"La glisada es uno de los ataques más ciertos de la esgrima, por lo que obliga necesariamente a ponerse en guardia."
Madrid se mecía a la siesta, adormecido por los últimos calores del verano. La vida política de la capital discurría sumida en la calma de un septiembre bochornoso, bajo nubes plomizas que filtraban un sofocante torpor estival. La prensa oficialista, entre líneas, daba a entender que los generales desterrados en Canarias seguían tranquilos, desmintiendo que los tentáculos conspiradores se hubieran extendido a la Escuadra, que, a pesar de malintencionados rumores subversivos, se mantenía, como siempre, leal a Su Augusta Majestad. En lo referente al orden público, hacía ya varias semanas que no se registraba en Madrid tumulto alguno, tras el ejemplar escarmiento dado por la autoridad a los cabecillas de las últimas agitaciones populares, que ahora tenían tiempo de sobra para meditar sus desvaríos bajo la poco acogedora sombra del presidio de Ceuta.
Antonio Carreño llevaba rumores frescos a la tertulia del café Progreso: – Señores, oído al parche. Sé de buena tinta que la cosa está en marcha.
Lo acogió un coro de guasón escepticismo. Carreño se llevó una mano al corazón, ofendido. – No irán ustedes a dudar de mi palabra…
Puntualizó don Lucas Rioseco que nadie ponía en duda su palabra, sino la veracidad de sus fuentes; llevaba casi un año anunciando el Santo Advenimiento. Carreño les hizo inclinar hacia él las cabezas sobre el velador de mármol, adoptando su habitual tono de 1 precavida confidencia:
– Esta vez va en serio, caballeros. López de Ayala se ha ido a Canarias para entrevistarse con los generales desterrados. Y, agárrense, don Juan Prim ha desaparecido de su domicilio de Londres. Paradero desconocido… ¡Ya saben lo que eso significa!
Agapito Cárceles fue el único que dio crédito a la cosa: – Eso quiere decir que se prepara el órdago a la grande.
Jaime Astarloa cruzó las piernas. Aquellas cábalas de calendario habían llegado a aburrirle lo indecible. En tono furtivo, Carreño seguía aportando datos sobre la conspiración en curso:
– Dicen que el conde de Reus ha sido visto en Lisboa, disfrazado de lacayo. Y que la escuadra del Mediterráneo sólo espera su llegada para dar el grito. -¿Qué grito? -preguntó el cándido Marcelino Romero. -Qué grito va a ser, hombre. El de libertad. Sonó la risita incrédula de don Lucas:
– Lo suyo es un folletín de Dumas, don Antonio. Por entregas.
Guardó silencio Carreño, ofendido por la reticente actitud del viejo carcamal. Acometió Agapito Cárceles, para vengar a su contertulio, una encendida soflama revolucionaria que le calentó las orejas a don Lucas.
– ¡Ha llegado el momento de escoger sitio en las barricadas! -finalizó, con el énfasis de un personaje de Tamayo y Baus.
– ¡Allí nos veremos! -proclamó, también teatral, el amostazado don Lucas-. Usted a un lado y yo a otro, por supuesto.
– ¡Por supuesto! Nunca dudé, señor Rioseco, que el puesto de usted está en las filas de la represión y el oscurantismo.
– ¡De honra, nada! La España con honra es la España revolucionaria, la fetén. ¡Su mansedumbre crispa los nervios de cualquier patriota, don Lucas!. -Pues tome usted tila. -¡Viva la república! -Allá usted. -¡ova la Federal!
– Que sí, hombre, que sí. ¡Fausto! ¡Una media tostada! ¡De abajo! -¡Viva el imperio de la Ley! – ¡La única ley que necesita este país es la ley de fugas!
Retumbó un trueno sobre los tejados de Madrid. Abriendo sus entrañas, el cielo dejó caer un violento aguacero. Al otro lado de la calle se veía correr a los transeúntes en busca de refugio. Jaime Astarloa bebió un sorbo de café mientras miraba, melancólico, golpear la lluvia contra el vidrio de la ventana. El gato, que habla salido a dar una vuelta, regresó de un salto, con el pelo húmedo y erizado, escuálida imagen de miseria que clavó en el maestro de armas el recelo de sus ojos malignos.
– La esgrima moderna, caballeros, tiende a prescindir de esa feliz libertad de movimientos que confieren a nuestro arte una gracia especial. Eso limita mucho las posibilidades.
Los hermanos Cazorla y Alvarito Salanova escuchaban con atención, floretes y caretas bajo el brazo. Faltaba Manuel de Soto, que veraneaba con su familia en el Norte.
– Todas estas desgraciadas circunstancias -continuó Jaime Astarloa- empobrecen la esgrima de forma lastimosa. Por ejemplo, algunos tiradores omiten ya en los asaltos el movimiento de descubrirse y de saludara los padrinos…
– Pero en los asaltos no hay padrinos, maestro -intervino tímidamente el más joven de los Cazorla.
– Precisamente por eso, señor mío. Precisamente por eso. Usted acaba de poner el dedo en la llaga. Ya se va a la esgrima sin pensar en su aplicación práctica en el campo del honor. Un sport, ano es cierto?… Ni más ni menos que una aberración; como si, pongamos un ejemplo disparatado, los sacerdotes oficiasen la misa en castellano. Sin duda eso sería más actual, ¿verdad? Más popular, si quieren; más a tono con el curso de los tiempos, ¿no es cierto?… Sin embargo, prescindir de la bella sonoridad un tanto hermética de la lengua latina desvincularía ese hermoso ritual de sus raíces más entrañables, degradándolo, haciéndolo vulgar. La belleza, la Belleza con mayúscula, sólo puede hallarse en el culto a la tradición, en el ejercicio riguroso de aquellos gestos y palabras que han venido siendo repetidas, conservadas por los hombres a lo largo de los siglos… ¿Comprenden lo que les quiero decir?
Asintieron gravemente los tres jóvenes, más por respeto al maestro de armas que por convicción. Alzó don Jaime una mano, ejecutando en el aire algunos movimientos de esgrima, como si sostuviera un florete.
– Por supuesto, no hemos de cerrar los ojos a las innovaciones útiles -prosiguió en tono de desdeñosa concesión-. Pero ante todo hemos de tener presente que lo bello reside en conservar precisamente lo que los demás dejan en desuso… ¿No encuentran ustedes mucho más digno de lealtad a un monarca caído que al sentado en el trono? Por eso nuestro arte ha de seguir siendo puro, incontaminado. Clásico. Ante todo, clásico. Debemos compadecer sinceramente a los que se limitan a acceder a una técnica. Ustedes, mis jóvenes amigos, tienen la maravillosa oportunidad de acceder a un arte. Algo, créanme, que no se paga con dinero. Algo que se lleva aquí, en el corazón y en la cabeza.
Calló el maestro de esgrima, contemplando los tres rostros que lo miraban con reverente atención. Designó con un gesto al mayor de los Cazorla.
círculo de segunda, cruzada con segunda. Le recuerdo que este método exige mucha limpieza; nunca recurra a él cuando la superioridad física del adversario sea excesiva… ¿Recuerda la teoría?
El joven inclinó la cabeza, con orgulloso gesto afirmativo.
– Sí, maestro -recitó de carrerilla, como un escolar-. Si paro con círculo en segunda y no puedo encontrar el florete contrario, cruzo en segunda, desengancho y tiro en cuarta sobre el brazo.
– Perfecto -don Jaime cogió un florete de la panoplia mientras Fernando Cazorla se calaba la careta-. ¿Listo? Pues a nuestro asunto. Por supuesto, no olvidemos el saludo. Eso es… Se extiende el brazo y se eleva el puño, así. Hágalo como si llevase puesto un sombrero imaginario. Se lo quitaría usted con la mano izquierda, de forma elegante. Perfecto -se volvió el maestro hacia los otros dos espectadores-. Deben tener presente que los movimientos de saludo en cuarta y tercia son para los padrinos y los testigos. Al fin y al cabo, se supone que lances de este género suelen tener lugar entre gentes bien nacidas. Nada debemos objetar a que dos hombres se maten el uno al otro si el honor los empuja a ello, ¿no es cierto?… Pero, ¡diantre!, lo menos que podemos exigirles es que lo hagan de la forma más educada posible.
Cruzó el maestro su florete con el de Fernando Cazorla. El alumno jugaba la muñeca mientras aguardaba a que don Jaime le sirviese la estocada que daría inicio al movimiento. En los espejos de la galería, sus imágenes se multiplicaban como si el salón estuviese lleno de contendientes. Sonaba la voz serena y paciente del maestro de esgrima:
– Eso es, muy bien. A mi. Bien. Atención ahora, círculo en segunda… No; repita, por favor. Eso es. Círculo en segunda. ¡Cruce!… No, por favor, recuerde. Hay que cruzar en segunda, desenganchando en el acto. Otra vez, si es tan amable. Sobre las armas. A mí. Parada. Eso es. ¡Cruce! Bien. Ahora. ¡Perfecto! Cuarta sobre el brazo, excelente -habla legítima satisfacción, de autor contemplando su obra, en el comentario de don Jaime-. Vamos a ello de nuevo, pero tenga cuidado. Esta vez voy a cerrarle más fuerte. Sobre las armas. A mí. Bien. Parada. Bien. Así. ¡Cruce! … No. Anduvo muy lento, don Fernando, por eso lo he tocado. Volvamos a empezar.
De la calle llegó rumor de tumulto. Se escuchaban cascos de caballos a paso de carga sobre el empedrado. Alvarito Salanova y el menor de los Cazorla se asomaron a una de las ventanas.
– ¡Hay trifulca, maestro!
Interrumpió don Jaime el asalto, reuniéndose con sus alumnos en la ventana. Por la calle brillaban charoles y sables. A caballo, la Guardia Civil desbandaba a un grupo de revoltosos que corrían en todas direcciones. Sonaron dos tiros cerca del Teatro Real. Los jóvenes esgrimistas contemplaban el espectáculo, fascinados por la algarada.
– ¡Fijaos cómo corren! – ¡Vaya tunda!
– ¿Qué habrá pasado?
– ¡A lo mejor es la revolución!
– ¡Nada de eso! Alvarito Salanova, fiel a su apellido, fruncía con desdén el labio superior-. ¿No ves que son cuatro gatos? Los guardias les están dando lo suyo.
Bajo la ventana, un transeúnte buscaba precipitado refugio en un portal. Un par de viejas enlutadas asomaban la nariz, como pájaros de mal agüero, observando con prudencia el panorama. En los balcones se agolpaban los vecinos; algunos jaleaban a los revoltosos, otros a los guardias.
– ¡Viva Prim! -gritaban tres mujeres de mala pinta, con la impunidad que les otorgaba su sexo y el hallarse en el balcón de un cuarto piso-. ¡A ver si cuelgan a Marfori!
– ¿Quién es ese Marfori? -preguntó Paquito Cazorla.
Juzgó don Jaime que ya era suficiente, y cerró los postigos de la ventana, haciendo caso omiso del murmullo desencantado de sus alumnos.
– Estamos aquí para practicar esgrima, caballeretes -dijo en tono que no admitía réplica-. Sus señores padres me pagan para que los adiestre en cosas de provecho, no para que sean espectadores de algo que no nos incumbe. Prosigamos con lo nuestro -echó una mirada de supremo desdén hacia el postigo cerrado y acarició con los dedos la empuñadura de su florete-. Nada tenemos que ver con lo que pueda ocurrir ahí afuera. Eso lo dejamos para la chusma, y para los políticos.
Volvieron a ocupar sus posiciones y retornó a la galería el metálico chasquido de los floretes. En las paredes, las viejas panoplias seguían cubriéndose de polvo, herrumbrosas e inmutables. Habla bastado con cerrar la ventana para que el tiempo detuviese su curso en la casa del maestro de esgrima.
Fue la portera quien lo puso al corriente cuando se cruzó con ella en la escalera. -Buenas tardes, don Jaime. ¿Qué le parecen las noticias? -¿Qué noticias?
Se santiguó la vieja. Era una viuda parlanchina y regordeta, que vivía con una hija solterona. Oía dos misas diarias en San Ginés y aseguraba que todos los revolucionarios eran unos herejes.
– ¡No me diga que no está al tanto de lo que pasa! ¿Es que no lo sabe? Jaime Astarloa enarcó una ceja, cortésmente interesado. -Cuénteme, doña Rosa.
Bajó la portera el tono, mirando desconfiada a su alrededor, como si las paredes tuviesen oídos.
– Don Juan Prim desembarcó ayer en Cádiz, y dicen que la Escuadra se ha sublevado… ¡Así le pagan a nuestra pobre reina su bondad!
Subió el maestro de armas por la calle Mayor hacia la Puerta del Sol, camino del café Progreso. Aun sin el informe de la portera, hubiera sido evidente que algo grave ocurría. Grupos alborotados comentaban en corrillos los acontecimientos, y una veintena de curiosos observaban de lejos a un piquete que montaba guardia en la esquina de la calle Postas. Los soldados, con el ros sobre el rapado cogote y la bayoneta en la boca del fusil, estaban bajo el mando de un barbudo oficial de fiero semblante, que se paseaba arriba y abajo con la mano apoyada en la empuñadura del sable. Los sorches eran muy jóvenes y se daban aires de importancia disfrutando de la expectación que su presencia suscitaba. Un caballero de buen aspecto pasó junto a don Jaime y se acercó al teniente.
– ¿Se sabe algo?
Contoneóse el mílite con digna fanfarronería. -Yo cumplo órdenes de la superioridad. Circule. Azules y solemnes, unos guardias requisaban periódicos a mozalbetes que los habían estado voceando entre la gente; se proclamaba el estado de guerra, imponiéndose la censura sobre toda noticia relacionada con la sublevación. Algunos comerciantes, avivados por la experiencia de recientes algaradas, echaban el cierre de sus tiendas e iban a engrosar los grupos de curiosos. Por Carretas brillaban los tricornios de la Guardia Civil. Se comentaba que González Bravo había presentado telegráficamente su dimisión a la reina, y que las tropas levantadas por Prim avanzaban ya sobre Madrid.
En el Progreso, la tertulia estaba al completo, y Jaime Astarloa fue puesto de inmediato al corriente de la situación. Prim había llegado a Cádiz en la noche del 18, y el 19 por la mañana, al grito de «Viva la soberanía nacional», la escuadra del Mediterráneo se había pronunciado por la revolución. El almirante Topete, a quien todos consideraban leal a la reina, estaba entre los sublevados. Las guarniciones del Sur y de Levante se sumaban una tras otra al alzamiento.
– La incógnita -explicaba Antonio Carreño- reside ahora en la actitud de la reina. Si no cede, tendremos guerra civil; porque esta vez no se trata de una vulgar intentona, caballeros. Lo sé de buena tinta. El de Reus cuenta ya con un poderoso ejército que engrosa por momentos. Y Serrano está en el ajo. Hasta se especula con ofrecerle una regencia a don Baldomero Espartero.
– Isabel II no cederá jamás -terció don Lucas Rioseco.
– Eso lo veremos -dijo Agapito Cárceles, visiblemente encantado con el curso de los acontecimientos-. De todas formas, es mejor que intente resistir.
Lo miraron todos los contertulios con extrañeza.
– ¿Resistir? -censuró Carreño-. Eso llevaría al país a la guerra civil…
A un baño de sangre -apuntó Marcelino Romero, satisfecho de poder meter baza.
– Exacto -puntualizó radiante el periodista-. ¿Es que no lo comprenden ustedes? A mí, fíjense, me parece evidente. Si Isabelita nos sale con medias tintas, se pone a disposición o abdica en su niño, tendremos las mismas. Hay mucho monárquico entre los sublevados, y al final terminarían por colocarnos al Puigmoltejo, o a Montpensier, o a don Baldomero, o a la sota de copas. Y eso sí que no. ¿Para eso hemos luchado tanto tiempo?
– ¿En dónde dice que ha luchado usted? -preguntó don Lucas con mucha guasa. Cárceles lo miró con republicano desprecio.
– En la sombra, señor mío. En la sombra. Ya.
El periodista resolvió ignorar a don Lucas.
– Les estaba diciendo -continuó, dirigiéndose a los otros- que lo que España necesita es una buena y encarnizada guerra civil con mucho mártir, con barricadas en las calles y con el pueblo soberano asaltando el Palacio Real. Comités de salvación pública, y los figurones monárquicos y sus lacayos -torva ojeada de soslayo a don Lucas- arrastrados por las calles.
Aquello se le antojó excesivo a Carreño.
– Hombre, don Agapito. No se pase usted tampoco. En las logias… Pero Cárceles estaba lanzado. -Las logias son tibias, don Antonio. -¿Tibias? ¿Las logias tibias?
– Sí, señor. Tibias, se lo digo yo. Si la revolución la han desencadenado los generales descontentos, hay que procurar que termine en manos de su legítimo propietario: el pueblo -se le iluminó el rostro en un éxtasis-. ¡La república, caballeros! La cosa pública, ni más ni menos. Y la guillotina.
Don Lucas saltó con un rugido. La indignación le empañaba el monóculo incrustado en su ojo izquierdo.
– ¡Por fin se quita usted la máscara! -exclamó apuntando a Cárceles con dedo acusador, tembloroso de santa ira-. ¡Por fin descubre usted su maquiavélico rostro, don Agapito! ¡Guerra civil! ¡Sangre! ¡Guillotina!… ¡Ése es su verdadero lenguaje!
El periodista miró a su contertulio con genuina sorpresa. – Nunca he utilizado otro, que yo sepa.
Don Lucas hizo ademán de levantarse, pero pareció pensarlo mejor. Aquella tarde pagaba Jaime Astarloa, y los cafés estaban en camino.
– ¡Es usted peor que Robespierre, señor Cárceles! -masculló sofocado-. ¡Peor que el impío Dantón!
– No mezcle usted las churras con las merinas, amigo mío.
– ¡Yo no soy su amigo! ¡La gente de su clase ha sumido a España en la ignominia! -Huy, qué mal perder tiene usted, don Lucas.
– ¡Aún no hemos perdido! La reina ha nombrado presidente al general Concha, que es todo un hombre. De momento, ya le ha confiado a Pavía el mando del ejército que se enfrentará a los rebeldes. Y supongo que no me pondrá en duda el probado valor del marqués de Novaliches… Verdes las ha segado usted, don Agapito.
– Lo veremos.
– ¡Pues claro que lo veremos! -Lo estamos viendo. -¡Lo vamos a ver!
Jaime Astarloa, aburrido por la eterna polémica, se retiró antes de lo acostumbrado. Cogió su bastón y su chistera, se despidió hasta el día siguiente y salió a la calle, resuelto a dar un corto paseo antes de regresar a casa. Por el camino fue observando el caldeado ambiente callejero con cierto fastidio; sentía que todo aquello lo afectaba sólo muy superficialmente. Ya empezaba a estar harto de las polémicas entre Cárceles y don Lucas, como lo estaba también del país en que le había tocado vivir.
Pensó, malhumorado, que podían ahorcarse todos ellos con sus malditas repúblicas y sus malditas monarquías, con sus patrióticas arengas y con sus estúpidas reyertas de café. Habría dado cualquier cosa por que unos y otros dejaran de amargarle la vida con tumultos, disputas y sobresaltos cuyos motivos le importaban un bledo. A lo único que aspiraba era a que lo dejasen vivir en paz. En lo que al maestro de esgrima se refería, podían irse todos al diablo.
Sonó un trueno en la distancia mientras una violenta turbonada de aire recorría las calles. Inclinó don Jaime la cabeza y se sujetó el sombrero, apretando el paso. A los pocos minutos rompió a llover con fuerza.
En la esquina de la calle Postas, el agua empapaba el paño azul de los uniformes y corría en gruesas gotas por el rostro de los soldados. Seguían montando guardia con su aire tímido y paleto, la punta de la bayoneta rozándoles la nariz, pegados a la pared para resguardarse de la lluvia. Desde un