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La asimilación de la alteridad en el nuevo milenio

No vull seguir A mamar, tots els versos 56 !

2.5. La voluntad de ir más allá del solipsismo

2.5.3. La asimilación de la alteridad en el nuevo milenio

La templanza de estar entre las cosas sin anhelo, para anhelar estar entre las cosas. […] Conviene endurecer, fraguar sutiles. Y regresar al mundo, voraces,

con más ansias306.

No hay que minusvalorar, por lo tanto, la aportación whitmaniana a la inspiración de este estudio, puesto que probablemente fue él quien marcó un antes y un después en la consideración, por parte del poeta, de romper los límites del arraigado solipsismo de la poesía occidental. Y, sin esta ruptura previa difícilmente se entendería que, ya en el siglo XX, la expansividad del yo poético no sólo haya superado la distancia respecto al lector, sino también respecto al resto de creadores, por mucho que esa distancia sea temporal. Ni que, en suma, la intertextualidad, como muestra de agradecida modestia, florezca en los versos de los autores de las últimas generaciones.

Más moderado —en el tono— y reflexivo se mostraría recientemente el argentino Daniel García Helder al recordar otro instante extinto en el contexto de una amistad casual y que ofrece una especie de interregno en el discurrir temporal que suena sorprendentemente goliardesco:

Amigos de una tarde de calor cuando abajo de la parra la cerveza nos hervía en las venas y había casi nada por hacer, del pozo llegaba un vaho de agua podrida

y el relámpago nervioso en el anca de un caballo nos daba el espectáculo que el cielo nos debía: esa tarde sin aire y sin movimiento

que parecía una piedra atascando el engranaje también pasó, luego

todo pasa307.

Por ello, bien se puede afirmar que los autores del siglo XXI ya han dado otro paso más en el rastreo de sí mismos en el otro, en tanto que ni tan siquiera la existencia de una amistad previa se hace necesaria: cualquier ser humano presente, pasado o futuro puede contener, potencialmente, nuestro rostro perdido, como en el poema “L’amic”, dedicado

306 Marzal, Carlos, Ánima…, op. cit., pp. 55-56.

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por Estellés al político y periodista Vicent Ventura, en el que las referencias intertextuales se usan como un método más de establecimiento simposíaco de diálogo:

Amic del cor, de l'ànima, del fetge, jo no sé fer rellotges, jo voldria anar plorant pel boulevard, la boira i preguntar-li a Brassens si has dinat308.

Se trata, por tanto, de admitir el rango de factor fundamental del receptor en el proceso comunicativo de la poesía, pues, supone descender de los ampulosos refugios del intelectual adocenado y readoptar una perspectiva antiquísima que reaparece en el siglo XX merced a determinadas corrientes estéticas. Ejemplos como el de Félix Fénéon ponen en tela de juicio la unilateralidad del hecho artístico y, al mismo tiempo, las propias bases de un sistema de producción cultural envenenado por su propia deriva mercantilista.

Producir, para Félix Fénéon, lejos de las connotaciones capitalistas y vanidosas, no se podría afrontar más que en su sentido etimológico estricto, el más generoso: “poner delante”. En este caso, poner una obra ante el público, compartir un impulso, un arrebato; el sacerdocio completamente alegre de un hombre que no estaba enamorado de su nombre309.

Pero, ¿cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Por qué, a día de hoy, el hecho de la otredad fascina tanto a nuestros autores hasta ocupar un lugar central en su producción? No es, como hemos visto ya en el subapartado anterior, flor de un día, y posee en otros países una apreciable cantidad de teóricos que se preocupan por ella. En España parece haber llegado algo más tarde —poco después de la Guerra Civil española—, pero los métodos de objetivización lírica ya habían sido sugeridos por Antonio Machado. Para el poeta sevillano, el carácter heterogéneo del ser es una tensión entre el yo y lo otro en la que éste se va convirtiendo en algo propio. Lo otro es aquello que busca al creador en el poema, le habla, hasta el punto de que “hasta no ser otro somos a medias. En este sentido, lo que hace el símbolo es dialogar con la mitad ausente, dejando aparecer lo otro en la realidad del lenguaje”310. Algunas de las técnicas de objetivización propuestas por Machado son

308 Andrés Estellés, Vicent, L’amant de tota la vida, en op. cit., VII, p. 37. 309 Jouannais, Jean-Yves, op. cit., pp. 40-41.

310 López Castro, Armando, “Antonio Machado y la búsqueda del otro”, en Estudios Humanísticos.

Filología, nº 28, 2006, pp. 28. En: http://machadoenbaeza.es/panel/wp-content/uploads/2011/09/2006- ARMANDO-L%C3%83%C2%93PEZ-CASTRO.pdf [Consultado 11-12-2014].

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[…] el uso de la primera persona del plural (“nosotros”) en vez de la primera del singular, o más frecuentemente aún, la interpelación a un “tú” que, al menos, disimula y encubre la “impertinente” presencia del vitando “yo”. Todo ello se acentúa y acrece al llegar la nueva época, pero además aparecen novedades significativas. […] sus recursos de distanciamiento no sobrepasan con frecuencia el tipo “disfraz” […]. La poesía de la posguerra, aunque no deja de emplear también este último género de artificio, practica otro más peculiar. La creación, por parte del poeta, de “personajes”311.

Semejante reacción se produce, según Carlos Bousoño, como reacción al extremado individualismo que se había venido dando tanto con el Romanticismo como con la poesía contemporánea312, y que se encontraba, ya por entonces, agotado. Ante esa postura anterior que se mostraba insolidaria y negadora con la noción de otredad, la nueva época —iniciada en España aproximadamente en 1947, tras una incubación previa de varios años—,

[…] consistirá en la afirmación y la solidaridad del escritor con respecto a la colectividad. Dentro de esta nueva situación en que el prójimo vuelve a cobrar figura de existencia, tenía forzosamente que parecer grave deficiencia de la poesía contemporánea antecedente el minoritarismo a que su técnica (implicitación, irracionalismo) le condenaba. Antes, al contrario, durante la época que hemos llamado contemporánea, la ratificación del público no era sentida como una tara, ya que el individualismo ambiente, tal como era concebido, proporcionaba al escritor un aristocrático desdén por el “vulgo necio”, cuyo aplauso no era interesante procurar313.

Naturalmente, no se da nunca una reacción pura, completamente pendular, a un movimiento anterior, sino que cada período aprovecha algún elemento de los anteriores que conserve aún su validez para enriquecer su punto de vista. Y esos elementos de continuidad modifican —pues de lo contrario la Historia sería una encerrona sin fin— todo el nuevo sistema de relaciones, haciendo que se haga imposible recaer en el mismo lugar que se abandonó tiempo atrás. Así, cuando las viejas teorías keatsianas no resultaban más que una benigna declaración de intenciones ya alejada en el tiempo que trataba simplemente de disfrazar el yo lírico, su sucesiva reinterpretación termina por producir algo de mayor alcance. Algo que requería una cantidad de tiempo apreciable y que, muy probablemente, no habría sido lo mismo de no haber sido impulsado por la relativa popularización de algunos pensadores como Ortega o Heidegger.

311 Bousoño, Carlos, op. cit., II, p. 401.

312 Es necesario aclarar que, debido a la fecha en la que afirmaba tales cosas (1961), cuando Bousoño

usaba este término, lo hacía para designar la poesía anterior a la posguerra.

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En otras palabras: la ley de contradicción en unos elementos y de continuidad en alguno que estamos examinando permite que los hechos de cultura se ofrezcan bajo forma de historia, o sea con irreversibilidad. Como réplica al impudor romántico, la poesía contemporánea había propendido a disimular la omnímoda presencia del yo, y este objetivismo, aunque sólo fuese disfraz del más agudo subjetivismo, no podía menos de complacer a los poetas “poscontemporáneos”, que se proponían superar en una actitud colectivista el egotismo anterior. En este intento de salir de sí mismos hacia la realidad de fuera, que no era ya un mero reflejo y creación del yo, como antes, sino que tenía una existencia independiente y previa a la realidad íntima (en curiosa y no casual coincidencia con la pretensión principal de la filosofía orteguiana, superación del idealismo precedente), los escritores actuales podían aprovechar la técnica objetivizante “contemporánea y aun hacerla llegar a un punto de mayor plenitud, pues ahora no se trataba ya de un artificio disimulador314.

El hacedor de versos deja de sentirse entre sus congéneres tan incómodo como el apaleado albatros baudelairiano que, “majestuoso dominador de los cielos, una vez descendido entre los hombres, sufre las burlas de un público atraído por intereses muy distintos”315. Dicho esto, ¿cambia socialmente el posicionamiento social del poeta? La

respuesta, como es fácil de imaginar, es no, y ya lo manifestó el citado filósofo italiano Nuccio Ordine: seguimos inmersos, es cierto, en una sociedad en la que prima el utilitarismo y en la que mira con displicencia cualquier manifestación artística o científica que no ofrezca un “rendimiento” práctico, palpable y a corto plazo316. Y fuera

de esa lógica como el que más, la figura del poeta no tiene cabida y sigue siendo, nunca mejor dicho, un verso suelto. No obstante, este hecho lo vive con naturalidad y humildad: tras reconocer al prójimo, se define como uno más entre los iguales, asumiendo, como figura que cambia con los tiempos y con la sociedad, que “no es ya un dios, ni su vicario. No es siquiera el primer tenor de la ópera. Es, por el contrario, uno de tantos, sin privilegios, no situado por encima de la responsabilidad civil”317.

Alejadas de un ejercicio solipsista de exhibicionismo literario, pues, las nuevas generaciones de poetas adoptan diversas estrategias con tal de alcanzar la experiencia de la otredad y de ahondar en ella, y ello —naturalmente— también como proceso dinámico para afrontar la cuestión de la propia personalidad, de la autopercepción.

Lejos, pues, de la “autonominación con nombres y apellidos”, señalada para la poesía anterior (J. Siles, 1991: 168), existe ahora una tendencia a la desaparición del yo individual, que se manifiesta textualmente de diferentes formas. Desde el punto de vista gramatical, frente al distanciamiento que supone el uso del monólogo dramático, tan utilizado en la poesía de los 80, la poesía publicada a partir de los 90 se inclina más por una impersonalidad que, sin prescindir aún del uso de la primera persona, utiliza cada vez más variantes textuales como la escritura en tercera persona del

314 Ibídem, p. 399.

315 Ordine, Nuccio, La utilidad de lo inútil. Manifiesto, Barcelona, Acantilado, 2013, p. 12. 316 Ibídem.

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singular, en segunda —en una dicción especular del yo—, e incluso la expresión en un nosotros plural, genérico e impersonal. […] Además de la negación explícita de uno mismo y de la sensación de enajenación y duplicidad derivada de ella, que recuerdan en ocasiones las antítesis juanrramonianas, la disminución del yo se manifiesta en estos poemas a través de los elementos insignificantes o ridículos con los que los hablantes se comparan y que utilizan para definirse. La tendencia a la humanización o a la representación cotidiana y antiheroica de los personajes poéticos propia de la poesía anterior, se intensifica y evoluciona aquí en la recreación de seres anónimos y sin importancia, cuya precaria o angustiosa existencia se ve amenazada por constantes peligros. […] Estas formas de negación y de disminución del yo y de la identidad de los hablantes suelen ir asociadas a un sentimiento de desubicación espacial. Así como no se sabe quién se es, tampoco se conoce dónde se está, de dónde se viene y a dónde se pertenece, lo que se traduce en un sentimiento general de desarraigo318.

Y, en fin, esa “desubicación espacial” se traduce en el hecho de que nuestros autores otorguen una enorme importancia, como se sugirió anteriormente, a la abundante temática viajera, que es a menudo una excusa para escapar del limitado recinto que nos impone el —por lo demás difícil— tradicional tema del autoconocimiento. Así, los problemas identitarios del hablante, que adopta progresivamente un yo cada vez más débil y distanciado, “se reflejan en la falta de reconocimiento de uno mismo y en la sensación de enajenación y otredad”319.

Cualquier situación, por lo demás, es conveniente para el poeta con tal de establecer vínculos con la otredad. Desde los susodichos viajes tan caros a Martín López-Vega, los diálogos poéticos como el que suscribe Àngels Gregori con Teresa Pascual en Herències (2011), la normalización de las relaciones civilizacionales con Oriente que promueve la obra de Laura Casielles o el tema de la infancia —tan propicio a la inclusividad para con el otro— por parte de Pablo Javier Pérez López. Bien mirado, la experiencia de la paternidad supone un adecuado punto de partida, como es el caso de Carlos Marzal en “Dedos de niño”:

Más hijo yo que tú,

me redescubro.

Más padre tú que yo,

te me antecedes. Tengo la certidumbre, por tu guía, de aquello que no sé, pero que supe, de aquello que perdí, pero que hoy tengo, cuando me tienes tú, corazón índice, para heredarme a ti,

318 Llorente, María Ema, “Tendencias en la poesía española actual: de la experiencia a la fantasía, el

desarraigo y el agonismo”, en Hipertexto, nº 11, 2010, pp. 12-14. En:

http://portal.utpa.edu/utpa_main/daa_home/coah_home/modern_home/hipertexto_home/docs/Hiper11Llo rente.pdf [Consultado 6-6-2014].

139 reminiscente320.

Aunque quizá, para algunos de nuestros autores sea esta una experiencia que aún no ha llegado el momento de hollar.

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