, decirles lo que debemos al lenguaje. Yo soy sólo un huésped en la lengua alemana, que no aprendí hasta los ocho años, y el hecho de que ahora me den la bienvenida en ella significa para mí aún más que haber nacido dentro de su ámbito. Ni siquiera puedo reivindicar como mérito el hecho de haberle permanecido fiel cuando, hace más de treinta años, llegué a Inglaterra y decidí quedarme allí. Pues el que en Inglaterra siguiera escribiendo en alemán era algo tan natural como respirar o caminar. No hubiera podido hacer otra cosa; más aún: nunca llegué a considerar otra posibilidad. Por lo demás, yo era el dócil prisionero de varios miles de libros que tuve la suerte de llevar conmigo y que, sin duda alguna, me hubieran expulsado de su seno como a un renegado de haberse producido el más mínimo cambio en mi relación con ellos.

Pero tal vez me permitan decirles algo acerca de lo que ocurre con el idioma en tales circunstancias. ¿Cómo se defiende contra la incesante presión del nuevo entorno? ¿Se produce algún cambio en su estado de agregación, en su peso específico? ¿Se vuelve acaso más despótico, más agresivo? ¿O se repliega en sí mismo y se oculta? ¿Se hace más íntimo? Podría incluso llegar a convertirse en un idioma secreto de uso exclusivamente privado.

Pues bien, lo primero que ocurrió fue un cambio en la curiosidad que nos suele inspirar. Se tendía a comparar más, sobre todo en los giros más coloquiales, donde las diferencias eran más llamativas y evidentes. Las comparaciones literarias dejaron el paso a otras muy concretas, derivadas del trato cotidiano. El idioma anterior o principal se iba volviendo cada vez más extraño precisamente en los detalles. Todo en él era ahora sorprendente, mientras que antes lo eran sólo algunas cosas.

Al mismo tiempo podía notarse una disminución de la autocomplacencia. Pues uno tenía a la vista varios casos de escritores que se habían declarado vencidos y, por razones prácticas, habían adoptado el idioma del nuevo país. Éstos vivían, por así decirlo, totalmente inmersos en la vanidad de su nuevo esfuerzo, que sólo adquiría sentido si lograba su cometido. Cuántas veces tuve que oír en boca de gente talentosa o sin talento la frase "¡Ahora escribo en inglés!", dicha en un tono de orgullo casi pueril. Pero quien permanecía fiel a su anterior idioma de expresión literaria, sin ninguna perspectiva de alcanzar un objetivo externo, tenía forzosamente la impresión de haber abdicado ante el público lector. No se medía con nadie, estaba solo, y hasta resultaba algo ridículo. Se hallaba en una situación muy difícil y en apariencia desesperada: entre sus compañeros de infortunio podía pasar a veces por un loco, y para los habitantes del país que lo acogía, entre los cuales estaba obligado a vivir finalmente, era durante mucho tiempo un Don Nadie.

Cabe esperar que bajo estas circunstancias muchas cosas se vuelvan más privadas e íntimas. Uno emite, para sí, juicios y opiniones que en otras condiciones nunca hubieran tenido vía libre. La convicción de que nada ocurrirá con ellos, de que todo seguirá siendo privado -ya que un público lector resulta en este caso impensable-, proporciona una extraña sensación de libertad. Entre todos esos hombres que expresan sus cosas cotidianas

en inglés, uno tiene un idioma secreto para sí, un idioma que ya no está al servicio de ningún

objetivo exterior, que uno utiliza casi a solas y al cual se va aferrando con creciente obstinación, como la gente se aferra a una creencia que es prohibida por todos en un ámbito más amplio.

Ahora bien, éste es el aspecto más superficial del asunto, pero hay otro que sólo se nos revela paulatinamente. La gente con intereses literarios tiende a suponer que las obras de los escritores representan, para uno, lo esencial del idioma. Esto es sin duda cierto, y en última instancia nos alimentamos de ellas, pero entre los descubrimientos que la vida nos permite hacer en el ámbito de otro idioma figura uno muy particular: el de que son las palabras mismas las que no nos sueltan, las palabras aisladas, más allá de todos los grandes contextos espirituales. Esta fuerza y energía peculiar de las palabras puede percibirse con mayor intensidad siempre que nos vemos obligados a sustituirlas por otras. El diccionario del estudiante aplicado que intenta aprender otro idioma se transforma de improviso en su propio envés: todo aspira a llamarse nuevamente como de verdad se llamaba antes; la segunda lengua, que ahora escuchamos todo el tiempo, se convierte en lo evidente y lo trivial, mientras que la primera, al defenderse, se nos revela bajo una luz particular.

Recuerdo que en Inglaterra, durante la guerra, solía llenar páginas y páginas con palabras alemanas. No tenían nada que ver con lo que estaba escribiendo entonces; tampoco se agrupaban en frases y, desde luego, no figuran entre las anotaciones de esos años. Eran palabras aisladas, que no producían sentido alguno. Un extraño furor se apoderaba súbitamente de mí y me hacía emborronar, a gran velocidad, unas cuantas páginas con palabras sueltas. Muy a menudo eran sustantivos, pero no exclusivamente: también había verbos y adjetivos. Yo me avergonzaba de estos arrebatos y le ocultaba las hojas a mi esposa. Con ella hablaba alemán: me había acompañado desde Viena y creo que, en general, le hubiera ocultado muy pocas cosas.

Pero el caso es que estos arrebatos verbales me parecían patológicos y no quería preocuparla con ellos. Bastantes motivos de inquietud tenía ya todo el mundo por aquellos años y no los podía ocultar. Tal vez debiera mencionar también que mutilar palabras o desfigurarlas de algún modo es algo que va contra mis principios: su forma es para mí inviolable, yo las dejo intactas. ¿Cómo imaginarse, pues, una ocupación menos espiritual que esta yuxtaposición de palabras totalmente incólumes? Cuando sentía la inminencia de uno de estos arrebatos, me encerraba en mi habitación como si fuera a trabajar. Les ruego me disculpen por mencionar aquí, ante ustedes, una extravagancia privada de este tipo, pero aún debo añadir que dicha ocupación me hacía sentir particularmente dichoso. Desde entonces no me queda ya la menor duda de que las palabras están cargadas con un tipo muy especial de apasionamiento. En realidad son como los seres humanos, no se las puede descuidar ni olvidar. Como quiera que uno las conserve, ellas se mantienen vivas y cuando menos se piensa saltan a la superficie e imponen sus derechos"

Los arrebatos verbales de este tipo son sin duda un síntoma de que la presión ejercida sobre el propio idioma es ya muy grande, de que no sólo se conoce bien el inglés en este caso, sino de que éste se nos va imponiendo cada vez con más frecuencia. Se produce un cambio de posición en la dinámica de las palabras. La frecuencia de lo que se escucha no sólo nos lleva a recordarlo, sino que también da pábulo a nuevas motivaciones, dislocaciones, movimientos y reacciones. Más de una palabra vieja y familiar se petrifica en el curso de la lucha con su contrincante. Otras se elevan por encima de cualquier contexto e irradian intraducibilidad.

No se trata aquí, preciso es subrayarlo, del aprendizaje de una lengua extranjera en la propia casa, en una habitación, con un profesor, con el apoyo de todos aquellos que, en la ciudad donde vivimos y a cualquier hora del día, hablan como uno ha estado acostumbrado a hacerlo siempre. Se trata de quedar más bien a merced de la lengua extranjera en su propio ámbito, donde todos hacen causa común con ella y, en forma conjunta y con aire de pleno derecho, tranquilos e impertérritos, no cesan de lanzamos, sus palabras. Se trata asimismo de saber que uno se queda, que no viajará de vuelta en unas cuantas semanas, ni en varios meses o incluso años; de ahí que le interese entender todo cuanto escuche, y esto es, como todos sabemos, siempre lo más difícil al comienzo. Luego se empieza a imitar hasta que los demás también nos entienden. Pero a la vez ocurre otra cosa relacionada con nuestro idioma anterior: debemos cuidar que no se manifieste a destiempo. Y así, poco a poco, va siendo relegado a un segundo plano: alzamos un cerco en torno a él, lo acallamos, lo atamos a una traílla. Y por más que le hagamos toda suerte de caricias en secreto, en nivel público se siente abandonado y negado. No es de extrañar, por consiguiente, que a veces decida vengarse y nos arroje granizadas de palabras que permanecen aisladas y no se unen para formar sentido alguno, y cuya embestida resultaría tan ridícula para otras personas que nos obliga a mantenerla en un secreto aún mayor.

Puede parecer poco apropiado hacer caso de estas situaciones lingüísticas tan personales. En una época en que todo es cada vez más misterioso, en que se halla en juego la existencia no ya de unos cuantos grupos aislados, sino literalmente de toda la humanidad, en que ninguna decisión resulta ser una solución -pues hay muchas posibilidades que se contradicen entre sí, y nadie está en condiciones de vislumbrar la mayoría de ellas: suceden demasiadas cosas y uno se entera demasiado pronto, e incluso antes de haberlas captado, se entera de otras más recientes-; en una época, digo, que es rápida, amenazadora y rica, y que se desarrolla de manera cada vez más rica a partir de esta situación de amenaza, en una época así se esperaría de una persona que, pese a todo, pretende pensar, algo muy distinto a un relato sobre el combate verbal que se desarrolla con independencia del sentido mismo de las palabras.

Pero si al final les he dicho unas cuantas cosas sobre el tema, les debo una explicación por mi actitud. Me parece que el hombre actual, al que en su fascinación por lo universal le son encomendadas cada vez más tareas, anda en busca de una esfera privada que no sea indigna de él, que se distinga claramente de lo universal, pero en la cual éste pueda reflejarse de manera total y precisa. Se trata de una especie de traslación de una esfera a la otra, no de una traslación que uno mismo seleccione como un libre juego del espíritu, sino de una que sea tan incesante como necesaria, impuesta -aunque sea algo más que una imposición-, por las constelaciones de la vida exterior... En esta operación de trasvase

vengo trabajando hace ya muchos años, y la esfera privada, en la que no me he instalado un hábitat muy confortable que digamos y en la que es preciso actuar a conciencia y de manera responsable, Es la lengua alemana. No estoy en condiciones de decir si lograré estar a la altura de ella. Pero acepto el honor que ustedes me han conferido ahora -y por el cual les agradezco- como un signo favorable en este sentido.

HITLER, SEGÚN SPEER