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AURA GARCÍA-JUNCO

In document En su Breve historia de la fotogra- (página 32-36)

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ómo se reporta la realidad de la violen- cia cotidiana? La no- ta roja responde a es- ta pregunta con sangre y suciedad, las imáge- nes más crudas y a la vez menos significati- vas. Los titulares inge- niosos apelan incluso al humor y hacen de la visión de un descabeza- do mera leña para la hoguera del morbo.

El crimen como producto de consumo está pre- sente en todos los aspectos de la vida. Desde las campañas políticas, hasta la literatura y el cine. Dos documentales recientes son dignos de ser señalados porque evaden las dinámicas comu- nes de representación. Tempestad (2016) de Tania Huezo y La libertad del diablo (2017) de Everardo González se alejan del sensacionalismo de las imágenes violentas y eligen una manera más

DOCUMENTAR

LA TEMPESTAD

persistente lluvia que rodea las tiendas raya- das. Contorsiones y acrobacias, actos cómicos y la noción vigorizante de haber perdido el mie- do porque no hay nada más que perder. Miriam vive ahora con su hijo, entre la jungla y el va- lor agregado de saberse reunida con aquel a quien extrañó los años que estuvo recluida. El gobierno no le pidió ni una disculpa cuando la liberó, mucho menos hablemos de una repara- ción de daños, pero el simple hecho de saber- se libre de una pesadilla carga la vida de una nueva significación. La directora Tania Huezo, amiga de Miriam desde mucho tiempo antes, relata que su reencuentro con ella fue lo que motivó el documental. Miriam no era la mis- ma que antes y una tristeza y pesadez la llena- ba. Mediante la posibilidad de contar su his- toria, los pedazos de su renacimiento cobran cohesión. La sinopsis de la película lo expre- sa así: “...la claridad de dos mujeres, que co- mo un pequeño y revelador acto de resistencia, se niegan a conformarse con esta realidad.”

El espectador recorre visualmente el mis- mo viaje, camiones, gente, sonidos que las dos protagonistas escuchan en sus contex- tos, una en el camino de regreso a casa y la otra en el circo familiar que sigue siendo has- ta ahora su medio de subsistencia. Tempestad es un documental complejo sensorialmen- te, bello a pesar de todo lo que narra.

De una austeridad mucho más ostensible, el nuevo largometraje de Everardo González no da siquiera el sosiego de la estetización. La lluvia no cae rítmicamente, los paisajes abier- tos no amortiguan los ojos; no hay sonrisas, ni acrobacias. Los muchos testimonios que la conforman son vertidos por hombres y muje- res con máscaras tipo quirúrgicas, pero de un material que absorbe las lágrimas, que deja ver sus contornos oscuros en la monotonía del color piel. Los narradores están unifor- mados. El mosaico abarca toda la cadena ali- menticia: los que buscan a su familiar, el que fue secuestrado por la policía, quien se infil- tró en el crimen para encontrar a su hermano, el soldado que dice sólo haber estado reci- biendo órdenes, el niño sicario, ahora adoles- cente. Lo único que los une es el sufrimiento y la supervivencia, estar vivos sobre la tumba de muchos otros. González muestra también el testimonio silencioso de los cuerpos que no cuentan su historia verbalmente, pero sí con el mapa de heridas brutales en sus torsos, en los pocos espacios visibles de sus caras. íntima de presentar la realidad mexicana: el tes-

timonio. Dos documentales en los que la voz de los protagonistas de la injusticia que significa por default nacer aquí es la guía para armar un mapa social.

Tempestad sigue el viaje de dos mujeres cu- yos casos son aparentemente muy distintos pero coinciden en un punto: la impunidad. Miriam Carbajal, una voz en off cuyo rostro nunca se muestra, narra cómo fue a parar a una prisión en Matamoros, gobernada por el narco, por un crimen que no cometió. De origen humilde, Miriam trabajaba en el aeropuerto de Cancún cuando, sin ninguna explicación, fue llamada a presentarse a la Ciudad de México. Al bajar- se del avión se dio cuenta de que algo estaba mal. De repente era parte de una peligrosa red de trata que el gobierno se congratulaba de ha- ber desmantelado. Su mismo abogado puso en sus labios la palabra “pagadora” para referirse a su función actual, la de resolver lo no resuel- to, pagar en vez de los que lo merecen. Así co- mienza la jornada en prisión, aislada de su hijo y privada de una vida normal, sin certidum- bre alguna de cuándo saldrá, si es que sucede.

Del otro lado de la moneda, Adela Alvarado es una payasa de circo que lleva una déca- da buscando a su hija, quien fue secuestra- da, muy probablemente, por una red de trata. Entre los escenarios del circo y del viaje que une a Matamoros con Quintana Roo, las dos mu- jeres relatan las complicidades entre estado y crimen, la delgada y, muchas veces inexisten- te, línea entre policías y ladrones. Mientras el gobierno encarcela a una mujer que ni la debe ni la teme, la hija de otra desaparece en una de tantas redes de trata que la impunidad permi- te y fomenta. En estas dos historias, la policía sirve sólo para propiciar el crimen. En el caso de Adela, la complicidad es evidente: la fami- lia fue impedida de buscar a su hija inmediata- mente después del secuestro bajo el argumen- to de que podían entorpecer la justicia; uno de los involucrados directos es policía; crimina- les con y sin uniforme los han amenazado a tal grado que tuvieron que cambiar de casa y modificar sus vidas por completo. Si las muje- res sufren, si la trata existe, es irrelevante pa- ra un gobierno que prefiere fingir un resulta- do que desmantelar un negocio millonario, con colusiones en todos los niveles de gobierno. Los cuerpos de las mujeres son desechables.

Pero no todo puede ser miseria. Los colores del circo, la familia de Adela, contrastan con la

en un mundo salvaje es tu propia capacidad de ser violento así sea lo único que tienes.

No vale la pena reproducir los números que pretenden describir nuestra realidad. A un nú- mero, ya se ha dicho antes, no lo puedes ver a los ojos ni escuchar la vibración de su voz cuan- do está próximo al llanto. No le distingues las texturas de la piel, ni la nostalgia por una época de su vida mejor, que le fue arrebatada de las manos. Un número no tiene un poco de ti, como sí sucede con las personas que estos dos docu- mentales hacen portavoces de nuestro fracaso como sociedad. Estos dos filmes concentran en unos pocos individuos el resultado de un estado roto de manera más convincente y humana que cualquier cúmulo de datos. Las carreteras del país de norte a sur, con sus retenes policiales, con la voz en off de Miriam narrando su histo- ria, nos invitan a imaginarnos cómo, por el sim- ple hecho de existir en el mismo territorio, so- mos susceptibles a vivir las mismas historias.

Aura García Junco escribe narrativa. Ha sido becaria en el programa Jóvenes Creadores del

FONCA, la Fundación para las Letras Mexicanas y la residencia Under the Volcano.

El despertar del diablo y Tempestad dejan una marcada sensación de determinismo. No se ve una salida porque los tejidos sociales están dinamitados por la sangre y el azar. Personas de orígenes muy distintos, de ocupaciones varia- das, cuyas existencias se quiebran ante sucesos que no pueden controlar. El azar es una forma de anonimato que nos unifica a todos, suscep- tibles de caer en cualquier momento en uno de los muchos eslabones que componen los ciclos de la violencia. Los sicarios, los abiertamente criminales son reportados en el mismo nivel que las víctimas y sus historias son tan brutales como las de los primeros. Es fácil pensar cómo llegaron ahí; es fácil, incluso, aunque sea por un segundo, empatizar con ellos. En este rubro entra el testimonio del policía que, con otros compañeros, hacía actos que denominaban de justicia a mano propia: “Para mí la justicia es mantener un equilibrio. Si tú sabes que la per- sona encargada de impartir justicia no lo va a hacer alguien tiene que hacerlo para mantener el equilibrio. No sé si esté bien o esté mal, pe- ro durante ese tiempo teníamos nosotros esa idea y fue como trabajamos: impartiendo jus- ticia con nuestra propia mano”. La intención, diciéndolo simplistamente, era buena, pero no se puede perder de vista que las ejecuciones extrajudiciales son un problema grave y que bajo este argumento, detrás del relato que pre- tende limpiar la culpa y convencer al escucha, hay cadáveres sepultados en lugares ocultos.

Ahí reside una gran distancia entre ambos: al reportar ese segundo lado de las cosas, al dejar adentro al perpetrador y verlo a los ojos, el to- no se altera. Todas las víctimas accedieron a que los victimarios aparecieran. ¿Por qué lo harían?

González mismo ha externado en múltiples medios que el verdadero culpable no es el in- dividuo sino el sistema económico perverso que nos mueve a todos. La miseria y la pobre- za que de él devienen e impulsan a delinquir a aquellos que han sido privados de posibili- dades dignas. Ahí está el soldado que habla de lo bien que se siente ser obedecido, tener, en pocas palabras, poder. Los que en su vida co- tidiana no controlan nada porque nacieron pa- ra ser despojo, los que están destinados a ser el desperdicio de la sociedad, encuentran pla- cer en ejercer la misma violencia que los mar- có. El machismo está, por supuesto, íntima- mente ligado con las exigencias de género que le piden a los hombres ser violentos y domi- nar al otro. La medida de tu valía como hombre

Intro

D

esde que Adorno y Horkheimer

comenzaron a hablar de la industria cultural, la aproxi- mación académica a la músi- ca popular generalmente se enfoca en los mecanismos de manipulación propagandísti- ca masiva, el análisis de los discursos heteronormativos, y la sociología y demografía del dinero que mueve la maquinaria cultural. Algunos críticos al igual que noticieros con- servadores, frecuentemente optan por enfocar- se en las celebridades que son trending topic, para mofarse y denunciar la estupidez de las masas y el decaimiento de las nuevas gene- raciones. Sin embargo, desde esta perspecti- va se pierde la posibilidad de empatizar con lo que el público está experimentando. Es ne- cesario que nos desmarquemos de estas ten- dencias, pues el proyecto audiovisual del que tratamos aquí, requiere complicidad para acer- carnos al tema desde otro estado mental.

ARTE

TRANSPERSONAL:

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