ESTILO DE APRENDER
Los CINCO años constituyen el principio del fin: el fin de la barriguita, el fin de las caricias en el regazo, el fin del balbuceo y el fin de la fe ciega en la omnipotencia del adulto. Los cinco años son el fin del bebé, época que a los padres les resulta a la vez satisfactoria y perturbadora: satisfactoria porque ya se puede razonar con un niño de cinco años; perturbadora porque los niños de cinco son impredecibles.
Los padres miran con nostalgia los ojos brillantes de sus chicos de cinco años, recordando cuando eran bebés, pero los niños no creen haber sido nunca bebés. Para los padres, los cinco años son, por fin, la edad en que la razón y el diálogo prometen la muy esperada conducta civilizada que se parezca a la de los propios adultos; para los niños, los cinco años significan poder y fuerza, que serán puestos a prueba y expresados con la medida de autonomía que se atrevan a adoptar. Percepciones muy diferentes... ¡y el comienzo de la brecha generacional!
Un niño de cinco años tal vez tenga la absoluta seguridad de que sabe cómo resolver sus problemas, con o sin el buen juicio que sus padres consideran un requisito, como lo mostrará la anécdota siguiente. Dos niñitas que asistían a un jardín de niños privado de pronto desaparecieron del patio cuando su maestra y su ayudante reunían al grupo a la 1:1O de la tarde de un lunes. Más de una hora después, cuando maestra y asistente seguían buscando bajo las escaleras y en todos los sanitarios, el padre de una de las niñas telefoneó, furioso, a la directora. Aquella tarde, al llegar a su casa temprano, había descubierto a las dos niñas sentadas frente a la puerta de su departamento. La explicación que le dieron era totalmente increíble, pero tenía que ser cierta, porque a las 2:30 de una tarde de lunes se encontraban literalmente en ese vestíbulo y no en la escuela.
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Las dos se habían escurrido a hurtadillas del patio de juegos de la escuela (que estaba cercado) cuando las dos maestras estaban ocupadas con otras niñas, y habían corrido a la esquina. Allí subieron a un autobús local (nadie supo nunca si las llevaron gratuitamente, o si tenían dinero) y en él fueron durante unos veinte minutos hasta la parada cerca de donde una de ellas vivía. Atravesaron una amplia avenida, entraron en el edificio y tomaron el ascensor hasta el quinto piso. Pero en ese punto sus planes se frustraron: ¡Bárbara no tenía la llave de su casa! Así que se sentaron a esperar. La madre de Bárbara tenía que volver a casa, después de dar clases, poco después de las 3:00, pero el padre de Bárbara decidió acortar su jornada de vendedor y llegó de improviso a las 2:30, pensando dormir una breve siesta antes de que regresara el resto de la familia. En cambio, ante la puerta de su casa fue saludado alegremente por dos orgullosas niñas de cinco años.
Entre los niños de cinco años hay una vanguardia como la de estas niñas. Ya no se puede confiar en que vayan de la mano de sus padres o en que obedezcan limitaciones establecidas que desafían su sensación de "apuesto a que yo puedo hacer eso mejor" (otros niños llegan a este concepto de sí mismos a los seis años). Están en el umbral del avance hacia la conducta de niño y niña independiente Y autónoma, asociada a los años intermedios de la niñez, cuando la -magia de la sociedad que constituyen con sus compañeros los aparta de la seguridad de la familia. Los niños de cinco años están ya lejos de la ambivalencia a la lealtad a sus padres que llegará algunos años después, pero ya están allí las señales que indican la dirección que seguirán.
LAS RAICES DE LA CONFIANZA
Si consideramos el largo trecho que los niños ya han recorrido en cinco breves años, podremos comprender el sentido arrogante de la importancia de sí mismos que tan a menudo muestran. De un estado de total dependencia física al nacer, cuando todo
movimiento o satisfacción de una necesidad requerían la gracia de su madre y de sus brazos amorosos, han llegado a tener suficiente agilidad y dominio de su cuerpo para conse-
ASPECTOS DEL DESARROLLO DE NIÑOS DE CINCO AÑOS 69 guir mucho más espacio del que necesitan para desenvolverse. Los niños de cinco años están tan complacidos consigo mismos por sus nuevos poderes que a menudo se fijan obstáculos físicos simplemente para disfrutar mejor de sus aptitudes corporales. Suben los escalones del tobogán en pautas rítmicas y se deslizan por él de espaldas o de cabeza. Aprovechan los golpes del sube y baja de modo que el ritmo de subir y bajar tenga, para ellos, suspenso y drama. Corren en bicicleta a velocidad vertiginosa, a menos que los adultos los contengan. Se suben a lo alto del tejado, y con los brazos extendidos cantan como gallos.
No sólo se mueven ahora con maravillosa soltura y libertad, sino que también han aprendido, en sus cinco primeros años, todo tipo de difíciles hazañas de coordinación que la sociedad les ha pedido. Comen con cubiertos (a menos que prefieran no hacerlo), saben cuándo deben ir al retrete (aunque a menudo no lo hacen cuando están absortos en un juego), y pueden hacer la gran hazaña de lavarse las manos (sin embargo, rara vez tienen tiempo.) Pueden sonarse la nariz y frotarse la propia espalda, vestirse (a su manera, es verdad, pero allí está), y encender y apagar las luces sin pensar cómo se hace. Y pueden articular frases largas. En pocas palabras, han sido bastante bien adoctrinados en la cultura de su sociedad, y sus cuerpos obedecen a sus deseos, no a los de sus padres. Ambos sexos son bastante independientes en la atención a su físico, a menos que tengan padres corrompidos o demasiado solícitos; las niñas a menudo son un poco más dóciles que los niños al aceptar las restricciones de la vida social.
A los niños les gusta realizar y construir cosas. Son activos, a menudo inquietos y ruidosos y -lo que tiene mayor significación- no han vivido lo suficiente para que el mundo exterior haya afectado seriamente su visión muy personal y egocéntrica de lo que es importante.
Las sensaciones de eficiencia que tienen se basan en las sóli- das hazañas de carácter físico, conquistadas a prueba y error, para terminar con un sentido de dominio que pueden identificar como propio.
En esta etapa, muchos padres inadvertidamente privan a sus hijos de auténticos sentimientos de eficiencia e importan-
cía, porque sus normas inmediatas no coinciden con el crecimiento y el aprendizaje de los niños. Las metas de los padres están justificablemente orientadas hacia el futuro, pero, por desdicha, las normas adultas y sociales relacionadas con la posición social -como la apariencia, los modales y la conducta verbal- ofrecen a los niños poca fuerza interna conforme salen de la condición de bebés para enfrentarse solos a las realidades de las personas y las cosas. Los padres no proporcionarían a sus hijos, a sabiendas, fuentes de presión no confiables con las cuales enfrentan los inevitables problemas y desafíos de crecer, pero es fácil comprender por qué lo hacen.
Lo desigual de las características del desarrollo de toda la niñez queda fácilmente oculto en los niños de cinco años por la recién conquistada y notable facilidad del lenguaje. Com- prensiblemente, los adultos suponen que el nivel de eficiencia verbal que muestra el niño de cinco años es una manifestación de su nivel de eficiencia en todas las áreas de funcionamiento: si habla como adulto, debe pensar y sentir como adulto. Sin embargo, se sabe que niños de cinco años, aunque tengan buen vocabulario, lloran a gritos, con sollozos desgarradores, cuan- do se sienten frustrados o decepcionados; y es muy usual que, inmediatamente después de haber impresionado a un adulto con su conocimiento, en una corriente de energía verbal, pue- dan soltar un bofetón o un puntapié a otro niño, en un arranque no verbal, y sin justificación "moral". Una y otra vez desmien- ten las expectativas paternas de conducta adulta con sus accio- nes pueriles e impulsivas.
Los niños avanzan mediante infinitas variaciones de error en temas supuestamente ya comprendidos, y cometen más errores por simple ignorancia de lo que se habría creído posible. La conducta contradictoria es común a los cinco años, y seguirá exasperando a los padres durante otros muchos años. Pero los de cinco años tienen tan notable dominio de las palabras (en comparación con el periodo anterior que apenas pasaron) y al mismo tiempo están tan cerca de la edad escolar formal que son peculiarmente vulnerables a las expectativas y demandas de los adultos, que no concuerdan con sus propias preocupaciones y necesidad de competencia, aunque éstas estén directamente relacionadas con las de los adultos.
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CONTRADICCIONES EN EL DESARROLLO
La presión actual por hacer que se lea y escriba en el jardín de niños es un ejemplo oportuno; está mucho más relacionada con la preocupación de los padres por el ingreso en la universidad, 12 años después, que con la necesidad de los niños de cinco años, con su estilo de aprender o hasta con la realidad de la entrada en la universidad. Esta presión es racionalizada mediante la teoría especulativa de que los actuales niños de cinco años están en realidad mejor desarrollados y más "avanzados" que los de una época anterior, porque los medios de comunicación masiva y el transporte global han ensanchado de manera considerable los horizontes de los niños. Pero observaciones minuciosas de experimentadas maestras de jardín de niños revelan que este supuesto avance es del todo superficial. Por ejemplo, ¿cuán "avanzada" es la siguiente conversación entre niños de cinco años?
Jay (a Robert): ¿Viste El mago de Oz?
Robert: Oh, sí, el hombre de hojalata cortando un árbol bajo la lluvia, y se
oxidó y hubo que aceitarlo [ ... ] No veo Lucy. Ésa es película para niñas. Yo veo El avispón verde.
Bill: Le voy a cortar la cabeza a mi papá.
Robert: Se supone que no debes cortarle la cabeza a tu papá porque "allá arriba"
te castigarán. (Apunta a Bill con un dedo vacilante.) Bill: Entonces le cortaré la cabeza a "allá arriba".
Robert: Entonces te llevará el demonio y te enfermará y te llevarán al doctor y
te pondrán una inyección; así, más te vale no hacerlo. Convencido, Bill apoyó la cabeza sobre el pupitre y miró, ceñudo, a Robert.
¿ESTÁN MÁS AVANZADOS LOS NIÑOS PEQUEÑOS DE HOY?
Los niños hablan con mayor libertad que antes a los adultos, consecuencia de la progresiva eliminación del miedo en la moderna relación entre adulto y niño. Comparten sus observaciones y comentarios, hacen preguntas sensatas a las que se puede responder, y podemos maravillarnos ante el desarrollo de su
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ASPECTOS DEL DESARROLLO DE NIÑOS DE CINCO AÑOS 73 vuelto común en la época de sus hijos, vean precocidad donde en realidad cada generación adopta el pulso de su época y el avance del conocimiento general con una facilidad que impresiona a unos padres deseosos de dejarse impresionar?
comprensión en tan breve periodo. Muchos niños poseen una impresionante acumulación de información detallada acerca de todo tipo de cosas, lo que sin duda es señal de buena inteligencia, pero no es pareja ni constante. Al leer los relatos de los hijos de padres educados en otros tiempos nos preguntamos por fuerza si los niños de hoy están mucho más enterados de su época que los niños de antaño de la suya. En todo caso, ¿cómo evaluar semejante cosa? Si hemos de juzgar por el porcentaje de niños con problemas de aprendizaje, que se ha mantenido constante a lo largo de décadas, entonces los hijos de personas no educadas, en quienes el mundo educativo por fin ha fijado su atención, ciertamente no han dado ese salto espectacular que a veces se atribuye a los hijos de la clase media. En la misma etapa de la vida, ¿tienen los niños capacidades tan heterogéneas que los medios de comunicación pueden hacer serias modificaciones en algunos y casi no influir en otros?
Sin embargo, aun suponiendo la posibilidad de mayor conocimiento entre los niños pequeños de la era de los medios de comunicación masiva, es discutible que un aumento del conocimiento y la expresión verbal repercuta en mucho sobre la capacidad de
comprender a profundidad el estilo de conducta de niños de no más de cinco años de vida y crecimiento. El niño de cinco años que construye con dados un barco para llevar alimentos a Biafra, ¿qué pudo haber comprendido de la frase que con tanta solemnidad repetía a sus compañeros: "Lo más importante en la vida es la vida misma"? O examinemos el inesperado intercambio de ideas entre dos niños que anunciaron en voz alta que eran dinosaurios. A gatas (posición que durante siglos no ha cambiado entre los niños de cinco años), se resoplaban el uno al otro y hacían movimientos de arañar, hasta que uno de los niños de pronto se detuvo y miró un tanto angustiado al otro dinosaurio. Le dijo: "bueno, mejor vuelve a ser tú mismo, ¿eh?" O escuchemos al niño de cinco años cuya madre le leyó el cuento de una batalla entre un tiranosaurio y un
brontosaurio. Oyó la frase: "y perdió el aliento", y se apresuró a
interpretar: "Eso significa que se le fue todo el gas".
¿Representa un verdadero cambio para los niños la sustitución del tigre o el león por el dinosaurio? O ¿será posible que los adultos, que aprendieron a mayor edad lo que hoy se ha
LA NIÑEZ BAJO PRESIÓN
Por lo que sabemos los dibujos de los niños contemporáneos no son mas complejos, su capacidad de juicio no es más aguda, su sensación de indefensión cuando se enferman o se ven en dificultades no es menos penosa que la de antes. Los niños pe- queños juegan al barquito sentados en el suelo cantando El sub-
marino amarillo, * en lugar de Chug, chug, chug, soy un barquito;
imitan el vuelo de un jet con el mismo ademán sencillo con que antes imitaban, sin duda, el vuelo de una flecha. Las niñas de cinco años probablemente juegan más que las de antes con bloques de construcción, y los niños de cinco años se avergüenzan menos de jugar a la casita, pero eso puede decirse, sobre todo, de los hijos de padres con ideas avanzadas. Los niños de familias convencionales desempeñan los papeles sociales de su sexo con absoluta fidelidad a las ideas de sus padres.
Para que los niños se sientan competentes en lo más profundo de su interior, es esencial que sus padres consideren las fuerzas que se manifiestan y las cualidades potenciales de cada etapa de desarrollo teniendo en mente las perspectivas del pasado y del futuro. Debemos ver con realismo las limitaciones impuestas por la edad y la inexperiencia, así como la promesa de una persona en pleno crecimiento. Hay razones de peso para calcular esto con la mayor exactitud posible. Cuando los niños se esfuerzan prematuramente, y por tanto en exceso, por lograr algo que poco después les llegaría muy fácilmente, esto puede tener efectos colaterales como resultado de la presión interna, lo cual es un precio excesivo. Hace una generación, esto fue evidente para psicólogos, pediatras y padres respecto de la presión de enseñar lo antes posible el control de esfínteres. Por una parte, esa enseñanza fracasaba por una enfermedad, una mudanza de domicilio o un nuevo hermanito, experiencias
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todas ellas comunes en la vida de los niños. Por otra parte, la relación padre e hijo estaba mucho más influida por la existencia de este eterno villano en sus vidas en común. La siguiente relajación que sobrevino respecto del control de esfínteres, ca- racterística de la década de 1960, habría sido incomprensible para los padres de los años cuarenta. Por idéntica razón, los padres de antes considerarían extraña la excesiva angustia por la lectura, tan común entre los padres de hoy.
LA EFICIENCIA HUMANA EN UNA ÉPOCA DE TECNOLOGÍA
Es posible que los cambios tecnológicos y sociológicos dificulten cada vez más al hombre, como individuo, sentir que puede decidir el curso de su vida, y exijan un nuevo énfasis en la eficiencia. Por ejemplo, tal vez sea una necesidad especial que los niños de hoy desarrollen en su fuero interno y mediante el esfuerzo físico una firme convicción de su capacidad para enfrentarse al medio. Esa certeza tiene sus raíces en experiencias de los primeros años de la niñez. Al mismo tiempo, el estilo sensorial de aprendizaje, natural en esa etapa de la vida, se presta al dominio de un medio
cambiante en formas concisas y físicas que los propios niños pueden reconocer y disfrutar. Esos sentimientos íntimos acerca de la propia capacidad de enfrentarse a las dificultades se prolongarán en la vida adulta en forma útil probablemente mucho más que la temprana facilidad verbal que satisface la vanidad de los adultos pero no fortalece en los niños la sensación de control sobre el entorno, tal vez, cuando se trate de manipular a los demás.
LAS PALABRAS SON ENGAÑOSAS
Los hijos de familias cultas demasiado a menudo se valen de palabras para ocultar su ignorancia, porque han aprendido que las palabras gustan a sus padres, y su deseo de complacer sobrepasa al deseo de saber. O se valdrán de palabras para ocultar sus sentimientos, pues algunos padres explicitan que los sentimientos de la niñez temprana son inapropiados en un ho-
ASPECTOS DEL DESARROLLO DE NIÑOS DE CINCO AÑOS 7 S gar de adultos que saben dominarse. O bien harán preguntas -a veces la misma-, una y otra vez, 'en realidad no en busca de información sino como medio de llamar la atención a un adulto cuya generosidad al responder a un niño probablemente sólo se muestre en las áreas cognitivas.
Los niños son listos; adivinan las preocupaciones de sus padres y actúan en consecuencia. Una madre-educadora, cuya hija creció durante la época en- que los adultos ilustrados tenían gran interés en dar a los niños información precisa sobre el sexo, contó la siguiente historia en una reunión de padres sobre educación sexual: "No recuerdo cómo te expliqué cómo nacían los niños", le dijo a su hija, una joven adulta. "¿Tú te acuerdas?" "Desde luego que me acuerdo", respondió la muchacha, con un toque de picardía. "Yo tenía casi cinco años y estaba en cama, fingiéndome dormida, pero no lo estaba. Tú estabas en la cocina horneando un pastel, y yo grité: 'Mami, ¿de dónde vienen los bebés?' Tú te pusiste muy seria y dijiste: 'Yen, yo te lo diré'. Y me quedé despierta hasta muy tarde, y lamí toda la mezcla del molde".
LA SALUD MENTAL EMPIEZA EN EL CUERPO
No obstante la fluidez de su lenguaje, los niños de cinco años aún están sujetos al estilo de conducta típico de todo el periodo de la niñez temprana: las demandas de movimiento del cuerpo y la motivación de las emociones tienen mayor fuerza que la mente y